Yon, Clara, Zicna y Carla, entraron en el puente. Se comunicaban por señas porque no podían usar el aire terrestre para respirar y mucho menos para hablar. Las dos kas iban armadas con arco y flechas.

No tenían tiempo, habían cogido aire y apenas les quedaban un par de minutos antes de morir asfixiados. Llevaban puestas unas cortezas de árbol en los pies que impedían, o más bien refrenaban, la disolución de la materia de la que estaban hechos sus cuerpos.

La copia de Yon no perdió el tiempo, se adelantó hasta la consola principal y pulsó en el teclado los dígitos que interrumpirían la cuenta atrás.

La sirena se detuvo, aunque ninguna voz avisaría a los ciudadanos del abortamiento de la Partida.

Una de las kas empezó a doblarse y convulsionar y la otra intentó sujetarla para que no tocase el suelo, pero su piel estaba demasiado corroída por el aire tóxico terrestre y solo consiguió desprender grandes trozos de pellejo. La falta de oxígeno era insoportable y, ante la asfixia, el instinto de supervivencia las obligó a expulsar el aire mundano y aspirar el pesado y corrosivo oxígeno terrestre.

Ambas se desplomaron entre convulsiones atroces e intentos de usar por última vez los pulmones para gritar. Apenas unos sonidos ahogados consiguieron salir de sus gargantas.

La copia de Clara miró a la copia de Yon y este le devolvió la mirada. Sabían que solo contaban con unos segundos de vida, pero habían cumplido. Habían evitado que el edificio partiese hacia la Tierra.

Ellos no, pero el resto de copias existirían.

Yon sonrió y al hacerlo se le desgarraron los labios. Clara hizo lo propio. Se abrazaron y besaron mientras la atmósfera terrestre destrozaba sus cuerpos y la asfixia los mataba entre estertores de agonía.

Entonces entraron G-Hara y B-Lina.

B-Lina soltó un grito corto, pero a G-Hara no le pareció que lo hiciera por lo dantesco de la escena; las copias de las dos kas y jefes descomponiéndose, literalmente, entre espasmos, sino porque estos últimos estuvieran besándose.

—¡Pero qué hijo de puta! —exclamó.

La sangre del ojo le había chorreado por la cara, dejando un reguero por toda la parte superior del uniforme.

Hara avanzó hasta la consola para comprobar qué habían hecho las copias.

Mientras se besaban, Yon y Clara, con los restos de lo que habían sido sus ojos, lo vieron acercarse. Sus bocas estaban fundidas una sobre la otra y al intentar separarse se desprendieron las partes inferiores de sus caras, las mandíbulas y la piel superior de los cuellos. Yon intentó sujetar a G-Hara cuando el muchacho empezó a pulsar botones, pero ya no le quedaba más vida que la necesaria para desplomarse en un montículo palpitante de carne tumefacta y huesos semitransparentes. Clara se desmoronó después, lentamente, como si ya no le quedara más remedio que hacerlo.

—¡Jefa, alcánzame el libro, hay que reactivar la partida!

B-Lina, sin dejar de presionar la compresa contra su ojo corrió buscando el manual. Cuando pasó por al lado de una consola pulsó un botón y la voz lenta del yon que le hablaba por el pinganillo interno llenó la estancia.

—... yo solo te he querido a ti —decía el yon—. Reinaremos juntos en el Edificio y Mundala entero.

G-Hara soltó una risilla.

—Así que eso es lo que te está diciendo todo el tiempo. No me extraña que estés enfadada.

—Pero —continuó Yon— necesito que me digas lo que pone en el papel número 3...

—¡Aquí está el manual! —exclamó B-Lina, triunfante—. Vámonos de aquí. ¡Y que se jodan todos estos hijos de puta! —concluyó.

Abrieron de nuevo el libreto por la página correspondiente e introdujeron los códigos necesarios.

No funcionó.

Revisaron y volvieron a marcar los números en el teclado.

—¿Qué pasa? —preguntó G-Hara al aire.

—Necesito saberlo, necesito que leas el papel número 3 —decía Yon.

—Supongo que esta copia del hijo de puta ha bloqueado la consola con algún código —aclaró B-Lina buscando apresurada en el manual—. Un código que supongo solo sabrá él, como lo de poder activar el ascensor bloqueado.

La compresa se mantenía pegada al ojo, con lo que podía sujetar el manual y pasar las páginas con la otra mano. Verla allí, con el ceño fruncido lleno de odio, toda cubierta de su propia sangre y la compresa a modo de parche en el ojo mutilado, excitó de una forma extraña a G-Hara.

—Opino igual, no creo que un código de bloqueo se encuentre en ese manual —dijo y se volvió hacia el gran ventanal del puente.

Avanzó los pasos necesarios para poder mirar afuera. Lina levanto la vista.

—¿Dónde vas?

G-Hara no contestó. No de primeras. Terminó de recorrer los metros que le quedaban hasta la ventana.

—Es lo único que te pido, Lina, que me leas lo que pone en el papel núm...

De un manotazo, B-Lina desconectó la voz.

—¡Mire, jefa! ¡Venga, tiene usted que ver esto! —exclamó G-Hara.

B-Lina recorrió el espacio que la separaba del ventanal.

—Deja de tratarme de usted cuando te conviene —dijo Lina mientras se acercaba—. Creo que entre los dos ya hay suficiente confianza como para...

Lo que vio la dejó helada.

Afuera, entre el mar de copias mundanas, enormes criaturas, ocho por lo menos, de muchos metros de altura, muchos, veinte, tal vez treinta algunas de ellas, con unas larguísimas patas arácnidas sobre las que se sostenían unas formas globosas y tentaculares, se dedicaban a recoger cadáveres.

—No sabía que tuvieran tantas —dijo G-Hara.

—¿Y saber eso de qué nos sirve?

Hara miró a Lina.

—De nada, pero está claro cuáles son sus intenciones.

—¿Ah, sí?

G-Hara las contó con el dedo.

—Ocho. Y solo las que se ven desde aquí.

—¿Y cuáles son sus intenciones?

—Fíjese... Fíjate, jefa, están recogiendo a los muertos. Se los introducirán en sus cuerpos y empezarán a cagar copias. Si te fijas bien, con esos otros tentáculos están recogiendo flores rojas.

—No entiendo.

—Una vez me lo explicó B-Lancio. Ellos usan las plantas y animales a modo de máquinas. Esas, las que vemos ahora, en su forma natural, eran animales que habían evolucionado para hacer copias con sus desechos de las criaturas que consumían.

B-Lina giró mucho la cabeza para poder mirar a G-Hara con su ojo bueno.

—¿Qué? —preguntó.

—Sí, verás, esas cosas de ahí fuera, en sus inicios, en su forma natural, consumen a sus presas capturándolas, pero su sistema digestivo, y en concreto, el excretor, no caga mierda normal. Lo que hace es que con el material de desecho que produce, fabrica una copia exacta del animal que se ha comido.

—¿Pero por qué hace eso?

—Ha evolucionado así. Sus excrementos vivientes son las copias de los animales que se han comido y se comportan del mismo modo que se comportaban los originales, atrayendo a otras posibles víctimas. Piensa en un animal mundano que sea gregario. Si esa cosa lo consume y caga copias que se dedican a comportarse igual que el animal original, otros animales vivos se acercaran a la manada de copias.

—Y el grande se los comerá.

—Y repetirá el proceso las veces que haga falta. Bueno, pues esos de ahí fuera han sido modificados genéticamente por los mundanos, por las copias cagadas, durante decenas de generaciones para que sean capaces de tragarse y asumir humanos. No creo que sean capaces de digerirlos, pero sí de leer su genoma y reproducir copias a partir de la materia que consumen, en este caso, fíjate bien, las flores rojas. Y por lo visto no importa que el individuo por copiar esté muerto.

B-Lina se llevó la mano al bolsillo y sacó el paquete de cigarrillos.

—Lo que hay que oír —dijo, colocándose un pitillo en los labios manchados de sangre seca—. Bueno, ¿entonces vamos a tener que ser digeridos y copiados por esas cosas?

Ofreció tabaco a G-Hara y este lo aceptó. Después sacó un encendedor del bolsillo y prendió los dos cigarrillos.

—Pues supongo que esa es la idea que tienen —respondió—. Y por lo visto van a conseguirlo.

B-Lina aspiró humo.

—Oye, ¿B-Lancio no era aquel que desapareció hace la tira de años?

—El mismo. Fue el que me introdujo en esto del tráfico de humanos a cambio de polvo violeta.

Se miraron. El humo a su alrededor dibujó curiosas formas.

—¿Y por qué lo hacías?

Hara fumó.

—Yo siempre quise ir a la Tierra. Fue lo que propuse a Sarva cuando entregué mi segunda esfera de polvo violeta. Pero a él le venía mejor que yo estuviera aquí, proporcionándole esa mierda solo a él y la promesa de despertarme de la criogenia allá, en la Tierra, se fue posponiendo. Él siempre decía—G-Hara se colocó el cigarrillo en los labios y adelantó las manos como si mostrase un cartel escrito e iluminado—... bueno, escribía, porque mi relación con el jefe siempre fue epistolar...

—¿Epistolar?

—Por carta, siempre hablamos a través de cartas.

—Entiendo.

—Pues eso, que él siempre decía: De momento quédate ahí, sirve a la Empresa desde ahí, cuando Él lo decida, vendrás a la Tierra.

—¿Él?

G-Hara miró a B-Lina y se quedó sin ganas de explicarle nada más.

—Sí, al parecer tenemos otro jefe por encima de Hara.

B-Lina fumó con intensidad y expulsó el humo con violencia.

—Pues qué bien.

—Por eso no tienes que temerme a mí, Lina. A mí no me interesa ser jefe. Creo que hubiera sido una buena oportunidad para ti.

Lina fumó.

—Pero ya no —dijo.

Se volvió y miró los restos irreconocibles pero todavía convulsos de Yon y Clara, algo que no escapó a la atención de G-Hara.

—Olvídalo —dijo el muchacho—. No te merecía y, si lo estabas usando para ascender, no era el camino.

—Pero el muy cabrón sí que me usó a mí. Y me ha seguido usando incluso ahora, no siendo más que una copia de mierda de bicho.

—¿Te sigue hablando por el pinganillo?

—No. Lo he acallado.

—Bien hecho.

B-Lina se volvió de nuevo hacia la ventana y arrojó la colilla, usando los dedos corazón y pulgar, contra el cristal.

Pensó. Pensó durante cinco segundos más. Sacó el paquete y se prendió otro cigarrillo. Ofreció uno a G-Hara, que tiró el que tenía entre los dedos y lo aceptó.

—Vamos a intentar algo, Hara.

G-Hara se interesó de inmediato.

—Perfecto, jefa. Dame fuego.

B-Lina hizo las dos cosas, encender el cigarrillo de G-Hara y empezar a hablar.

—A ver, el yon de ahí fuera quiere que le leamos lo que hay escrito en la hoja 3 y solo él sabe el código de desbloqueo del puente.

No hizo falta decir más. Estaba todo hablado y entendido.

—Vale, jefa, abre la comunicación.

Lina pulsó el botón y la voz lenta del yon exterior se hizo presente de nuevo en el puente.

—...que escucharme, Lina. Las dos especies tendrán futuro si haces lo que te digo...

Lina aclaró su garganta y se irguió. A G-Hara le pareció que esa había sido siempre la postura natural de esa mujer y que acababa de recuperarla.

—Yon —dijo—, tenemos un problema.

La voz de la copia de Yon dejó de hablar.

—¿Estás ahí, Yon?

Un par de segundos silenciosos después, el yon respondió:

—Sí.

G-Hara entendió que la copia del jefe había reconocido el cambio de tono en la voz de Lina. Ya no se trataba de la voz temblorosa a punto de sucumbir en el histerismo del terror por lo desconocido.

—Yon, vamos a dejarnos de estupideces, tú y yo no tenemos ningún futuro. Ni siquiera eres A-Yon.

Un segundo después:

—Lo soy. Todos lo somos.

—Bien, querido, supongo que para ti eso tendrá algún sentido, pero yo necesito que me digas los códigos de desbloqueo del puente.

Pausa:

—¿He conseguido bloquear la partida?

—Tú no, en realidad fue una de las copias de la terrestre.

B-Lina se sonrió.

—Eso no puede ser, ella no sabe los códigos.

—¿Y tampoco sabe lo que dice el papel número 3?

Un silencio de tres segundos.

—No.

—¿Estás seguro?

Dos segundos. En los que G-Hara dio una buena calada a su pitillo.

—Nos renacieron antes de que pudiéramos leerlas.

—¿Os renacieron?

—Renacimos y existiremos.

—Y quieres saber qué pone en el papel número 3.

G-Hara aprovechó el previsible silencio de Yon para hacer un gesto a Lina. Señaló la pantalla con una mano y el ventanal con la otra. Lina comprendió y pulsó unas teclas. La imagen ya conocida del yon desnudo y arrodillado hablándole al casco de un difunto apareció, solo que esta vez el cuerpo del propietario del casco ya no estaba y algunas copias de Yon y Clara se habían acercado.

—Sí, queremos saber qué pone en el papel número 3.

Lina expulsó humo.

—Entonces toca hacer un trato. Códigos por papel.

En la pantalla, el yon apartó la cabeza del casco y miró a algunas de las copias. Estas le dijeron algo. El yon volvió a acercar el rostro al casco caído.

—Eso no tiene sentido —dijo.

—Lo tiene si lo que queréis es saber lo que pone en el papel.

—La Cuña permanecerá en Mundala, tarde o temprano encontraremos la canica.

—La canica la podemos romper.

—Pero vosotros, tú y G-Hara, sabéis lo que pone en el papel. Cuando renazcáis nos diréis lo que pone.

Lina y Hara se miraron.

—Pues resulta que no, que al final nosotros no leímos el papel número 3. Yo lo tuve clavado en el ojo durante un rato, pero después desapareció y volvió a la canica.

En la pantalla todas las copias se miraron las unas a las otras. Hubiera sido divertido de ser otra la situación.

Hara dio una calada, tiró la colilla con violencia y se aproximó al micrófono.

—Escucha, Yon —las cabezas en la pantalla se volvieron hacia el casco—, la cosa pinta así, nosotros necesitamos los códigos para salir de aquí y vosotros queréis la información del papel número 3.

—En realidad —respondió Yon—, todos queremos la información del papel número 3. Vosotros también.

—Estupendo. Si me dices los códigos leo el papel.

—Ya te he dicho que eso no va a funcionar. No tiene sentido que te dé los códigos cuando lo que no queremos es que os vayáis.

—Voy a romper la canica.

—¡Hara! —exclamó Yon—. ¿Sabes por qué J-Andria no está entre nosotros?

Hara bufó. Sin mirarla, le hizo a Lina el gesto universal de dame un pitillo, colocándose durante un segundo los dedos índice y corazón sobre los labios. B-Lina se apresuró a complacerlo.

—Lo sé, maldita cosa, lo sé —respondió—. Durante estos años he hablado con vosotros todo lo que he podido. La copia de J-Andria se malogró.

—Eso es —prosiguió Yon—. Suele ocurrir, a veces, pocas, pero ocurre, que la copia resultante del proceso no soporte el cambio. Cada copia de tu novia que produce un cagador acaba suicidándose...

Hara le hizo a Lina el gesto, también universal, de corta, pasándose el dedo índice por el cuello. Lina cortó.

—Esto no puede seguir así —dijo—. Nos está haciendo perder el tiempo a propósito. Voy a bajar, pero no quiero perder la comunicación contigo ni con él.

—¿Vas a bajar?

—Eso he dicho. Me llevo la mochila.

—¿Y qué esperas conseguir con eso?

—Por lo que sea, están como locos por saber qué pone en el papel número 3. Pero no quieren que nos vayamos... Bueno, pretendo ponerles la miel en los labios, tú déjame a mí, pero dame un pinganillo de esos como el tuyo.

Lina fue hasta un armario y lo abrió. Rebuscó dentro.

—Yo te lo doy, pero tú dime qué pretendes.

—Primero voy a inutilizar el ascensor para que no puedan subir tan rápido aquí otra vez. Y después bajaré para que vean la canica y, si es necesario, romperla delante de sus narices.

—¿¡Pero de qué va a servir eso!?

Hara tomó el auricular que Lina le daba y se lo intentó colocar en el oído herido, algo que le arrancó un gesto de dolor cansado.

—Ya no me acordaba —dijo, cambiándoselo al oído sano—. No sé de qué va a servir, Lina, pero espero que terminen entendiendo que, aunque partamos, tenemos motivos para volver.

—¿Y los tenemos?

G-Hara agarró con violencia la mochila.

—Yo desde luego no, pero tú y Sarva sí que tenéis motivos. Intenta convencerle de que volveremos y asumiremos lo que ellos quieran, pero que primero hay que ir a la Tierra a...

Hara agarró una butaca y se la llevó arrastrándola hacia la salida del puente.

—¡¿A qué?! —preguntó Lina con un deje histérico incipiente.

Hara se detuvo.

—¡No sé, tú eres la consejera! A ver, primero tenemos que ir a la Tierra a hablar con Sarva y... ¿crear las bases para un mercado de intercambio comercial? ¡Yo qué sé, algo!

—Vale, entiendo lo que quieres decir. De acuerdo, ve.

El muchacho no se despidió y salió por la puerta con la silla.

Lina inspiró aire y acto seguido se encendió el penúltimo cigarrillo del paquete, después rebuscó en algunos cajones hasta que encontró un espejo, se miró el ojo herido y expulsó el humo con furia.

La puerta del ascensor permanecía abierta, así que Hara concluyó que de momento no estaban intentando subir al puente. Agarró la silla por el respaldo y la levantó sobre su cabeza para acabar estrellándola contra el suelo sin obtener el resultado deseado.

Entonces la puerta del ascensor empezó a cerrarse y eso era justo lo que no podía consentir que ocurriera, porque eso significaba que algún yon en la planta baja estaba usando sus códigos para poder subir de nuevo al puente.

Volvió a agarrar la silla y corrió, introduciéndola entre las puertas para evitar que se cerrasen. Estas presionaron, pero acabaron por volver a abrirse. Hara agarró la silla por las ruedas e introdujo el respaldo en el hueco que separaba el suelo del ascensor del piso. No entró demasiado, así que, a golpe de pie derecho lo metió todo lo que pudo.

Las puertas volvieron a moverse, pero ya no sería posible que se cerraran y Hara suplicó al Vacío que no existieran códigos en la cabeza de Yon para obligar al ascensor a descender con las puertas abiertas.

De pronto sintió cansancio. Un agotamiento tan abrupto y profundo que deseó derrumbarse y dormir, esperar que todo pasase por sí solo y asumirlo, fuese cual fuese el resultado.

—¿Hara? —resonó en su oído sano.

—Hola, Lina.

—¿Estás bajando?

—Sí, ya voy, estaba bloqueando en serio el ascensor.

—Vale, ¿conecto a Yon?

Estuvo a punto de decir que no, que podían darle mucho por el culo a Yon.

—Sí, claro, conéctalo y vamos contándole milongas.

Comenzó a bajar con cansancio por las escaleras de caracol.

—Solo una cosa, Hara, ¿por qué no has usado el ascensor?

—Porque me haría vulnerable. Imagina que me estén esperando apuntando al interior con esas flechas que tienen. Y, además, necesito chocolate.

—¿Chocolate?

—Conecta a Yon, anda.

La voz del viejo Yon ralentizado volvió a llenar el ambiente. Escucharlo directamente en su oído le confería una nueva dimensión de hastío al asunto.

—... un futuro bueno en el que renaceremos todos. Podremos vivir para siempre...

—Yon —interrumpió B-Lina—, tienes que entender que a la Tierra, a Sarva, no le interesa abandonar Mundala. Volveremos, por supuesto que volveremos.

La jefa del edificio siguió hablando y G-Hara bajando. No sabía qué iba a hacer exactamente, pero suponía que estar delante de ese yon en concreto ayudaría.

Tan solo necesitaba los códigos, que los pronunciara en voz alta una sola vez.

© Eduardo Delgado Zahino,
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