Cuando Basil abrió los ojos, la cosa gigante con tentáculos seguía allí. Lo había despertado un impacto terrible contra el suelo, el de su cuerpo por caer desde una gran altura. Pero Basil no era consciente de eso, Basil solo veía un ano enorme, allá, arriba.

—Bienvenido a Mundala —dijo alguien a su lado, muy lentamente.

Basil giró su cuello para mirar la procedencia de aquella voz.

Era el jefe A-Yon. Estaba desnudo y sonreía.

Intentó hablar, pero se dio cuenta de que no tenía aire en los pulmones.

—Al principio es siempre así, tienes que concentrarte para respirar.

Lo hizo. Pensó en inspirar y el aire de Mundala penetró en su cuerpo.

—Es un nuevo mundo, ahora somos una nueva especie. No somos oriundos de Mundala, pero tampoco somos humanos. Ya no —dijo el jefe A-Yon.

—¡¿Qué mierda pasa?!

Las palabras surgieron graves, lentas, y con un tono aterrado, de su garganta.

—Pasa que no tenemos tiempo para que te aclimates. Debes entender y aceptar, aquí y ahora, que ya no eres el hombre que eras hace unos minutos.

Basil se incorporó, quedando sentado en el suelo y fijándose en sus manos desnudas, en sus piernas, en su pene.

—¡Mi traje! —exclamó.

—Ya no lo necesitas.

Entonces recordó.

—¡Me han disparado!

—A ti no. Dispararon al hombre que eras hace unos minutos.

—¡Tú no eres el jefe A-Yon! ¡Eres una de esas cosas!

—¡Ya lo pillaste!

Se puso en pie sintiéndose muy ligero. Volvió a mirarse las manos.

—¡Y yo también soy una de esas cosas!

—¡Sí señor! ¡Al vuelo!

El pánico cobró sentido en la mente de Basil. De pronto lo entendió. Fue abrupto, doloroso y frío, como cuando comprendió, al ser alcanzado por las flechas mundanas un rato antes, que iba a morir.

—¡No quiero! ¡Yo no quiero esto!

—Es comprensible, pero ahora necesito que te centres. Yo tengo cosas que hacer en La Cuña y no te puedo pedir que me acompañes a morir de nuevo, pero sí que te voy a pedir que te encargues de tus compañeros según los vayan cagando.

Basil vio que alrededor de ellos desfilaban hileras de personas desnudas y eso le hizo recordar sus últimos minutos siendo todavía humano.

—¡Sois muchos!

—Somos muchos.

—¿¡Qué queréis!?

—Queremos existir, pero ahora no tengo tiempo para explicártelo. Tienes que aceptar que ahora eres como nosotros. Acéptalo, aunque no lo entiendas.

Basil se giró hacia el Edificio y vio que todas aquellas copias se dirigían hacia allí. Algunas esquivaban un bulto.

El bulto era un hombre. Un hombre desnudo tirado en el suelo. Cubierto de sangre.

Se acercó con pasitos extraños, cortos e indecisos. Todavía no era capaz de controlar bien su cuerpo.

—No mires eso —dijo el yon.

Un tentáculo descendió a su lado y arrancó un gran matojo de flor roja, elevándolo. Basil miró hacia arriba y vio como la cosa enorme se lo llevaba a la boca.

Pero su atención volvió a fijarse en el bulto sanguinolento. Había algo en él que le recordaba algo.

Se acercó un poco más.

—De verdad, no necesitas ver eso —insistió el yon.

Con los ojos desorbitados, Basil empezó a entender qué era eso que había en el suelo.

—Bueno, haz lo que quieras, yo tengo que ir a impedir la Partida —dijo el yon, dando media vuelta y alejándose de Basil.

El cuerpo estaba retorcido sobre sí mismo, como si también hubiera caído desde muy alto. La piel enrojecida y salpicada de pequeños cortes.

—Ese eras tú —dijo una copia de alguien que pasaba por su lado.

Y, efectivamente, era él.

Se aproximó tanto que sintió la proximidad de la materia de la que estaba hecho el hombre muerto. Era como si le picara el cuerpo, como si alguna especie de alergia lo asaltase de pronto.

El rostro del cadáver mostraba sufrimiento y eso le hizo recordar lo mucho que le dolieron los flechazos recibidos.

Otra copia que pasaba por ahí, una de la mujer pelirroja de la Tierra, le espetó:

—No lo pienses más. Ven con nosotras a detener la Partida.

Fue en ese momento cuando la comprensión se afianzó en su cabeza. Se formó una frase en su cerebro copiado y la pronunció en voz alta, como para que, al oírla, terminara de incrustarse entre sus neuronas.

—¡Estoy muerto y he sido copiado! —gritó.

—¡Lo has pillado! —dijo una, otra, copia de Yon, que pasaba cerca de él.

Se fijó en otro bulto a unos metros y supo en seguida de qué se trataba.

Era su antiguo traje de exterior. Se acercó buscando algo.

Y lo encontró.

El láser estaba en la mano, que era el guante, de su antiguo traje de exterior.

Recordó que unos minutos antes de ser acribillado había estado disparando con aquella arma a las copias que se les echaban encima. Recordó el miedo y al mismo tiempo la gran satisfacción al matarlos.

La agarró y tiró de ella para arrancarla del férreo agarre del guante. Le dolió. Mucho. Como si hubiera cogido un pedazo de metal al rojo.

Pero siguió tirando y por fin la tuvo en su mano.

La figura del yon aún se alejaba cuando Basil apuntó y disparó. No le dio, pero sí que alcanzó a otra copia más adelantada, volatilizándola.

Detrás de él se oyó un sonido, como de algo golpeando el suelo. Se volvió.

Algo había caído desde lo alto. Un cuerpo.

La copia de una chica desnuda intentó detenerlo, mientras le gritaba algo que no entendió.

Apuntó, disparó y la chica desapareció.

La mano le quemaba horriblemente, pero le dio igual, aquella no era su mano.

El cuerpo que había caído desde el culo del monstruo enorme era otra copia de él mismo. La copia giró el cuello y se lo quedó mirando con ojos bovinos.

Apuntó y disparó.

Bajando

G-Hara se detuvo en el descansillo del piso cuarenta para comprar chocolate en una máquina expendedora que sabía se encontraba allí. Rebuscó en los bolsillos de un cadáver hasta encontrar unas monedas que introdujo en la máquina. Se comió una chocolatina en dos bocados, se metió otra en el bolsillo y echó un par de ellas en la mochila.

Y siguió bajando con alguna energía nueva en su ánimo mientras escuchaba los esfuerzos de Lina por convencer a Yon de que iban a volver a Mundala si entregaba los códigos.

Cuando llegó al piso veinte se detuvo a comerse la chocolatina del bolsillo. Mientras lo hacía, escuchó pasos apresurados que se acercaban. Pasos pesados. Pasos humanos.

El grupo que le salió al encuentro constaba de unos cinco individuos con muy mal aspecto. Al verlo se detuvieron. Estaban sucios y la tonalidad de gris en sus monos de trabajo variaba, aunque no mucho, entre manchas sanguinolentas y humeantes. Los cinco eran hombres y mostraban una herida en la frente.

Fijándose bien, se dio cuenta de que la herida era una letra K marcada a cuchillo.

—¡KUÑANOS! —gritó uno de ellos.

—¡ARRIBA LA KUÑA! —exclamó otro.

Mirando la K de la frente de los hombres imaginó las palabras kuñanos y kuña escritas con esa letra.

—¿A dónde vas?

La mente de Hara elaboró una explicación que se dispuso a soltar como una retahíla apresurada.

Pero en vez de hacer eso, lo que hizo fue sacar la pistola que llevaba en el bolsillo. Le pareció lo más inteligente y rápido.

—¡Voy abajo! —dijo en voz muy alta.

—¡Tú eres el loco! —exclamó uno de ellos.

—¡Eso que lleva es un láser! —gritó otro.

—El láser no daña a los humanos, ¿no lo sabes ya? —explicó un tercero.

G-Hara disparó al vientre del último que había hablado y aprovechó el caos para rebasar al grupo y seguir bajando. Detrás de él quedaron gritos e insultos, pero no le siguieron.

—¡Lina, corta a Yon!

La voz de Yon dejó de oirse.

—¿Qué pasa? —Preguntó Lina—. ¿Qué ha sido eso?

—Una panda de zumbados con una letra K marcada a cuchillo en la frente. No lo sé, pero creo que van al puente.

—¿En serio?

—Cómo te lo diría... Aquí abajo han estado pasando cosas.

El suelo estaba cubierto de restos mundanos que se desintegraban despacio, aunque a ojos vista.

—¿Y vienen aquí?

—No lo sé, hacia arriba van. Le he disparado a uno con tu pistola.

—¿Te han atacado?

—No. Deberías bloquear la puerta, no creo que estos pretendan nada bueno.

—Pero ¿qué les pasa? ¿qué han dicho?

—Pues han dicho que arriba La Cuña y otra cosa que no he entendido.

—¿Y eso por qué?

—No lo sé, Lina, supongo que al tener que matar y morir por el Edificio se han fabricado una ideología rápida para que les infunda valor, como en El Señor de las moscas, o vete tú a saber.

Al decir esto se topó con un par de cadáveres humanos. Los esquivó.

—¿El señor de qué?

—Nada, cosas mías.

—Voy a buscar en el libro algún código para bloquear puertas —dijo B-Lina.

—Hazlo. Yo casi he llegado. Joder, creo que vienen más zumbados.

—¡Mátalos!

—No sé cuantas balas le quedan a esto... Ahí están.

Se trataba de un grupo más nutrido que el anterior. Hara supuso que los primeros con los que se había encontrado sencillamente eran más rápidos.

Levantó el arma y apuntó a bulto.

—¡Deberíais ir a congelaros! —dijo en un tono entre autoritario e histérico.

—¡Kuñanos! —exclamó el que abría el grupo.

También llevaban la frente marcada con una K.

—¡Dejaos de gilipolleces y buscad rápidamente sarcófagos vacíos!

A la vista de la determinación mostrada, y el arma, le abrieron un pasillo.

—¡Karmen murió por nosotros! —ladró una mujer.

—¡Todos somos kas!

—¡Se acabaron las letras!

Ninguno intentó detenerlo, así que Hara siguió bajando haciendo caso omiso a las extrañas frases que lo persiguieron durante dos tramos.

Cuanto más bajaba, más cadáveres humanos encontraba.

—Joder, Lina, la que hay aquí liada.

—Y la que se va a liar si no salimos de Mundala.

—Dile a Yon que estoy en la puerta principal, que si quiere saber qué pone en el papel número 3, aparezca.

Hara dijo esto cuando todavía le faltaban dos pisos para llegar. Las escaleras eran un cenagal de vísceras mundanas y cuerpos asaeteados de ciudadanos de La Cuña. Había que caminar con cuidado porque el suelo estaba resbaladizo y las zapatillas desechables de hospital hacía tiempo que habían desaparecido.

© Eduardo Delgado Zahino,
(1.729 palabras) Créditos Créditos