En Blackland y Occidente
Nivoso de 12055
Termidor, Fructidor, Vendimiario, Brumario, Frimario, Nivoso; seis meses pasaron.
Alfonso portaba una faja de neopreno azul, que mantenía su herida, aún en proceso de cicatrización, presionada. El equipo de cirujanos que lo atendió en Turcaid y aquellos profesionales que lo acompañaron en el proceso de rehabilitación realizaron una excelsa tarea. La medicina de Blackland, sus métodos y medicamentos, se encontraba décadas más evolucionada que la Occidental, por lo que su recuperación fue veloz.
Indajani se había ido a vivir a Zafir. Nakawé la visitaba periódicamente, aun tenían una relación de amistad. La primera aun sentía mucha tristeza por la partida de su compañero, a pesar de la insistencia de su amiga no quería saber nada de contactar con Alfonso, aunque no lo expresaba, le tenía algo de rencor, internamente lo hacía responsable.
Después de unos meses desde el suicidio del cocinero, Roman se había acercado y había traído una carpeta con el registro de diagnóstico establecido en Zamrud, que indicaba que Lierre poseía una fuerte inestabilidad emocional y comportamientos psicóticos. Indajani desconocía ese estado de salud, no obstante, luego de analizar esta información se sintió aliviada, ya que Lierre, durante los últimos años de su vida, prácticamente, estaba llevando un tratamiento; como bien dijo él La cocina es mi terapia
.
Nakawé estaba intentando recomponer los agujeros que Roman había dejado en los archivos del ex Comité de Defensa, por lo que requirió una reunión con él, a la que aceptó concurrir. Nakawé no perdió tiempo y lo insultó desde el primer momento en que lo vio.
En una caja le entregó mucha de la información que había escondido y tergiversado, ella, que todavía no le tenía plena confianza, se sentía satisfecha. Por último, el hombre le pidió como favor, que le ofreciera sus disculpas a Alfonso; le aseguró que se dedicaría a la vida académica.
Esa fue la última vez que vio a Roman en años.
* * *
El equipo expedicionario ya estaba preparado, Úrsula sería la piloto designada para ese emprendimiento. El Consejo Regional, tal y como había expresado Yaví, formó un cuerpo de pilotos, ella no dudó en comenzar a entrenar. Solo quedaban dos pilotos que habían volado antes del Día del Arcoíris, uno de ellos era un hombre muy anciano de unos noventa años, pero tenía alzhéimer y no podría enseñar, la otra persona era una mujer, Anka, de ochenta años, que aún estaba muy lúcida y sería la encargada de formar a la primera camada de pilotos salidos de Blackland.
Durante los vuelos de adiestramiento, pasaron por encima de todas las comunidades, como el Consejo Regional lo había requerido, deseaban que todos los blacklanders contemplaran el primer avión en vuelo. Esto era motivo de festejo, como si fuese una vuelta olímpica
. Yakut, Rav, Citrin, Zamrud, Turcaid, Zafir, Aimitis; todos dejaban sus actividades para tomarse un momento y regocijarse con ese evento histórico.
A Úrsula la acompañaría un equipo de seis personas integrados por otro piloto que cubriría el puesto de copiloto, un médico, tres personas encargadas de las tareas de seguridad, los cuales habían tenido un entrenamiento riguroso, Mario formaba parte de ese equipo, y por último se encontraba Alfonso, que junto a otro ingeniero estaban encargados de la comunicación.
Su objetivo era viajar hasta la península Itálica con un avión comercial. Crearon un itinerario cuidadosamente planificado, con las paradas ya predeterminadas para abastecerse de combustible. Las locaciones elegidas fueron determinadas fundamentalmente por Alfonso. Eligió países cuyo papel en la guerra había sido mínimo y hasta nulo, si bien eran lugares casi desiertos, su infraestructura probablemente siguiera siendo apta.
Decidieron hacer la primera escala en Darwin, en el norte de Australia, sobrevolar el océano Índico para hacer una segunda escala en la isla de Gan, en las Maldivas; de allí continuarían hasta el aeropuerto de Ambouli, en Yibuti, para cruzar el Sahara sobre Sudán y Libia, evitando el Oriente Medio, hasta llegar finalmente a Sicilia tras sobrevolar brevemente el Mediterráneo.
El riesgo sería enorme, viajarían sin conocer que encontrarían en cada una de las escalas, y con algunos tramos muy peligrosos, como el previsto entre Darwin y las Islas Maldivas, al límite de la autonomía del avión, pero necesario si querían evitar Indonesia y la península Índica.
Se eligió este tipo de aeroplano para que aquellos países que oficiarían como receptores no los vieran como una amenaza. En Italia dejarían a Alfonso y desde allí comenzarían la gira por Occidente, intentando conseguir materiales para actualizar su tecnología de telecomunicaciones, y al mismo tiempo contactarían con algunos grupos de ideología afín a la que regía en Blackland para informar de la existencia de esta región, y así establecer células que facilitaran el desarrollo de la comunicación entre Blackland y Occidente, para una posterior nueva migración.
El transporte era un avión de reacción de uso civil, un modelo fabricado en el antiguo Canadá, de los llamados de negocios
,, el mismo que había pilotado Anka a su llegada a Blackland. Ella misma se había encargado de mantenerlo en condiciones de vuelo pese a no saber si eso llegaría a suceder alguna vez. Eso facilitó enormemente el adiestramiento de los pilotos y la puesta en marcha del avión, además de la elaboración del plan de vuelo. Su interior tenía espacio para hasta veinte pasajeros con sus equipajes, y un compartimiento para el traslado de los objetos que se obtuvieran en Occidente, ya fueran productos tecnológicos, o material de investigación.
* * *
El aeropuerto de Rav había sido reacondicionado para la partida del avión. Una gran muchedumbre, proveniente de las distintas comunidades fue a despedir al primer transporte aéreo funcional en la historia de Blackland, querían presenciar el despegue desde cerca. Nakawé, contemplaba esta despedida junto a su progenie, estaba algo acongojada por la peligrosa empresa que su compañera había aceptado realizar, sumado a la incertidumbre de no volver a ver al occidental.
Desde el hangar, hasta la puerta del avión el pueblo abrió un corredor para que los tripulantes subieran al aparato. En el camino la gente les palmeaba la espalda, los aplaudían, los despedían. Úrsula se detuvo para abrazar a Nakawé; Ati se acercó a Alfonso, junto a su hermano menor.
—Me llamaré Ati por unos años más —comunicó el pequeño al occidental—. Pero cuando vuelvas probablemente ya no me llame así.
—Espero con ansias saber qué nombre te pondrás.
—Ikal, puede ser, pero Alfonso todavía me gusta. Cuéntale a tu progenie que quizá me llame como tú.
Alfonso vio a su hija en los ojos de esos niños, por lo que no pudo evitar abrazarlos. Nakawé se acercó y se sumó al abrazo.
* * *
El avión despegó, y al poco sobrevoló Yakut, enfilando hacia su primera escala: Darwin. Los pilotos y expedicionarios disfrutaban de cada segundo, pero al mismo tiempo algunos estaban dominados por los nervios y algo de vértigo. Alfonso era uno de ellos, a pesar de sus limitaciones no dejaba de observar el paisaje por la ventanilla, percibía al mundo desde una nueva perspectiva.
—Hace unos días escuché que existe un portaaviones en perfecto estado atracado en la isla sur —recordó Alfonso—, y en unas semanas lo trasladarían hacía Aimitis. ¿Esto es cierto?
—Es así compañero —respondió Mario— y no solo eso. Durante La Última Guerra la Coalición había atacado Nueva Zelanda porque era un almacén de la Unión, aunque técnicamente era un país que, la mayor parte de la guerra, había sido considerado oficialmente neutral. Durante el ataque todas las bases militares de la superficie fueron destruidas, pero aún quedaban los depósitos subterráneos en ambas islas. Allí se encontraron todo tipo de armas, y aviones de transporte y de ataque. Tenemos material como para una gran defensa digamos.
Úrsula agregó.
—Solo hay que aprender a usarlos.
Todos rieron con este comentario, que parecía honesto ya que aún no había ningún tipo de instrucción militar que los adiestrara en el uso de armas de gran calibre.
—Según muchos intelectuales de Aimitis —continuó Úrsula—, la caída de DIOS significaría para Occidente el fin real de La Última Guerra, lo que traería un periodo de prosperidad. Sería algo así como en la Europa del siglo XV, que luego de la Peste Negra llegó el Renacimiento. Parece que te han dado la razón ¿verdad Alfonso?
—Si, he hablado con ellos, hemos construido varias hipótesis. Casi todos concluían que nos recibirían en paz, no habría problemas en comunicar globalmente la existencia de Blackland. Sin embargo, se recomienda que esa oficialización mundial de la presencia de una nueva sociedad, en lo que otrora era Nueva Zelanda, debería realizarse progresivamente —el avión ya había comenzado a sobrevolar el Océano Pacífico—. En Occidente presenciaremos la gestación de un nuevo periodo Renacentista y las nuevas mentes, los nuevos líderes de este mundo aceptarán la convivencia con una sociedad con ideales basados en la libertad. De hecho ya está sucediendo, con la recuperación de tecnologías, como la de comunicaciones, y la reconstrucción de viejos equipos industriales.
Úrsula interrumpió.
—Quizá no compartan ese tipo de libertad colectivista.
—Muy probable, quizá prefieran una visión liberal, pero de todos modos no dudo que aceptaran cohabitar con una sociedad de ese tipo, de hecho, si se trata de una sociedad auténticamente liberal, la existencia de Blackland no les molestará en absoluto..., siempre que no intentéis adoctrinarlos —rió Alfonso—. Quizá ellos vean Blackland como el testimonio de un experimento Utópico. Ya me imagino las investigaciones que se realizarían en conjunto. A lo mejor ayuden a desarrollar las nuevas tecnologías en Blackland.
* * *
Alfonso observaba un baúl que le había llamado la atención desde que tomaron vuelo. Lo abrió y se encontró con una serie de armas de fuego. Con la formación del Comité de Protección, con la formación de las milicias voluntarias, las armas de fuego comenzaron a salir de los polvorines. Para su correcto funcionamiento todas las unidades pasaron por una minuciosa revisión, ya que las mismas deberían ser consideradas óptimas antes de ser usadas.
El occidental tomó el arma más a mano, era un fusil de asalto. En ese instante le vino a la mente la conversación que había tenido con Úrsula y Nakawé, en el automóvil yendo a Turcaid, en donde él mismo había sugerido que debían armarse. Con el correr del tiempo esta postura fue considerada correcta, pero no con el objetivo de cuidar la propiedad Blackland, si no para defenderse de la hostilidad de lo desconocido que pueda acaecer en el futuro próximo.
Alfonso se dirigió a Úrsula.
—Que fue de la vida de aquel anciano que hablaba de la olla al final del arcoíris.
—Que interesante que te acuerdes de esa historia —comenzó—. El anciano, que vivió unos veinte años más, terminó sus días escribiendo poemas, algunos de ellos muy bellos, por cierto. En esos poemas ya no hacía mención alguna al arcoíris y la olla
, directamente. No obstante, en una de sus obras había hecho una pequeña referencia, mediante una analogía, sobre el Día del Arcoíris. Dijo que, para él, el Día del Arcoíris
era el Día del Bifrost
. El Bifrost, el puente que los llevó desde Midgard hacia Asgard, desde el mundo de los humanos, hacia el reino de los dioses, desde el Occidente hacia Blackland.
—Me gusta más esta segunda etapa Nórdica del anciano.
—En cambio a mí me pareció más divertida la primera referencia al arcoíris. Cuando me la contaban me imaginaba a un anciano buscando la olla con el traje de un leprechaun
.
Alfonso sonrió y dirigió una palmada en la cabeza de la piloto señalándole la cálida complicidad que había sentido.
* * *
El viaje transcurrió con relativa tranquilidad. En las escalas fueron extrañamente recibidos entre la indiferencia y el temor, más algún que otro incidente que Alfonso pudo resolver retomando su casi olvidada autoridad como alto funcionario de la OIP, sin embargo, los rumores que pudieron escuchar les inquietaron, hablaban de conflictos y batallas, algunas muy violentas, pero lo remoto de los aeropuertos hacían que las noticias fueran vagas y dispersas.
Al fin, el avión llegó a la isla de Sicilia, y se dirigieron hacia la ciudad de Palermo, donde Alfonso había vivido los últimos años. Úrsula entró en la isla por Puerto Empedocle, al sur, y la atravesó para dirigirse al aeropuerto ubicado en Punta Raisi, allí deberían conseguir un vehículo para llegar al propio Palermo.
Mario le dirigió la palabra.
—Cuando lleguemos podremos llamar al gobierno de Filipinas así le informas sobre la desaparición del barco Doce de junio.
El occidental solo asintió, sus nervios lo seguían dominando, estaba a punto de tocar nuevamente su tierra.
Los pasajeros se habían colocado los cinturones. Según el mapa se encontraban a pocos kilómetros del aeropuerto, con Palermo a su derecha. No obstante, desde allí no se podía apreciar ningún tipo de luces en la ciudad. Quizá están restringiendo el uso de la energía eléctrica durante la noche
Pensó.
De improvisto, el avión fue impactado por un proyectil, el mismo había dado en la cola, en el estabilizador horizontal, luego otro impacto de proyectil, en la parte superior del ala derecha. Eran disparos. El aterrizaje sería más difícil de lo que creían
. Se preguntaban de dónde habían provenido esos proyectiles que, con todo, no habían producido daños fatales.
El aeropuerto parecía solo habitado por fantasmas, la pista de aterrizaje estaba destruida, el avión tuvo que aterrizar forzosamente en el pasto.
El paisaje era desolador. A lo lejos se escuchaban explosiones. Sabían que estaban en un lugar amenazante, por lo que todos los miembros del equipo de expedición no perdieron tiempo y tomaron lo necesario, una mochila con objetos personales, herramientas e instrumentos para la investigación; y algunas armas de fuego.
Úrsula estacionó la nave en un hangar desocupado, debían resguardar el avión para tener un medio de transporte para la vuelta. Todos bajaron, cerraron el portón del hangar y marcharon a toda velocidad hacía el edificio del aeropuerto que estaba completamente vacío. La ciudad se encuentra peor de lo que estaba cuando había partido
Caviló Alfonso mientras se hacía la Señal de la Cruz.
Salieron de las pistas, atravesaron el aparcamiento, y en las terminales de vehículos de alquiler encontraron algunas personas heridas. Luego de cinco años volvía a escuchar el idioma italiano.
Se acercó a esas personas, pero no sabía qué preguntar, Úrsula le indicó que solo preguntara qué estaba ocurriendo.
Se acercó a una mujer joven herida, sentada en un banco aledaño a los baños públicos.
—¿Qué pasa? ¿Por qué hay disparos?
La joven lo miró con extrañeza, tenía el ceño fruncido y se comunicó lentamente exhibiendo enojo en su hablar.
—¿No están al tanto? —ella le dedicó una mirada escrutadora a cada uno, y habló nuevamente, esta vez un poco más rápido— Se ve que ustedes no son de por aquí ¿Quizá de otro país?
—¿Al tanto de qué?
—De las bombas.
—¿Qué bombas? —insistió Alfonso impaciente.
—Las bombas que mandaron los chinos.
—¿Cuándo las mandaron? Por favor, contesta niña, mi compañero es médico. Te ayudará a curarte, pero contesta —con un ademán exigió al médico que se acercara a examinarla.
—Hace ya no sé cuánto tiempo los chinos respondieron con bombas.
* * *
Alfonso estaba preocupado. La joven mencionó: respondieron con bombas
¿Cómo puede ser que los chinos hayan enviado bombas? ¿La guerra no había terminado?
¿Habría comenzado otra guerra? ¿La teoría de DIOS como niñera de Occidente era cierta? ¿Roman tenía razón?
El lugar estaba sobrado de vehículos, Alfonso y Mario eligieron uno de gran cilindrada y se encaminaron por la autopista hacia Palermo. Alfonso vivía en el norte, en Zona Favorita, el hospital más cercano era el de Villa Sofía, y allí se dirigieron.
El hospital estaba abarrotado de gente, solo estaba iluminado con antorchas. El occidental ya desbordaba de ansias por ver a su familia, sus deseos se habían transformado, ya no quería vivir allí, en ese territorio devastado, deseaba encontrarlas y llevarlas a Blackland, ni siquiera le interesaba la misión que le habían encomendado al equipo de expedición.
En la mesa ubicada en el vestíbulo había un cuaderno escrito a puño y letra. Este estaba separado en tres sectores. El sector que poseía más hojas estaba integrado por nombres de personas heridas, otro sector con personas desaparecidas y un tercero con personas fallecidas. Alfonso comenzó a buscar el nombre de sus seres queridos, revisaba cada hoja a toda velocidad, pero sin perder la concentración, repentinamente el hospital fue atacado por las ametralladoras de un avión.
Ambos hombres se refugiaron detrás de la mesa, el avión volvió a pasar y nuevamente descargó otra tanda de disparos que posteriormente fue seguido de una gran explosión. Mario salió a revisar. Alfonso estaba desesperado buscando entre los nombres anotados en el cuaderno, honestamente no quería encontrar allí los nombres de su familia.
Mario volvió y se acercó al ingeniero.
—Los soldados locales derribaron el avión.
Alfonso no reaccionaba a las palabras de su compañero, solo observaba detenidamente el cuaderno. Un minuto entero había pasado y seguía con la misma hoja. Hasta que por fin movió sus músculos, dejando caer el cuaderno. No lloraba, no gritaba, solo estaba tieso. Levantó su cabeza, mirando una ventana que daba a la calle, tomó con sus dedos algunos restos de vidrio que aún estaban empotrados en el marco y los sacó.
Vidrios rotos, una ciudad rota, una vida rota
.
Sus piernas se aflojaron, perdieron toda fuerza, y se desplomó.
* * *
Alfonso abrió los ojos, percibió los huecos en las ventanas del edificio, que anteriormente habían sido unos coloridos carteles publicitarios; se encontraban nuevamente en las instalaciones del aeropuerto. El médico del equipo estaba inspeccionándolo. Úrsula arrimó su cabeza y comenzó a hablarle. Mientras lo ayudaba a sentarse, refregaba su mano en la espalda del italiano.
—Hemos hablado con el encargado, sabía hablar inglés, y nos dijo todo. Luego del Día R, la Unión atacó con toda su fuerza a las grandes ciudades de la Coalición, y estos devolvieron el ataque. La gran guerra continúa. El norte de Italia está devastado. Francia y Alemania no han corrido mejor suerte. La mitad de Norteamérica está igual.
Alfonso seguía sentado, intentando asimilar los acontecimientos que el encargado había referido, pero volvió el recuerdo del cuaderno que había leído antes de desvanecerse.
—Angélica... Mi Letizia. No la podremos conocer —posó sus ojos en Úrsula, brindándole una sonrisa fría y una mirada de desasosiego—. Váyanse de aquí. Sigan con la misión. Reformulen su hoja de ruta y continúen.
Úrsula tomó la mano del compungido hombre.
—Compañero, nos quedaremos contigo, en otro momento recomenzaremos con nuestra misión.
—¡Váyanse! —gritó, con furia ciega, empujándola y haciéndola caer aparatosamente sobre una mujer herida que estaba en un asiento. El hombre tomó el crucifijo que aun llevaba en su cuello, tiró de la cadena, esta se cortó, y la cruz se deslizó hasta caer al suelo.
El equipo de expedición estaba desconcertado, debía reorganizarse. La realidad a la que se enfrentaban era decepcionantemente hostil. Los blacklanders fueron saliendo del edificio, de a uno por vez. Úrsula fue la última. Antes de salir, miró a Alfonso, el occidental, por última vez, recogió el crucifijo, lo guardo en un bolsillo, cerró los ojos, una lágrima se le cayó, dio media vuelta, salió al exterior, y abrió los ojos nuevamente.
* * *
El mar de Tasmania estaba en calma, ni siquiera las crestas de espuma de las olas lo alteraban. Un avión de reconocimiento y su escolta, con los símbolos de la Unión impresos en su fuselaje, lo sobrevolaban desde el norte, en dirección este.
—El radar indica que estamos cerca del punto donde salió el avión civil no identificado —indicó el piloto del aparato de reconocimiento.
—Debemos ir con cuidado, aún no sabemos si es una base enemiga —agregó el piloto del caza.
Los aviones se acercaron a veinte kilómetros de la costa de Blackland.
El primer piloto realizó una lectura de sus sensores.
—Confirmado, el avión salió de la isla norte de Nueva Zelanda.
—Se ha informado que se trataba de un avión civil —añadió su copiloto—, por lo tanto, se enviará una misión diplomática, deben confirmar de qué lado se posicionan.
* * *
Tres niños caminaban por la playa, sus zapatillas eran mojadas por la espuma marina. El de mayor estatura comenzó a saludar, y los otros lo siguieron. Presenciaban la llegada de un barco.
Este barco provenía de Aimitis, traía consigo una carga con productos manufacturados y vegetales. Los tripulantes que estaban en la cubierta devolvían el saludo a los niños, entre ellos estaba Bice.
El capitán ya comenzaba a virar hacia estribor, directo hacia la bahía, estaban próximos a arribar al puerto sur de Rav. Al lado del capitán estaba Mikal, que presionaba algunos de los instrumentos que le iba indicando el primero.
Los niños comenzaron a correr hacía el bosque, Bice dejó de saludar y giró su vista hacia el otro lado de la embarcación; allí distinguió la presencia de dos aviones que viajaban paralelos a la costa. La mujer llamó la atención de un compañero que tenía a su lado, quería confirmar que lo que estaba viendo era real. Pero cuando éste giró su cabeza, los aviones se habían esfumado.
—He visto dos aviones alejándose, debemos informar lo que vimos.
—¿Estás segura? Yo no los he visto —respondió su compañero.
Bice dirigió su mirada hacia el puente de mando donde estaba el capitán y Mikal. Este último llevaba una cámara fotográfica. Miró a Bice con una sonrisa y le gritó.
—¡Cuando imprima estas fotografías por fin me creerás!
Epílogo
El astromóvil Rover estaba retornando por las callejuelas que lo conducían desde el interior del montículo de desechos hacia su límite exterior. Detrás de él otro astromóvil lo acompañaba, era un poco más grande, y poseía dos brazos mecánicos, y acoplado a él un compartimiento de chatarra aún más grande. Los paneles solares que constituían su parte superior llevaban integrados fragmentos de los materiales que el primer Rover había traído.
Antes de salir del montículo, el Rover más grande, seleccionó unos materiales que allí estaban depositados, los sujetó con los brazos mecánicos y luego los llevó a su compartimiento, inmediatamente giró sobre su eje dando media vuelta para volver a adentrarse al montículo.
El Rover pequeño?continuó su marcha sin detenerse, siguiendo el camino por el cual había ingresado. Nuevamente recorrió un kilómetro por el territorio lunar, hasta encontrarse con la astronave que había quedado en estado de reposo.
El vehículo ingresó a dicha astronave para acoplarse nuevamente y esta última se encendió. Con los propulsores al cien por ciento de su capacidad y con un ritmo progresivo comenzó a alejarse de la luna.
Tres días de viaje sin detenerse. Se aproximaban a su posición inicial, para reincorporarse al satélite. Las coordenadas indicaban que ya se había alcanzado el punto cero, desde donde habían partido. La Antártida se volvía a divisar, pero el satélite no estaba, en su lugar se presentaba un gran campo de escombros flotantes. Restos de paneles solares, restos de estructuras de colores blanco y amarillo.
La astronave desplegó su brazo mecánico y uno por uno comenzó a recolectar y depositar, hasta el límite de la capacidad del compartimiento determinado para este tipo de propósito.
* * *
Querer la libertad y la dignidad humana para todos los hombres, ver y sentir mi libertad confirmada, sancionada, infinitamente prolongada por la aquiescencia de todos, he ahí la felicidad, el paraíso humano sobre la tierra.
Mijail Bakunin