El Sol ascendía con lentitud en el todavía largo amanecer de Mundala, cuando los humanos decidieron que su biología alienígena necesitaba de reposo.

—¿Recordáis lo que era dormir? —preguntó un lancio al aire.

—Yo sí —respondió una loa.

—Yo también, era una pregunta retórica —explicó el lancio.

Loa, una de ellas, aspiró algo de aire solo para poder emitir un bufido de fastidio, cosa que hubiera hecho si otra de ellas, otra loa, no hubiera dicho algo desde unos metros más atrás.

—Yo sí me acuerdo —dijo.

Lancio, uno de ellos, el que había hablado, ignoró todo aquello.

—¿A dónde creen que van? ¿Por qué tantos? —acabó preguntando.

Nadie respondió, tal vez pensando que se trataba de otra pregunta retórica.

Nadia miró a loa, una de ellas.

—Ese cabrón no ha perdido el tiempo, ya se ha agenciado a otra imbécil —dijo riendo.

Todas las copias de A-Nadia allí presentes soltaron una carcajada contenida.

Lancio, otro de ellos, uno que todavía no había hablado, habló.

—Creo que G-Hara ha decidido contarlo.

—Eso está claro, pero lo que me gustaría saber es por qué han venido tantos —dijo una de las nadias.

—Tal vez hayan venido a entregarse, como hicisteis vosotros —apreció otra copia de K-Loa.

—Nosotros no vinimos a entregarnos. Queríamos vivir libres en nuestro mundo.

—No era vuestro mundo.

Nadia, otra de ellas, una que andaba un poco apartada del grupo, respondió:

—Hace poco que existes y no creo que hayas tenido esta conversación antes, pero te diré: nosotros considerábamos que Mundala era nuestro mundo, hasta tal punto que quisimos formar parte de él.

—No hace poco que existo y a mí me engañó G-Hara.

La nadia bufó.

—A ti acaban de cagarte —dijo con desdén.

—No importa —interrumpió la loa que había hablado antes—, pronto aprenderás que con las nadias no se puede hablar, déjalo. Ahora tenemos que decidir qué hacemos con estos.

—Creo que ese cabrón ha venido a buscarme —dijo otra nadia.

La loa que más hablaba se puso en pie. Hasta entonces todos habían permanecido agachados, espiando tras la maleza.

—¡Oh, eres estúpida! ¡No todo está centrado en ti, ¿sabes?

Se produjo un silencio que solo se rompió cuando se aseguraron de que los gritos no habían despertado a los humanos.

—No te enfades —dijo entonces la nadia, la que había hecho enfadar a la k-loa—. Existimos.

Se levantó y aproximó a ella.

—Existimos —respondió la loa.

Se besaron en los labios y se sonrieron tocándose la cara.

—Eres mi igual —dijeron ambas al mismo tiempo.

Lancio también se puso en pie, pero sin dejar de mirar hacia el campamento humano.

—Creo que lo propio sería hacer lo de siempre, lo que hemos estado haciendo desde que fui copiado. Aceptar la entrega de G-Hara y pagarle con polvo violeta.

—Pero lo que está pasando no es lo de siempre —dijo una copia que hasta ese momento había permanecido agachada y callada.

Lancio asintió.

—Cierto, pero es la segunda vez que pasa. La primera fue con el grupo de seis y ahora es otro grupo de seis. Si nos hacemos con ellos serán más a nuestro lado y uno es el mismísimo jefe de La Cuña.

Algunos se pusieron en pie y se encararon.

—¿Pudiera ser que hubiera llegado el momento? —preguntó la copia de la chica agachada.

Lancio meditó la respuesta.

—Pudiera ser.

Otro lancio se adelantó y pidió la palabra.

—Algunos deberían ir a avisar a todos los demás. Y a los viejos —dijo.

—Y deberían traer a varios cagadores —añadió una andria.

—Pero van a tardar en llegar los cagadores —dijo una nadia.

El lancio que había hablado primero, contestó.

—De momento duermen, pero creo que deberíamos enterarnos de sus intenciones, si han venido a entregar sus cuerpos o a... otra cosa.

Para cuando acabó la frase tres copias se habían puesto en marcha.

Corrieron.

La primera y última noche

Habían terminado de montar la tienda grande y se habían metido por parejas en las pequeñas. Eran tiendas bastante altas, podían permanecer de pie mientras se quitaban el traje.

Abrieron la gran maleta que portaba todo lo necesario para poder pasar la noche.

A-Yon comprobó el pequeño reciclador de oxígeno. Tenía el tamaño de una lata de refresco y más o menos el mismo aspecto. Lo depositó en el suelo y lo activó.

—Qué maravilla de tecnología —apreció.

—Y todo gracias al polvo rojo. Cuando un científico lo esnifa no tarda ni cinco minutos en solucionar en su cabeza cualquier problema que lo haya estado torturando durante años. Hay cosas aquí que podrían ser mucho más pequeñas, tanto que serían inmanejables.

A-Yon asíntió y comprobó el termostato de la calefacción, que no era otra cosa que un recuadro de tela cosido a la pared interior de la tienda.

—Veinte grados, supongo que ya podemos quitarnos el traje.

—Ay, sí, por favor, y vaciar el maldito contenedor de orina, creo que lo tengo lleno.

—Estos trajes nuevos son maravillosos —dijo A-Yon desabrochando el sistema de cierre de la escafandra.

—Sí, pero al final hay que mear y cagar con unos tubos metidos en...

—Pasaremos un rato entretenido limpiándolo por dentro y hablando. Después de una jornada completa con el traje puesto, poder estar sin él es una gozada.

A-Clara estuvo de acuerdo y lo demostró quitándose de una vez el traje. Quedó desnuda de cintura para arriba y usó un poquito más de tiempo en terminar de bajarse los pantalones y desengancharse los tubos para la orina y las heces. Se los quedó mirando.

—Es repugnante —dijo.

A-Yon sonrió.

—Es rutina. Al final solo es eso. Los trabajadores del edificio están acostumbrados a jornadas de muchas horas y siempre dejan un par de ellas al final para dedicarse a limpiar el traje por dentro y socializar.

Clara levantó la mirada y la clavó en los ojos de Yon con demasiada fijeza. Como forzándola para evitar que se le fueran a la entrepierna.

—No, no, me refería a G-Hara.

A-Yon pareció decepcionado.

—Ah, sí... Es un tipejo.

—Es un psicópata. De libro, además.

—Pero lo necesitamos.

Clara no dijo nada y conectó el tubo de la orina en un aparato rectangular que hizo un ruido sibilante. Después conectó el de las heces.

Se observó el cuerpo en algunas zonas.

—Me están saliendo escaras —dijo en un suspiro agotado.

A-Yon sacó de la gran maleta el botiquín y lo abrió.

—No seas exagerada, solo son rozaduras, las escaras no salen por esto. Toma —le tendió algo—, mira dónde te empiezan a salir y ponte estos parches. Pero primero limpia tu piel un poco.

Ella tomó lo que le tendía y lo dejó a un lado. Después aceptó el paquete de toallitas desechables con las que tendría que limpiar su cuerpo.

—En realidad no debería despreciar tanto a G-Hara, después de todo solo cumple órdenes del gran jefe —dijo.

Extrajo una toallita del paquete y se empezó a frotar los brazos.

A-Yon sacó los tubos de desechos de Clara del aparato reciclador y los conectó a otro que se encargaría de hacer circular un flujo de agua para limpiarlos. Después conectó los de su propio traje y adelantó la mano pidiendo el paquete de toallitas.

—Yo me pregunto —dijo—, a veces, qué pretendía el grupo traidor yéndose así del Edificio.

—¿El grupo de tu mujer?

—De A-Nadia, sí. Lo digo por esto, fíjate —alcanzó el paquete de toallitas y lo mostró un momento antes de sacar una—, todo lo que tenemos que hacer antes de cenar y sabiendo que en poco tiempo, de seguir aquí fuera, empezarán a faltarnos cosas. Como estas toallitas. Se fueron sabiendo que el Edificio no volvería en siglos.

—Recuerda que conocía a G-Hara. Creo que sabían a lo que venían. Las toallitas les importaban bien poco. Además, ¿tú qué pensabas que ocurría con las personas que G-Hara ofrecía a cambio de polvo?

A-Yon empezó a frotarse el cuerpo pero se detuvo para pensar su respuesta,.

—No sé, pensaba que, de algún modo, los necesitaban para estudiarlos.

Clara miró su toallita. Estaba sucia.

—¿En serio? ¿Para estudiarlos? —preguntó sin esperar respuesta.

—Coge una del otro paquete, el rosa, creo que son para limpieza íntima —dijo A-Yon.

A-Clara asintió y arrojó la toallita sucia al cubo de la basura.

—Lo que está claro es que el niñato psicópata nos oculta muchas cosas.

Sacó el paquete rosa y lo miró. Sonrió y se lo mostró a Yon para que leyera que en el plástico protector ponía: LIMPIEZA ÍNTIMA. Lo abrió y extrajo una toallita.

—No lo sé —dijo, sin poder evitar que sus ojos se posaran en el sexo de Clara—, no sé nada de lo que pasaba por la cabeza de esa mujer.

Clara se había abierto de piernas y se frotaba la vulva con la toallita. Miraba a Yon directamente a los ojos, muy seria.

—¿La querías mucho?

—Supongo que no lo suficiente.

—No lo entiendo, en un lugar como La Cuña no se puede aspirar a nada mejor que a ser el jefe del Edificio. Ser la esposa del jefe no es moco de pavo.

—No creo que sea tan sencillo. Ella tenía ideas propias. Sostenía que era absurdo que el edificio partiera cada año de recolecta para volver siglos más tarde. Que había que dejar pequeñas aldeas montadas con todo lo necesario para sobrevivir indefinidamente. Creía que había que colonizar Mundala y que había que hacerlo ya.

A-Clara se limpió el ano con la misma toallita y la arrojó al cubo. Después, con lentitud, cerró las piernas y se acomodó.

—Era una mujer valiente —acabó diciendo.

Yon frunció ligeramente el ceño.

—No, era una mujer estúpida. Ella y los imbéciles que la siguieron.

A-Yon observó el paquete tirado al lado de las caderas de Clara.

—Eso nos lo va a tener que explicar mejor ese chico. Si llegó a convencer a Nadia de que los mundalianos podían darle la vida eterna para que voluntariamente fueran a entregarse a ellos... No sé, Clara, pero creo que las toallitas las voy a usar después.

Ella ladeó la cabeza con coquetería.

—¿Después? De acuerdo, pero tienes que saber que estoy un poco escocida ahí abajo.

Aunque le habían dicho a G-Hara que no podía dejar de oírles aunque quisieran, la realidad es que sí que podían, por eso se sobresaltaron cuando las escafandras, abandonadas en un rincón, se iluminaron y chisporrotearon un instante con estática.

—¡Yon, Yon, sal afuera! ¡Ahora! —gritó B-Mino.

A-Yon tardó un segundo completo en reaccionar y pulsar un botón de la tela que servía de cuadro de mandos, uno que hacía que el material del que estaba hecha la tienda se volviese transparente.

Lo que vieron los dejó paralizados, ella en su postura sensual, él con el dedo sobre el botón, mientras sus cerebros iban asimilando lo que sus ojos veían.

Afuera estaban todos los desaparecidos, incluido el mítico B-Lancio y la traidora A-Nadia. Repetidos cada uno de ellos varias veces y desnudos. Completamente desnudos y mirando. En silencio. Algunos sonreían.

Las otras dos tiendas se hallaban también en modo transparente con sus ocupantes vistiéndose apresuradamente.

Yon volvió a opacar la tienda.

—Nos vamos a vestir sin colocarnos los chimes de cagar. No hay tiempo —dijo. — ¿Cogemos los láseres? —preguntó A-Clara con un ligero tono aterrado.

—Claro, eso lo primero.

Rebuscó en una mochila y sacó un par de pistolas. Entonces se fijó en que la canica proyectora de holografía sólida parpadeaba con una luz tenue y azulada. Pero no había tiempo para mirar si se trataba del segundo folio que se había hecho accesible. Cerró la mochila.

El viaje de A-Yon, uno de ellos, acababa de empezar.

© Eduardo Delgado Zahino,
(1.964 palabras) Créditos Créditos