K-Armen partió en dos a otro mundano, este con el aspecto de la mujer terrestre.

Resultaba facilísimo matarlos, eran tan blandos, tan poca cosa que había tenido en menos de tres minutos un par de episodios de histeria asesina, si es que tal cosa existía. Los mundanos acudían, escaleras arriba, al encuentro de su pincho de aluminio. El contacto con la materia terrestre los disolvía y debilitaba de tal modo que cuando conseguían llegar a una planta determinada intentaban volver sobre sus pasos usando los muñones de sus piernas.

El suelo era un amasijo de materia mundana en descomposición, entrañas, brazos y cabezas aún agonizantes.

K-Armen pensó que había perdido el juicio. Si existía un infierno como el que le describía su abuela cuando era niña, resultaba evidente que tenía que ser algo como esto: unas escaleras de caracol con los restos sufrientes de sus antiguas amigas. Para siempre jamás.

Miró hacia atrás y vio a sus compañeros en el mismo estado que ella. Pinchaban restos mundanos y pisaban cabezas para terminar con su sufrimiento. Si es que se trataba de sufrimiento lo que parecían sentir los pedazos.

Pero ya no era necesario seguir matando. Un vistazo escaleras abajo demostraba que los que habían de llegar hasta allí, hasta esa planta, no podían seguir subiendo mucho más. Casi no podían mantenerse en pie sobre los muñones de sus rodillas y los que lo conseguían terminaban cayendo y ya no volvían a levantarse.

Entonces empezó a sonar la sirena de partida.

Eso significaba que apenas tenían unos minutos para introducirse en un sarcófago y comenzar el proceso de congelación.

K-Armen estaba la primera. Había estado la primera desde el principio. Los restos sanguinolentos de los mundanos impregnaban su ropa y barra de aluminio mientras se disolvían en el aire. Por eso, cuando vio llegar una nueva horda, protegidos con pedazos de corteza de árbol a modo de zapatos, supo que su trabajo no había terminado.

Se volvió justo para comprobar que sus compañeros regresaban apresuradamente y empezaban a desaparecer escaleras arriba por el amplio recodo.

—¡Cuñanos! —gritó.

Ni siquiera lo pensó. K-Armen ya no pensaba. Usó un nombre sin pensar, solo porque sintió que la palabra mundanos ya no les pertenecía. Ellos eran cuñanos, habitantes de La Cuña y ni por asomo pertenecían a ese mundo de muertos redundados.

—¡Cuñanos! —repitió.

Los más cercanos se habían detenido a la primera llamada. Con el segundo grito consiguió que, algunos peldaños más arriba, otros también se detuvieran.

Quedaron parados, mirando a K-Armen. Ya no jadeaban.

La imagen que ofrecía la mujer, impregnada en restos húmedos anaranjados, con la ropa rasgada y un pecho fuera, con el brazo en alto sujetando una brillante barra de metal humeante, riendo y gritando un nuevo nombre para ellos mientras era atravesada por las finas flechas de los mundanos que ascendían, les dio energías renovadas.

No podían dejar que siguieran subiendo hasta el puente.

—¡Cuñanos! —volvió a gritar K-Armen antes de volverse para enfrentar a los invasores.

No pudo, las flechas mundanas ahora partían de sus arcos disparadas por cuerpos enteros y fuertes. Cayó de rodillas y murió.

Pero la Palabra ascendió por las escaleras, repetida por todos los que la escuchaban por primera vez, obligando a volverse y seguir matando al enemigo extraño.

Fue curiosamente épico.

Hoja 3

La oreja izquierda de G-Hara había desaparecido. En su lugar tan solo quedaba un colgajo sanguinolento.

—¡Pero hija de la gran puta! ¡Me has disparado!

B-Lina parecía estar más asombrada que rabiosa.

—¡Se me ha disparado sola! ¡Estoy muy tensa! ¡Tenía el dedo en el gatillo...!

—¡Pero jefa! —exclamó Hara adelantándose hacia ella.

—¡No! ¡Quieto! —gritó la mujer levantando de nuevo el arma—. ¡Ha sido un accidente, pero no ha cambiado nada entre nosotros!

El muchacho retrocedió, esta vez con verdadero miedo en sus ojos. Se llevó la mano a la oreja.

—¡Mi oreja! ¡Me has arrancado la oreja!

—Te repito que ha sido un accidente. Lo siento, de verdad. Pero ahora quiero que leas el papel número 3.

Lo dijo con la voz más calmada.

—¿¡El papel número 3, hija de puta!? —G-Hara estaba fuera de sí—. ¿¡Quieres que lea el puto papel número 3, hija de puta!?

Mientras gritaba hacía aspavientos con el brazo que le quedaba libre, el que no tenía presionando la parte izquierda de la cabeza, y paseaba de un lado a otro como un animal enjaulado.

—Lo... Lo siento, G-Hara, pero es importante. Yon necesita saber qué pone en el papel número 3.

G-Hara se agacho y tomó el papel holosólido marcado con el número 3.

Lo que ocurrió a continuación necesitó de al menos cinco segundos por parte de G-Hara para ser procesado: arrojó el papel hacia B-Lina al grito de ¡léeselo tú, mala puta!, este surcó los escasos 3 metros que los separaban y se clavó por una de las esquinas en el ojo derecho de B-Lina.

Cinco segundos por parte de G-Hara, pero solo dos por parte de B-Lina, que sin saber muy bien qué había pasado, empezó a gritar con verdadero histerismo.

Durante los tres segundos de más que necesitó G-Hara para entender que el papel se había clavado, por lo menos cuatro centímetros, en el ojo de la mujer, ella gritó.

—¡Lina! —exclamó G-Hara.

Esto hizo que la jefa callara.

Estaba ahí, con la boca abierta y el ojo izquierdo como un plato. La pistola ya no apuntaba a G-Hara sino a la pared.

Fue en ese extraño momento de silencio cuando empezó a sonar la sirena de partida.

Entonces G-Hara recobró el control.

Ocurrió de pronto, sin alharacas. Se puso serio, avanzó los pasos necesarios para alcanzar la pistola y la tomó de la mano de B-Lina para metérsela él en el bolsillo.

—Vale, jefa, tranquila. Ya sabes lo que se dice en estos casos, ojo por oreja...

—¿Pero qué ha pasado? —preguntó Lina en un hilo de voz.

Hara tomó a la mujer por la nuca con su mano izquierda y con la derecha agarró el folio holosólido.

—Pues ha pasado que, al parecer, la materia holográfica es peligrosa. Voy a quitártelo.

Tiró del papel, pero no salió. Estaba bien clavado en el hueso de la cuenca.

—¿Me has dejado tuerta?

—Pero a base de bien. El papel te ha cortado el ojo por la mitad y se ha quedado atorado en la cuenca.

—No me duele.

—Será por el shock. Ya te dolerá. A ver, casi no queda tiempo para congelarnos y no podemos andar leyéndole a una copia mundana del jefe lo que pone en un papel, así que vamos a hacer lo siguiente: vamos a ir arriba, al puente, lo más rápido posible y nos vamos a meter en los sarcófagos, como deberíamos haber hecho desde el principio. Esperemos que los invasores no hayan podido llegar muy arriba, aunque de todas formas no creo que lo consigan. ¿Vamos, jefa?

Ante el repentino cambio de situación, Lina permaneció quieta y en silencio. Parecía como si le diera miedo moverse por no alterar el estado de la hoja clavada en el ojo.

G-Hara se dio cuenta de ello y decidió hacer algo. Se acercó a la esfera y la observó. La cogió, la llevó hasta la mochila y la introdujo. Las hojas del suelo desaparecieron. La del ojo, también.

La sangre brotó profusa y Hara rebuscó en la mochila hasta encontrar algo. Era una compresa de gasas. Le quitó el envoltorio.

—Ponte esto y vamos, Lina. Tendríamos que estar durmiendo ya.

La mujer presionó la compresa contra el ojo y con el otro miró a G-Hara.

—Dice Yon que no debemos partir ahora...

—Ya, ya, ya, Lina, ya. Vamos a congelarnos o moriremos.

En ese momento oyeron subir el ascensor.

—Ese es Yon —afirmó B-Lina.

G-Hara no respondió a eso. Sabía que era cierto, solo el jefe conocía los códigos para activar los ascensores. Tomó de la mano a la mujer y corrieron hacia las escaleras.

Subieron.

© Eduardo Delgado Zahino,
(1.345 palabras) Créditos Créditos