—No rompas la canica.

—Claro. No disparéis.

—Tú quieres saber lo que dice el papel número 3 tanto como nosotros.

—Qué va. Mi prioridad es ir a la Tierra. Vivo, preferiblemente.

Se plantó desafiante, pero cerca de la caja protectora.

—Pues estamos en un punto muerto.

—Ni mucho menos. El trato sigue siendo el mismo: los códigos por la canica.

—Eso no puede ser y lo sabes.

G-Hara lo sabía. De hecho, bajar para que la copia de Yon le dijera los códigos a cambio de la esfera productora de hologramas sólidos le empezaba a parecer de una estupidez supina.

—Pero eso es porque no entendéis que vuestra idea de que La Cuña permanezca aquí no es viable. ¿No sería mejor que existieran ambos universos?

—El problema es que la existencia de Mundala depende de la inexistencia de la Tierra. No podemos confiar en que volváis siempre.

Entonces Hara comprendió, en ese instante y no otro, que el yon tenía razón. Estaban en un punto muerto del que no era posible salir. A las copias les importaba un pimiento que el polvo rojo fuera un gran producto de consumo, allá, en la Tierra. Si todo les salía bien tendrían el artilugio que permitía la existencia de su mundo. Podrían existir para siempre. Sin más. Y no había trato posible ni nada que les interesase para comerciar.

G-Hara estaba allí, con los brazos en alto, sosteniendo lo único que, al parecer, interesaba a todos los mundanos.

No, pensó, en realidad no es a todos los mundanos.

¿Era a Yon al único que interesaba lo que ponía allí? ¿Por qué?

—¿Por qué? —preguntó.

Yon, la copia de Yon, seguía arrodillada sobre el casco que servía para comunicarse con él y Lina. Lo miraba directamente.

—¿Qué? —preguntó el yon a su vez, sin entender.

Pensó un par de segundos más de lo necesario.

—Sí, Yon, que por qué es tan importante lo que pone en el papel número 3.

La copia de Yon elevó la cabeza para mirar a Hara y después volvió a bajarla para hablarle al casco.

—Es curiosidad.

Esa era justo la respuesta que le convenía a Hara.

—¿Curiosidad? No entiendo... Vuestra prioridad es que La Cuña se quede, copiar a todos sus habitantes y existir, cosa que podríais hacer ya solo con matarme, pero no lo hacéis porque teméis que rompa la canica. ¿Estáis arriesgando toda la existencia de vuestro universo por una simple... curiosidad?

—Los mundanos han deducido durante milenios la realidad de su universo. Entre todos y con el tiempo a su favor han elaborado una forma de pensamiento en la que la consciencia de su etérea existencia es la base de su filosofía...

De reojo, G-Hara vio que uno de los arqueros tensaba su arco.

—¡La rompo! —exclamó haciendo como que golpeaba la canica con el pedazo de metal.

Yon evitó con un movimiento de mano que el arquero disparase.

—Lo que quiero decir —continuó Yon—, es que los mundanos usan el 100% de su masa mental para pensar, para entender. Funcionamos como un ordenador cuántico.

—Estás intentando entretenerme con chorradas, lo del 100% del cerebro es un mito...

—Por lo que surgen hipótesis —continuó el yon—. Los mundanos siempre han tenido muchas hipótesis.

—Lina, ¿me oyes? —preguntó Hara en voz muy baja, como si con eso pudiera evitar que lo escuchase Yon.

—Sí, dime, he cortado a Yon, ahora solo te escucho yo.

—¿Se podría cerrar la puerta desde ahí?

—Podría intentarlo, pero recuerda que Yon tiene códigos memorizados para cada cosa, en seguida volvería a abrirla. Y podría bloquearla, si es que no lo ha hecho ya.

Yon se dio cuenta de que no estaba siendo escuchado. Se puso en pie.

—Pues ciérrala y abre el canal con Yon de nuevo.

—... necesito que me escuches —continuó Yon con lo que fuera que estuviera diciendo.

La gran puerta comenzó a cerrarse. Yon fue consciente de ello, pero no se movió. En su lugar apareció otra copia de Yon que se dirigió al teclado situado en el lateral exterior. Los arqueros seguían con los arcos bajos y las dos loas incluso empezaron a descender por las escaleras, atravesando la separación de atmósferas.

—¡Que no bloquee la puerta! —advirtió G-Hara.

Hara no tenía claro qué pretendía el yon, pero necesitaba poder moverse con libertad sin tener que temer a las flechas mundanas. Necesitaba pensar.

Aquel yon iba a frustrar el plan. Incluso llevaba un palo mundano para poder pulsar los botones sin temor a perder los dedos.

La puerta se cerraba demasiado despacio, apenas había completado un diez por ciento de recorrido.

Hara apretó los dientes y salió de la seguridad del parapeto para arrojar la barra contra una de las dos copias de loa. No esperó a que impactase porque de reojo vio que los arcos se elevaban. Volvió a esconderse.

Justo antes de ocultarse percibió que la barra metálica golpeaba de lleno a la copia de loa y la partía por la mitad. En ese momento las primeras flechas pasaron por su lado e impactaron contra la caja. Una de ellas le rozó el hombro y el dolor resultante fue intenso e inmediato.

No esperó a que remitiese, se metió la mano en el bolsillo y sacó la pistola mientras volvía a dejarse ver. Los arqueros apenas habían colocado la siguiente sarta de flechas en los arcos y la puerta ni siquiera estaba a la mitad de recorrido, así que apuntó a la loa y disparó. Esta se desintegró como se desintegran las pompas de jabón cuando las tocas con el dedo. Después disparó tres veces en barrido, sin cuidado, a bulto. Los que fueron alcanzados por las balas estallaron, sin más. Ellos y los que estuvieran detrás. Fue una masacre. Del mismo modo apuntó a la derecha del yon y disparó en barrido otras tres veces obteniendo el mismo resultado. Después apuntó al arrodillado exjefe de La Cuña.

—¡Pretendo que entiendas que no vamos a rendir el Edificio sin luchar! ¡Si no podemos irnos, despertaré hasta al último de los durmientes y saldremos con palos y piedras a por vosotros!

El caos que se había organizado por los disparos era más que evidente. Aun así, algún arquero sobreviviente se las estaba ingeniando para apuntar por el escaso resquicio que aún quedaba antes de que la puerta terminara de cerrarse.

Hara bufó. Estaba al descubierto, con la pistola apuntando a un yon al que apenas veía y la canica en la otra mano. Con todo su dolor de hombro, adelantó la esfera para que se viera bien y puso el cañón del arma presionando contra la misma.

—Veo que tienes mi pistola —dijo Yon con tono cansado—. Me la regaló Sarva el día que me ascendió a jefe. Me dijo: toma, para que no tengas que usarla.

—¡Bueno, pues ahora la tengo yo! ¡Y la estoy usando!

La puerta terminaba de cerrarse. Unas cuantas flechas disparadas a ciegas penetraron en el edificio.

—Ese cargador es de nueve o diez balas, no recuerdo bien, no sé de armas de fuego. Asegúrate de que te quedan. Nunca fue disparada, en el edificio no hay sitio para entrenar la puntería...

—¡Cállate! ¡Dame los putos códigos!

La puerta se cerró.

—En fin —dijo el yon—, voy a abrir la puerta.

Estaba claro que no iba a conseguir los códigos de ningún modo. Estaba allí, sangrando como un cerdo, mirando a la gran puerta cerrada con un arma que tal vez no tuviera balas, apuntando a una canica.

Ya solo le quedaba iniciar una guerra.

—¡Jefa! —dijo.

—Dime.

—Creo que no nos vamos. Deberías activar todos los sarcófagos. Hay que despertar a todo el mundo. Estamos en guerra.

La puerta comenzó a abrirse otra vez.

—Espera, B-Lina —dijo una voz a través del transmisor del casco.

Fue medio segundo de silencio, pero parecieron tres.

—¿Adams? —preguntó Lina con voz extrañada.

—En el cajón de arriba del escritorio de A-Yon hay un falso fondo. Ahí están los códigos, A-Yon me lo dijo por si en algún momento...

La voz lenta de la copia del jefe en funciones calló de pronto.

—¿Adams, eres tú? —volvió a preguntar Lina.

—¡Jefa, ve a ver ese cajón! —exclamó G-Hara.

—¡Estoy yendo!

—Vaya puñeta, no me había dado cuenta de que las copias nuevas no están del todo al tanto de lo que les conviene —dijo el yon—. Siguen siéndole fieles al Edificio.

La puerta empezó a abrirse de nuevo y G-Hara corrió de nuevo a esconderse tras la caja.

—Jefa, tú céntrate en conseguir esos códigos. En cuanto los tengas, activa para... diez minutos... No, mejor veinte. Tiene que darme tiempo a subir.

B-Lina no contestó.

—Hara, vamos a entrar. No rompas la canica y déjate hacer —dijo el yon.

—En serio, Yon, al final nos vamos a ir, deberías intentar hacer buenas migas conmigo y la jefa. Cuando La Cuña regrese, que regresará, no lo dudes, a lo mejor se procura no represaliaros demasiado.

—Esos códigos son falsos —dijo el yon—. Se los dejé al jefe en funciones para que se quedara tranquilo, tenía más miedo que vergüenza.

Lina irrumpió en la conversación con furia.

—¡Los he encontrado y voy a introducirlos, cabrón! ¡Hara, si de verdad son falsos, mata a todos esos hijos de puta! ¡Y rompe la puta canica!

Al escuchar aquello a G-Hara se le escapó una risa histérica.

—¡Claro, jefa, lo haré!

La puerta estaba otra vez a medio abrir. Con mucho cuidado, asomando solo un ojo, Hara comprobó que algunos arqueros se estaban colocando cortezas de árbol en los pies.

Iban a entrar.

Miró la pistola. Para él un aparato incomprensible más allá de saber apuntar y disparar. Se preguntó si quedaría alguna bala.

—¡A la mierda, si queda alguna será para ti, Yon!

—¿Alguna qué? —preguntó la copia del jefe.

—¡Joder! ¡Los códigos no funcionan! —gritó Lina en su oído.

Entonces G-Hara perdió todo el miedo. De pronto. Cerró los ojos. Apretó los dientes. Se puso en pie. Abrió los ojos. Apuntó.

La imagen que ofrecía la situación era la peor. El peor escenario imaginable.

La copia del jefe Yon ya no estaba arrodillada sobre el casco. Ya no le interesaba hablar. Se encontraba justo a la entrada, en el punto donde se separaban las atmosferas terrestre y mundana. Llevaba puestos en los pies las cortezas de árbol, un palo en las manos y daba la impresión de estar llenando sus pulmones con aire de Mundala. Algunos arqueros, loas, lancios y una nadia, también llevaban cortezas atadas a los pies. Se disponían a entrar bajo la atenta mirada del muro de copias mundanas de todo tipo que se encontraba justo detrás. Muchos de ellos también se estaban colocando cortezas.

Mientras afinaba la puntería sobre el yon, Hara entendió que a este no le importaba morir.

Yon iba a entrar. Sabía que a la pistola podían no quedarle balas. Y si le quedaba alguna y lo mataba, daba igual, porque su misión como copia con la memoria del antiguo jefe del Edificio había terminado. Entrarían y acabarían llegando al puente. Con el tiempo, tal vez años, conseguirían despertar a todos los habitantes humanos para convertirlos en copias de sí mismos.

Para siempre, Mundala existiría.

La copia del antiguo jefe de La Cuña descendió por las escaleras al interior de la misma, con los pulmones llenos de aire mundano, sonriendo, con los brazos extendidos, preparado para recibir un balazo que lo haría estallar como una jodida pompa de jabón.

Los arqueros ni siquiera se molestaban en levantar los arcos para apuntar a G-Hara. Ya no importaba, ahora solo tenían que tomar aire suficiente para sobrevivir el mayor tiempo posible dentro del Edificio.

Y G-Hara apuntaba al yon con la probable última bala. Y se preguntó de qué iba a servirle matar a esa cosa si lo siguiente iba a ser que lo iban a matar a él. Lo matarían, lo cual era un consuelo, pero más tarde alguien con su mente y memoria acabaría despertando como copia cagada por las enormes criaturas que rodeaban La Cuña.

No, no, él no sufriría ese destino.

Recordó una película, una de zombis, una de tantas de las que le habían hecho desear ir a la Tierra, en la que el protagonista se colocaba el arma debajo de la barbilla para destruir su propio cerebro.

Si no había cerebro, no podrían copiarlo. Porque no iba a ser copiado, de eso estaba más que seguro.

Había sido un dios único para aquellas criaturas y lo seguiría siendo.

Se colocó el arma bajo la barbilla. Esto hizo que el yon se detuviese un cuarto de segundo y la sonrisa perdiese algo de intensidad.

Un par de arqueras loa levantaron entonces sus armas, como si no pudieran consentirle que escapara de aquel modo, como si esperasen tener tiempo de acribillarlo con flechas para que muriese con su cerebro intacto y fuera copiado como ellas fueron copiadas.

Antes de apretar el gatillo, G-Hara pensó que aquellas chicas estaban preciosas, mucho más que cuando estaban vivas, tan desnudas, con el pelo flotando como si estuvieran bajo el agua.

—Bueno, pues se acabó... —empezó a decir mientras tensaba el dedo sobre el gatillo y cerraba los ojos por última vez.

Entonces algo enorme se derrumbó al otro lado de la puerta, aplastando a muchas copias mundanas. Ocurrió con lentitud, del modo en el que ocurren las cosas en Mundala.

Todas las cabezas de los arqueros se volvieron. Para ellos tenía que haber sonado muy fuerte aquel estrépito mundano.

El único que no pareció darse cuenta, por estar de espaldas y dentro del edificio, fue el yon, que había empezado a agitar la cabeza negativamente mirando a G-Hara.

Pero detrás de él, al otro lado de la puerta, en Mundala, uno de los cagadores había caído, aplastando a muchos arqueros y levantando una intensa polvareda.

Después de eso ocurrieron tres cosas más. Una, que el lento ulular de la sirena de partida comenzó a sonar. Otra, que la puerta volvió a empezar a cerrarse y otra, que aquel imbécil de la U, aquel tal Basil, o al menos una de sus copias recientes, apareció disparando con un láser a todo bicho viviente.

Y no estaba solo. En el campo de visión que permitía la puerta mientras se cerraba pudo discernir al menos a otros dos basiles, también con láseres en las manos, disparando como locos.

A unos de ellos, el más cercano, se le cayó el arma. G-Hara pudo ver que había perdido la mano que la había estado sujetando. Aquella copia de Basil parecía estar muy enfadada, tanto que no tuvo reparos en agarrar el láser caído con la otra mano para seguir disparando.

—Hara, he activado la partida.

G-Hara sonrió, lo que perturbó al yon.

El muchacho retiró la pistola de su barbilla e hizo un gesto circular con el cañón para que el yon entendiese que debía darse la vuelta.

—Ya veo, jefa. Justo a tiempo. Todo muy justo. Aquí, algunas copias recientes no parecen estar muy de acuerdo con la nueva situación, o puede ser que nadie se lo haya explicado todavía. El tío aquel con cara de ceporro se está liando a tiros con los láseres caídos en la primera batalla.

—Pero hay un problema grave —prosiguió Lina.

La copia de Yon se había girado completamente y no se movía ante el espectáculo de destrucción.

—No me digas...

—He conseguido que los códigos funcionen, pero ha tenido que ser poniendo muy poco tiempo para la partida. Antes he intentado que tuvieras media hora para llegar aquí, pero solo admite ocho minutos.

—¿Ocho minutos? Bueno, jefa, sarcófagos hay en todas las plantas, mira si en la primera hay alguno vacío y voy para allá...

—Hara, no lo entiendes, estos códigos son para una situación de emergencia total. Por eso Yon decía que no iban a funcionar. El tiempo no puede ser superior a ocho minutos y todo el edificio cierra todas las puertas en todas las plantas. Aquí se ha cerrado bien cerrada.

Desde el momento en el que te introducías en un sarcófago y apretabas el botón tan solo hacía falta un minuto. Era rápido, pero, claro, tenía que haber un sarcófago en el que meterse.

G-Hara controló el sentimiento de reproche que intentaba hacerse fuerte en su ánimo y puso en marcha, de nuevo, la maquinaria mental de supervivencia.

Pensó.

La puerta terminó de cerrarse, otra vez, privando de la visión del caos exterior a humano y mundano. Este último se volvió para enfrentarse de nuevo a la mirada de G-Hara.

G-Hara pensó.

Habían pasado treinta segundos desde que Lina le dijese que solo tenía ocho minutos, más el tiempo desde que empezó a sonar la sirena, otros treinta segundos...

—¡Jefa!

—Lo siento, Hara, de verdad, pero yo voy a congelarme ya.

—¡Pero dime algo! ¿Adónde puedo ir?

—No lo sé. Intenta abrir la puerta del primer piso, allí veo un par de sarcófagos, en el apartamento X-74 y en el V-42.

—¡Pero intenta abrirla tú!

—La computadora me lo está dejando claro, Hara, estos códigos activan una partida de emergencia definitiva e inalterable.

—Jefa...

—Voy a congelarme. Siento lo de la oreja.

G-Hara se fijó durante un segundo en que el yon se acercaba a él, pero enseguida volvió a su problema principal; la partida de emergencia.

Concluyó que seguir hablando con Lina solo le iba a hacer perder tiempo.

—De acuerdo, jefa, gracias de todas formas. Nos vemos a la vuelta. Yo también siento lo del ojo.

B-Lina no volvió a hablar.

La sirena seguía ululando como si nada.

Entonces Yon agitó la mano delante de sus ojos para llamar su atención.

—¿Y a ti qué te pasa? Estamos muertos, ¿te enteras? Bueno, a ti ya te daba igual desde antes.

Yon señaló algo a sus espaldas.

—Qué, ¿qué hay ahí, un sarcófago?

Se fijó bien para entender qué estaba intentando decirle el yon con la esperanza de que le estuviera señalando la posible ubicación de un sarcófago de emergencia o algo así.

Pero G-Hara sabía muy bien que en la planta baja no había sarcófagos.

El yon caminó señalando. Hara lo siguió. Tampoco tenía mucho más que hacer.

—¿Qué, qué hay ahí? —repitió.

Entonces lo vio.

Era el montacargas.

La memoria de G-Hara, activada por el instinto de supervivencia, lo situó algunas semanas antes, cuando el verdadero jefe A-Yon y la mujer terrestre, A-Clara, lo habían convocado en el despacho para asustarlo.

Recordó las palabras: La única forma de llegar hasta allí, o salir, es por el montacargas de servicio que hay en el puerto y del que solo yo sé los códigos necesarios para activarlo.

El yon señaló con el dedo índice hacia abajo.

—Es verdad, me dijiste que había sarcófagos en el sótano.

El yon asintió.

—Y que solo tú sabías los códigos para activar el montacargas.

El yon volvió a asentir y mostró el palo mundano con el que pulsaría los botones para introducir los códigos.

G-Hara dudó y sopesó. Todavía podía intentar abrir por la fuerza la puerta del primer piso.

—¿Y ahora por qué te da por ayudarme? —preguntó.

El yon señaló la mano de G-Hara en la que todavía tenía agarrada la canica.

Entonces lo entendió.

—Es decir, que si te dejo leer el papel número 3 tú me abrirás la puerta del montacargas.

Esta vez la copia de Yon no asintió, tan solo realizó un leve levantamiento de cejas que, en otras circunstancias, habría resultado gracioso.

¿Cuánto tiempo había pasado desde que empezara a sonar la sirena de partida?

—De acuerdo, vamos —empezó a caminar hacia el montacargas.

La copia de Yon se movía despacio, como se mueven los seres de Mundala, como en un sueño, y las toscas cortezas sujetas a los pies no ayudaban a que pudiera acelerar el paso.

Y no había tiempo.

G-Hara retrocedió y tomó por un brazo al yon. Inmediatamente la porción de miembro agarrada empezó a disolverse. La cara malhumorada de la copia de Yon le indicó que le estaba haciendo daño.

Pero Hara tiró de él y corrió hacia la única salida que podía salvarle la vida.

Desde niño, un habitante cualquiera de La Cuña sabía a ciencia cierta que no podía viajarse entre dimensiones estando vivo. Nada que tuviera vida soportaba el viaje, se convertía en polvo. Eso decían. Por eso las plantas de la azotea desaparecían en cada tránsito y por eso aparecían semillas congeladas en los almacenes, a cada vuelta. Por eso, además, los seres humanos debían congelarse, porque cuando una persona entra en estado criogénico, a todos los efectos está muerta, aunque después pueda ser reanimada, resucitada, de nuevo.

Llegaron al montacargas y Hara calculó el tiempo que le quedaba.

—Menos de cinco minutos —dijo—. El anticongelante que me inyecté hace un rato, cuando creía que nos íbamos, debería seguir haciendo efecto.

Yon se miró el brazo herido, miró a G-Hara y miró la canica.

—¡Abre la puerta y mientras bajamos activo la cosa esta! ¡Rápido!

El yon hizo un gesto raro, como si bufara pero sin soltar aire. Volvió a mirarse la marca que la mano de Hara había dejado en su brazo desnudo.

—Supongo que la curiosidad que sientes por saber qué pone en el papel es porque sabes que vas a morir.

El yon miró a G-Hara. Sonrió.

—Yon, volveremos, el Edificio volverá y puedo asegurarte que haré todo lo posible para que Sarva tenga la intención de llegar a acuerdos con vosotros en vez de intentar dominaros.

La sonrisa del yon se volvió sarcástica.

—Joder, Yon, tú lo conoces mejor que yo, Sarva es un liberal, no un conquistador.

El sarcasmo en la sonrisa del yon se intensificó, pero alargó el palo y pulsó en el teclado una secuencia alfanumérica bastante larga.

La puerta se abrió.

—Bien, vamos.

Entraron en el montacargas. Solo había dos botones, uno con una flecha hacia arriba y otro con una flecha apuntando hacia abajo. Cuando devolvió la mirada al yon, este se había quedado parado en la puerta.

—¿Qué pasa? ¡Vamos, casi no me queda tiempo!

Fijándose bien comprobó que la piel de Yon estaba rodeada de una especie de neblina tenue.

—Te estás deshaciendo y entrar aquí solo lo empeorará, ¿no?

El yon hizo un gesto extraño con la cara que G-Hara no supo interpretar.

—Bueno, mira —dijo, sacando la canica del bolsillo—, mientras este trasto baja al sótano podemos mirar lo que pone en el papel.

El momento de duda de Yon desapareció y penetró en la cabina con decisión.

—Claro, jefe, si yo también tengo curiosidad, ¿qué te crees?

Pulsó el botón con la flecha hacia abajo y la puerta se cerró.

Bajaron.

El papel número 3

—Hara, Yon, sé que sois vosotros los que estáis leyendo esto —leyó G-Hara antes de levantar la mirada hacia el yon—. Eh, es lo que pone. —Mostró el papel—. Sigo leyendo:

Me resulta farragoso explicar esto usando símiles que podáis entender, así que no lo haré. Sé que ahora estáis bajando al sótano, o lo que es lo mismo, a La Cuña, propiamente dicha.

Nosotros no construimos La Cuña, solo el edificio que hay encima. La Cuña llegó a nuestro universo al mismo tiempo que lo creaba. Esto está escrito, no lo voy a repetir, si no lo pilláis de primeras, volved a leerlo.

G-Hara miró al yon.

—Yo lo pillo, ¿tú lo pillas?

El yon no parecía encontrarse demasiado bien. La neblina de materia mundana que lo cubría era el resultado de la disolución de su piel. Pronto la perdería.

Aun así, asintió.

—Bien —prosiguió G-Hara—, esta es la realidad. Nosotros, los seres humanos, no tenemos tecnología para crear algo como La Cuña. El nivel de inteligencia necesario para construir tal cosa excede todo lo comprensible. Por comparar, y para que entendáis, es como si un gusano retrasado mental pretendiese construir una central nuclear.

No, La Cuña no la construimos nosotros. La Cuña la construyó Él.

Dejó de leer. El montacargas seguía bajando y llevaba por lo menos un minuto haciéndolo a buena velocidad. Habló dirigiéndose al yon.

—Ha escrito Él con mayúscula. Me estoy acojonando de verdad. ¿Cómo de profundo está esto?

El yon se encogió de hombros y señaló con su palo mundano el papel, metiendo prisa para que siguiera leyendo.

G-Hara centró los ojos en la siguiente línea.

—Sí, Hara, he escrito Él con mayúscula y La Cuña es muy profunda. En realidad es enorme, monstruosa. —El muchacho detuvo la lectura un momento para exclamar—: ¡Joder, qué paranoia! —y siguió leyendo.

Sí, ¡joder! Hara, la palabra correcta es esa, pero no es paranoia, está ocurriendo.

A ver cómo te lo explico...

Dios construyó La Cuña.

G-Hara dejó de leer otra vez para mirar al yon, que no dejaba de perder piel. En algunos lugares ya se le adivinaba el músculo.

—Te lo dije aquel día en la selva.

Yon agitó el palo señalando el papel.

—No te preocupes —prosiguió G-Hara—, lo que está ocurriendo ocurre porque lo ha soñado Dios. Y Dios no sueña en vano.

Este papel jamás ha sido escrito, la mano que puso las palabras nunca las puso y el Dios que provocó todo esto jamás existió y, sin embargo, ahí estáis. La Cuña, el Edificio y los trabajadores que lo llenáis sois lo más real que existe.

Yon....

Hara dejó escapar una risilla nerviosa y el yon se puso muy serio. Le faltaba toda la piel y sangraba, aunque las gotas de sangre no llegaban a tocar el suelo.

—Te está hablando a ti —dijo G-Hara—. Diceee... Yon, los mundanos saben todo esto. Llevan literalmente milenios elaborando hipótesis —G-Hara rio—. Mira, lo que tú decías. Y una de ellas —prosiguió— es la que dice que Mundala proviene de la Tierra y la Tierra, a su vez, de otro universo, un Universo Primigenio.

Los mundanos tienen razón, cuando La Cuña vuelva a Mundala podremos decirles que ya pueden convertir la hipótesis en teoría.

Bueno, ya habéis llegado.

El montacargas se detuvo.

—Alucinante —dijo G-Hara y siguió leyendo—: Sí, desde tu punto de vista es alucinante.

Casi soltó el papel, pero la puerta al abrirse lo distrajo de hacerlo.

Ante G-Hara y el yon apareció La Cuña.

Era inmensa. O eso creyeron, porque la oscuridad lo llenaba todo. En realidad la concepción mental de inmensidad venía de haber sido conscientes de la gran duración del descenso.

La escasa luz del montacargas apenas abarcaba un par de metros y no tenía nada con lo que alumbrar para buscar sarcófagos.

Y necesitaban al menos uno para él antes de... Ni siquiera sabía cuánto tiempo quedaba para la partida, aunque recayó en que la sirena no había dejado de oírse en ningún momento.

A medida que los ojos se acostumbraban a la oscuridad se iba divisando camino frente al ascensor en forma de pasarela. G-Hara miró al yon.

—Bueno, jefe, voy a buscar algún sarcófago, ahí, en esa oscuridad espesa. Como no lo voy a encontrar y tú no vas a venir conmigo, me despido aquí y ahora.

Yon se deshacía. Sus ojos permanecían curiosamente intactos en mitad de aquel amasijo de carne excretada. Los dirigió al papel que todavía portaba G-Hara en su mano y señaló con el hueso sanguinolento que era su dedo.

—Bueno, lo leo rápido. Diceee: Yon, siento mucho lo que te ha pasado, pero esta copia tuya ya no va a existir mucho más. Si querías saber que la Tierra en realidad no es el universo primigenio, ya lo sabes.

Hara, lo de que los cuerpos vivos no pueden soportar el cambio de universo es una mentira que hemos usado siempre para que no molestaseis cuando estuvieseis en la Tierra. Congelados dabais menos problemas.

No te preocupes, estás donde debes estar. Solo espera.

El yon se dobló y vomitó algo que la luz del montacargas no consiguió definir.

El universo, la percepción del universo, se dislocó. Se bilocó.

En realidad, se trilocó.

Si ocurrió algo digno de mención, que seguro que sí, G-Hara no se enteró. Cayó al suelo inconsciente, cosa que le vino muy bien. Estaba agotado.

© Eduardo Delgado Zahino,
(4.717 palabras) Créditos Créditos