Hara notó que los nanorrobots estaban reconstruyendo su oreja perdida. Supo que aquella tecnología existía desde ayer por la tarde y supo que Dios había necesitado algo que le permitiera obtener una inteligencia superior a la que ya poseía. Supo que ideó la secuencia química del polvo que le permitiría expandirse y supo que no podía crearlo en su propio universo. Algo como el polvo rojo no podía existir en el universo de Dios, pequeño y compacto hasta la locura y soñó con un mundo en el que pudiera existir.

Mundala era el sueño de Dios.

Dios no podía existir en Mundala. Podría haber introducido La Cuña en un momento exacto del inicio de todo y haber llegado a aquel mundo etéreo para obtener Él mismo todo el polvo rojo que hubiera necesitado, pero era demasiado compacto, solo aparecer allí habría provocado una hecatombe con el planeta entero derrumbándose sobre Él.

Tenía que poder llegar hasta allí pero sin estar allí. Así que se vio obligado a soñar con un universo intermedio. Tuvo que introducir La Cuña, al inicio de todo, de tal forma que el universo que crease fuera uno que pudiera contenerlo a Él y desde allí enviar emisarios. Esos mismos seres emisarios se encargarían de conseguir el polvo rojo y traérselo. Se lo traerían desde Mundala, su universo soñado.

—Su universo es pequeño, compacto. Su tiempo, corto. En realidad es un refugiado —dijo Sarva.

G-Hara estuvo a punto de decir lo sé, pero decidió dejar que las cosas ocurriesen. Entendió que las cosas tenían que pasar, que aquellas palabras tenían que pronunciarse.

—El único habitante de un universo pequeño y compacto al que no le quedaba mucho tiempo, atado a las posibilidades nefastas de un futuro oscuro.

Su cuerpo era negro. Ébano absoluto. Parecía absorber la luz. Devorarla. En un momento dado se abrió en múltiples grietas y dejó entrever su interior. Su cerebro. Su mente soñadora. Brillaban aquellas grietas con luz blanca.

Sarva dio una orden mental que sintieron todos los esnifadores de polvo rojo del planeta.

Desde arriba, desde la oscuridad que era el lejano techo de La Cuña, descendió algo. Una nube rojiza de finísimo polvo.

—Unos dispositivos ocultos disparan aire mundano para guiar el polvo directamente desde el silo central hasta Dios. La desintegración del polvo rojo en la materia cerebral de Dios es como una pequeña explosión nuclear. Expande su mente.

El polvo se disgregó y fue atraído, de algún modo, hacia las grietas. Se introdujo y el color blanco de aquella luz fantasmal tornó a rojo.

Las grietas se cerraron.

Entonces G-Hara sintió los tentáculos. No eran visibles, ni físicos, pero ahí estaban, manipulándolo todo, introduciéndose hasta lo más hondo de su mente.

—¿Lo notas? Te está viendo.

—Más bien, palpando —corrigió G-Hara.

—Llámalo como quieras, pero ahora Él sabe todo lo que tú sabes.

—En realidad soy una sonda —dijo G-Hara.

Sarva inclinó la cabeza y sonrió.

—Eso es.

—No puede llegar por sí solo a Mundala a buscar su mierda de polvo. Tiene que soñar con seres al límite de su física para mandarlos a ellos, a nosotros, a buscarlo.

—Veo que lo entiendes.

—Pues ahora sabe lo que es el polvo violeta.

Sarva rio.

—De algún modo, siempre lo supo. Creo que lo intuyó como hipótesis.

El yon se había ido acercando renqueante hasta colocarse al lado de G-Hara. Apenas era un esqueleto movido por restos de músculo con algunos órganos humeantes desparramándose detrás de él.

G-Hara observó los ojos del yon. Perdían color y en unos minutos dejarían de existir, pero no pudo evitar reconocer la pregunta en su expresión. En lo que quedaba de su expresión.

—Yon, en realidad soy una sonda de Dios. Mi mente es una copia tridimensional de lo que Él es. —Se detuvo medio segundo a pensar—. Para que lo entiendas, si juegas a un videojuego, Dios sería el jugador y yo el personaje.

Yon cayó de hinojos. Al tocar el suelo sus rodillas se chafaron. Intentó decir algo, pero solo consiguió expulsar una pizca de aire mundano que desapareció enseguida del universo.

Sarva se aproximó y se acuclilló para enfrentar sus ojos a los del mundano.

—Es todo muy extraño, ¿verdad? Pero es fascinante. Demoledor. —Se puso en pie—. Lástima que solo puedas sentir miedo.

Dios volvió a abrir las grietas, lo que llenó la enorme estancia de una fantasmal luz divina. Ahora brillaban mucho. Estaban más abiertas. Más anhelantes.

En ningún momento G-Hara había soltado la mochila y ahora los ojos de Sarva y los restos de los ojos del yon la miraban. Sintió de nuevo los Tentáculos de Dios en su mente y supo lo que tenía que hacer a continuación. Se colocó al borde de la plataforma. Abajo, la masa de Dios lo atraía.

Sarva se colocó a su lado, aunque algo alejado, un poco, observando el acontecimiento.

—¿Vas a hacerlo? —preguntó.

G-Hara se mantuvo quieto unos segundos más antes de elevar la mochila para introducir la mano.

—Voy a hacerlo —corroboró.

Los tipos encargados de la seguridad se echaron mano a la bandolera, se doblaron sobre sí mismos y murieron. Ambos, Sarva y G-Hara, lo sintieron como si ellos mismos hubieran muerto, aunque tampoco les importó demasiado que ocurriera.

—No hay nada que pueda hacer. Si has decidido darle el polvo violeta, sabiendo que eso hará que todo desaparezca para siempre...

—Este universo no debería haber existido nunca. Solo el Suyo es Verdadero.

—Tú puedes decidir. Solo tú tienes Libre Albedrío.

Hara sacó la semilla rellena con polvo violeta y miró a Sarva.

—Tú has tenido siempre el polvo violeta y nunca se lo diste. Lo guardaste para ti. Tú pudiste decidir y lo hiciste.

Sarva sonrió, pero lo hizo levemente. Sardónico. Probablemente hacía años que no emitía una sonrisa tan sincera como aquella.

—En realidad no es así. Dios no sabía que existía algo mejor que lo que Él mismo había creado en su mente. Mi mérito consistía en evitar que supiera que existía, pero poco más. Estos dos hombres que acaban de morir tenían orden de dispararte en cuanto metieses la mano en la mochila. Y yo sabía que iban a morir. Ellos lo sabían, pero tenían que intentar detenerte. Dios no puede hacer que yo le entregue voluntariamente el polvo violeta, pero puede matarme si así lo desea. Por eso no voy a hacer nada para detenerte.

Lo que quedaba del yon movía la cabeza a un lado y a otro. Si le quedaban restos de tímpano tal vez estuviera escuchando.

G-Hara devolvió la mirada a la Negrura de Dios. Como respuesta, las grietas se ensancharon todavía un poco más, iluminándolo todo.

—¿Y por qué yo puedo decidir?

—Lo sabes.

Era cierto. Lo sabía.

—¿Lo sé?

—Eres Él. Una versión reducida de Él. Tridimensional, humano. El Soñador sueña con el Universo y lo hace real, pero para poder acceder a Mundala necesita enviar una sonda. Para llegar al polvo violeta necesita ser Tú. Por lo tanto, eres Dios. Ergo puedes decidir.

G-Hara ladeó la cabeza. Tenía la esfera en la mano.

Pensó y tomó control del sistema de teletransporte. Algunas mentes terrícolas beligerantes, unos cuantos cientos de miles, intentaron evitarlo, pero murieron al instante por Orden Divina.

Pensó. Decidió. Imaginó el polvo que había dentro de la esfera y lo trasladó a las grietas. Lo distribuyó por toda la quebradura del cuerpo de Dios. Lo depositó equitativamente y soltó el control.

El polvo violeta hizo lo suyo en la Mente.

Sarva habló.

—La esperanza que tengo es la siguiente, y ahora puedo expresarla ya que todo ha sucedido y no hay vuelta atrás. —G-Hara intentó adivinar a qué podía referirse el gran jefe, las grietas empezaron a cerrarse y la oscuridad a abatirse por todo el interior de La Cuña mientras el yon moría entre convulsiones tranquilas—. Dios se volverá adicto a esta droga y optará por no volver a su universo. Necesita más mierda de la buena.

Hara se volvió para mirar a Sarva.

—Podría ser, pero ¿por qué no se la suministraste tú antes si sospechabas eso?

Sarva sonrió.

—Porque solo es una esperanza. Podría ocurrir que no se vuelva adicto y regrese a su universo, borrándolo todo. Ya ha tenido su experiencia, lo único que buscaba.

Acto seguido fue hasta la mesa y sacó sus utensilios de esnifar.

—¿Vas a meterte ahora?

—Claro. Y tú deberías hacer lo mismo.

Las grietas terminaron de cerrarse, dejando como única luz las lámparas flotantes. G-Hara se acercó a la mesa y volvió a tomar control del sistema de teletransporte, en esta ocasión para traer una silla en la que sentarse. Imaginó una que fuera cómoda y un poco alta.

La silla apareció bajo su trasero y el semidios Hara tomó asiento.

—Ahora Dios lo es todo. Se ha conectado a la totalidad infinita de universos posibles en los que Él acaba de esnifar polvo violeta —dijo Sarva mientras colocaba en el espejito una carga.

G-Hara sacó de la mochila la pistola de Yon y la colocó sobre la mesa. Esto detuvo el trabajo de Sarva durante un segundo.

—Estuve a punto de dispararle. Tuve que decidir entre entregarle el polvo o pegarle un tiro.

Se notó que Sarva reprimía una carcajada para no echar a volar el polvo. Le costó, pero consiguió no partirse de risa y pudo continuar machacando la porción de polvo violeta para dividirla en dos.

—¿Y qué esperabas conseguir disparando a Dios?

G-Hara se echó para atrás en la silla, se fijó en los bocadillos de encima del plato y tomó uno.

—No lo sé, estaba enfadado —respondió antes de dar un bocado.

—Lo habrías despertado y todo se habría esfumado en ese instante.

—O tal vez lo hubiera matado y todo se hubiera quedado tal cual.

Sarva terminó de dividir la carga de polvo violeta en dos rayas y tomó el turulo de su cajita de esnifar.

—¿Tú crees que hubiera pasado eso? —preguntó antes de inclinarse sobre el espejito y aspirar con fuerza.

Se reclino en el asiento y dejó hacer al polvo.

G-Hara tragó, tomó el vaso de agua y apuró lo que quedaba.

—Ya te digo que no lo sé, solo estaba enfadado.

Se inclinó para tomar el espejito y esnifar su raya.

Lo hizo. Esnifó el polvo violeta.

Ambos quedaron en suspenso, conectados al todo desde su minúscula posición humana.

Dios los acogió y les hizo partícipes de su Alegría.

Y Sarva volvió a ser un dios entre los hombres esnifadores de polvo rojo.

Y Hara se igualó en Divinidad a Dios.

Se levantó, agarró la pistola y se dirigió al borde de la plataforma ahora sumida en la oscuridad.

Lo sabía Todo. Literalmente, Todo.

Abrió mentalmente las Grietas del Dios Soñador ya que eran sus propias Grietas.

Apuntó.

Sabía que aún quedaba una bala y sabía que Sarva no entendía qué estaba pasando, a pesar del polvo violeta, y que iba a saltar sobre él en 33 centésimas de segundo.

Disparó.

Dios recibió el disparo, que penetró por un lugar preciso en una de sus grietas, dejando alojada la bala en una parte concreta de su Cerebro.

Sarva lo empujó y Hara cayó por el borde de la plataforma durante 42 centésimas de segundo, antes de tomar el control del sistema de teletransporte y depositarse a sí mismo justo detrás de Sarva.

Ahora el empujón lo dio Él y Sarva fue el que cayó por el borde de la plataforma.

Por supuesto, Sarva intentó acceder al sistema de teletransporte para salvarse del mismo modo en que lo había hecho Hara, pero no pudo, el ahora Dios Hara lo evitó cerrando el sistema y dejando caer al gran jefe de todos los jefes al vacío.

No era necesario esperar, pero Hara esperó los cinco segundos necesarios para escuchar el impacto del cuerpo, humano después de todo, contra el suelo de La Cuña.

Los zetas habían permanecido ocultos durante todo ese tiempo desde que Hara llegara a la plataforma, así que, consciente de su presencia, los hizo teletransportarse ante Él, colocándolos en formación pero con sus cuerpos y sus mentes renovadas. Habían pasado demasiado tiempo en la oscuridad, aterrorizados y mal alimentados, sabiendo que el cambio de universos no iba a matarlos, pero esperando en cada ocasión la aparición de ese ser temible y dormido que emanaba una extraña gravedad malévola.

Teletransportó alrededor de sus cuerpos unas armaduras militares de combate urbano, no demasiado resistentes para una batalla campal normal, pero más que de sobra para una guerra contra los delicados mundanos.

Por último, colocó directamente en sus cerebros una microporción de polvo rojo para que lograsen entender lo que estaba ocurriendo. Aunque podía, no quería programarlos. Esperaba su simple e incondicional entrega voluntaria.

Después fijó parte de su atención humana en el yon. Aún vivía. Apenas, pero vivía. Y su cerebro permanecía bastante intacto dentro del, para ser mundano, duro cráneo.

Usó de nuevo el sistema de teletransporte. Hizo desaparecer al yon y ordenó a la máquina que reprodujese cada una de sus moléculas con materia terrestre.

Yon apareció ante Él.

—¡Hay que joderse! —exclamó Yon, ahora con pulmones nuevos y usando aire de la Tierra—. ¡¿Pero qué mierdas ha pasado?!

Aunque Hara ya no era Hara y estaba ocupado entendiendo el Todo, podía rebajar una parte de Sí Mismo a niveles humanos para hacerse entender por ellos. Y eso hizo.

—He dejado a Dios en coma y soñando, he devuelto su humanidad a los zetas y los he convertido en un pequeño ejército.

Yon se volteó para ver lo que le estaba contando Hara y buscó con la mirada.

—¿Y Sarva?

—Muerto, aunque puede que lo resucite dentro de un rato. Ya veremos.

Yon fijó sus ojos en los de Hara. Aun siendo humanos, no pudo detectar humanidad en ellos.

Dios colocó una microporción de polvo rojo en el cerebro de Yon.

Yon entendió.

—Ahora Tú eres Dios —dijo.

Hara no respondió, no hizo falta, sabía que Yon podía entender lo que ocurría. Se volteó y se colocó al borde de la plataforma solo para observar cerrarse lentamente las Grietas de Dios.

© Eduardo Delgado Zahino,
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