El lánguido amanecer de un día cualquiera en Mundala iluminó la fachada de La Cuña y penetró hasta donde los ventanales permitían.
En las entrañas del edificio, donde la luz no podía llegar, se encendieron luces y una suave música, el Amanecer, de Grieg, llenó cada rincón.
Los sarcófagos del personal médico se activaron, todos a la vez, y comenzaron las diferentes secuencias de descongelación. Fueron los primeros en abrir los ojos y pronto se pusieron a monitorizar en sus consolas los posibles problemas que la computadora pudiera reportar.
En el puente ocurrió lo mismo y el oficial médico empezó a comprobar uno a uno cada sarcófago.
En un apartamento cualquiera en el piso G, G-Hara abrió los ojos. Le dolía cada célula de su cuerpo. Por separado. Inspiró una primera bocanada de aire helado y enseguida se impacientó. La puerta tardaría todavía unos minutos en abrirse.
Lo primero que hizo cuando salió fue fijarse en la mesa. Allí estaba el frasco con el complejo vitamínico. Nada diferente a cada frasco que había aparecido como por arte de magia en cada apartamento de La Cuña. Lo abrió y dio un largo sorbo.
Lo siguiente que hizo fue tomar y abrir el sobre que descansaba justo al lado del frasco. Ese sobre era solo para él.
A mayor cantidad, más dinero. Gracias
, rezaba el papel escrito a mano. No necesitaba que nadie le dijera que la letra era la del mismísimo Sarva.
La tarjeta que extrajo del sobre y que se activó al entrar en contacto con la humedad y los genes de su piel, le mostró una cuantía de números que le hizo lanzar un silbido largo de aprobación.
Poco a poco los trabajadores de La Cuña fueron despertando. Uno de ellos, el dueño de un bar de pasillo llamado EL POLVO VERDE, quedó muy satisfecho con la nueva decoración de su antro. En breves minutos abriría las puertas para recibir a los primeros parroquianos.
La vida volvía al Edificio.
En el puente, la puerta del sarcófago de A-Yon se abrió siseante. Lo primero que hizo fue mirar el sarcófago de su esposa. Dentro, una mujer guapísima lo observaba a él. La puerta se abrió y la aterrorizada Clara dio su primer paso en Mundala.
—¡Vuelvo a ser un animal! —exclamó.
Se miró las manos con pavor como si se hubiesen convertido en pezuñas.
—¡Vuelves a ser humana, por Dios! ¡No es tan malo!
Ella retomó el control de pronto y se notó que hizo un gran esfuerzo por borrar toda expresión de su rostro.
—Qué dolor tan horrible —dijo entonces— ¿Es siempre así?
—Solo los primeros minutos. Aquí estamos acostumbrados. Incluso los niños. Toma.
Clara se quedó mirando el frasco que A-Yon le tendía.
—Yo antes sabía qué demonios es eso. Antes lo sabía, pero ahora...
A-Yon lo comprendía. El efecto del polvo rojo había desaparecido de sus cerebros. En Mundala un ser humano era un ser humano normal, con pensamientos tridimensionales normales.
—Tienes que tomarlo. Son vitaminas y cosas.
—Y cosas
... Volvemos a ser animales sin vocabulario.
—Si quieres saber qué cosas son pregúntale al médico. Ahora, bébetelo.
Estuvieron un par de minutos tragándose el líquido.
—Por lo menos sabe a naranja —apreció Clara tras dar el último trago.
—La verdad, es una putada. Si no hubiera tomado el polvo en la Tierra no entendería lo que estás diciendo —dijo A-Yon.
—Somos muy limitados. ¿Cómo vamos a llevar a cabo la misión?
—Lo haremos —sentenció el jefe del edificio tragándose el último sorbo de líquido de su frasco.
—Bienvenido, jefe —interrumpió el médico—. Ya veo que se ha agenciado una nueva compañera. Bien, ese es el espíritu. Y, además, legal. Ahora es usted viudo...
—¿Qué dice este? —preguntó Clara al tiempo que se zafaba de sus manos.
—Deja que haga su trabajo. Es el médico de puente.
—¿Señorita...? —el médico de puente mostró las manos enguantadas como para aclarar que no portaban nada punzante.
—A-Clara —se adelantó A-Yon.
—Señorita A-Clara. Aquí queremos mucho al jefe y nos alegra ver que ya se ha repuesto de su pérdida.
—No soy su nueva esposa, si a eso es a lo que se refiere. ¿Y qué es eso de A-Clara
?
—Aquí todos llevamos una letra delante del nombre. La letra de casta. Sirve para dejar claro a qué nivel social pertenecemos.
—Ah... Claro. Es verdad, yo antes sabía eso...
—¿Me deja auscultarla? Si esta es su primera criogenización, debo ver cómo le ha sentado.
El médico volvió a colocarle encima el guante escáner, pero A-Clara se escabulló de nuevo y, con pasos cansados y torpes, se encaminó hacia el gran ventanal del puente.
—¡Mundala! —exclamó.
A-Yon fue detrás y se colocó a su lado.
—Un nuevo Mundala. Hace solo algunas horas que miré por esta ventana, pero ahí fuera han pasado más de trescientos años terrestres.
Hasta donde alcanzaba la vista, una extensión de flores rojas lo cubría todo.
—¿Eso es la flor roja?
—La nueva cosecha. Ha estado madurando durante siglos.
—Y ese sol tan enorme...
—En este universo es una tipo G, como vuestro sol, aunque en comparación tiene cientos de veces su tamaño.
—Lo he estudiado, pero me cuesta recordarlo.
—Todo aquí es grandioso, pero menos compacto que en el universo de la Tierra. Los átomos son más grandes porque los orbitales eléctronicos están más alejados del núcleo. Es una mera casualidad que la cantidad de masa de la estrella y el planeta que nos acoge tengan un tamaño tan grande que la gravedad sea parecida a la de la Tierra.
—Lo sé... lo sabía.
A-Yon permaneció en silencio unos segundos, decidiendo lo que tendría que decir a continuación.
—Pues... A-Clara, dejemos al doctor que nos revise y luego vayamos a visitar La Cuña.
La mujer asintió, sus ojos perdieron la expresión temerosa y una gran sonrisa se afianzó en su rostro.
—¡Doctor, póngame las manos encima! —exclamó.
Hoja 1
A-Clara nunca había estado en La Cuña. No le había hecho falta. En la Tierra podía ver y oír todo lo que las cámaras y micrófonos habían estado recogiendo durante el último año relativo del Edificio. Pero ahora le costaba recordarlo. Eran unos recuerdos demasiado masivos, estaban bloqueados por su propia incapacidad mental desprovista del efecto del polvo rojo.
La gente iba y venía, algunos con el complejo vitamínico, aún en sus manos, a medio beber.
—El primer día no se trabaja. Se deja a la población recuperarse del viaje —dijo A-Yon.
—Lo sé.
—La vida en La Cuña se desarrolla alrededor del silo central, donde se va almacenando el pétalo seco...
—Te repito que lo sé, Yon.
—A-Yon, por favor, A-Clara. Aquí eso es importante.
—A-Yon, te digo que todo lo que quieras contarme de este lugar ya lo sé desde hace tiempo. Creo que empiezo a adaptarme a ser de nuevo una humana normal. Lo que tenía en la mente es ahora un recuerdo lejano, no una sensación de sabiduría absoluta, pero el caso es que empiezo a recordar.
—Supongo que tiene que ser así. Está bien, vayamos a un lugar que me gusta especialmente a visualizar las instrucciones de Sarva.
El local al que llegaron tenía un cartel de aspecto nuevo en lo alto de la entrada.
EL POLVO VERDE, rezaba.
—En este sitio fue donde te peleaste con los obreros.
—Sí.
—¿Ves? Lo recuerdo.
El dueño se encontraba tras la barra y sonrió al ver entrar al jefe con aquella belleza a su lado.
—¡Jefe!
—Un whisky para mí y... —miró a A-Clara a modo de pregunta.
—Lo mismo.
—Me alegra mucho ver que se ha agenciado usted una nueva compañera...
—¡Que no soy su esposa, joder!
El camarero quedó en suspenso en mitad de un incómodo silencio.
—Serán dos whiskys —terminó diciendo antes de desaparecer.
—¿En serio piensan que te has casado durante la criogenia?
—Pues eso parece. No se lo tengas en cuenta.
—Está claro, solo son humanos —dijo A-Clara, con cierto tono de desdén.
Extrajo de un bolsillo una esfera luminosa del tamaño de una canica y la colocó en mitad de la mesa. Alrededor de la misma aparecieron tres hojas de papel virtual, marcadas cada una con un número. Tocó la que tenía el número uno y esta se elevó en el aire ante los atónitos ojos de A-Yon.
—¿Holografía? —preguntó.
—Sí —respondió A-Clara mientras tomaba el papel
con una de sus manos—. Holografía sólida. Existe desde ayer por la tarde. No me preguntes cómo funciona porque ahora mismo no sería capaz de explicártelo.
A-Yon no quiso insistir y permitió que A-Clara leyera el contenido escrito en el folio holográfico.
—Saludos. ¿Te gusta la holografía sólida? Existe desde ayer por la tarde.
Clara soltó una pequeña risa que hizo fruncir ligeramente el ceño de Yon, algo de lo que la mujer se dio cuenta.
Yon alargó la mano.
—¿Puedo tocarlo? —preguntó, desviando, o intentando desviar, la atención de los gestos involuntarios.
Clara accedió a la pantomima.
—Claro, tócalo.
Yon tomó el papel y lo sopesó.
—No tiene peso, sin embargo está duro. Es más una cartulina plástica que un papel...
—Sí, A-Yon. Si me dejas leerlo, después podrás tocarlo todo lo que quieras.
—Sí, vale —accedió entregando el folio a Clara.
Ella carraspeó graciosamente y Yon no supo interpretar eso, pero se esforzó en no mostrar ningún sentimiento con el rostro.
—Soy consciente —continuó leyendo— de que en estos momentos no serás capaz, Clara, de recordar el cómo eras hace apenas unos minutos y que tengo que dirigirme a ti de modo que puedas entender lo que voy a decir. No te preocupes, en cuanto regreses volverás a ser la misma de antes y no solo eso, serás mucho mejor. Serás como yo.
Para empezar deberéis elegir a un selecto grupo, a vuestro entender, o mejor dicho, al entender de Yon, que para eso es el jefe de La Cuña y conoce a los mejores posibles candidatos. Haz lo que él te diga al respecto. Lo único que yo tengo que decir es que llevéis con vosotros a G-Hara, ya sabes por qué. Explícaselo a Yon si no lo recuerda.
El material que usaréis es mejor que el que se llevaron los traidores. Más avanzado. Podréis permanecer en el exterior indefinidamente. También hay armas. No he querido involucrar a un grupo entrenado para que no interfieran en vuestras decisiones y, además, no creo que haga falta, con unos días de entrenamientos seréis capaces de afrontar casi cualquier situación. Aunque, por supuesto, espero que no tengáis que hacer uso de la fuerza con los mundanos.
Por favor, que esa sea la última opción por vuestra parte.
A-Clara soltó la hoja y esta se desplazó por el aire hasta caer en su lugar primigenio. Tocó la que tenía marcado el número 2 y todos los folios desaparecieron al tiempo que la canica perdía por completo su luminosidad.
—Vaya —dijo.
—Qué.
—No vamos a poder leer lo que dicen los otros papeles hasta que pase un tiempo... Supongo.
—¿Y eso por qué?
—Ya te lo diré cuando pueda leerlos.
El camarero apareció con el whisky y un cacito con cacahuetes.
—En realidad me vas a tener que contar muchas cosas —dijo A-Yon.
A-Clara tomó su vaso y bebió. Su rostro se contrajo perceptiblemente, ese whisky no era como el de Sarva. Cuando recobró la compostura, respondió:
—Y tú a mí.
El pervertido
El mensaje le llegó a G-Hara de la forma habitual, a través del sistema de comunicaciones interno del edificio.
Rezaba así: Ciudadano G-Hara, preséntate inmediatamente ante el jefe
.
Se le encogieron los testículos. ¿Sabría el jefe de La Cuña a qué se dedicaba? Siempre supuso que sí, pero que no interfería por la relación directa que mantenía con Sarva.
G-Hara se sentía diferente de todos los demás. Su trabajo habitual, cargador, no le distinguía del resto de habitantes de letra similar, pero sí su segunda ocupación. El modo en que se puso en contacto, años atrás, con el gran jefe, el de verdad, era lo que lo hacía especial. Lo hizo respondiendo a una carta de Sarva recibida meses antes, pero un día de partida había dejó en la mesa frente a su sarcófago la esfera que les había robado a los habitantes de Mundala con una nota: A ver qué podéis hacer con esto
. La respuesta directa de Sarva lo sorprendió al despertar:
Puedo hacer muchas cosas. Es fantástico. Sabía que podía contar contigo. Pide lo que quieras y te será concedido. Que no se entere nadie más, esto es solo entre tú y yo
.
La nota iba acompañada con una tarjeta dineraria con una cifra nunca vista antes por G-Hara.
Ahora, diez años después de aquella primera vez, se dirigía tembloroso a encontrarse con el jefe de La Cuña, convencido de que iba a ser castigado.
Se imaginó a sí mismo ofreciendo un par de tarjetas dinerarias al jefe para que lo dejara en paz. Sabía por las películas que aquello se llamaba soborno
y que podía funcionar, o no.
La puerta del puente se abrió y G-Hara se quedó en el quicio sin saber qué debía hacer a continuación.
Al otro lado había personas que se movían aparentando tener mucha prisa. Una de ellas, una chica, se le acercó.
—¿Tú eres G-Hara? —preguntó muy seria.
Las canicas que ya eran sus testículos se encogieron aún más hasta tener el tamaño de guisantes.
—¿Qué ocurre? ¿Por qué me han llamado?
La chica se puso todavía más seria.
—Ocurre que te estoy preguntando si eres tú G-Hara.
—Sí. Lo soy. Soy G-Hara.
—Pues tranquilízate, G-Hara, que te va a dar un ataque. No sé para qué te ha llamado el jefe, pero te está esperando en su despacho.
La muchacha se apartó para dejarlo pasar. G-Hara pasó.
La enorme pantalla frontal llamó su atención. Estaba dividida al menos en veinte partes y en todas se veían pasillos y zonas de recreo que iban cambiando aleatoriamente para mostrar otros pasillos y otras zonas de recreo. Había gente sentada ante consolas que observaban y pulsaban botones.
—Es ahí —dijo la chica, señalando una puerta al fondo.
G-Hara avanzó entre la maraña de consolas y personal hasta situarse delante de la puerta. Hizo ademán de llamar con los nudillos, pero la muchacha se lo impidió a voces.
—¡No necesitas permiso para entrar, te ha llamado!
—¡¿Entro sin más?!
Algunas cabezas se volvieron hacia él un segundo y la chica lo ignoró. Daba la impresión de que tenía mejores cosas que hacer.
G-Hara hizo caso, giró la manilla de la puerta y entró sin más.
En el despacho solo había dos personas, sentadas en sillas tras la gran mesa del jefe. Uno era el jefe mismo y la otra la mujer más impresionante que hubiera visto en toda su vida. Una terrestre, tal vez.
Lo miraban.
—¿Qué te pasa, pervertido, tienes miedo? —preguntó la mujer.
Esa pregunta hizo que le desaparecieron completamente los testículos.
—Siéntate —dijo el jefe.
G-Hara paseó la vista de uno a otro. Sus rostros eran aún más serios que los de la chica que lo había recibido en el puente. Miró a su alrededor, descubriendo que había varias sillas. Eligió la más próxima. Cuando estuvo sentado, la mujer se levantó, rodeó la mesa y se apoyó con los brazos cruzados en la misma. Lo miraba como si observara a un bicho repugnante.
—Te crees especial, pero una vez se sabe lo que has estado haciendo no das otra cosa que asco —dijo.
La sangre palpitó con más fuerza en las sienes de G-Hara. Miró hacia la puerta.
—No mires la puerta —intervino el jefe poniéndose también en pie—. ¿Crees que vas a poder escaparte? ¿A dónde irías?
—Yo no...
—¡Tú, sí! —exclamó la mujer en tono autoritario.
El corazón de G-Hara dio un respingo. Le zumbaban los oídos.
—No tenemos tiempo que perder, G-Hara —dijo el jefe—. Hace menos de una hora que me he enterado de tus manejos y, si por mí fuera, te echaría del campo de flores de una patada en el culo. Sin traje protector ni nada.
El aire escaseaba, o eso le pareció a G-Hara.
—Sería de lo más divertido verte morir de lo que sea que se muera en este mundo cuando sales al exterior sin protección —añadió la mujer.
Necesitaba tiempo. Eso era lo que necesitaba. El suficiente como para poder robar un equipo de larga duración, tal y como habían hecho los traidores, la propia mujer del jefe, y perderse río abajo. Necesitaba tiempo para poder actuar y se sintió muy estúpido por no haber hecho planes de fuga en caso de ser descubierto. Claro que siempre había pensado que, de algún modo, los jefes le permitían hacer sus cosas porque el más jefe de todos, Sarva, era su principal, su único cliente. Lo había dado por hecho sin apenas pensar en ello. ¿Por qué si no los padres de las chicas nunca habían denunciado la desaparición de sus hijas? Pero aquellos rostros serios corroboraban que no, que nunca habían sabido una mierda y que ahora tenían que tomar medidas contra él.
Estaba acabado y sin tiempo de reacción.
—Hay una razón por la que has podido hacer desaparecer a ciudadanos durante años sin que nos enteráramos —dijo el jefe desde detrás de su enorme mesa—. Al parecer te llevas bien con el que está por encima de mí. ¿Crees que eras el único en recibir dinero? Los padres de esas pobres chicas han sido engañados para no denunciar sus desapariciones. Ellos creen que están en la Tierra viviendo la vida padre. Les cuentan que han sido elegidas para trabajar allí. Cuando despiertan se agarran de las manos, orgullosos de sus niñas triunfadoras.
—¿Sabes qué es lo que funciona mejor en un sistema como el nuestro? —intervino la mujer—. El miedo. En realidad el miedo funciona bien en cualquier sistema, pero el miedo a perderlo todo, el trabajo, el bienestar, son incluso más poderosos que el miedo a perder la vida.
—Y para muestra, tú mismo —dijo el jefe—. Ahora tienes miedo. Miedo a que te ajusticiemos de forma violenta. Pero podría ser peor. Podríamos arrojarte al sótano.
G-Hara se estremeció, comprendiendo que tenían razón. Preferiría la peor de las muertes antes de tener que ir al sótano, el lugar más bajo de todos.
—No hay cámaras en el sótano. Nadie sabe lo que ocurre allí. Cuando alguien comete un acto atroz, como los que él ha cometido, lo arrojamos ahí y nos olvidamos —dijo el jefe, hablándole a él pero dirigiéndose a la mujer—. En cada vuelta a la Tierra se los provee de alimento y siempre les llega agua limpia desde arriba que devuelven sucia para ser reciclada, así que sabemos que viven y que usan los sarcófagos. ¿Sabes qué letra se les asigna a los que allí viven? Lo sabes, ¿verdad?
—Yo no lo sé —dijo A-Clara—, aunque supongo que la más baja, ¿no? ¿La Z?
—Exacto, la Z. A los asesinos, ladrones de niños y comunistas los mandamos allí y no importa lo letra-alta que fueran cuando trabajaban, caen hasta la Z sin remedio. Allí viven sin ver la luz del Sol durante lo que les queda de vida y poco nos importa su forma de organizarse o de hacer las cosas, la única manera de llegar hasta allí, o salir, es por el montacargas de servicio que hay en el puerto y del que solo yo sé los códigos necesarios para activarlo.
—Interesante —respondió la mujer sin mirar tampoco al jefe—. No sabía yo eso.
—Yo... —empezó a decir G-Hara.
Se echó mano al bolsillo y extrajo las dos tarjetas dinerarias. Las mostró.
—Guárdate eso, no nos insultes. Además, podrían hacerte falta en el sótano... Suponiendo que el dinero tenga valor allí, claro.
G-Hara comenzó a temblar. No quería, nunca le había ocurrido. Intentaba dejar de hacerlo pero no era capaz.
Entonces la mujer rio.
—Ya vale, A-Yon, deja de asustar al niño o se nos cagará encima.
El jefe miró a la mujer y estalló en su propio acceso de risa. Ambos se miraban a los ojos. Todo aquello debía de parecerles de lo más divertido e hizo que G-Hara se sintiera como una piltrafa.
Cuando se calmaron, el jefe se dirigió a él.
—G-Hara, pequeño cabroncete, tenemos un trabajo para ti.