El equipo de exploración de larga duración fue colocado en uno de los aerodeslizadores nuevos proporcionados por la corporación. Lo pilotaría G-Hara, que estaría acompañado por B-Mino. En otro aerodeslizador irían A-Yon, A-Clara, K-Loa y K-Carla. La insistencia por parte de las dos kas de ir con G-Hara no obtuvo buenos resultados.
La marcha de los aparatos se produjo no sin incidentes. El camino que G-Hara había transitado en el pasado había desaparecido bajo las flores rojas después de trescientos años mundalianos.
—Menudo gasto, ¿no? —dijo A-Clara, que sintió un curioso pesar al observar a las plantas desintegrarse bajo el peso de la materia terrestre.
A-Yon recibió la observación a través del canal privado de su escafandra. Respondió, también en privado.
—Te dije que sería un espectáculo.
El aerodeslizador de G-Hara y B-Mino iba primero, seguido de cerca por el pilotado por A-Yon.
Entonces el jefe de La Cuña decidió que comenzaba el entrenamiento.
—G-Hara, para —ordenó a través de frecuencia común.
El hovercraft de carga del experimentado explorador se detuvo inmediatamente, obligando al jefe a parar bruscamente el suyo para no chocar.
Los dos aparatos permanecían en mitad de un océano de flores rojas.
A-Yon bajó al suelo.
—G-Hara, ponte las raquetas y baja ahora mismo —ordenó.
Transcurrieron cinco largos segundos antes de que el muchacho obedeciera la orden. Una vez frente a frente, A-Yon habló.
—Dos cosas: cuando te dé una orden, espero que respondas verbalmente.
G-Hara pareció encogerse un poco dentro de su traje. No dijo nada.
—¿Y bien? —insistió.
—Yo... Perdone, jefe, pero creo que deberíamos haber dejado claro antes de partir las formas de trato.
—No necesito que me llames jefe, pero llámame jefe. No necesito que me hagas la pelota, pero cuando yo te hable, cuando yo te dé una orden, me respondes: Sí, jefe
.
Dos segundos después, G-Hara respondió.
—Sí, jefe.
Permanecieron uno frente al otro sin moverse durante veinte segundos más. En los hovercrafts, curiosos ojos observaban la escena.
—¿Sabes a dónde vamos?
—Ya le dije que sí.
Silencio. Quietud.
—Sí, jefe.
Quietud.
Los trajes de ambos no se diferenciaban en nada, no había distintivos. Eran de un color anaranjado tirando a marrón y resaltaban apagados frente al muro inmediato de flores rojas. Eran dos estatuas que se miraban la una a la otra sin decir nada. Una de ellas no había terminado lo que tenía que decir y no mostraba prisa. La otra comenzaba a denotar nerviosismo. La comunicación se llevaba a cabo por la frecuencia común y era escuchada por todos los presentes.
—Y segunda cosa: cuando yo te dé una orden, y después de responder sí, jefe
, la obedeces inmediatamente. No esperes un minuto, ni un segundo, para hacerla efectiva.
—Pero detuve el hovercraft cuando usted dio la orden de hacerlo...
—¡Maldita sea! ¡Joder! ¡Maldita sea!
Los gritos de A-Yon resonaron en los auriculares de las escafandras, dejando un remanente agudo en los oídos.
—¡Esto no es un juego! ¡Bajad todos! ¡Ahora!
Tras dos segundos de quieta sorpresa, A-Yon volvió a ladrar.
—¡Ahora! ¡Ya! ¡Todos abajo y en formación!
Uno a uno fueron bajando. Las raquetas levantaron nubecillas de polvo rojo malgastado. Se colocaron frente al jefe aleatoriamente.
A-Yon esperó a que terminaran y se quedaran quietos.
—Esto es solo un entrenamiento, ¿eso lo entendéis?
Silencio.
—Oh, por favor, qué difícil —dijo A-Yon con tono cansado—. Está bien, a ver...
—Sí, jefe —dijo entonces B-Mino.
Los demás le siguieron y en tres segundos todos habían respondido.
—A ver, os voy a hablar como si fuera un amigo por última vez: esto no es un juego. Este simple entrenamiento podría matarnos. Nunca un grupo tan nutrido se dispuso a alejarse tanto del Edificio, así que tendremos que contemplar ciertas normas. Sé que no es la forma de funcionar de La Cuña, sé que yo nunca os había hablado así, que vuestros jefes inmediatos nunca os han hablado así. Tú, B-Mino, amigo, eres jefe y sé que nunca has tenido que hablarles así a tus inferiores. Lo sé, sé que todos los que habéis nacido y vivido en La Cuña durante toda vuestra vida no necesitáis que nadie os grite las órdenes. Sé que cumplís con vuestras obligaciones y sé que La Cuña no es un cuartel militar como los de las películas de la Tierra. A-Clara, imagino que a ti nunca nadie te ha gritado, que siempre has cumplido con tu trabajo en libertad y que ahora haces lo mismo.
A-Clara movió la cabeza afirmativamente, cosa que nadie, excepto A-Yon, notó.
—Pues bien, eso ha cambiado. Desde ahora esto es una escuadrilla de exploración que obedece sin rechistar las órdenes que yo dé. Si yo muero o no estoy, por lo que sea, obedeceréis a A-Clara, y si ella no está, a B-Mino.
—¿Y si B-Mino no estuviera? —preguntó G-Hara, con un deje de ansiedad que no escapó a A-Yon.
—Si faltáramos los tres, los tres que quedéis os apañáis como podáis. Y que te quede claro, G-Hara, es la última vez que me interrumpes.
Silencio.
—Oh, qué difícil va a ser esto...
—¡Sí, sí, jefe! Sí, jefe. Disculpe...
—No se tartamudea, no se piden disculpas, simplemente se responde sí, jefe
. Vamos a ver, se trata de disciplina, de que os esforcéis en mantenerla, de que olvidéis lo pasado y confiéis en mí y en vosotros mismos, sin reservas. En ese sentido sí que lo tenéis que tomar como un juego. Jugar a ser soldados, si lo queréis ver así. Obedecer, no remolonear. Cumplir con cada detalle, por nimio que parezca. El juego es sencillo y os puede salvar la vida. Responder sí, jefe
. No hacer esperar cuando dé una orden. No es tan difícil. ¿Verdad que no?
Casi al unísono, los cinco respondieron:
—No, jefe.
—¡Bien! ¡Así! ¡Gracias! Y esta es la última vez que os doy las gracias por algo. A partir de que acabe esta frase que estoy pronunciando ahora, empieza el juego.
—¡Sí, jefe! —respondieron todos.
—G-Hara, entrega los mandos del chisme a B-Mino, enséñale a manejarlo...
—Sí, jefe.
—¡Y deja que acabe las frases!
—Sí, jefe.
—Enséñale a manejarlo y guíanos a todos.
—Sí, jefe.
—Los demás, a sus puestos. A-Clara, manejas tú.
—¡Sí, jefe!
Los hovercrafts se pusieron de nuevo en marcha, retomando la tarea de transportarlos y destrozar el campo de flores rojas. Iban despacio. Aprendían.
En un momento dado, entró una comunicación privada por parte de B-Mino en la escafandra de A-Yon. La aceptó.
—¿Qué pasa, Yon, has estado leyendo algún manual del buen soldado?
—Sí, Mino, eso es exactamente lo que he hecho. Ahora conduce, anda.
B-Mino soltó una risotada antes de responder.
—Sí, jefe.