Sarva Prajarana Iudha tableteó con los dedos sobre la mesa sabiendo que su secretario personal iba a entrar en ese mismo instante.

—Señor... —comenzó a decir el secretario.

—Hazle pasar exactamente dentro de un minuto, no antes —interrumpió Sarva.

El secretario salió cerrando de nuevo las puertas. Un minuto era el tiempo que el gran jefe iba a necesitar para meterse entre pecho y espalda una dosis de polvo violeta.

De un cajón extrajo una cajita dorada, la abrió y, con una lámina rectangular de plástico, separó una porción de materia violeta que machacó hábilmente sobre un espejito. La extendió en forma de raya y la esnifó con un pequeño tubo de platino. Después volvió a guardarlo todo y se puso en pie.

Le sobraron cinco segundos para ajustarse la corbata y esbozar su antigua sonrisa de negocios.

A-Yon titubeó un momento antes de decidirse a avanzar hacia Sarva para estrecharle la mano. Este la extendía hacia él con firmeza e igual de firme fue el apretón.

—Entiendo que, desde su punto de vista, hace quince años que me vio por última vez —dijo Sarva.

A-Yon tardó un segundo en entender.

—Sí, bueno, unos quince años.

—Comprenderá que, para mí, ha pasado apenas una semana de aquello. Caray, no me acostumbro a esto. Ha envejecido usted.

—Y, sin embargo, para mí, tiene usted el mismo aspecto, por lo que puedo recordar...

—Dejémonos de obviedades y sentémonos. Usted es mi preferido, ¿sabe? Bueno, ya se lo dije la semana pasada... Ya me entiende.

—Se lo agradecí y se lo vuelvo a agradecer, señor.

Tomaron asiento uno frente al otro en un par de sillones. En medio, una pequeña mesa ingrávida sostenía una botella con Whisky, de aspecto muy caro, y tres copas. A-Yon se fijó en el detalle de la ingravidez.

—No se imagina lo mucho que ha avanzado la ciencia en esta última semana —dijo Sarva—. Esta mesa es producto de nuestro laboratorio de investigación, pero en un par de días estará disponible para el gran público. Es antigravedad.

A-Yon entendió a medias aquellas palabras.

—Comprendo que en quince años la tecnología hubiera avanzado tanto, pero en la Tierra solo han pasado siete días...

—Amigo, el polvo rojo hace milagros. No se imagina lo mucho que nos ha hecho avanzar en el poco tiempo que lleva en el mercado.

Se ocupó él mismo de servir bebida en dos de las copas.

—No quiero rechazar su whisky, señor Sarva, pero...

—Tranquilo, al menos tardarán un par de horas en tenerlo todo listo para la nueva partida. En ese tiempo habrá eliminado usted el alcohol de su organismo. No habrá problemas en la congelación, no se preocupe por eso. Una simple copa no le perjudicará. Eso sí, espero que no la emprenda a golpes conmigo —rió.

—¡No, no me atrevería...!

—Era broma, no se angustie. Vi el vídeo del bar que visitaron usted y su jefe de trabajadores antes de volver.

—¿Lo vio?

—En realidad fue insertado en mi mente, junto con el resto de la información que me capacita para entender su petición de ser despertado.

A-Yon dio un trago. Le sentó bien y repitió.

—No entiendo...

—Es otra de las cosas que se hacen ahora. Ya no miramos la tele ni leemos informes, simplemente se inserta la información y pasa a formar parte de nuestros conocimientos. En estos momentos soy consciente de todo lo acontecido en La Cuña durante el último año de recolecta.

—Ah, ¿sí?

—Sí. Su mujer, junto con un grupo de otras siete personas se apropiaron en secreto de un equipo de exploración de larga duración. Un equipo muy caro, pero no se preocupe, en estos momentos lo están reponiendo por otro mucho mejor. Más... avanzado.

—Es cierto que lo sabe todo.

—Hay cámaras por todas partes en La Cuña, ya lo sabe. Y micrófonos, aunque eso usted no lo sabía. La computadora se encarga de recogerlo todo, pero es necesaria una mente humana para discernir los movimientos sospechosos. Verá, el grupo de ocho personas que le digo ha estado durante varios años pensando en marcharse, pero no ha sido hasta que me han instalado esta tecnología que me he dado cuenta. En realidad, la tengo desde ayer por la tarde. Pronto estará disponible para el gran público.

A-Yon no entendía nada de lo que aquel hombre le informaba. Bajó la mirada hacia su copa y se preguntó si debía seguir bebiendo.

Sarva pareció entonces darse cuenta de algo.

—Discúlpeme— dijo, suavizando el tono—, me temo que no he sido considerado con su lógica ignorancia. Verá, desde que comercializamos el polvo rojo, la inteligencia media de todo el que la consume ha aumentado en un trescientos por cien. En solo tres semanas, ¿sabe? Cuando usted partió para hacerse cargo del puesto vacante del anterior jefe, la producción y distribución todavía no había llegado a la mayoría de personas. Pero eso ha cambiado. Ahora puedo decir que el polvo rojo es un gran éxito y que en no mucho tiempo podremos considerarnos mucho más inteligentes que la más inteligente de las máquinas. Entiendo que para usted no sea justo, en Mundala no pueden beneficiarse de esto. Es otro universo, con sus propias reglas físicas, pero aquí, en este nuestro universo, la desintegración del polvo rojo en los cerebros proporciona este síntoma. No se preocupe, allí no necesitan ser más inteligentes de lo que son. Su trabajo es el más importante que jamás haya sido considerado en este mundo. Y se lo agradecemos.

A-Yon soltó un resoplido. Volver a la Tierra después de quince años le estaba resultando de lo más extraño.

—Señor, con todo respeto, no entiendo nada —terminó diciendo en un ataque de sinceridad.

—Es normal, es normal, no se apure. Verá, no hay problema. Podrá usted organizar la expedición en busca de los restos de su esposa. —Empezó a llenar la tercera copa—. Tiene permiso expreso, y ya le he dicho que del material no debe preocuparse. Nos resulta muy interesante esa expedición, por motivos diferentes al de...

La puerta se abrió y entró una mujer guapísima.

—... usted. En los últimos días nos ha entrado curiosidad, ¿sabe? —dijo la mujer, continuando la retahíla de Sarva como si hubiera estado presente todo el tiempo.

—No se preocupe, Clara ha estado al tanto de esta conversación mientras se trasladaba hasta aquí —explicó Sarva.

—Encantada —dijo la mujer extendiendo la mano.

A-Yon se la estrechó poniéndose en pie apresuradamente.

—¿Ha estado escuchando? —preguntó, azorado.

—No solo escuchando, también viendo, oliendo y degustando el whisky del señor Sarva. Estamos en conexión. Las cosas han cambiado mucho en los últimos días.

Era una mujer joven y pelirroja, con una pose de seguridad tan maciza que hacía que Yon se sintiera pequeño y repugnante.

—Ya me voy haciendo a la idea —dijo Yon mientras volvía a sentarse.

—El caso —continuó la mujer— es que ahora tenemos que adaptarnos a usted y su, para nosotros, escaso intelecto, no se ofenda, y poder explicarle lo que pretendemos.

—No me ofendo.

—Lo que pretendemos es realizar esa expedición para encontrar a la especie habitante de Mundala —terminó por admitir Sarva.

—¿Qué especie habitante de...?

—Mundala está habitado, señor Yon —interrumpió Clara—, los informes así lo confirman. Verá, cuando La Cuña abandona nuestro universo para entrar en Mundala, aquí transcurren tan solo unos minutos, pero allí un año completo. El tiempo que necesita La Cuña para reabastecerse, unas horas, proporciona a los habitantes de Mundala algunos cientos de años de su propio tiempo. Más o menos unos trescientos. Creemos que son muy inteligentes y que avanzan tecnológicamente. Queremos entablar contacto. Queremos aprender de ellos, ¿entiende?

A-Yon aprovechó para tragarse el resto de whisky de su copa.

—Si les soy sincero, desde el mismo momento en que he entrado en este despacho he dejado de entender una mierda.

Sarva y Clara se miraron durante una centésima de segundo.

—Nos tiene que disculpar de nuevo. No somos conscientes de lo mucho que le cuesta a una mente humana inferior, entender. No se ofenda.

—¡Les repito que no me ofendo!

—Pero quiere comprender y quedan menos de dos horas y media para la partida. No nos queda otro remedio que pedirle que tome polvo rojo con nosotros. Eso le ayudará.

La visión

El polvo rojo penetró en la nariz de A-Yon a través de un tubo de platino proporcionado por Sarva. El efecto no fue inmediato y a punto estuvo de estornudarlo sobre la mesa ingrávida.

Le dijeron que aguardase unos minutos, relajado, cosa que fue posible gracias al wisky ingerido minutos antes.

Clara aprovechó para colocarle en la sien derecha un lunar.

—En unos minutos se sentirá usted mucho más inteligente —susurró Clara en su oído—. Podrá entenderlo todo y será algo más parecido a lo que somos nosotros. Con este lunar transmisor entrará en comunicación directa con todo el que lo lleve en el planeta. Hay mucha gente conectada, ya verá.

El Universo se abrió ante él y sintió que todo lo que sabía lo sabía por algo y para algo. Se retorció en el asiento.

—No te resistas. Acéptalo. Relaja el cuerpo —dijo Sarva, tuteándolo de pronto.

A-Yon hizo caso en la medida que pudo y dejó que la sensación se acrecentara por sí sola en su mente.

Repentinamente entendió que la forma de las moléculas que conformaban el polvo rojo creaban puentes entre sus neuronas y que no podían existir en este universo, pero tampoco podían desaparecer sin más.

Lo entendió. Comprendió cómo funcionaba el polvo rojo, pero no se detuvo a analizarlo porque otras cosas inundaron sus recuerdos.

Entonces lo supo. Toda la información grabada de años en La Cuña, todo lo que Sarva sabía, lo que Clara sabía, lo que unos millones de mentes más sabían. Una espectacular visión del Todo inmediata y reconfortante.

Supo por qué su mujer había dejado de quererle. Por qué se había enamorado de aquel otro hombre. Por qué había decidido abandonarlo.

Lo vio todo a la vez. Toda la información se afianzó en su cerebro de tal modo que parecía que hubiera estado siempre allí. Vio las imágenes de ambos charlando con otros trabajadores de La Cuña. Los vio juntos en un catre. El rostro de ella al sentir un orgasmo con ese otro hombre. No sintió dolor. De algún modo no le afectaba, solo lo sabía.

Los vio robar el equipo de larga duración y almacenarlo en uno de los puertos como si de víveres para recolectores se tratase. Los vio sacarlo y esconderlo entre la maleza, a lo lejos, a la espera de que llegase el día de la Partida.

Era como observar a un grupo de insectos, hormigas tal vez, arrastrar semillas.

—Ahora seremos el jefe del equipo de aprovisionamiento.

Escuchó aquellas palabras de Sarva como si las hubiera pronunciado él mismo, o Clara, o cualquiera.

Era el jefe de aprovisionamiento, que a su vez era Sarva y Clara. Supo lo que estaba haciendo en aquella habitación, frente al sarcófago de G-Hara. Supo que en esta ocasión el pequeño contenedor de polvo violeta contenía mucha más cantidad.

Supo que la muchacha que había servido para intercambiarla por el polvo violeta se llamaba K-Loa.

Y el polvo violeta. Todo aquello trataba del polvo violeta.

La voz de Sarva irrumpió en la visión:

—Hemos estado haciendo esto desde hace varios días. Años, para ti.

Lo sabía. Lo sabía todo.

Las imágenes de G-Hara ligando con diferentes chicas y chicos en los bares de La Cuña se incrustaron en sus recuerdos. Lo vio invitándoles a salir del edificio en un aerodeslizador y perderse río abajo. También lo vio hablando con A-Nadia y algunos del equipo fugado. No le dio importancia, al menos no del tipo sentimental. Era incapaz de sentir, aunque recordó a ese muchacho, G-Hara, volviendo en el último momento antes de la partida.

—Solo podemos saber lo que captan las cámaras y micrófonos. En el vehículo de exploración no hay. El cabrón de G-Hara las encuentra y las quita siempre. Ese muchacho se cuida mucho de ser él el único capaz de obtener el polvo violeta. Intercambia habitantes del Edificio por cáscaras de semillas rellenas con ese polvo.

Ya lo sabía.

El polvo violeta. De eso trataba todo. Lo importante era el polvo violeta. El Edificio se encargaba de recolectar la flor roja para obtener el polvo rojo, pero el polvo violeta era solo cosa de G-Hara. Y eso era algo muy secreto.

—Gracias al polvo rojo puedes vislumbrar el Infinito, pero es el polvo violeta lo que hará que seamos dioses. Lo que hará que seamos Dios.

Debían encontrar el origen del polvo violeta. Debían extraerlo en mayor cantidad y debían entregarlo para ser comercializado.

A-Yon volvió en sí. Ni siquiera sudaba. Sarva y Clara lo observaban y era como si él mismo se observase.

—Cuando vuelva a Mundala todo esto desaparecerá —dijo A-Yon sin sentimiento alguno en el tono de voz.

—Quedará el recuerdo —respondió Clara.

Lo sabía.

Entonces A-Yon comprendió lo que era La Cuña, de pronto, solo porque lo sabía y le había dado por recordarlo. Y aunque se dio cuenta de que era algo monstruoso no fue capaz de sentir terror.

Sarva, Clara, el jefe de aprovisionamiento y todos los demás conectados supieron lo que pensaba y comprendieron su tranquila turbación.

Entonces algo estremeció todas las mentes, lenta y al mismo tiempo, sin excepción.

Algo tan antiguo, frío, dormido e improbable que dejó de tener sentido cuando cesó.

© Eduardo Delgado Zahino,
(2.257 palabras) Créditos Créditos