La oscuridad lo llenaba todo.
Aparecer en la negrura y tener que reordenar todo lo acontecido necesita de al menos unos minutos perezosos. En esos momentos estás en paz, en un estado de no saber y solo desear seguir durmiendo.
Quería seguir tirado, sintiendo el metal frío del suelo en su rostro dolorido.
Pero los recuerdos tienen una peculiaridad, parecen no estar y de pronto aparecen todos a la vez y te arrebatan de un plumazo el alivio del olvido.
Se incorporó. Había estado echado sobre el lado de la cara en el que le faltaba la oreja.
Tenía hambre. Se hurgó en el bolsillo para ver si la chocolatina que le quedaba aún se encontraba allí. Y sí, allí estaba. Blanducha y deformada, pero de momento le valdría.
La totalidad se iluminó. Todo pasó sin previo aviso de negro a blanco. Para cuando quiso cerrar los ojos ya era tarde y el relumbrón permaneció en su retina.
—¡Hara! —exclamó una voz masculina—. ¡Encantado de conocerte por fin!
Abrió los ojos, pero el fulgor que lo había cegado seguía allí. De todas formas supo de quién se trataba.
—Sarva. Igualmente. Es un honor.
Escuchó acercarse pasos. Pasos de varias personas. Personas grandes y pesadas.
Lo agarraron de las axilas y lo arrastraron hasta sentarlo en algo que intuyó era un sillón. No fue para nada brusco.
La luz residual de sus retinas cedía y empezó a discernir contornos. Lo que creyó ver lo extrañó mucho. Parecía una mesa de despacho. Y al dueño de la voz, Sarva, sentado, pero inclinado sobre ella, como preparando unos tiros de cocaína.
Eso le pareció a la luz de una pequeña esfera luminosa flotante que se encontraba justo encima de todo aquello.
—¿Sabes, Hara? el principal valor de un empresario consiste en saber elegir a aquellos que le servirán en sus emprendimientos.
—Estoy de acuerdo —respondió G-Hara.
Efectivamente, estaba cortando unas lonchas de cocaína. Una cocaína extraña y roja.
Miró a su alrededor. Los que lo habían arrastrado por el suelo metálico hasta dejarlo en el sillón eran unos tipos con aspecto de guardias de seguridad.
Pero seguían estando en el sótano y Sarva notó que eso lo perturbaba.
—Teletransporte. Así he llegado hasta aquí. Yo y todo esto. Existe desde ayer por la tarde.
Después de decir aquello se puso en pie y tomó de la mesa un espejito en el que se podía ver un par de rayas de polvo rojo.
—¿El polvo rojo se esnifa? —preguntó G-Hara, que nunca se había planteado el cómo se consumía en la Tierra.
—Y el violeta también, pero para empezar y que tu cerebro se acostumbre, toma, una por cada agujero. Necesito que se te ilumine la mente para poder comunicarme contigo en condiciones. No quiero tener que hablar con... —Sonrió y tendió el espejo.
—Un gusano con retraso mental —interrumpió G-Hara, terminando la frase de Sarva y riendo.
—Eso es, no te ofendas. Procura no reírte sobre el espejo o este polvo se perderá para siempre.
G-Hara ya había esnifado antes. Otro tipo de polvo, en otro mundo, en otras situaciones más festivas, mientras cazaba
.
Se metió de nuevo la chocolatina en el bolsillo, tomó el espejo en una mano y el turulo en la otra.
—No he comido nada en todo el día —anunció quejumbroso.
Las risas de los guardias lo desanimaron un poco más.
—No hay problema. Métete el polvo que en seguida solucionamos lo de la manutención.
No había terminado de decir manutención
cuando sobre la mesa apareció en un destello una bandeja con comida y agua.
Obedeció. Se colocó el turulo en una de sus fosas nasales y aspiró con cierta desenvoltura, lo que a Sarva le pareció muy bien por el gesto aprobatorio. Después el otro agujero y lo mismo, aspiración rápida y para adentro. Colocó el turulo sobre el espejito y puso ambos sobre la mesa para tener las dos manos libres y usarlas para frotarse la nariz con energía.
—Voy a comer algo, si no le importa, jefe —dijo cuando bajó de nuevo la mirada.
Sarva no respondió. Se puso las manos a la espalda y caminó saliendo del círculo de luz.
En ese momento todo se iluminó gracias a unas cuantas esferas flotantes más grandes que aparecieron sobre ellos.
El sótano apareció ante sus ojos.
Se trataba de un espacio gigantesco en el que se adivinaban pasarelas. Allá, en las paredes lejanas, había huecos. G-Hara imaginó que serían los hogares de los zetas.
Ellos mismos se encontraban en una plataforma, a la que llegaba el montacargas y que se diversificaba en pasarelas en varias direcciones.
Desvió un momento la mirada hacia la bandeja, agarró algo, un bocadillo, y le dio un bocado. Fue mecánico, ni se fijó en lo que comía. Se tragó un vaso de agua enorme. Desde luego lo necesitaba.
Entonces le llegó la Apertura. El Universo cobró sentido. De pronto lo supo Todo.
—¿Ya? —preguntó Sarva.
Hara tragó otro pedazo de bocadillo.
Sarva permanecía de espaldas a él, al borde de la plataforma. Esta carecía de barandilla y G-Hara supo lo que estaba mirando. Supo lo que había allá abajo.
Supo que debía esperar treinta y tres segundos para que los nanorrobots reparadores que había en el bocadillo empezaran a arreglar su oreja. Dio otro bocado. Y otro más.
Con la boca llena respondió:
—Estoy en ello.
Entonces se levantó, se adelantó y se colocó al lado del gran jefe.
—Durante el último aprovisionamiento os inyectamos a todos nanorrobots grabadores. Ahora sabemos lo que ocurrió durante los últimos meses de recolecta. Sabemos lo que pensaron y sintieron todos los habitantes de La Cuña.
—Lo sé —dijo G-Hara.
—Claro que lo sabes. Ahora lo sabes.
Dios era un triedro piramidal enorme con la parte estrecha apuntando hacia abajo. Negro. Pero no del color negro que tienen las cosas negras. Al mirar a Dios eras consciente de lo que la palabra negro
significaba en realidad.
Y tenía tentáculos.
—Es muy lovecraftiano —apreció G-Hara.
Los tentáculos estaban recogidos, pegados al cuerpo principal y eran tan oscuros como este. De hecho, ni se notaba que estuvieran ahí. Si Hara sabía que Dios tenía tentáculos era porque, gracias al polvo rojo, lo sabía Todo.
—Sí —dijo Sarva—, supongo que lo es.
Ambos se quedaron mirando al Dios de todas las cosas y G-Hara se terminó el bocadillo.
Los nanitos actuaron. De pronto y con la ayuda de la esnifada roja que se había metido entre pecho y espalda supo lo que cada miembro del edificio había vivido y sentido a lo largo de los pocos meses ininterrumpidos de recolecta.
—Esto de saberlo todo está bien, pero le quita misterio a la vida —dijo G-Hara.
—¿Necesitas el misterio
?
—Ahora ya no, pero sé que de no haber tomado polvo rojo lo necesitaría.
—Hay algo mejor que el polvo rojo.
—Lo sé.
—El contenido de la mochila es peligroso.
G-Hara supo lo que ocurría. Pensar en términos cuánticos no resultaba difícil. Sabía que el universo terrestre existía de la misma forma que existía el universo mundano. El universo que albergaba la Tierra era la consecuencia de La Cuña incrustada al principio de todo.
—De ningún modo Él debe tenerlo —dijo G-Hara.
Ahora sentía que era él, que era Sarva, que era la gente de seguridad a su espalda, que era cada habitante del planeta Tierra que tanto había amado sin conocer. Al menos los que habían llegado a esnifar polvo rojo.
—Es curioso que incluso siendo el dios de todo un universo se sienta la necesidad de progresar —dijo Sarva.
—¿Él duerme? —preguntó G-Hara sin necesidad.
—El sueña. Él es el Soñador.