—¿Ves? aquí lo pone —dijo G-Hara señalando un lugar concreto de un libro.

B-Lina jamás había leído el manual y ni siquiera creía que A-Adams lo hubiera hecho, pero debajo del dedo acusador del niñato lo ponía bien claro:

EMERGENCIA POR ATAQUE.

Aun siendo muy improbable que algo así ocurriera, pues ni siquiera se sabe de su existencia, ante el ataque de seres habitantes de Mundala el procedimiento será activar el protocolo de partida en modo de emergencia, indicando a los trabajadores que deben entrar en sus sarcófagos criogénicos en el periodo de tiempo que se considere oportuno según las circunstancias.

La jefa sustituta del jefe en funciones miró aquello sin verlo. Estaba visiblemente nerviosa. En la pantalla acababan de observar los destellos de los láseres volatilizando, literalmente, a dos de las copias.

—¡Pero yo no puedo tomar esa decisión! —exclamó.

G-Hara echó un vistazo rápido a los miembros del puente. Estos alternaban sus miradas de la pantalla a ellos, de ellos a las pantallas. Intentaban entender algo, lo que fuese.

G-Hara recalcó con el dedo la frase escrita en el manual.

—Jefa, según el manual no solo puedes, debes tomarla. Eso de ahí fuera es un ataque de habitantes de Mundala en toda regla. No puedes arriesgarte a que impidan la partida.

G-Hara hablaba tranquilo, evitando parecer histérico, pero con la suficiente potencia como para que los demás lo oyesen.

—En cuanto venga Adams...

El muchacho dejó el manual en la mesa y acercó mucho su boca al oído de B-Lina.

—Jefa, lo más probable es que ese imbécil ya no vuelva.

El gritito histérico de uno de los miembros del puente hizo que ambos girasen sus cabezas en dirección a la pantalla.

En la misma podía observarse a los miembros del equipo de rescatistas correr, ya en dirección al edificio, sin mirar atrás. Algunos estaban tirados en el suelo.

—¡Tienen algo! ¡Están matando al equipo! —exclamó una chica.

G-Hara volvió la vista de nuevo a la asustada jefa.

—Olvidé decirlo antes; tienen armas. Solo son arcos y flechas, pero funcionan muy bien. A ver, jefa, la cosa es así, o salimos de Mundala antes de veinte minutos o estaremos muertos en media hora. Esos seres quieren detener la partida, únicamente quieren eso. Saben que si salimos y no regresamos su universo no volverá a existir nunca más.

—¡¿Olvidaste decir que tenían armas?!

G-Hara se encogió de hombros con energía.

—¡Joder, sí, lo siento! La secuencia numérica que provocará una partida de emergencia está en el cajón del despacho de Yon. Si ahora mismo ordenas a la población que se congele puede que sobrevivan muchos, pero tenemos que salir de aquí, Lina. Por sobrevivir y porque eso es lo que querría el gran jefe. Lo sé porque me lo dijo en su escrito. Me dijo: «Confío en ti, Hara, más que en nadie en todo ese edificio. Sé que eres como yo, sé que no te detienen los convencionalismos».

B-Lina miraba fijamente al muchacho. Este le devolvía la mirada en un combate de personalidades.

Fue ella la que desvió los ojos hacia la pantalla. Un rumor general entre los miembros del puente la obligó a ello. Y lo agradeció.

Los rescatistas caían. Todos. Al fondo, entre las flores, lo que parecían ser cientos de mundanos se iban haciendo visibles.

—¡Jefa, los están matando, tenemos que salir a ayudarlos! —exclamó alguien.

B-Lina desvió de nuevo la mirada hacia G-Hara. Su cara seguía estando estática, sus ojos, fijos en los suyos.

—¿Ha caído el jefe Adams? —preguntó al aire.

Varias cabezas se giraron hacia ella. Alguien respondió.

—Ha caído, jefa.

B-Lina inspiró aire solo para soltar la frase:

—Ordenad a cualquiera que se encuentre al alcance de la radio que entre. Alarma de partida de emergencia.

Ahora todos los rostros se giraron para mirarla. En el de G-Hara, además, se dibujaba una absurda sonrisa.

Alguien empezó a dar la orden de ingreso en La Cuña en el canal general. Cualquiera que estuviera dentro del alcance de la señal y llevase un casco puesto la recibiría.

El tiempo necesario desde que se entraba en el sarcófago y se hacía efectiva la congelación era de unos cinco minutos. La distancia entre las criaturas mundanas y La Cuña no necesitaba de tanto tiempo para recorrerse.

—Diles que en treinta minutos partiremos —susurró G-Hara.

B-Lina miró a la pantalla. Los mundanos eran miles ahora. Un mar de cuerpos desnudos que avanzaba como un tsunami a través de los campos rojos.

—Treinta minutos para la partida. Voy a mirar los números de emergencia. No deis explicaciones, quien se retrase se quedará en tierra. ¿Por qué no suena la alarma?

—¡No encuentro el archivo! —respondió una chica, seguramente una C.

Recordó uno de esos chistes ridículos que Yon solía contarle en la cama antes de su estúpido matrimonio con aquella trepa: en el puente se encuentra el ABC de la cuestión.

Con algo de vergüenza se recordó riendo aquello.

—Mientras la buscas, explica por megafonía a la gente que tienen menos de diez minutos para sacar a sus hijos del colegio y meterlos en los sarcófagos. Ponte seria y di eso de «esto no es un simulacro».

—¡Joder, jefa, ¿como en las películas?!

—¡Como en las películas!

—¡De acuerdo, jefa!

—¡Dilo muchas veces! ¡No dejes de decirlo ni un segundo!

B-Lina acababa de decidir ante aquella chica tan insegura e inexperta que no iba a comportarse más como una consejera a la que le venía grande el puesto de jefa sustituta. Haría caso a aquel loco y provocaría una escapada de emergencia, la primera en toda la historia de La Cuña. Y después iría a la Tierra a pedirle al gran jefe, a exigirle, que la hiciera jefa permanente. Ella sería la que volviese a Mundala a someter a los mundanos. Sarva se iba a quedar impresionado con su actuación.

Los cagadores

F-Basil corría. El tipo con el láser que huía a su lado trastabilló y cayó, atravesado por una de esas varillas largas que disparaban los mundanos. El láser en cuestión rodó por el suelo unos metros. Se detuvo, avanzó y lo agarró. Con un arma en cada mano, F-Basil se volteó para enfrentarse a la marabunta mundana. Vio caer a los últimos rescatistas mientras levantaba los láseres orientándolos a los seres. A su alrededor solo había copias mundanas, pero daba igual. Apretó los gatillos y sintió una última convulsión de satisfacción salvaje cuando vio cómo aquellos hijos de perra se volatilizaban bajo el efecto de los pulsos de luz láser terrícolas. Después, varias docenas de flechas entraron en su cuerpo, traspasando el traje y quedándose dentro, desintegrándose al contacto con la materia terrestre que era su carne y su sangre.

«... volved al edificio y corred a congelaros. Nos vamos...».

Su alocada huida lo había aproximado lo suficiente al edificio como para llegar a recibir las ondas electromagnéticas terrestres, pero su mente ya se disolvía junto con la materia mundana que intoxicaba su cuerpo.

Antes de morir, justo unos instantes antes de desaparecer de la realidad, F-Basil pudo ver la cosa más grande y fea que jamás hubiera visto en toda su puta vida. Un monstruo gigantesco con tentáculos que tendía hacia él.

—¡¿Pero qué mierda es eso?! —pregunto B-Lina mirando horrorizada a las pantallas.

G-Hara se dio cuenta de que todos en el puente esperaban a que él respondiese.

Miró a la pantalla. En esta se apreciaba a una criatura enorme, con cuatro patas de unos treinta metros de alto, una forma bulbosa y de aspecto acorazado por cuerpo y tentáculos larguísimos.

—Eeeh... Bueno, sí, ellos los llaman «cagadores». Son los animales que usan para copiarse a sí mismos una y otra vez.

En la pantalla vieron a un cagador tomar un cuerpo humano muerto al que los mundanos se habían preocupado de despojar del traje de exterior y elevarlo hasta la parte baja de su cuerpo.

—Explícame eso —pidió B-Lina.

G-Hara suspiró.

—Sí, verás, esos bichos son capaces de digerir casi cualquier cosa viva, pero tienen una peculiar forma de atraer víctimas hasta sus tentáculos...

En el puente solo se oían dos cosas, una era la explicación desquiciada de G-Hara, que era escuchada atentamente por casi todos, la otra era la retahíla de la joven C conminando a los habitantes de La Cuña a recoger a sus hijos del colegio y correr a congelarse. B-Lina enseñó la palma de la mano a G-Hara para que se callase y se concentró en la chica.

—¡Ya está, deja de repetir eso! Di que nos vamos ya, que no esperaremos a nadie. ¡Que se congelen, que partimos ya!

La chica empezó a repetir aquello, incluso aplicó un tenue tono aterrorizado para imprimir seriedad a las frases. Aunque B-Lina pensó que tal vez no lo estaba haciendo a propósito.

En ese momento, la alarma de partida de emergencia comenzó a sonar. Al parecer alguien había dado con los archivos.

—¡Habitantes de La Cuña, habitantes de La Cuña, dejad todo lo que estéis haciendo y corred a congelaros! ¡Ya!

La muchacha lo repitió varias veces antes de que B-Lina la detuviese y le ordenase que fuera ella misma a congelarse. A todos los demás les ordenó lo mismo. El sistema automático ya operaba en modo de emergencia gracias a los códigos introducidos en la computadora. No había mucho más que hacer, excepto ponerse ella misma al proceso. Miró a G-Hara que asintió entendiendo la orden. Agarró la mochila y caminó hasta el sarcófago de la mujer del jefe. Se introdujo, se inyectó la dosis de anticongelante reglamentaria y se dispuso a cerrar la puerta...

—¡Lina! —La voz había hablado a través de la megafonía del puente—. ¡Lina, ¿estás ahí?!

Era una voz distorsionada en su lentitud. Las ondas sonoras que golpeaban la membrana del micrófono eran claramente producidas por unas cuerdas vocales mundanas que usaban aire mundano.

La cámara que había estado recogiendo los acontecimientos desde la ventana superior de La Cuña se encontraba detenida. Seguramente el operario que la manejaba ya había corrido a su sarcófago, pero no la había apagado y la imagen del cuerpo de F-Basil atravesado por las flechas mundanas aparecía bien centrado en la pantalla. Lo habían despojado del traje de exterior y comenzaba a elevarse, desnudo, hacia la boca del cagador.

A-Yon, uno de ellos, le había quitado el casco y hablaba al interior del mismo.

—Lina, ¿me oyes? —G-Hara permanecía expectante, con el dedo colocado en el botón de cerrado del sarcófago, sin llegar a apretarlo pero presionando—. Supongo que Adams te dejó a ti al cargo, sería lo más lógico, pero si no fue así, supongo que estarás ahí, junto al jefe sustituto sea quien sea.

B-Lina miró al muchacho.

—No respondas —dijo G-Hara.

—Necesito que entiendas —continuó Yon—, necesito que entendáis nuestra situación.

En la pantalla aparecieron un par de copias de Yon, tres de la mujer terrícola y unas cuantas más de personas que no deberían estar vivas. Todas miraban al edificio, a la cámara.

Lina se aproximó a la consola de comunicaciones.

—¡Oh, vamos, jefa, no pierdas el tiempo, sabes que no son ellos! —insistió Hara.

Lina alzó la mano pidiendo silencio.

—Congélate —dijo.

—Esto no debería haber pasado —siguió diciendo Yon—. Los mundanos no somos agresivos, pero es que no queremos dejar de existir. Necesitábamos hablar con vosotros.

—Vamos a ver, jefa —dijo G-Hara—, no estamos hablando de dejar vivir o matar, estamos hablando de existir. Si esperamos demasiado, entrarán en La Cuña, son copias del jefe Yon y tienen los códigos de entrada. La materia de la que están hechos puede aguantar lo suficiente como para llegar aquí y evitar que nos vayamos. Lo único que quieren es tiempo para poder detener la partida y copiarnos a todos.

Lina pulsó el botón de comunicaciones.

—Yon —dijo.

—¡Ay, joder! —exclamó G-Hara saliendo del sarcófago y dirigiéndose al ventanal.

La imagen de la pantalla no mostraba en todo su esplendor lo que había fuera. El campo de flores rojas que debería divisarse a partir de la zona recolectada ahora era una masa de personas desnudas.

—Yon —repitió Lina—, no sé si eres tú o eres un mundano, pero si tienes los recuerdos de la persona a la que amé, entenderás que no puedo permitir que La Cuña se mantenga aquí más tiempo.

—Solo queremos que nos escuches, Lina. Por supuesto que soy Yon.

—No lo es —recalcó G-Hara.

—Además, Yon, entenderás ya que a estas alturas he activado el sistema de partida de emergencia.

—Puedes pararlo. Hay unos códigos en el mismo libro que has tenido que mirar para activarlo.

—¡Claro que puede pararse, claro que se puede, por eso están intentando hacer tiempo, para colarse aquí y hacerlo ellos! —exclamó G-Hara.

—¿Ese al que oigo es G-Hara?

—Jefa, ¿por qué están apagadas las pantallas de la planta baja? —preguntó G-Hara.

—No lo sé...

—¡Actívalas! ¡Yo no sé hacerlo!

Con un rápido movimiento de manos, Lina tecleó algo y un par de pantallas se activaron. Lo que mostraron la dejó sin aliento.

—¡Oh, vaya!

—¿Lo ves? —dijo G-Hara.

Por las puertas, que aún se estaban abriendo, entraban varias docenas de personas desnudas. Algunas portaban arcos y flechas; otras, lanzas.

—Te lo dije, jefa, aunque conservan los recuerdos de los antiguos humanos que fueron, son otra cosa —dijo G-Hara señalando a la pantalla y agitando el dedo.

—Lina, si Hara consiguió llegar, debo suponer que estás al corriente de todo lo referente a La Cuña —dijo el yon.

B-Lina miró al muchacho interrogativamente y este le hizo el gesto de mano de pato a la altura de la boca. Ella comprendió.

—Escucha, Yon, sí, G-Hara nos ha hablado de La Cuña, pero todavía no he terminado de creerle. En realidad no he terminado de entenderlo. De todas formas, sea cual sea la verdad, ten por seguro que regresaremos.

—¿De verdad lo haréis?

—Corta, jefa, corta un momento —Lina pulsó el botón de comunicación—. Activa la megafonía, pero solo a partir de la planta... seis. De seis para arriba... No, espera, podrían oírlo... De la diez para arriba.

B-Lina lo hizo y G-Hara habló con voz alta y firme.

—¡Habitantes de La Cuña! Lina, activa pantallas, quiero ver los pasillos —carraspeó—. ¡Habitantes de La Cuña! —La gran pantalla del puente se subdividió en muchas pequeñas—. ¡Estamos siendo invadidos por los seres que habéis estado viendo por las pantallas! ¡Soy G-Hara... el loco del que ya habéis oído hablar todo el día y voy a bajar a impedir que esos seres lleguen al puente!

Se giró mientras hablaba para comprobar que todos los miembros del puente estaban ya en pleno proceso de congelación. Después se fijó en las pantallas. En ellas se veían grupos de personas hablando, mirando todavía las pantallas de pasillo y gesticulando.

—¿Necesitas que baje yo? —preguntó Lina.

G-Hara la miró.

—Me vendría bien un láser, pero se los llevó todos Adams. Cogeré lo que sea que pinche y mate. En cuanto acabe con la amenaza buscaré algún sarcófago en el que meterme. Tú quédate aquí y controla por las pantallas para informarme. Cuando veas que solo quedan cinco minutos, entra en el tuyo y pulsa el botón.

El repentino acceso de heroicidad de G-Hara provocó una curiosa expresión de desconfianza en el rostro de B-Lina.

—Espera —dijo—, Yon tenía una pistola de balas en su despacho. Me la enseñó una vez para...

Sin terminar la frase corrió al despacho del jefe.

G-Hara observó que algunos hombres miraban a la pantalla en los pasillos. Volvió a activar el micro y habló:

—¡Tenemos que pararlos, si lo hacemos rápido nos dará tiempo a congelarnos para la partida! ¡Son blandos y débiles, con que uséis palos o cuchillos será suficiente!

Como si la última parte de la frase fuera lo que hubiesen estado esperando oír, algunas de esas personas que miraban a la cámara se pusieron en marcha.

B-Lina apareció con una curiosa pistola en las manos. Las armas tirabalas en La Cuña no estaban prohibidas por el simple hecho de que era imposible adquirirlas, pero G-Hara no fue capaz de imaginar algo más peligroso que eso en un lugar como el Edificio.

De todos modos no hizo nada para evitar que la jefa en funciones la amartillara y se la introdujera en la parte anterior de los pantalones.

G-Hara corrió hasta el sarcófago y sacó la mochila. Se la colocó en la espalda.

—¿Para qué quieres la mochila?

—¡Vamos! —exclamó Hara a modo de respuesta.

Lina bufó.

—¡Vamos! —concedió.

Y fueron, no sin antes echar un último vistazo a las pantallas, que mostraban una ingente cantidad de antiguos compañeros muertos atravesando las puertas inferiores de La Cuña.

© Eduardo Delgado Zahino,
(2.823 palabras) Créditos Créditos