Los seres dotados de inteligencia desean existir siempre y un deseo natural no puede existir en vano.
Tomás de Aquino
La mayor de todas las imperfecciones es el no existir.
Spinoza
Si Dios existiera habría que matarlo.
Bakunin
Vivir en Mundala era como vivir dentro de una pompa de jabón...
El sol poniente de Mundala era una semiesfera azulada que ocupaba el total del horizonte. Todo en Mundala era enorme. Las montañas lejanas, los árboles cercanos. El río. Desde una de las orillas no podía divisarse la otra. Era como estar en una playa de un gigantesco mar de aguas tan cristalinas que resultaban invisibles.
El aerodeslizador parecía volar más que navegar sobre el río sin nombre en dirección al ocaso. G-Hara accionó con habilidad los mandos y la muchacha se volteó para mirar detrás de ella.
La Cuña parecía muy pequeña desde aquella distancia. Un edificio lejano y único en la inmensidad de Mundala. La chica nunca había estado tan lejos, y eso que era recolectora de márgenes difíciles. Tocó el hombro de G-Hara y este activó la radio.
—¿Sí? —preguntó el muchacho.
—Me gusta mucho —dijo ella.
G-Hara se volvió para mirarla directamente a los ojos a través de las esferas transparentes de sus escafandras.
—Lo sé. A mí también me gusta.
—Te agradezco que hayas querido compartir esto conmigo.
—Bueno, para eso somos novios, K-...
G-Hara calló. No recordaba el nombre que seguía después de la letra de casta de la muchacha.
De todos modos ella no pareció darse cuenta y siguió observando el translúcido mundo de alrededor. Le fascinaba la vegetación, tan salvaje, que podía divisarse en la orilla cercana.
G-Hara, su novio, cumplía así con la promesa hecha dos semanas antes de consentir acompañarle en una de sus exploraciones.
Una libélula cristalina de unos seis metros de envergadura apareció volando sobre sus cabezas y se abalanzó contra las aguas. Se sumergió dejando suspendidas en el aire una nube de minúsculas gotas que se dispersaron y no volvieron a caer.
—¿Has visto eso? —preguntó la chica, encantada.
—Ahora estará unos minutos dentro del agua, cazando, supongo. Cuando salga arrastrará una estela de gotas de colores. Es precioso, ya verás.
Detuvo el aerodeslizador.
—¿Por qué paras?
—Para que puedas verlo. Si seguimos navegando nos lo perderemos. ¿Sabías que yo descubrí este río, K-...?
Ella mantuvo un silencio de un par de segundos esperando a que terminara de decir su nombre. Como no ocurrió tal cosa, preguntó:
—¿Tú lo descubriste?
—Claro. Algún día exigiré que le pongan mi nombre.
—¿El río G-Hara?
El muchacho expulsó una vaharada de aire que quiso parecer una risa. Esto empañó durante un instante el interior de su escafandra.
—¿Y por qué no? O mejor, el río A-Hara —dijo sonriendo—. Asómate.
Ambos se inclinaron por la borda. El agua de Mundala era liviana, como todo en aquel mundo, y transparente, hasta tal extremo que el aerodeslizador parecía flotar en el aire sobre un inmenso cañón de roca cristalina. G-Hara señaló un punto y vieron al insecto, abajo, muy abajo, realizar violentos movimientos de cazador.
Una bandada de grandes pájaros produjo siluetas obtusas frente al sol y sus sombras alargadas bailotearon desdibujándose en sus retinas.
—Es precioso. Todo es precioso. Ninguna K había llegado tan lejos. —dijo la chica.
—Ventajas de tener un novio explorador K-...
Calló.
Los pájaros se alejaron y la libélula emergió. Llevaba algo en las mandíbulas. Un animalillo que se agitaba con desesperación. La prometida estela siguió al insecto durante muchos metros antes de volver a caer y la luz del sol produjo un arcoíris que acabó por desaparecer en una difusa nube de agua.
G-Hara volvió a conectar el propulsor del aerodeslizador.
—Me gusta mucho, G-Hara, pero...
G-Hara sonrió a través de su visor.
—¿Pero...?
Ella le mostró su reloj de pulsera.
—Pero tenemos que volver.
—¿No te gusta esto?
K-loquefuese pareció indignarse.
—¡No seas tonto! ¡Sabes por qué lo digo!
—No te preocupes, llegaremos a tiempo para la Partida. Antes quiero que veas algo.
—¿El qué?
—Es una sorpresa.
Ella sonrió y la luz crepuscular del sol de Mundala iluminó sus dientes, dándole un toque azulado que la hizo parecer, a ojos de G-Hara, aún más triste y encantadora.
Avanzaron un par de kilómetros antes de virar hacia la orilla, justo en dirección a dos montículos peculiares. Según se aproximaban podían verse sombras moviéndose entre ellos.
Los montículos eran rocosos, de la forma que en la que se podía considerar a algo rocoso
en Mundala. La luz solar apenas penetraba en ellos.
Cuando el aerodeslizador irrumpió en la playa las sombras desaparecieron.
—Bueno, hemos llegado —dijo G-Hara desconectando el propulsor.
—Vale.
—Ponte las raquetas.
—¿Vamos a bajar?
G-Hara le tendió las raquetas y él mismo se dispuso a colocarse las suyas.
—Este terreno está muy flojo. Sin las raquetas costaría mucho caminar.
—¿Vamos a caminar? —insistió ella.
En ningún momento hizo ademán de ponérselas.
G-Hara se las terminó de colocar y se puso en pie encarándose a la chica.
—Escucha K-..., preciosa, la sorpresa está ahí —dijo, señalando hacia la selva—. Te aseguro que te va a encantar.
Ella dudó.
—¿K-preciosa
? —preguntó, con un gesto ceñudo en su rostro.
—Preciosa, mi K preciosa, mi preciosa K... Cuando regresemos a Mundala habrá pasado mucho tiempo y no quedará nada de la sorpresa. Cuanto menos tardes antes podremos irnos. Recuerda la Partida.
La muchacha empezó a colocarse sus propias raquetas, aunque se le notaba demasiado que no las tenía todas consigo.
G-Hara saltó del aparato y guardó el equilibrio con los brazos extendidos. Con las raquetas puestas apenas se hundió diez centímetros en el suelo lodoso. Se giró hacia la chica y le ofreció ayuda.
Cuando ambos se cercioraron de que sus trajes estaban en perfectas condiciones, emprendieron la marcha.
Caminar por Mundala, lejos del terreno que rodeaba al Edificio, prensado por años de pisoteo humano, resultaba complicado. Los seres humanos, con sus masas corporales compactas, tenían que andarse con mucho ojo para no pisar sobre un suelo demasiado blando. Las raquetas ayudaban, pero aun así siempre era mejor palpar primero antes de dar el siguiente paso. Uno podía hundirse hasta las rodillas, o el cuello, en el sedimento.
Se introdujeron en la selva y el suelo se fue endureciendo a medida que se adentraban. Los restos de vegetación muerta otorgaban al terreno mayor densidad y las plantas de Mundala, tan translúcidas, casi cristalinas, permitían que la visión fuera suficiente a pesar de la escasa luz del atardecer.
—G-Hara, ¿no crees que, lo que sea, me lo podrías enseñar la próxima vez? —preguntó la chica con un deje nervioso en la voz.
Él agarró su mano y tiró para acelerar la marcha.
—Te he dicho que en 300 años ya no habrá sorpresa. Se habrá desintegrado y no podré mostrártela.
—¡G-Hara! ¡Nos estamos alejando mucho! —exclamó la chica.
—Lo que quiero enseñarte solo puedo enseñártelo ahora.
—¡¿Pero qué es?!
Salieron a un claro. En el centro del mismo se levantaba una construcción en piedra.
—Eso es.
La chica se zafó de G-Hara y miró aquello con ojos desorbitados.
A primera vista parecía la representación de un rostro humano. Estaba esculpida torpemente en piedras tan duras que apenas dejaban penetrar la luz.
Era un rostro humano, sin duda. Con un poco de esfuerzo se podía adivinar.
—¿Qué es eso? ¿Lo has hecho tú?
G-Hara rió.
—No. Lo han hecho ellos. ¡La madre que los parió!
—¿Ellos? ¿Quiénes?
—Los habitantes de Mundala.
La chica retrocedió un paso.
—¿Pero qué dices? ¡Los habitantes de Mundala somos nosotros!
—No, qué va. Y, fíjate, para ellos debo ser un dios.
La chica se giró para escapar de allí, pero G-Hara fue más rápido y la agarró por la mochila.
—¡Quieta..., como te llames! —exclamó. Cualquier atisbo de simpatía había desaparecido de su voz—. Tú te quedas aquí.
Los gritos histéricos lo obligaron a desconectar la radio para no escucharla. Le costó esfuerzo, pero la tumbó. Después, de la mochila sacó unas bridas con las que le sujetó las manos.
Se sentó sobre ella y esperó en silencio.
De la espesura surgieron formas humanas y desnudas. La muchacha calló en cuanto las vio, pero enseguida empezó a gritar de nuevo cuando su mente no consiguió ofrecerle una explicación.
* * *
Cuando el aerodeslizador retomó las aguas tan solo transportaba a un viajero. En el asiento del copiloto descansaba un objeto redondo. Una gran semilla.
El intercambio se había producido una vez más y G-Hara se apresuró a llegar al Edificio antes de que las sirenas que anunciaban la Partida entonasen su lento ulular.
—¡K-Loa! —exclamó.
Por fin consiguió recordar el nombre de la muchacha.
La Partida
Atardecía, y la luz resultante de ese hecho iluminaba los ásperos rasgos de A-Yon a través de los ventanales más altos de La Cuña. Se mostraba pensativo. Una pose para los que le observaban. El jefe máximo del Edificio debía aparentar entereza por duros que fueran los acontecimientos.
Abajo, en los ya esquilmados campos de flor roja, se afanaban los trabajadores, desmontando y transportando al interior los últimos aperos de recolecta.
—Si una copa no te hace bien es que estás más jodido de lo que aparentas —dijo una voz tras él.
A-Yon se volvió y le dedicó un segundo de expresión sobria al que le hablaba.
—Una copa nunca le hizo mal a nadie —respondió.
El que había interrumpido la postura de jefe meditabundo de A-Yon era, a su vez, el más jefe de todos los jefes de recolectores.
—A-Yon y B-Mino de marcha por los niveles inferiores, como en los viejos tiempos —dijo B-Mino alargando una de sus manos manchadas de polvo rojo.
A-Yon aceptó el saludo de su amigo y sus propias manos quedaron tiznadas.
Dejó el mando al segundo de turno y ambos tomaron el ascensor. Lo hicieron en silencio.
El nivel inferior inundó sus narices con los ya conocidos olores a humanidad, comida y polvo rojo, todo bien acompañado con el alborotado ir y venir de los causantes de aquellos hedores.
La Partida resultaba siempre agitada.
—Bueno, Yon, como lo de ir de copas es un decir, casi espero a que te desahogues de una vez —dijo Mino.
La respuesta silenciosa y teatral de A-Yon no hizo más que alargar el momento.
Llegaron a un local cualquiera de nombre EL POLVO VERDE y entraron. El cartel de HOY NO SE SIRVEN BEBIDAS ALCOHÓLICAS
ocupaba la parte superior de la minúscula barra. El camarero dejó a medio servir el vaso de un trabajador para apresurarse a preguntar por sus bebidas a los dos grandes jefes. Pidieron zumo de uva y se apartaron a la mesa más alejada, haciendo que un par de orondas letras X la abandonasen.
Bebieron en silencio durante dos minutos.
—Se ha ido. A-Nadia se ha ido —dijo por fin A-Yon. B-Mino no dijo nada y esperó a que su amigo se decidiera a seguir hablando—. No lo entiendo —continuó—. Ha cogido un equipo de exploración de larga duración y se ha marchado con ese M.
—Ha sido una gran putada.
—Y lo ha hecho justo el día anterior a la Partida, la muy hija de puta.
—No es tonta. Sabe que bajo ningún concepto vamos a retrasar la Partida por ir a buscarla.
—Pero, ¿qué pretende? ¿Vivir ahí fuera? ¿Formar una familia? ¿Fundar una civilización? —Dio un sorbo a su vaso y compungió el rostro como si el zumo tuviera mal sabor—. O lo mismo solo quiere escapar de mí...
—No pienses eso. Estuvo mucho tiempo intentando convencerte de traicionar a la corporación.
—¡Antes muerto!
—¡Por supuesto, amigo! ¡Por eso ella ha decidido traicionar, no solo a la empresa que nos da de comer, sino a ti, su marido!
Unas cuantas cabezas se giraron hacia ellos debido al tono en voz alta. Algunas sonrisas se dibujaron en sus bocas. A-Yon se dio cuenta y miró desafiante a los trabajadores ociosos.
—¿Qué pasa? ¿Dejáis el trabajo duro a vuestras mujeres? —Se levantó y se dirigió directamente a uno de ellos. Se trataba de un trabajador estándar, seguramente de tipo U o similar—. ¿Te hago gracia?
El tipo devolvió la vista a su vaso.
—No, jefe.
—Entonces de qué te ríes.
B-Mino puso una mano en el hombro de A-Yon.
—No es solución, Yon.
El gran jefe se zafó de la mano de su amigo.
—¿Y a ti qué te pasa? ¿No echas de menos una buena trifulca de bar?
Mino frunció el ceño.
—¿Una pelea? ¿Como en los viejos tiempos y sin estar borrachos?
El trabajador se puso en pie con intención de irse.
—No voy a pelear con jefes. Y menos el día de la Parti...
—¿Cómo te llamas? —interrumpió grosero A-Yon.
El trabajador dudó medio segundo antes de responder.
—U-Basil.
—¡Pues vamos, Basil, y todos los demás, olvidemos nuestras letras! —exclamó A-Yon mientras se arrancaba de la solapa el velcro con la insignia corporativa— ¡Dadle gusto al cornudo de vuestro jefe! ¡No habrá represalias! ¡Lo juro!
Se escucharon un par de risas al fondo del local mientras el camarero se afanaba en recoger los vasos.
Un par de tipos se aproximaron.
—¿Sin represalias? —preguntó uno de ellos haciendo crujir los huesos de su mano.
—Eso he dicho —respondió A-Yon.
El tipo que había preguntado esbozó una sonrisa torticera.
—Bien entonces, Yon... A ver, ¿qué sería lo apropiado llamarte en estos momentos?
—Échale imaginación, maldito currante letrabaja del demonio.
El tipo soltó una gran risotada.
—¡Ah, qué ofensivo el pipiolo cornudo este de los cojones!
—¡Vamos! ¡Dadle lo suyo! —gritó alguien.
B-Mino suspiró y acto seguido agarró uno de los taburetes.
—¡Bien, sea pues! —dijo, estrellándolo contra la barra.
Pelearon durante un par de minutos, todos con todos, medio en broma medio en serio, sin importar el rango y la falta de alcohol en sangre. Cuando terminaron, con las narices sangrando y moratones en los ojos, se dieron la mano y se desearon lo mejor.
—Gracias —le dijo A-Yon al camarero mientras firmaba un papel en el que le pedía a la Corporación el total remodelado del local—. Cuelga esto en la puerta y ellos se encargarán de arreglarlo. La Cuña lo paga.
—No hay de qué, jefe. La verdad que a esto le hacía falta un buen remozado. ¿Se siente mejor?
—No. Ahora me duele la cabeza.
Rieron hasta que el lamento de la sirena que avisaba de la inminente partida se apropió de la realidad.
U-Basil los vio subir al ascensor para desaparecer hacia los niveles que él nunca conocería. Se volvió hacia el camarero.
—Es un gran tío. Somos colegas.
El camarero agitó la cabeza y sirvió un trago de zumo de uva a los presentes.
* * *
A-Yon debía volver al puente a tomar las riendas de La Cuña y B-Mino tenía que ir a reunirse con su esposa para criogenizarse con ella. Se dieron la mano, se abrazaron y se dijeron en pocas palabras lo mucho que se apreciaban.
El encuentro con su viejo amigo y la pelea improvisada le habían hecho bien. Al entrar en el puente, con la nariz sangrando y una cojera simulada, agradeció las sonrisas cómplices de sus subordinados. Se situó en su sillón, de pie, y pidió un informe.
—Ahora mismo el 80% se halla en pleno proceso de criogenización —comunicó su segundo al mando.
—¿Tiempo estimado para el 100%?
—Una hora.
—Bien. Programa la partida para que se produzca en hora y media. No quiero rezagados.
—Hecho, jefe.
Un pitido estridente rompió el clímax.
El subalterno se llevó la mano al oído derecho, escuchó algo y miró al jefe con cierta sorna mal disimulada.
—B-Lina solicita tu atención, jefe.
A-Yon agitó la mano quitando importancia.
—Dile que a la vuelta.
—A la vuelta te atenderá —dijo el subalterno, cortante.
—¡Venga, a dormir todos! —exclamó entonces A-Yon.
La orden hizo que todos dejaran de hacer lo que estaban haciendo, o simulaban hacer, al mismo tiempo y en un respingo. Se encaminaron al pasillo donde estaban situados los sarcófagos mientras rasgaban el papel del envoltorio que contenía la inyección rápida de anticongelante y se fueron introduciendo cada uno en el suyo. El médico jefe y el segundo al mando fueron los últimos en hacerlo y al final A-Yon se quedó completamente solo en el puente.
La siguiente hora la dedicó a examinar los pasillos del complejo en las pantallas de control y el gráfico que exponía el proceso de criogenización. Se fijó en un aerodeslizador que entraba por una de las puertas de atraque que todavía no se había cerrado y se preguntó más o menos esperanzado si no se trataría de su mujer y el resto de traidores que, conscientes de la tremenda estupidez que estaban cometiendo, volvían con el rabo entre las piernas. Como vio que solo se trataba de G-Hara, el único explorador de La Cuña, se prometió que, a la vuelta, tendría que preguntarle qué demonios hacía por ahí fuera explorando justo antes de La Partida. Lo vio correr hacia el ascensor, salir al pasillo de su planta e introducirse en su apartamento con el traje de exterior a medio quitar.
Cuando al fin se cumplió el tiempo estimado, la pantalla mostró el número uno, lo que indicaba que todos estaban durmiendo. Todos menos él. La siguiente media hora le pertenecía.
Observó y verificó los sarcófagos de sus subalternos, se inyectó una dosis de anticongelante y tomó un papel, un bolígrafo y un trozo de cinta adhesiva de un cajón cualquiera.
Escribió algo en letras grandes y lo pegó en la puerta de su sarcófago. Se introdujo. Antes de cerrar, con recelo, miró al de su mujer, situado al lado, vacío, y dio un portazo. Se colocó contra el fondo y esperó a que la computadora lo sumiese en el frío sueño de los muertos criogenizados.
Una capa de escarcha cubrió el cristal. Las luces se apagaron. Todo quedó en silencio.
Si hubiera quedado alguien despierto, en la semioscuridad del tenue y largo atardecer de Mundala, habría podido leer en el papel: DESPERTADME.