B-Lina observó al muchacho mientras hablaba. Según transcurría el tiempo, notaba que la pérdida de efectividad del cóctel de drogas se traducía en aspavientos cada vez más nerviosos de las manos y movimientos oculares caóticos.

Pero lo que le estaba contando no tenía sentido. No para ella.

—Yo no soy física —argumentó la mujer a modo de defensa.

—Ni yo tampoco, jefa, pero no hace falta ser físico, solo medianamente inteligente para entenderlo.

—Pero hace falta tener ciertos conocimientos... Por ejemplo, ¿qué son taquiones?

—De acuerdo, entiendo... A ver, jefa, imagine un flujo de agua, un río pequeño... Un riachuelo. Imagine que el riachuelo nace en un punto concreto en lo alto de la montaña, allí la nieve se derrite...

—Manejas conceptos que me resulta difícil asimilar, G-Hara, recuerda que nací en La Cuña...

—Y yo, jefa, y yo, pero todos hemos visto películas, hemos visto ríos y riachuelos y nieve en esas películas, ¿verdad?

B-Lina pensó un segundo antes de responder.

—Supongo, sí, claro.

—Pues eso, imagine un riachuelo que fluye montaña abajo siempre con la misma forma. El agua, digo, el agua mantiene siempre la misma forma. Y ahora imagine que llega alguien y mete en una grieta de hielo, justo donde nace el riachuelo, una cuña de madera, de manera que altera el flujo de agua. Bueno, pues ahora imagine los primeros minutos de existencia del Universo. Al comienzo del Big Bang. Imagine que desde aquí, desde este edificio, se dispara un flujo constante de taquiones justo a ese momento y que eso altera el flujo de... ¡Joder, el flujo de todo! Imagine que el tiempo, la materia, la energía, el mismo espacio, se formaron tal y como son ahora en ese momento primigenio. Imagine que es en ese momento único al comienzo de todo cuando se conformaron las leyes físicas, la velocidad del tiempo, la densidad máxima y mínima que podía tener la materia... Hablo de nuestro universo, claro, el universo en el que existe el planeta madre, la Tierra. Al comienzo de todo, las cosas se conformaron por puro azar de un modo concreto. Eso ocurrió y llegó a formar una especie viva, la especie humana, que descubrió la forma de alterar ese flujo primero. Como le digo, disparando un haz constante de taquiones, partículas capaces de moverse más rápido que la luz y que creadas siempre del mismo modo, con la misma intensidad, consiguen que interfieran con el proceso azaroso de creación del universo —G-Hara interrumpió un segundo sus aparatosas explicaciones para observar el rostro de B-Lina—. ¿Entiendes, Lina?

B-Lina entendía. No era física ni tenía una formación científica más allá de la recibida en la planta escuela para letrasaltas, pero entendía. Lo que le estaba contando aquel muchacho resultaba sencillo de comprender, pero era perturbador. Tanto que ni siquiera se dio cuenta de que G-Hara acababa de empezar a tutearla. Con un curioso gesto ausente se prendió un nuevo cigarrillo.

—Según eso —empezó a decir en cuanto expulsó la primera bocanada de humo—, entonces... ¿no estamos en otro universo, no estamos en otra dimensión?

—¡Exacto! ¡Eso es!

—Estamos en... ¿una versión alterada de nuestro mismo universo?

—Así me lo explicaron los mundanos. Esta es una versión alterada de nuestro universo que solo existe mientras La Cuña, el generador de taquiones que está justo debajo del Edificio, se mantiene funcionando. Mientras La Cuña está en marcha, el flujo de taquiones interfiere con el normal proceso de formación del universo y como resultado da esto, este universo alterado. Mundala.

El doctor, que había permanecido escuchando en todo momento, decidió intervenir.

—Pero entonces... ¿Dónde está la Tierra?

G-Hara pareció reparar en la presencia del doctor y fijó sus ojos un segundo en la jeringuilla que ahora sujetaba en una mano.

—La Tierra, en realidad todo el universo, simplemente no está. No tal y como lo conocemos, lo que está es esta versión alterada, con un tiempo más lento, con una materia menos densa y... ¿Eso es para mí? —señaló la jeringuilla.

El doctor bajó la vista del modo en que solo saben hacer los médicos con anteojos.

—Se te está pasando el efecto y no tenemos ganas de que empieces a gritar de nuevo. ¿Cómo puede ser que la Tierra no esté?

G-Hara intuyó la estratagema. Aun así entró al juego.

—La Tierra, el Universo, simplemente no está. No existe, nunca existió. No quiero que me drogue más, doc. Entiendo que la intención es buena pero necesito permanecer despierto.

—¿Cómo que nunca existió? —intervino B-Lina.

—Desde nuestro punto de vista, no. Estamos en un momento de la existencia de este universo alterado, alterado desde su misma base temporal por el flujo de taquiones, y solo cuando cese el flujo, solo cuando partamos congelados, el curso del riachuelo volverá a ser el que debió ser siempre. Si extraes la cuña, el riachuelo volverá a ser el que era...

El doctor se adelantó e intentó asir el brazo de G-Hara. Este lo retiró con demasiada violencia, lo que le provocó un espasmo de dolor.

—¡Le he dicho que no!

El médico retrocedió un paso ante el ímpetu del muchacho, que se había puesto en pie y colocado al otro lado de la cama. La jefa en funciones alzó la mano para que el doctor entendiese que debía permanecer quieto. Ambos habían estado reclamando, a través de su sistema de comunicaciones interno, la presencia de algún enfermero, pero de momento no acudía ninguno.

—¡Jefa! —exclamó G-Hara antes de saber cómo continuar.

—A ver, G-Hara, ahora mismo soy la jefa de un edificio interdimensional con problemas de personal, por lo que parece...

—¡Hemos estado demasiado tranquilos aquí, hablando como si no ocurriera nada! ¡Y sí que ocurre, jefa, sí que está ocurriendo algo ahí fuera!

Entonces, como en una pesadilla mal soñada en la que ocurren los hechos más surrealistas, los rumores del pasillo se convirtieron en gritos y exclamaciones de terror.

—Pero ¿qué ocurre? —preguntó B-Lina.

Fijó la vista en los ojos de G-Hara.

—¿Qué pasa, jefa, ya están aquí?

B-Lina se llevó la mano al oído, escuchando, entendiendo.

—Dicen que hay gente ahí fuera que no es de La Cuña.

—Vaya, se han dado prisa. O será que he estado drogado más tiempo del que pensaba.

—De acuerdo, tengo que ir al puente, vosotros quedaos aquí.

—Ni hablar, jefa, yo voy contigo.

B-Lina estuvo a punto de decir algo. Estuvo a punto de decir algo tres veces mientras G-Hara se colocaba las zapatillas desechables del hospital, pero al final se limitó a apagar el cigarrillo y balbucear un exabrupto.

Salieron los tres al pasillo donde una pequeña congregación de enfermeros y pacientes miraba una pantalla. En esta se apreciaba una retransmisión en directo recogida desde alguno de los ventanales superiores. Se acercaron para ver mejor y se abrieron un pasillo entre la gente.

El cámara intentaba centrar el cuadro con el zoom a tope, lo que hacía que temblase mucho la imagen. La voz de un locutor sonaba alterada.

... es un grupo grande de personas desnudas. Sí, sí, están desnudas caminando como si nada....

La imagen se detuvo un momento lo bastante largo como para apreciar con claridad las formas humanas. Aparte de lo extraño que resultaba verlas sin ropa en el ambiente mundano, el hecho de que pasaran rozando las flores sin destrozarlas quedaba impregnado en la retina y el cerebro. Parecía un mal efecto especial de una película antigua.

—¿Tú eres la jefa en funciones? —preguntó con rudeza un tipo barbudo de aspecto letrabaja.

B-Lina se puso en guardia.

—¡Sí, qué pasa!

El tipo alzó las manos del modo en que se levantan cuando pides tranquilidad.

—No pasa nada, jefa, pero creo que lo suyo sería que estuviera usted en el puente.

—¡Pues eso es lo que voy a hacer!

B-Lina, airada, salió de la influencia del grupo de camino al ascensor más próximo. G-Hara la siguió. La imagen que ofrecieron, ella caminando con seguridad y él con su bata de hospital mal puesta y el trasero al aire, no tranquilizó al letrabaja barbudo ni a ninguno de los demás presentes. Ni al doctor, que echó un vistazo a la jeringuilla a rebosar que aún tenía en la mano decidiendo que, tal vez, iba a necesitarla él mismo.

Enfrentamiento

Yon y Clara caminaban juntos y desnudos, repetidos varias veces y en compañía de algunas nadias, demás miembros redundados de su grupo, chicas y chicos desaparecidos y el equipo de exploración al completo.

—No va a funcionar —dijo la clara.

El yon guardó un momento de silencio, tranquilo, mundano, antes de responder.

—Van a tener que aceptarnos. Soy su jefe.

Clara miró a su alrededor comprobando que sus copias mantenían conversaciones con las versiones repetidas de Yon y que, seguramente, debían de parecerse a la que ella misma estaba manteniendo.

—Ahora mismo sois muchos jefes. Creo que cuando lleguemos ahí y te pongas a dar órdenes no van a tenerlas todas consigo.

—Esto es el comienzo de un nuevo mundo, de una nueva especie, tendrán que entenderlo y adaptarse.

La Cuña apareció ante ellos, exultante. Sus nuevos ojos mundanos la abarcaron desde otra perspectiva. Era un edificio de otro universo más denso. Era cristal denso. Eran seres densos. Recordaban haber hablado, en otro universo, con un ser llamado Sarva, extremadamente denso e inteligente y él les había hablado de La Cuña. Ellos, los habitantes de Mundala, no existían. Toda su historia, toda la historia del universo mundano era una consecuencia de la acción que ese edificio provocaba en el comienzo de Todo. Solo cuando La Cuña estaba en Mundala, existían. Todo recuerdo de existir antes de que llegase La Cuña era real, porque cuando La Cuña estaba en Mundala toda la historia de su universo era real. Solo entonces.

Llegar a este pensamiento desmotivador y desproporcionado les confería un nuevo propósito. Existir. Existir de verdad. Existir siempre. Lancio supo, desde el mismo momento en que abrió los ojos siendo una copia mundana, que debía convencer a otros para que hicieran lo mismo, pero no fue hasta que dieron con A-Yon y A-Clara que no supieron lo que debían hacer.

Tenían que evitar que el Edificio partiese. Nunca más. Tenía que quedarse para siempre en Mundala, porque cualquiera de las veces que saliese podría ser la última.

Tenían que llegar a un acuerdo, por las buenas o por las malas.

La barrera de humanos embutidos en trajes se hizo real. Eran sus antiguos compañeros, era el jefe en funciones que A-Yon dejara al cargo unos días antes.

A-Adams se giró de medio cuerpo hacia U-Basil. Este se dio cuenta y también se giró hacia el jefe en funciones. Los demás miembros del equipo de rescatistas, simplemente, observaron atónitos.

Los seres se miraron de hito en hito.

—Bien, jefe de rescatistas F-Basil, estamos ante un problema —dijo A-Adams.

Media hora antes había concedido el mando del grupo a ese U advenedizo y ahora acababa de ascenderlo a F sin motivo, solo porque pretendía su obediencia ciega.

F-Basil volvió a girarse ante la barrera de seres. Era perturbador mirar a todos esos jefes repetidos. Todos esos seres humanos desnudos que permanecían mirándolos a ellos, como si fuera lo más normal del mundo ir en pelotas por mitad del campo de flores rojas.

Y encima el desgraciado del jefe en funciones le pedía que hiciese algo. Pero ¿qué podía hacer él? Salir a rescatar a moribundos embutidos en sus trajes era una cosa, tener que tomar una decisión racional ante lo absurdo, otra.

Algo que lo tranquilizaba, aunque no mucho, era que tenían los láseres.

—Jefe, creo que aparte de quedarnos mirando a ver qué hacen, no se me ocurre mucho más.

—Pues si aceptas un consejo, creo que lo que tendríamos que hacer es ir retrocediendo hasta La Cuña.

—De acuerdo. ¿Habéis oído todos? Retrocedamos despacio, sin quitarles el ojo de encima. Y los que lleváis láser, tenedlo a mano.

Ambos dieron un paso atrás, que fue seguido apenas medio segundo después por la totalidad de hombres.

Entonces, uno de los jefes A-Yon habló.

—¡U-Basil! —dijo.

A F-Basil se le encogió el escroto, no solo por el hecho de que le hubiera nombrado justo a él, sino por lo extraño que sonaron las palabras del jefe a través de los receptores exteriores. Muy despacio, había pronunciado su nombre muy, muy despacio.

F-Basil apretó la mano sobre la culata del láser.

Otro de los jefes A-Yon, uno que se encontraba unos pasos retrasado respecto al que acababa de hablar, pronunció otro nombre, también con inusitada y agobiante lentitud.

—A-Adams, ¿has cuidado bien de La Cuña? Tenemos que hablar.

—¿Pero qué mierda sois vosotros? —respondió el jefe en funciones sin poder evitar que un deje de terror se filtrase a través de la impostación de su voz.

La hermosa mujer terrestre, una de ellas, se adelantó, como a cámara lenta aunque un poco más rápidamente de lo que las criaturas de Mundala se mueven. Su pelo rojo flotaba como si estuviera bajo el agua. El pelo de todos aquellos seres, flotaba.

—Sabemos que os resulta extraño —dijo—, pero tenéis que escucharnos. Es importante.

Para cuando terminó la frase los cuatro láseres disponibles ya lucían en las manos de sus cuatro usuarios.

—¡Seguid retrocediendo! —exclamó F-Basil, que no intentó siquiera disimular su pavor.

Era cuestión de segundos que alguno de los aterrados habitantes de La Cuña apretase el gatillo.

La velocidad a la que se movían los hombres desconcertaba a los mundanos, pero no tanto que no pudieran reaccionar ante ello, después de todo habían sido humanos y ahora eran una buena imitación. Podían, si querían, moverse rápido, lo suficiente como para levantar sus arcos y disparar sus flechas. Flechas con la punta hecha de la piedra más dura y afilada que era capaz de producir Mundala.

Unos días antes, Yon y Clara, habían visto a los mundanos atravesar con sus finísimas flechas los trajes, sus propios trajes, a modo de demostración de que no estaban del todo indefensos. Y ahora resultaba que los humanos tenían sus láseres.

Los más viejos mostraron los arcos y colocaron flechas, pero sin apuntar todavía, solo a modo de advertencia.

Algunos humanos no entendieron lo que estaban viendo. Para ellos, los mundanos solo habían sacado unas varas largas.

Algunas copias humanas nuevas, las de Yon y Clara sobre todo, alzaron los brazos ante los más viejos, intentando que no hicieran uso de las armas, aunque había sido gracias a ellos, a Yon y a Clara, en su primer encuentro, cuando los mundanos habían aprendido lo que era un láser. Evidentemente, sabiendo lo que eran y viendo que los apuntaban no podían quedarse quietos esperando a que empezasen a disparar esos pulsos de luz mortales.

Tensaron los arcos y apuntaron.

© Eduardo Delgado Zahino,
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