Se trataba de tres tiendas de campaña que debían servir para contenerlos en pareja. No eran muy grandes y se hinchaban automáticamente, fuera o dentro de los aerodeslizadores. Otra tienda mayor y transparente que no debía ser hinchada a no ser que se decidiera permanecer un tiempo prolongado en un lugar concreto, haría las veces de comedor y sala de reuniones. Un mini generador de fusión, que funcionaba a base de agua terrestre, les suministraría energía. Seis sillas plegables, una mesa para seis y libretas de alimento prensado para varios meses de permanencia en el exterior conformaban lo más importante que debían tener en cuenta. En una caja que no tendría que ser abierta a no ser que se decidiera permanecer más de un mes en un lugar, había un pequeño equipo de cultivo de moho alimenticio. El agua permanecería en bidones sellados, siempre en los vehículos y solo se sacaría para beberla. Una vez usada, se introduciría en el equipo de reciclado y depuración.

A-Yon observó la construcción que representaba un rostro humano. No dijo nada al respecto, aunque los demás, menos G-Hara, la miraban con asombro.

—Pasaremos aquí la primera noche —dijo por la frecuencia común.

Las tiendas estaban plegadas dentro de un contenedor plano y circular. Cada pareja se preocupó de dejarlas en el suelo y pulsar el botón que activaba la pequeña bombona de aire. Las tres tiendas se hincharon lentamente, como si de extraños hongos gigantes se tratase.

—¡G-Hara! —exclamó de pronto A-Yon en un privado.

El muchacho dejó de hacer lo que estaba haciendo y alzó la cabeza.

—Diga, jefe.

—Esa cosa de ahí, eres tú, ¿verdad?

El muchacho desvió la postura para mirar un momento a su monumento. Dio la impresión de que acababa de darse cuenta de que estaba ahí.

—Sí, jefe —acabó respondiendo.

—Sigue trabajando, no te pares como si estuvieras hablando conmigo, se nota demasiado. ¿Crees que andan por aquí?

El muchacho dudó un momento, pero bajó de nuevo la cabeza y siguió con lo que estaba haciendo.

—Podría ser, jefe.

—Estaría bien entablar contacto con ellos en la primera jornada.

—Yo nunca los llegué a ver —mintió.

El jefe hizo como que se dedicaba a mirar su tableta de datos. Se alejó unos pasos hacia la selva.

—¿Alguna vez habías llegado más lejos?

—¿Más lejos de aquí?

A-Yon no respondió. G-Hara exhaló un leve suspiro.

—¿Más lejos de aquí, jefe? —corrigió.

—Sí, ¿alguna vez has ido más lejos?

—Ya le dije que no, que el lugar al que les guiaba era el lugar más alejado al que nunca había ido... jefe.

—Entonces es aquí donde traías a las chicas.

Apenas fue un silencio de dos segundos. Aunque A-Yon había dicho que no le gustaba esperar, no le habría importado en esta ocasión que G-Hara hubiera tardado al menos cinco segundos en responder.

—Aquí las traía, jefe.

Al decir esa frase A-Yon notó que G-Hara se giraba hacia donde estaban las kas. Una de ellas le devolvió la mirada.

—No seas imbécil, se nota demasiado que estás hablando conmigo. Esas chicas llevan toda su vida interpretando el movimiento de los compañeros enfundados en sus trajes. Ahora te voy a llamar por la común para que vengas aquí conmigo.

G-Hara volvió bruscamente a su tarea y A-Yon supo que la chica se había dado cuenta de todo. De todas formas continuó con la pantomima y se aproximó a la selva como si hubiera visto algo, abrió la frecuencia común y llamó a G-Hara.

—G-Hara, ven aquí y explícame esto.

El muchacho dio otro respingo y se alzó para girarse hacia A-Yon.

—Sí, jefe —respondió al tiempo que se ponía en marcha.

—Ahora hablaremos en privado tú y yo —dijo A-Yon para que todos lo oyeran y lo supieran.

Volvió a desconectar la frecuencia común y activó la privada.

—Así mejor. Vamos a dar un paseo por la selva.

Se introdujeron en la maleza. A-Yon gesticulaba de tal modo que daba a entender que había algo que comprobar en el interior de la espesura. Tras ellos, todas las cabezas se alzaban y así siguieron durante medio minuto antes de proseguir con los quehaceres propios del levantamiento del campamento.

La selva era espesa. Translúcida, cristalina. A medida que avanzaban las hojas y ramas más débiles se iban deshaciendo al contacto con sus trajes.

—¿Sabes por qué no les interesa este mundo a los gerifaltes de la Tierra, G-Hara? —preguntó A-Yon.

G-Hara meditó unos segundos la respuesta.

—Supongo que para ellos es más importante el dinero, jefe.

—El dinero es poder y ellos son los que mandan, por supuesto que esa es la respuesta, pero piensa que la información sobre un mundo nuevo como este les proporcionaría a la larga más dinero y, por lo tanto, más poder. ¿Por qué, te repito, no les interesa aprender nada sobre este mundo? ¿Por qué se conforman con la flor roja y no quieren explorar y descubrir cosas aún más valiosas?

Esta vez el esfuerzo fue mayor y la respuesta de G-Hara se retrasó unos segundos más.

—¿El tiempo?

—Eso es. No es que no les interese, es que para ellos apenas han pasado unas semanas desde que funciona todo esto y todavía están pensando en cómo empezar a explorar y conquistar esta realidad. Sabes que hay varias empresas metidas en La Cuña, en la explotación de Mundala y que el hecho de que tú sirvas a Sarva y solo a él ha sido pura casualidad, ¿verdad?

—¿Casualidad?

—Los demás inversores no tienen ni idea de que le has estado suministrando un polvo más potente. Porque ese polvo debe ser algo increíble, muchacho. Verás, el polvo rojo consigue proporcionar un mayor intelecto al que lo prueba, pero ese polvo violeta convierte al que se lo mete en un dios.

—¿Un dios?

G-Hara dejó de caminar. Miró hacia atrás para comprobar que ya no se encontraban a la vista y buscó un lugar donde sentarse. Lo encontró en un tronco caído comido por gusanos grandes como dedos que se disolvieron al entrar en contacto con su trasero.

—¿Es posible que estén cerca y no sea necesario ir a buscarlos más lejos? Todo esto, el entrenamiento, el equipo de larga duración debería servir para ir con ellos a donde quiera que estén —A-Yon buscó con la vista hasta encontrar una gran roca medio enterrada, con sus manos la arrancó de la tierra y la colocó delante del muchacho—. ¿Van a venir, están por aquí?

G-Hara observo a A-Yon sentarse sobre la etérea roca de Mundala.

—Señor, cada vez que volvemos a su mundo para ellos deben de haber pasado cientos de años. No sé, tal vez por eso han hecho una escultura con mi cara.

—Es que tú ya eres un dios para ellos. Vienes cada trescientos años sin haber envejecido y les ofreces un regalo.

—Un demonio, diría yo.

A-Yon guardó unos segundos de silencio.

—¿Te sientes culpable?

G-Hara pareció sorprenderse. Pensó.

—Ahora sí, señor. Ahora sí —respondió.

La voz de A-Clara irrumpió en sus escafandras:

—¡Yon, pregúntaselo de una vez! ¡Joder, no aguanto a este hipócrita!

Ambos dieron un respingo. G-Hara se puso en pie.

—¡¿Estaba escuchando?! —preguntó, muy alterado.

A-Yon se levantó de su roca y le puso las manos en los hombros.

—Vale, tranquilo. Sí, ella lo escucha todo, igual que yo.

—¿Cómo todo?

—Todo lo que habláis, incluso en privado.

G-Hara se zafó violentamente y retrocedió unos pasos tropezando con un gran manojo de hongos transparentes que estallaron como pompas de jabón.

—¡Venga ya, pervertido! —dijo riendo Clara—. ¿De verdad crees que no sabemos nada? En la Tierra, Sarva, sabe todo lo que ha pasado durante los últimos años en La Cuña. No puede saberlo a tiempo real, claro, pero en cuanto la colonia reaparece en el mundo toda la información grabada de todos y cada uno de los habitantes es transferida a su mente.

—Todo está siendo grabado, G-Hara —intervino Yon—. A-Clara y yo solo disponemos de la ventaja de poder escuchar lo que habláis entre vosotros por radio.

—¡Es grotesco! —exclamó el muchacho.

—¡No, grotesco es que les entregues a pobres chicas y chicos idiotas a esos seres, sabiendo que tendrán que morir necesariamente en no mucho tiempo! —respondió Clara con un tono más airado de lo habitual.

—¿Morir? —respondió preguntando G-Hara.

—Vamos a ver —intervino Yon, conciliador—, está claro que todos tenemos muchas cosas que reprocharnos, pero la cosa es que no poseemos apenas información sobre los seres que habitan Mundala. El problema, Hara, es que tú no hablas con nadie, nunca, excepto de cosas banales de trabajo con otros y con las chicas cuando las manipulas para que se enamoren de ti. No sabemos nada de lo que tú sabes.

—¡Ya os conté todo!

—No, todo no.

G-Hara intentó cerrar la comunicación, cosa que creyó haber conseguido, y pronunció un par de palabras.

—Te oímos, G-Hara, acabas de decir os jodan.

El muchacho volvió a conectar la radio.

—Da igual que la desconectes, en vuestros cascos hay micrófonos microscópicos conectados directamente a un receptor en nuestro oído interno. A veces es un poco molesto tener que oíros a todas horas... Bueno, B-Mino y tú sois poco habladores, pero esas dos chicas...

—¿Qué pasa con ellas? —preguntó G-Hara claramente interesado.

—Al principio estuvimos a punto de rechazarlas, dado que son amigas de la última que mataste.

—¡Yo no la maté!

—Lo que quieras, pero decía que estuvimos a punto de sustituirlas, entonces nos dimos cuenta de que ellas serían una buena forma de mantenerte controlado en caso de necesidad.

—¿Controlado? ¡Ellas quieren matarme!

—Ellas sospechan, pero ya han recibido una explicación sobre la desaparición de K-Loa y no tienen derecho a suponer que ha ocurrido algo tan horrible. A no ser que se lo digamos, claro. Pero no te preocupes, el caso es que entiendas del lado de quién debes estar. Verás, Sarva es muy agradecido y, si te portas bien, estará dispuesto a permitir que vayas a la Tierra.

—¿A la Tierra?

—Con todas tus tarjetas dinerarias y algunas más que podrían caerte. A ver, G-Hara, entiéndelo, si de verdad eres un dios para estos seres, queremos que Dios esté de nuestro lado. Tienes mucho que ganar y todo que perder.

—Siempre estuve del lado de ustedes.

—Tú no estás del lado de nadie, pero no te preocupes, Sarva aprueba el individualismo extremo y te aprecia por ser como eres. Lo que nosotros queremos es poder fiarnos de ti, aquí y ahora.

—Dime, G-Hara, ¿podemos fiarnos de ti?

—¿O tendremos que decirles a esas dos kas cabreadas que entregaste a su amiga a unos seres que, probablemente, se la comieron?

G-Hara soltó una carcajada entre histérica y ansiosa.

—Joder, cómo os gustan los numeritos... Decidme qué diablos queréis que os cuente y dejaos ya de amenazas.

—Todo, queremos que nos cuentes todo, lo que has visto y lo que crees que has visto.

G-Hara bufó.

—De acuerdo, os lo contaré todo, pero lo haré mientras seguimos montando el campamento o esas dos van a sospechar, como dijiste, jefe. Esto me lo tendríais que haber preguntado antes.

A-Yon debió pensar que G-Hara estaba en lo cierto, porque se puso en pie y comenzó a deshacer el camino en dirección al campamento. El muchacho todavía tardó unos momentos en entender lo que ocurría, pero en seguida se puso en marcha tras él.

—¿Cómo llegaste a esto, G-Hara? —preguntó A-Clara.

—Afine la pregunta, señora.

—A intercambiar personas del edificio a cambio de polvo violeta. ¿Cómo llegaste a eso sin siquiera haber visto a los habitantes de Mundala?

El muchacho mantuvo un silencio de varios segundos, como si intentara recordar o buscase las palabras adecuadas.

—Bueno... Me lo pidió Sarva.

A-Yon ralentizó ligeramente el paso, como si hubiera estado a punto de detenerse y mirar hacia atrás, pero en seguida retomó la velocidad anterior al tiempo que A-Clara intervenía desde el campamento.

—¿En serio?

—Por supuesto, señora. A nadie en su sano juicio se le ocurriría alejarse del Edificio más de lo que su bombona de oxígeno le permitiese. Un día desperté en mi sarcófago y me encontré, junto al frasco de vitaminas, una carta del mismísimo Sarva en la que me explicaba que había tenido un sueño...

A-Yon acabó por parar y volverse.

—Espera, espera, espera —dijo, mostrando las palmas enguantadas—. ¿De qué narices estás hablando?

—¡Eso, niñato, ¿de qué hablas?! —añadió A-Clara.

G-Hara respondió, pero no se detuvo y esquivó a A-Yon todo lo ágilmente que le permitieron sus raquetas.

—Os digo que un día, a los 14 años, me desperté y Sarva me había dejado una carta, con su sobre y todo, en la que me decía que había tenido un sueño. ¿Puedo seguir contando mi historia o me vais a interrumpir todo el rato?

Que A-Yon retomara la marcha tras él y el silencio de A-Clara le indicaron que podía seguir con su historia.

—De acuerdo. Decía que un día me desperté y me encontré una carta de Sarva diciéndome que había tenido un sueño en el que yo aparecía.

La verdad, si me pedís que lo explique, os diré que no recuerdo haber tenido otro pensamiento que el de la incredulidad. Pensé que mis padres me estaban gastando una broma, pero ellos no parecían estar al tanto y mi padre alucinó al ver el sello de la empresa. Me dijo que era auténtico y que le dejara leer la carta. Pero la carta solo era mía, porque venía a mi nombre y porque además me pedía justo al principio que no la compartiera con nadie, bajo ningún concepto. Así que me fui a mi cuarto y allí la leí.

Más o menos, decía que Dios le había ordenado en un sueño que contactara conmigo...

—¡¿Te estás riendo de nosotros?! —estalló A-Clara.

A lo lejos ya se adivinaba el final de la selva, donde estaba el claro con el campamento. Esta vez fue G-Hara el que se detuvo.

—No, no me estoy riendo de ustedes. Me han pedido que cuente el cómo y eso es lo que estoy haciendo. Lo que me está resultando difícil de aceptar es que, tan amigos que dicen que son del gran jefe, estén tan descolocados con lo que están oyendo.

A-Yon se detuvo justo al lado del muchacho.

—En realidad yo no estoy al tanto de nada, por lo que veo —dijo.

—No caigas en la trampa del mocoso este, Yon —advirtió A-Clara—. Eso que dice no tiene ningún sentido.

G-Hara hizo el gesto de llevarse los dedos a los ojos, para frotárselos a modo de muestra de agotamiento mental, pero el cristal de la escafandra lo impidió.

—Pero vamos a ver, jefes... A ver... Bueno, puedo seguir con la historia y acabarla antes de diez minutos o podemos acusarnos los unos a los otros de mentirosos hasta que se ponga el Sol dentro de dos meses. A mí me da igual hablar de esto o de lo otro...

—Clara —dijo entonces A-Yon—, para ti esto debería tener algo de sentido. Yo apenas guardo el recuerdo de haber sido monstruosamente inteligente durante unos minutos pero tú has permanecido mucho tiempo en ese estado.

—Unos pocos días en realidad —confirmó Clara.

—Unos pocos días en los que tuviste la claridad mental que yo solo experimenté unos minutos. Recuerdo ese periodo, esos minutos, como en un sueño lejano.

—A mí me pasa igual, pero no entiendo a dónde quieres ir a parar con eso.

—A que allí había alguien más.

—¡No me jodas! —exclamó G-Hara y se puso a mirar a su alrededor buscando un lugar en el que sentarse.

—¿Alguien más? ¡Claro, todos los que estaban conectados a nosotros!

—No, o, bueno, sí, pero yo digo, no alguien, sino algo.

—¿Puedo seguir? A lo mejor mi historia os ilumina los recuerdos.

G-Hara acabó por quebrar un gran tronco de aspecto recio, para ser de Mundala, colocándolo tumbado a modo de asiento.

—Lo que quiero decir —continuó Yon—, es que todos los conectados lo sentimos. Fue un momento, pero ahí estaba. Y noté que tú también lo sentiste.

Clara no dijo nada.

—¿Sigo entonces? —insistió G-Hara.

Una nube de insectos del tamaño de cerezas cruzó por donde ellos estaban, G-Hara sentado, A-Yon de pie. Los pocos que pasaron cerca de sus cuerpos se volatilizaron en nubes de polvo azulado.

El tronco en el que G-Hara se había sentado era lo bastante largo y grueso como para acogerlos y aguantarlos a los dos, así que A-Yon decidió sentarse en él de cara al muchacho.

—Sigue —consintió.

—Decía —dijo entonces G-Hara transportando esa palabra en un suspiro—, que, en la carta, el gran jefe, me decía que había soñado conmigo, que Dios le había pedido que contactara conmigo.

La verdad es que leí la carta entre risas nerviosas e incredulidad. En ella me conminaba a salir, a buscar una sustancia mejor que el polvo rojo, pero que no debía hacerlo como lo hacen las kas, andando hasta donde les permiten sus bombonas de oxígeno, sino más lejos. Me informó de que habían dejado un vehículo que podía usarse para ir por tierra y por agua y que habían ordenado dejárselo usar solamente a los miembros de la Sociedad de Exploradores. Que fundase esa sociedad en cuanto pudiera, esa misma tarde a ser posible y cargase oxígeno para varios días en el vehículo.

Todo estaba orquestado, o eso me pareció, porque cuando fui a la planta 42 a registrar la sociedad, no me pusieron ninguna pega. Supuse que a los registradores también les habrían dejado una carta o algo.

Bueno, pues resulta que Dios en persona le había hablado de mí. Decía que en realidad La Cuña no era un invento humano, que era Cosa de Dios y que, de algún modo, nos necesitaba para llegar a Mundala para recoger polvo rojo, pero que eso no era suficiente, que necesitaba algo más. Así que lo hice, esa misma tarde registré la nueva Sociedad de Exploradores y al día siguiente bajé hasta donde me estaba esperando el vehículo. Bueno, ahora ya saben ustedes cómo son estos trastos, pero a mí en ese momento me pareció lo más de lo más... El caso es que aprendí a manejarlo y llegué hasta el río.

Por la frecuencia común se escuchó la voz de B-Mino.

—Jefe —dieron un respingo—, hemos terminado de montar el campamento.

—¿La tienda grande también? —preguntó A-Yon con cierto tono autoritario.

—La grande es solo para largas estancias...

—Montadla, es mejor que sepamos desde el principio que se puede usar con seguridad y no tener una sorpresa el día que la necesitemos.

—Sí, jefe.

—Esto los entretendrá otro rato. Continúa, Hara.

G-Hara asintió, aunque primero chupó del tubo del agua un trago largo. Después carraspeó.

—La primera vez que salí no lo hice solo...

—Y no sé por qué, yo me lo imaginaba —interrumpió Clara.

—Prosigo: la primera vez no estaba solo, una chica, mi novia, vino conmigo. O, bueno, fuimos juntos, yo por mandato de Sarva, ella por pura curiosidad y amor hacia mí. A ella, claro, se lo conté todo. Estaba muy emocionada.

—¿Cómo se llamaba? —volvió a interrumpir A-Clara con voz indignada.

Clara no podía verlos, pero a través del comunicador se escucharon leves ruidos de roces de ropa contra el interior del traje. Por eso, Clara notó que G-Hara se había movido demasiado al hacerle esa pregunta. También notó que otro sonido de roces se unía al del muchacho y en su cabeza se montó una escena en la que Hara se agitaba nervioso ante la cuestión y Yon le ponía una mano encima para tranquilizarlo.

En realidad, lo que hizo Hara fue ponerse en pie bruscamente, al igual que Yon, que hizo lo propio, para seguir caminando hacia el campamento.

—J-Andria, se llamaba J-Andria, ¿vale?

La mujer no contestó y A-Yon se guardó lo que pensaba.

G-Hara caminó varios pasos antes de detenerse de nuevo para observar. A-Yon se paró a su lado.

A unos veinte metros, entre los árboles, algo se movía.

—¿Qué es eso? —preguntó A-Yon.

Una masa cristalina e iridiscente evolucionaba entre los árboles. En su interior algunas esferas azuladas se movían.

G-Hara no contestó, pero siguió hablando.

—J-Andria y yo salimos aquel día sin avisar a nadie. Según nos dijeron, no teníamos por qué hacerlo. Orden de Sarva el ignorarnos... Bueno, el ignorarme. Yo podía salir en cualquier momento sin avisar y casi sin ser visto. Los aerodeslizadores, como sabéis, se encuentran en la parte de atrás del edificio y allí casi nadie tiene acceso. Ni curiosidad. Nadie quiere ir más allá del campo de flores.

Así que salimos. Yo le conté a J-Andria que, a Sarva, Dios en persona le había dicho que había soñado conmigo.

—¡Y dale con Dios! —estalló A-Clara.

G-Hara rio entonces.

—Sarva me lo dijo bien claro, señora. Me dijo que todo esto era un sueño. Que Dios soñaba con el polvo rojo pero que no podía llegar a Mundala para conseguirlo. Por eso soñaba con La Cuña y con nosotros, los trabajadores de La Cuña, para obtenerlo. Que eso era fácil para Dios, pero que también soñaba con algo más, con otro polvo más potente... Bueno, eso decía la carta. Y por eso salimos aquel día, para buscar un polvo más potente.

La carta también decía otras cosas, era muy explicativa. ¿Sabíais que Mundala significa el Mundo en suajili? Y en hindi también significa algo, mundano o algo así, creo recordar. Sarva me dijo que el nombre le vino por casualidad, que se le ocurrió porque le sonaba bien comercialmente y que luego buscó en Internet si expresaba algo.

—En realidad, Mundala, sin tilde, es una población de la India. Allí nació Sarva —explicó A-Clara sin sentimiento en la voz.

—Ah —respondió G-Hara.

—Deberíamos volver y ayudar a montar la tienda —dijo A-Yon.

G-Hara miró al jefe.

—Ameba mundana —respondió.

—¿Qué?

—Eso de ahí se llama ameba mundana. El nombre se lo puso J-Andria la primera vez que salimos. Estaba fascinada. Bautizaba cada cosa que veía. Al río, por ejemplo, le puso río Hara. Estuve apuntando cada nombre que ella inventaba, haciendo mapas a ojo... La verdad es que no íbamos a ningún lugar en concreto, cuando nos tropezamos con él.

El silencio siguiente se alargó más de la cuenta.

—¿Estás esperando a que pregunte que quién es él? —preguntó Clara, desdeñosa.

—Mire, jefe, mire la ameba mundana. ¿No le parece hipnótica?

A-Yon, que había estado escuchando al muchacho sin quitar ojo de la ameba, giró la cabeza y se lo quedó mirando a él. Acto seguido sacó del gran bolsillo de su pantalón el láser y apuntó al animal. Disparó y la ameba se desintegró en un polvo finísimo que pareció desaparecer en el aire.

—Te estás pasando de listo —dijo.

El muchacho miró al jefe guardar el arma.

—No hacía falta matarla... En fin... ¿Recuerdan a aquel tipo que desapareció hace muchos años? Yo era un crío, pero se habló mucho de él por aquel entonces.

—¿De qué habla, Yon? —preguntó A-Clara.

—Habla de B-Lancio, un hombre que se volvió loco y salió corriendo hasta más allá del campo de flores. Hace mucho de eso.

—Bien, pues J-Andria y yo nos encontramos con B-Lancio.

—Claro que siempre se le dio por muerto, así que lo que está diciendo este imbécil no tiene ningún sentido —prosiguió y sentenció A-Yon.

—Lo más impresionante de todo es que estaba desnudo. Tuvimos que activar los micrófonos de exterior para poder escucharle. Sonaba extraño, como si hablara muy despacio, con la voz grave. Nos asustamos. La verdad, si hubiera tenido por aquel entonces un láser como ese, lo habría usado.

G-Hara calló y miró a A-Yon, que permanecía en silencio.

—Bueno, una de las cosas que me dijo Sarva antes de enviarme aquí —dijo entonces Clara—, es que tendría que esperar cualquier cosa extraña en este mundo. Me dijo que G-Hara le ocultaba información y que me creyese cualquier cosa que me dijera.

—B-Lancio nos dijo que podía darnos la oportunidad de sobrevivir en Mundala.

—¿Cómo sobrevivir en Mundala? —preguntó A-Clara.

—Pues eso, poder vivir aquí así, como él, sin traje. Lo que ocurre es que a los pocos minutos de estar hablando con B-Lancio ocurrió algo extraño... Bueno, más extraño si cabe. Apareció otro B-Lancio.

La pausa que mantuvo G-Hara esperando alguna pregunta o reproche se alargó demasiado y A-Yon emprendió la marcha hacia el campamento.

—Volvamos —ordenó.

—Bueno —continuó G-Hara—, pues resulta que hay una planta o animal o algo así que es capaz de hacer copias exactas de humanos, pero con materia de Mundala. Nos contó que un gran animal lo asumió en su interior y lo devolvió, con todo su organismo, con toda su mente intacta, copiado en un humano hecho enteramente con materia de Mundala. Y que hacía una copia tras otra. Nos dijo que en Mundala la muerte no existe, no como en la Tierra. Nos contó que, aparte de accidentes inevitables, en Mundala los organismos no mueren de vejez porque ese animal se encarga de copiarlos una y otra vez.

—Ahora —interrumpió A-Yon—, voy a ayudar a terminar de montar la tienda grande. Hara, tú ve a los vehículos a por algunas raciones y sigue hablando.

—Sí, jefe.

A-Yon no esperó a que el muchacho siguiese y cortó la comunicación. Seguían escuchando sus palabras, pero él ya no podía oírlos a ellos.

—¿Qué opinas? —preguntó el jefe a A-Clara en privado.

—Pues opino que lo que dice es tan absurdo que tiene que ser cierto.

—En fin —continuó G-Hara—, que todavía aparecieron unas cuantas copias más de ese tipo, todas desnudas, todas tan convencidas de que nos iban a hacer un favor llevándonos ante ese animal para copiarnos, que tuve que inventar una excusa rápida para evitar que eso ocurriera. Ni recuerdo qué excusa puse. No funcionó, claro. Entonces B-Lancio me dijo algo que lo cambió todo. Me dijo que había tenido muchos miles de años para pensar y que sabía de qué iba esto de La Cuña, que sabía que en realidad no se trataba de dos universos, el nuestro y el de ellos, sino del mismo universo modificado, y que no podían existir los dos al mismo tiempo, o bien existía el nuestro, o bien el suyo.

—¿Ves? —dijo Clara en privado—, eso no puede saberlo si alguien no se lo ha dicho.

—¿Están ahí, jefes?

A-Yon volvió a abrir la comunicación para que G-Hara pudiera escucharlos.

—Estamos, estamos, sigue hablando.

—¿Y no los asombra esto que les cuento?

Un silencio después, Clara respondió.

—Entonces les dejaste a tu novia para salvarte tú, ¿verdad?

El silencio subsiguiente fue ligeramente más largo que el anterior.

—Eso hice. Y a cambio de una cáscara de semilla llena de un polvo mucho mejor que el rojo. Lo que Dios deseaba en realidad. B-Lancio sabía, no sé cómo, que ese polvo iba a ser mejor que el rojo.

—El tal B-LAncio era químico —explicó A-Yon.

—Mataste a tu novia a cambio de... —empezó a decir A-Clara.

—¿Pero no ha escuchado lo que le he estado diciendo? ¡Ellos no querían matarla, querían todo lo contrario, darle la vida eterna! —exclamó por fin G-Hara.

A-Yon extrajo de la gran maleta la tienda donde tendrían que pasar la noche, él y Clara, y la conectó a una bombona que comenzó a hincharla.

—G-Hara —dijo—, ¿A-Nadia podría estar viva?

—¿Quién? ¡Ah, claro, su mujer!

—Sí, mi mujer.

—Entonces sabe que la conocía... Bueno, un día me agarró por banda y me... Joder, jefe, era su mujer, tenía acceso a grabaciones y un espíritu detectivesco muy interesante. Le gustaban las películas policíacas y un día observó que había una clara relación entre las peticiones de la Empresa pidiendo trabajadores para ir a la Tierra y... Y, bueno, y yo. El caso es que le conté todo esto que les estoy contando ahora a ustedes. Y me creyó. Un día quedó conmigo en un restaurante y me hizo contarle esto mismo a un grupo de personas. Según parece, una de ellas había visto entre la maleza, en un margen, a un muchacho desaparecido, uno que me ligué y que ahora anda por ahí convertido en copia. Su propio hijo. Al principio estaban muy cabreados conmigo hasta que les conté que esas copias eran exactamente la misma persona que fueron, que en realidad yo les estaba haciendo un favor, que los estaba convirtiendo en verdaderos habitantes de Mundala y que, aparte de accidentes, su esperanza de vida era indefinida.

—Y se fueron, así, a ser copiados tan solo teniendo en cuenta algunas palabras tuyas.

A-Yon no dijo nada más. Observó de reojo al muchacho repartir las libretas de alimento prensado y se metió en la tienda cuando vio que se acercaba para darle a él una.

—Yo los vi muy emocionados, sobre todo a su mujer. ¿No quiere una libreta? —preguntó G-Hara.

A-Yon cortó la comunicación y corrió la cremallera.

© Eduardo Delgado Zahino,
(4.935 palabras) Créditos Créditos