Ser explorador en Mundala no era un trabajo propiamente dicho. Se trataba más bien de un hobby, algo que nadie sentía la necesidad de hacer. La Cuña nunca había estado en Mundala para explorarlo. Al menos no inmediatamente. Lo importante era generar beneficios, aunque se permitía que la curiosidad individual de los que quisieran pudiera llevarse a cabo. Siempre y cuando lo hicieran en sus ratos libres.
En realidad, aparte de estas consideraciones, en todo el edificio solo había un explorador. De los miles y miles de trabajadores tan solo uno había sentido la suficiente curiosidad como para crear la Sociedad de Exploradores. Explorar, es decir, alejarse mucho del Edificio, era algo muy peligroso y nadie estaba dispuesto a arriesgar la vida para confirmar la existencia de más plantas y rocas, acabar hundiéndose en algún agujero y quedarse allí esperando a que el oxígeno de la bombona se agotase. Porque las ondas electromagnéticas generadas por las radios terrestres no llegaban lejos. Era una de las peculiaridades de la física mundaliana, que las ondas apenas llegaban a medio kilómetro, después se disolvían
y dejaban de ser reconocibles.
G-Hara miró a los lados. A su derecha había dos chicas y a su izquierda estaba el jefe de recolectores. Al frente, el jefe Yon y la mujer terrestre. Sostenían cosas. Una en cada mano.
—Esto —empezó a decir la mujer—, son pistolas. Pistolas láser, concretamente.
Las alzó para que las vieran bien.
—Nuestra misión es exploratoria, pero no sabemos qué nos vamos a encontrar ahí fuera.
B-Mino intervino.
—¡Diablos, Yon! ¿Se puede saber de qué está hablando tu novia?
A-Yon agitó una mano pidiendo silencio y paciencia. La mujer se puso un poco más seria de lo que ya estaba.
—¡Tú! —exclamó, dirigiéndose al jefe de recolectores—. ¡Por hablar! ¡Ven aquí!
B-Mino miró a su jefe y amigo. Hacía apenas una hora que lo había convocado para reunirse con él en la azotea. Ya había estado antes allí y no le gustaba. No le gustaba porque la cúpula que la protegía del exterior estaba formada por un cristal extremadamente fino, de una sola pieza y muy transparente. Era como estar fuera sin traje de exterior.
A-Yon asintió, dando a B-Mino permiso para que obedeciese a la mujer.
—Se coge así —dijo A-Clara, mostrando una de las pistolas en su mano derecha.
Le ofreció la otra arma.
—Hazlo como yo.
B-Mino dudó medio segundo antes de aferrar el láser.
—He visto con mi mujer muchas películas del Oeste —informó—. Las pistolas que salen en las películas no son iguales a esta, pero creo que entiendo cómo funcionan.
Una sonrisa sardónica apareció en el rostro de la misteriosa mujer.
—De acuerdo entonces, vaquero —dijo—. ¿Ves aquella cosa de allí?
B-Mino dirigió la vista hacia el objeto señalado.
—¿La calabaza?
—¿Se llama así? Gracias por la lección de botánica. Pues apunta y dispara.
La Azotea albergaba un jardín hidropónico que suministraba, a las clases altas, algunos vegetales. La mujer de A-Yon había sido muy aficionada a cuidar ese jardín trescientos años antes. Ahora solo había mucha tierra vacía con algunas plantitas nuevas. Cada año el jardín era renovado con tierra viva de la Tierra y sembrado con nuevas semillas. Nada vivo superaba el viaje a la Tierra y el regreso, a no ser que estuviera congelado.
—Si fallo le daré al cristal.
—Por eso estamos aquí arriba. El láser es, fundamentalmente, luz. Estos chismes disparan un pulso corto que no afectará al cristal por ser transparente. Lo atravesarán sin más.
B-Mino dudó, con el arma en la mano, sin moverse. Se mantuvo así cinco segundos hasta que la mujer estalló.
—¡Joder!
Acto seguido alzó su pistola apuntando al techo de la cúpula y disparó tres veces.
No ocurrió nada catastrófico.
—¿Lo ves? Estos láseres no son muy potentes, pero pueden funcionar bien ante cualquier criatura de Mundala. A cosas muy transparentes no las afectará demasiado, son pulsos cortos, pero a un animal mundaliano, semitransparente y conformado de materia poco densa puede detenerlo en seco. Anda, apunta a la carabaza esa y dispara, la hemos descongelado solo para ti.
B-Mino, aún dubitativo, alzó su arma y apuntó de la forma que recordaba en una de tantas películas de la Tierra que solía ver junto a su esposa los días de asueto.
—No es carabaza. Se dice calabaza —dijo, apretando el gatillo—. ¿Qué pasa, no hay calabazas en la Tierra?
Una pequeña quemadura humeante denotó que el disparo había sido certero. Fue poca cosa, apenas una quemadura de cigarrillo.
A-Clara se quedó impresionada, aunque logró que solo se le notase durante una fracción de segundo.
—Así que películas del oeste, ¿eh? De acuerdo, vaquero, yo te prometo llamar calabaza a esa cosa y tú me prometes que no vas a volver a llamarme novia
.
Los siguientes disparos de B-Mino dieron en el blanco. Todos. No fue así en el resto de futuros expedicionarios, excepto G-Hara, que demostró tener también bastante buena puntería. Cosa de las películas, ambos, B-Mino y él era aficionados al cine de la Tierra.
—Bueno, mejoraréis, de momento tenemos tiempo. Bien, entonces tú eres B-Mino, jefe de recolectores, tú, G-Hara, cargador y explorador aficionado...
Detuvo la frase para que los otros dos dijeran sus nombres.
—Me llamo K-Carla —dijo una de ellas—. Mi especialidad es la recolección en los márgenes difíciles.
—Vale, luego me explicas qué demonios significa eso. ¿Y tú?
La chica aludida respondió:
—K-Zicna, también recolectora de márgenes.
A-Clara se giró hacia A-Yon.
—Tenía que encontrar lo más parecido. En todo el edificio solo hay un explorador. Y es G-Hara. Los recolectores de márgenes son un grupo específico que se aleja del campo principal para buscar flores exóticas —explicó el jefe.
—Entiendo —dijo A-Clara volviéndose hacia las dos chicas—. ¿Y a cuánto de lejos llegáis?
Una de ellas, la que respondía al nombre de K-Carla, ladeó la cabeza antes de responder.
—Mucho. La Cuña se ve pequeña. Vamos más allá del campo rojo y la flor que recogemos es estudiada, allá, en la Tierra.
—Investigan con las flores que recogemos. O eso dicen —intervino la otra chica, K-Zicna.
—Claro que no vamos tan lejos como el amigo G-Hara. A él le dejan mejor equipo.
Al decir esto, ambas miraron al muchacho.
A-Clara se fijó en que las dos kas llevaban colgando del cinto sendos cuchillos.
—Nuestra amiga K-Loa también se alejaba mucho. Éramos un buen grupo de seis.
G-Hara se puso blanco. Cada chica y chico que había entregado a los habitantes de Mundala pertenecía a una letra diferente cada vez, para no llamar la atención, siempre menores que la suya propia. En alguna ocasión había bajado a buscar entre las úes por ser las más facilonas
. Y ahora tenía que estar junto a dos kas que conocían a su última novia
.
—Tú la conocías, ¿verdad, G-Hara?
—No nos dijo nada, para nosotras es una vergüenza el trato carnal con otras letras, pero alguien os vio juntos una vez.
—Y desapareció justo antes de la última partida.
A-Yon intervino.
—Sabéis que a veces la empresa se ve obligada a pedir a algún trabajador que desempeñe su labor en la Tierra. Vuestra amiga está ahora allí.
—Lo sabemos, pero nos extraña que no nos dijera nada.
—Fue precipitado —dijo A-Clara.
—Ni siquiera informó a sus padres. Simplemente no acudió a su sarcófago.
—A K-Loa la llamé yo en el último momento y ocupó el sarcófago de mi antigua mujer. Yo mismo me encargué de presentársela al gran jefe. La familia ya ha sido debidamente informada de todo. Es un honor ser llamada por la empresa.
Ambas ladearon la cabeza. Sus rostros eran inexpresivos hasta gritar basta.
A-Yon pensó que la idea de Clara de incluir a dos letras kas para mantener controlado a G-Hara podía ser arriesgada. Ahora en el grupo de exploración había dos posibles problemas.
Y les estaban entregando armas.
Un paseo por el campo de flores rojas
Entrenarse en el mundo exterior no supondría demasiado inconveniente para los cinco habitantes. Al día siguiente empezarían con el asunto. Pero A-Clara era otra cosa y así se lo hizo saber A-Yon.
Lo primero, aprender a ponerse el traje.
—La presión atmosférica es la misma que la de la Tierra, por eso el traje no es más que un mono ajustado con cremallera. No necesita ser estanco —informó Yon.
—De acuerdo.
No tuvo que ayudarla. Era tan sencillo como le había dicho y A-Clara se desvistió junto a él y se metió en el mono sin el menor problema. La visión de su cuerpo desnudo le produjo, aun mirándolo de reojo, una intensa turbación a A-Yon.
—Pero no podemos respirar el oxígeno de Mundala. Ni siquiera podemos introducirnos dentro su nitrógeno sin que afecte seriamente a nuestros pulmones —siguió diciendo.
—De acuerdo.
—No se trata del tipo de gas que sea, en realidad, sino de su esencia misma, lo que es en este universo. Por eso tenemos que transportar con nosotros nuestra propia mezcla de oxígeno y nitrógeno terrestre.
Ella se fijó en cómo se colocaba la mochila e hizo lo mismo.
—¿El casco se une al mono así? —preguntó.
Colocó la escafandra transparente en su cabeza y conectó los cierres. Él lo comprobó y le indicó con el pulgar que sí, que así era como se colocaba.
—A Mundala se sale como mínimo en pareja y se responsabiliza al otro de cualquier cosa que le pueda pasar al compañero.
Ella analizó los cierres de A-Yon mientras se ajustaba los guantes.
—Si ves algo que no esté bien, arréglalo.
A-Clara se esforzó. Daba por sentado que A-Yon tenía que haber hecho algo mal para que ella lo viese.
Lo descubrió.
—Ah, sí. No has unido del todo el casco con el mono por este lado... Parece desgastado y no se junta bien...
Intentó solucionar el problema y, ante la dificultad, empezó a quitarse los guantes.
—Mal. En el exterior no podrías estar sin los guantes. Tienes que arreglarlo sin quitártelos. Vuelve a ponértelos.
Ella comprendió y se los ajustó de nuevo. Mientras intentaba torpemente recolocar el cierre de A-Yon, le surgió una pregunta.
—¿Cuánto tiempo podrías vivir con este fallo concreto en el exterior?
—Unos minutos. A ver, el contacto con la materia de Mundala mata lentamente. Sin guantes, por ejemplo, podrías estar días enteros. Pero si el aire de Mundala llegase a entrar en tus pulmones, durarías muy poco.
—Entonces ya estarías muerto.
—Si dependiera de ti, seguro. Pero bueno, se trata de que entiendas lo importante que eres para el compañero. Tú puedes ver cosas que yo no, aunque un fallo como este sería muy difícil que llegara a producirse. He cogido este traje porque está viejo y tiene algún fallo, como el que has detectado.
—¿Y por qué no puedo entonces quitarme los guantes, si el aire de Mundala no afecta rápidamente a las manos? —preguntó A-Clara con un tono extraño.
—Ya te he dicho que los trajes no son estancos, pero podría colarse algo de aire por las mangas.
Consiguió por fin unir el cierre.
—Listo —dijo.
A-Yon realizó una serie de movimientos extraños.
—Bien. Ahora haz lo mismo.
La mujer obedeció intentando imitar los mismos movimientos.
—Está diseñado para que los cierres produzcan un sonido peculiar en caso de no estar bien.
—¿Y cómo los puedo reconocer? —preguntó.
—¿Has oído algo, lo que sea, desde el interior de tu escafandra?
—No.
—Entonces perfecto. Salgamos.
Descendieron en el ascensor hasta la planta baja. Estaba muy transitada por personas que vestían con traje de exterior y que portaban diversos objetos y cajones tan grandes que tenían que ser llevados entre dos.
En hileras larguísimas colgando del techo había raquetas de pies. Los trabajadores las fueron recogiendo y se fueron colocando en una especie de formación improvisada delante de la gran compuerta cerrada.
A-Yon tomó un par de juegos de raquetas.
—¡Claro, las raquetas! —dijo A-Clara como si el recuerdo acabara de asaltarla.
—El suelo alrededor del edificio está tan pisoteado y prensado de años que en realidad las raquetas no son del todo necesarias, pero sí que son obligatorias. Por si acaso das con un trozo de terreno demasiado blando.
—Entiendo.
—Esperemos a que abran.
La gran compuerta de acceso al exterior estaba situada sobre su cabezas, en el techo.
Se unieron al grupo que aguardaba bajo a la gran puerta. Algunos los miraron, reconociendo al jefe y su nueva novia
, pero no se atrevieron a decir nada. Si hablaban entre ellos lo hacían por canales de radio privados.
La puerta se abrió y esperaron a que un grupo de trabajadores, del turno que terminaba en ese momento, entrasen bajando las escaleras.
—¿No se sale el aire?
A-Yon miró a A-Clara sin comprender.
—No, claro que no. ¿Por qué habría de salirse?
A-Clara pensó.
—Creí que al abrir la puerta el aire terrestre saldría disparado.
—Ah, claro, como en esas películas del espacio —rio Yon—. No, ya te dije que la presión es la misma, el aire terrestre se queda quietecito aquí dentro y el exterior no puede penetrar. Por simple densidad, ¿entiendes?
—Creo que sí.
—Es como el agua y el aceite...
—Qué sí, que lo entiendo.
A-Yon calló, tal vez temiendo que estuviera dando a entender que creía que la Terrestre era tonta.
—Vale, perdona.
Subieron por las escaleras y salieron. El largo amanecer de Mundala los recibió. Hacía dos semanas que A-Clara había despertado en aquel mundo extraño y la salida de sol permanecía casi igual.
Volvió la vista hacia el hueco rectangular que era la salida del edificio y observó durante unos segundos que el aire terrestre parecía y se comportaba como un líquido.
Como no quería volver al tema de la densidad de los gases en distintos universos, cambió de tema.
—¿Cuánto duraba un día aquí? —preguntó—. Antes lo sabía...
—Dos meses y medio terrestres, más o menos.
A-Clara recordó que la gran esfera azulada que era el sol de Mundala había estado cortada por la mitad tras el horizonte cuando despertó, pero ahora mostraba casi toda su esplendorosa forma.
—Las noches deben ser aterradoras.
—No creas. Cuando el sol grande se esconde solo hay que esperar un par de semanas antes de que salga el sol secundario —se quedó pensando un momento—. Aunque, sí, la verdad que esas dos semanas son bastante aterradoras. Se suelen aprovechar para coger vacaciones.
—¿Sol secundario?
A-Clara miraba a A-Yon y este se dio cuenta de la perplejidad que mostraba su rostro.
—¿No sabías que este sistema solar es binario?
La mujer devolvió la vista al frente. El grupo de trabajadores empezó a diversificarse.
—No estoy segura.
A-Yon dudó un momento, como si no quisiera volver a ofender a A-Clara con una explicación tonta. Finalmente se decidió y habló.
—Es un sol lejano, de color blanco, muy brillante. Si quieres comparar con la Tierra, podría decirse que es como la Luna. Su órbita es grandísima. Luego miramos un mapa estelar que un B aficionado a la astronomía va elaborando en cada año de recolecta. Es un tipo curioso, se pasa mucho de su tiempo libre en la azotea. Sobre todo durante esas dos semanas aterradoras, que es cuando este universo muestra sus estrellas. Podríamos ir a verlas cuando salgan, ya verás, son enormes, pocas y enormes. Si quieres, claro.
A-Clara agradeció el exceso de interés de A-Yon con una sonrisa entre tímida y tonta.
—Vale —dijo A-Clara antes de percatarse de una cosa—. Ah, me había olvidado...
—¿Qué?
—Del traje. Como sigo viva, supongo que me lo habré puesto bien, ¿no?
A-Yon rio alegremente.
—Que sigas viva es la prueba irrefutable de que te lo has puesto bien.
Se habían quedado solos. Los trabajadores se alejaban de ellos y se dirigían a la pared de plantas que se apreciaba a lo lejos. A-Yon tomó un momento de la mano a A-Clara indicándole con ese gesto que quería que lo siguiese.
—Vayamos con ese grupo —dijo, señalando al más cercano—. Quiero que veas cómo se recolecta la flor.
Caminaron despacio. Mientras se acercaban a la pared de plantas aún no recolectadas, A-Clara prestó atención. Eran enormes, de más de cinco metros. Sus hojas eran cristalinas, como toda la vida vegetal de Mundala, verdeazuladas y no demasiado grandes comparadas con la flor.
Vio a una recolectora agarrar la base de una de las plantas con ambas manos, partirla como si nada y tumbarla en el suelo.
La recogida de flor se realizaba manualmente. Consistía en quebrar el enorme pétalo con experto cuidado y colocarlo en un cesto rectangular que todos portaban colgando a un lado del cuerpo.
—La materia en Mundala es frágil —dijo A-Yon—. Mira.
El jefe pasó la mano por uno de los pétalos de una flor cercana. Apenas nada, pero el pétalo se deshizo en trozos minúsculos que cayeron al suelo.
A-Clara se fijó en la planta que proporcionaba la flor roja, el motivo de todo aquello, la responsable de toda esa manifestación de inteligencia a la que había llegado el género humano.
—Hay que ser muy cuidadoso y usar los guantes que fabricamos especialmente para ello. Están hechos con materia de aquí, de Mundala. Se usa la corteza de un árbol que crece en los márgenes.
—¿Qué tiene de especial esa corteza?
—Primero, que es resistente al contacto con la materia terrestre; segundo, es elástica; tercero, que es de aquí. Al día siguiente de la Llegada el grupo de kas a las que pertenecen K-Zicna y K-Carla salen y recogen suficiente corteza para todo el año. Después, un grupo de emes se dedica a darles forma de guantes.
A-Clara observó a una de las recolectoras. Esta desprendía con cuidado un pétalo, tomándolo por la base y quebrándolo, para inmediatamente depositarlo en el cesto.
—Los cestos están hechos con madera de Mundala, de otro tipo de árbol que resiste bien la primera manipulación con las manos y máquinas de materia terrestre.
Aquella planta contenía bastantes flores. La despojaron de todas, lenta, metódicamente. Cuando acabaron pisotearon la planta que quedó reducida a polvo verdoso.
—Creo recordar que una vez supe todas estas cosas... —dijo A-Clara, pensativa.
—Supongo, pero así lo ves en primera persona. Ya no lo olvidarás. La recogida se hace manualmente porque las flores no resistirían siquiera el paso cercano de una máquina recolectora.
—Pero el viaje lo vamos a hacer subidos en máquinas hechas con materia terrestre.
A-Yon sonrió y dio un manotazo a una planta próxima que estalló
como una pompa de jabón debido al fuerte impacto.
—Sí, eso vamos a hacer. Será un espectáculo —dijo.