En Blackland

1 de Mesidor del 12054

(El Día R)

Turcaid lo recibió con las luces apagadas, los habitantes estaban, en su mayoría, descansando. Había pocas personas despiertas. El puerto estaba completamente desierto.

Ya tenía en su poder las cartas náuticas necesarias para, al menos, llegar hasta la isla de Nauru, en ese lugar cargaría más combustible, y provisiones, para continuar el camino hasta Japón y desde allí por fin cruzaría hasta Rusia, donde tomaría el tren transiberiano que lo llevaría hasta Europa, y al llegar correría a los brazos de Angélica. Oh, esos brazos tan cálidos, ya casi no los recuerdo, tengo necesidad de ellos.

Habían pasado, realmente, dos años desde su alejamiento del mundo occidental, quería reencontrarse con su tierra, con su vida. Hacía dos años que el Ojo no existía.

¿Veré por primera vez un televisor? O es muy temprano para pensar en eso. ¿Viajaré por primera vez en avión? Pensaba. En ese preciso momento la figura de Mikal se cruzó en sus pensamientos. Hace dos años que los aviones podían surcar los aires. ¿Será que en verdad los había visto o quizá seguía siendo parte de su imaginación?.

Estaba por salir desde la parte trasera del yate, solo le restaba buscar en los últimos suministros: alimentos y vestimenta. Pero un automóvil se había estacionado a unos metros del muelle. Alfonso no quería ser interrumpido por ningún habitante de Turcaid que le preguntara qué hacía allí a esas horas de la noche.

Antes de salir del barco, el conductor del automóvil le había ganado de mano y se acercó de forma veloz hacia la borda del yate.

—Estaba seguro de que te encontraría aquí. Este objeto flotante, es lo que te ata a Occidente, es lo que ata tu mente a la realidad. Es lo que le da sentido a tu vida material, es tu propiedad, esta embarcación es un fragmento de Occidente.

—Roman... — Alfonso observó fijamente al recién llegado, lo consideraba un ser vil, manipulador que con su agudeza intelectual y el alto desarrollo de su inteligencia controló a todo el Comité de Seguridad, que actuó según sus mandatos, según sus deseos.

Se sentía usado. Pensaba en Nakawé, era la madre de sus hijos, quizá ese vínculo fue el que determinó la manera en cómo ella actuó, a pesar de su fuerte personalidad, se desenvolvió a conveniencia de Roman.

—¿Adónde se encuentra Nakawé? —más allá de su enfado y recelo, aún tenía la necesidad de saber de ella. Internamente seguía teniendo esperanza en su discernimiento, en su apreciación objetiva de lo contextual, aun creía que en el fondo poseía un halo de honestidad e imparcialidad. Todavía confiaba en esas cualidades.

Roman subió lentamente al yate y lo examinaba detenidamente, era la primera vez que veía de cerca la embarcación, solo lo había contemplado en fotografías.

—Nakawé tomó el camino más largo, se dirigió en busca de tu compañera de trabajo, quizá ella le daría tu paradero —observaba con una linterna las cartas náuticas—. Estás dispuesto a marcharte, te veo muy confiado, Bumuri hizo un gran trabajo contigo.

—Me arriesgaré, no tengo nada que me ate a Blackland.

—Sigues muy confiado —Roman acercó su cuerpo al occidental, y fijó la mirada en sus ojos—. No podemos permitir que te vayas. El protocolo indica que el Comité de Defensa debe realizar una asamblea.

—Creí que el Comité de Defensa ya había tomado las suficientes decisiones sin consultar a nadie, ¿por qué no ocultarles mi partida y fin de la cuestión?

—Pondrías en peligro la ubicación de Blackland. Vendrán aviones, vendrán ejércitos, vendrán misiles, vendrá Occidente.

—De todos modos, es cuestión de tiempo. Un avión que se acerque lo suficiente y vea señales de la existencia de vida humana desarrollándose sin inconveniente en estos territorios inexplorados, desde hace más de cincuenta años y ¡Bang! Occidente los pondrá en los mapas nuevamente.

—Occidente querrá ponernos en sus mapas. Pero aún no es el momento apropiado. Ya han pasado dos años y no han puesto su atención por estos lados, están lo suficientemente ocupados destrozándose entre sí, ya no está DIOS resguardando su paz, DIOS murió y tu Occidente se está suicidando lentamente.

Alfonso se acercó a la pasarela del yate, con su antebrazo izquierdo corrió a Roman, levemente, pero en ese tenue movimiento se percibía algo de violencia.

—Déjame terminar mis asuntos, me quiero ir.

Sin embargo, en el momento en el que estaba bajando hacia el muelle detuvo su marcha. Para su sorpresa había llegado una persona que no esperaba encontrarse: Lierre. Quedó atónito al notar la mirada perdida, y los ojos aun inyectados de sangre que traía el recién llegado, tenía sus ojos hinchados de tanto llorar y en su mano derecha portaba un objeto brillante, que hizo a Roman bajar la voz, ahora temblaba.

—¿Que estás haciendo? —preguntó. Lierre había traído consigo una cuchilla, de las que usaba para cocinar. Ambos no quitaban la atención de la brillante hoja afilada que reflejaba la luz del yate, el mango color remolacha era sostenido con fuerza, la mano estaba tensionada, parecía un resorte en su máxima capacidad de presión, esperando liberar la energía contenida.

Emitió sus primeras palabras.

—Roman, tienes que permitirle marcharse. Déjalo que afronte la decepcionante realidad de su mundo. Alfonso pregona el fin de los años oscuros, pero DIOS murió, y él es un gran responsable. Él hizo posible las conexiónes necesarias para tal cometido. Déjalo que se enfrente a lo que construyó.

—¡Lierre! —Roman lo confrontaba—. Tienes que entender que si se marcha las autoridades de Occidente conocerán su punto de partida. Estaríamos en peligro.

—No puedo permitir que permanezca en Blackland, no puede decirles a los habitantes que DIOS murió —Lierre se expresaba sulfurado—. El Comité de Defensa debe solucionar esto de otra manera. Hay que armarse, hay que entrenar milicias y solo esperar —su turbación amainó al recordar la charla que había tenido telefónicamente, hacía una hora, con el secretario del Consejo Regional, pensamiento que lo llevaba a seguir sosteniendo su postura—. Antes de venir aquí, hablé con Yavi. Quería sacarme la duda, quería saber si Nakawé o tú le habían contado las revelaciones de Alfonso, pero no sabe nada. Solo lo sabemos nosotros, por lo que esta información se cierra aquí. No hace falta que vuelva a Blackland, concluyamos, dejémoslo que se marche.

El temor erizaba la piel de Alfonso. La percepción de la realidad por parte de Lierre estaba fuera de foco. Esa percepción sombría lo asustaba, de la misma manera que incomodaba a Roman.

La impotencia gobernaba la razón; la desesperación por no saber cómo proceder lo paralizaba. El occidental se sentía aislado, se sentía abatido, y antes de que, siquiera su inconsciente lo deseara, y por ende mucho antes de verbalizar este deseo interno, una voz brotó de la nada. Brotó como el agua dulce había brotado en aquel trozo de tela húmeda en medio del océano, en medio de su naufragio. ¿Cómo te llamas? había sido lo primero que había escuchado de su boca; ahora su voz volvía a hidratarlo, refrescaba su oído.

—¡Alfonso! —vociferó Nakawé. Su inconfundible cabello color zanahoria flameaba a la velocidad del viento del puerto. Ella no había logrado escuchar a Lierre, pero al ver esa escena, que parecía haber sido guionada por el mismo Esquilo, ya había comprendido el porqué de aquel rostro aterrorizado.

—¡Nakawé! —intentó dirigirse a ella, que aún estaba a bastante distancia. por lo que intentó gritar—. No me puedo ir —su voz no lograba salir de modo constante, no encontraba oxígeno para alimentar el caudal de sus palabras, la incertidumbre cortaba el acceso de aire a sus pulmones de la misma manera que el paso del tiempo acumula sarro en las cañerías impidiendo un chorro de agua fluido—. Roman dice que es necesaria una asamblea, y Lierre no permite que baje del yate, no me deja serle sincero al pueblo. ¿Cómo se soluciona esto?

—Tenía pensado elevar esta situación al Comité de Defensa y...

—Basta de hablarme de ese Comité, sus malas decisiones, llevaron a esta situación —Alfonso estaba cerca de caer en el llanto, su frustración lo dominó completamente.

—...así definir un nuevo protocolo —continuó la mujer, intentando subir a bordo del yate con cautela, sin perder de vista a Lierre—. Deberíamos hacer una Asamblea y allí vas a sincerarte con el pueblo, y luego te podrás marchar cuando quieras.

—Estoy cansado de falsas promesas.

—Nakawé, no puede marcharse —interrumpió Roman—, ya lo habías dicho, su mente pende de un hilo, tu diagnostico coincidió con el del Comité de Salud, esquizofrenia paranoide.

Alfonso presumía que la definición la mente pende de un hilo era figurativa. No creía que con eso se hacían referencia a un diagnóstico médico.

Nakawé quería responder con su verdad científica y a la vez calmar la tensión que existía en el yate, aunque su meta era principalmente calmar a Alfonso.

—Tú sabes Roman que efectivamente apelé a ese diagnóstico, pero a la par propuse la hipótesis que ya se venía investigando hacía años. Quizá lo que nosotros diagnosticaríamos a los blacklanders como una esquizofrenia paranoide es un síntoma natural del ser occidental, quizá allí eso es normal. La tesis que esbocé afirma que no son comparables los pacientes de dos ámbitos culturales completamente distintos, hasta opuestos. Este tipo de trastorno mental, está estrechamente vinculado al contexto, quizá todos los occidentales tengan lo mismo, debe ser una característica propia, estos padecientes, no manifestarían sus síntomas en Blackland.

Lierre ironizaba hablándole directamente a Roman.

—¿Tenemos que fiarnos de la hipótesis de una médica de centro de salud que está contradiciendo a un Comité de Salud integrado por decenas de científicos? No estoy de acuerdo —el calibre de su voz denotaba impaciencia—. Escúchame —ahora se dirigía a ella volviendo a apaciguar su turbación al recordar, nuevamente, su charla con Yavi, —. Confío en ustedes, antes de venir aquí, hablé con el secretario del Consejo Regional, y al dialogar con él descubrí que ustedes no le habían hablado sobre el Día R. Solo nosotros conocemos esta información, ni Indajani, ni Úrsula hablarían si así se lo pidiésemos, confío en ustedes.

—Si, Alfonso se debe ir, pero con el conocimiento de la asamblea —insistió Nakawé.

—No voy a permitir que se ponga en peligro a la población de Blackland — insitió Roman, reafirmando su negativa a la partida de Alfonso.

Treinta segundos de silencio se cruzó ante ellos, treinta segundos muy largos; treinta segundos de silencio que fueron rotos por una breve e incómoda risa de Lierre. Reía al encontrar una sensación paradójica en la relación que tenía con Alfonso.

—Cuando hablé con uno de los secretarios del Consejo Regional, me notó algo impaciente por lo que preguntó si ya no estaba cómodo con la designación de la asamblea para ser el asistente de Alfonso. Dije que lo había disfrutado mucho, pero que ya no. A esto respondió que él junto con la asamblea del Vanuatu seguían considerando que habernos propuestos a Nakawé y a mí para tal tarea había sido la mejor decisión; y que de la misma manera el asesor que los había aconsejado para que fuéramos los asistentes confiaba mucho en nosotros. Por lo que...

—Realizaron una eximia tarea —interrumpió Roman con la voz algo elevada—. Lograron que el invitado se sincerase con nosotros y así revelar eso que tanto nos preocupaba. Para él seguramente fue más sencillo de esa manera —Roman se dirigió hacia Alfonso intentando congeniar con su mirada—. Muy valiente de su parte habernos dado esta información, habernos confiado tan importante testimonio...

—A ti no te di nada — Alfonso se resarcía hablándole con desprecio, algo que Roman advertía—, no te di ninguna información importante, solo a ellos, en ellos confié —luego giró su cuerpo para acercarse a Lierre—. Convence a este hombre de que me deje ir, es lo que deseo, solo quiero estar con mi familia.

—Lierre, no puedes dejarlo ir —repitió Roman.

Con lágrimas en los ojos, Alfonso miró a la mujer.

—Nakawé ayúdame —se colocó aún más cerca de Lierre y llorando le dijo—. ¿Qué hago? Tu no me dejas quedarme, Roman no me deja ir.

Al ver a ese hombre con lágrimas en los ojos también comenzó a llorar, caminaba por la cubierta del yate a un paso veloz, yendo y viniendo, y girando sobre si mismo. Gemía, gritaba, golpeaba su cabeza con el mango de la cuchilla.

—Querido Alfonso... Has asesinado a DIOS, lo has asesinado —se dirigió decididamente a la pasarela del yate e hizo el intento de marcharse, pero internamente no lo deseaba,, por lo que se acercó a escasos centímetros de Alfonso y le repitió.

—Has asesinado a DIOS, lo has asesinado. Ahora yo estoy seguro de solo una cosa, solo estoy seguro de algo... solo sé que no puedes quedarte.

Inmediatamente de terminar de hablar, levantó su cuchilla, la apuntó a la altura del estómago de Alfonso y lo introdujo suave y lentamente. La víctima no le sacaba la mirada, emitiendo un eterno gemido ahogado que inició cuando la hoja finamente afilada comenzó a escarbar su epidermis hasta alcanzar el estómago.

Sin observar su herida, Alfonso llevó las manos hacia la intersección entre cuchilla y carne, a esta acción Lierre respondió, tomando nuevamente desde el mango y retirando lo que antes había sido utensilio y se había convertido en arma, y lo hizo con una mayor velocidad que cuando la había introducido. El ruido de cuero desgarrándose fue percibido por una Nakawé que en estado de shock no lograba coordinar sus pensamientos, estaba bloqueada.

El cuerpo de Alfonso se desplomó, su mano se dirigió hacia el tajo, con la yema de los dedos lograba percibir la tibieza de la sangre que chorreaba. Lierre dio un salto desde la borda del yate hasta el muelle y comenzó a correr.

El herido se tomaba el estómago. Nakawé pudo salir de su aturdimiento y se acercó velozmente, con lágrimas en los ojos miraba a Roman.

—Ayúdame, tenemos que llevarlo a un centro de salud, no puedo sola, es muy grande y pesado para mí, morirá desangrado.

Roman parecía no haber sido afectado por el ataque, permanecía con la mirada fría, más pendiente en no perder de vista al agresor.

—Quizá esto sea lo mejor. Quizá el Comité de Defensa puede comenzar de nuevo. Hay que prepararse para el contacto con Occidente, algún día se concretará realmente.

—Roman por favor —rogaba la mujer, arrodillada, con el herido en sus brazos.

Roman, se alejó sin siquiera dirigirle la mirada. Bajó de la embarcación; y fue tras los pasos de Lierre.

—¡Roman, Roman! —Nakawé lloraba angustiada. Inmediatamente se enfocó en hombre derrumbado en el suelo—. ¡Quédate conmigo!

* * *

Roman subió al auto y persiguió a Lierre. Tenía la certeza de que la muerte de Alfonso podía ser aprovechada para algo positivo, le daba más tiempo para elaborar alguna estrategia conveniente para que el pueblo asumiera la desaparición de DIOS y a la vez le daba un margen de maniobra más amplio, para preparar el contacto con Occidente, ya sea defendiéndose de un ataque bélico o para responder a algún tipo de expedición.

Lierre corrió unos quinientos metros hacía el norte, bordeando la costa. Se internó en una playa y allí esperó, mirando el mar. Roman bajó del auto y se acercó con cautela, aun tenía la cuchilla en su poder.

Lierre comenzó a hablar casi gritando, observando el agua que, con la marea, se acercaba a sus pies.

—¡He sido el primer asesino en la historia de Blackland! Pondrás mi nombre en tus libros de historia —dio media vuelta para encontrar la mirada de Roman—. Estaba por contarle algo a Nakawé y me interrumpiste. ¿No querías que se enterase?

—¿Que se enterase de qué?

—Estaba contándole que el secretario del Consejo Regional me había dicho que aquel asesor que había aconsejado a la asamblea para que seamos los asistentes confiaba mucho en nosotros y me interrumpiste. Al escuchar a Yavi decir eso, le pregunté quién era ese que nos había propuesto como candidatos para tal tarea. Me respondió que tú eras ese, tú eras aquel que propuso a Nakawé y a mí como los asistentes del occidental, para que la asamblea del Vanuatu nos eligiera como tales —Roman sonreía nervioso y resignado—. No es nada casual que hayas elegido a la progenitora de tus hijos, que sabes que aun siente mucho respeto y cariño por ti, detalle que la llevaría a ser potencialmente manipulable... y me propusiste a mí.

Eres de los pocos que conoce de mi inestabilidad. Tú has hecho desaparecer el registro del centro de salud de Zamrud que indicaba que yo había el único intento de homicidio en la historia de Blackland y se lo ocultaste a Nakawé y a Indajani —Roman seguía sonriendo, asintiendo a lo que escuchaba—. ¿Qué podría hacer yo más que responderte?; estaba atado de manos. Has manipulado la realidad de Alfonso a tu antojo. Has dirigido el Comité de Defensa como has querido. Con la paciencia que nos has exigido que tengamos; con esa misma paciencia tú has logrado que Alfonso nos revele ese gran secreto del Día R.

No puedo soportar que DIOS no nos esté cuidando. No puedo soportar haber sentido en algún momento alguna estima por ese maldito náufrago. No lo soporto. DIOS ya no está allí.

Roman seguía con la mirada fría, sabía lo que iba a acontecer, solo debía tener unos segundos más de paciencia.

Lierre apreció las pocas estrellas que aún se divisaban, apreció la Luna que, aunque débil, aun iluminaba la playa. Trasladó lentamente el filo de la hoja afilada de su cuchilla a su cuello, introdujo ese frío metal unos milímetros, degollándose, sin dejar de mirar al astro. Su cuerpo se desplomó. Roman se sentó y dirigió su mirada al mar.

* * *

—Quédate conmigo Alfonso —fueron las palabras de Nakawé.

Alfonso sentía frío y mucho sueño, se estaba desangrando.

La mujer tomó aire, y con todo su esfuerzo levantó al hombre, lo posó en sus hombros. Caminaba de manera lenta. El cuerpo casi desvanecido le resultaba muy pesado.

Llegaron hasta el vehículo que la había traído desde Citrin. Con una cinta adhesiva que llevaba en la guantera, intentó sostenerle la herida del vientre.

El automóvil estaba encendido, irían hasta el centro de salud de Turcaid.

—No te duermas. Cuéntame ¿de dónde eres? —preguntaba con la intención de mantenerlo despierto mientras conducía.

—De Sicilia.

—¿Cómo se llama tu compañera? ¿Tú esposa?

—Angélica.

—¿El nombre de tu progenie?

—Letizia.

—Ay Alfonso, Perdona. Todo salió mal —Nakawé tenía sus mejillas pecosas recubiertas con lágrimas—, fue la primera vez que contactamos con un occidental,. No supimos cómo manejarlo —él la observaba fijamente, aún estaba consciente—. Conozco a Roman, nos manipuló a todos, me dejé manipular, él quería investigarte lo más posible. Por esto yo deseaba que te marcharas cuando quisieras. Por eso te habíamos mostrado la embarcación, mucho antes de la fecha que el Comité de Defensa tenía previsto. Me puse al Comité en contra, pero, de todos modos, lo hice igual. Para que te fueras cuando quisieras, creí que te irías sin preguntarnos, tenías el derecho de hacerlo, aquí no estás apresado, por eso habían comenzado a enseñarte a navegar... Pero llegamos a esto lo siento.

El centro de salud disponía de un quirófano completamente equipado para cirugías de emergencia. Al llegar a las inmediaciones del edificio los gritos de Nakawé alertaron a los allí presentes, que actuaron de manera inmediata. Nakawé quería ayudar, pero estaba emocionalmente inestable. Por lo que los trabajadores del lugar se hicieron cargo del herido.

* * *

Nakawé, mientras esperaba el resultado de la intervención, usó un teléfono del lugar, y llamó a la sede del Consejo Regional en Citrin. Les contaría a los co-secretarios del Consejo Regional lo que había sucedido.

—Otra llamada de Turcaid —dijo el secretario que atendió el teléfono, con una voz temblorosa, se notaba algo tensa.

—¿Otra llamada?

—Si, hace unos minutos llamó Roman, me contó que Alfonso había sido asesinado por Lierre quien luego se suicidó y que Nakawé era cómplice.

Nakawé no podía creer lo que escuchaba, Lierre se suicidó, ella ¿cómplice?

—No sabía nada de la muerte de Lierre —a pesar de que priorizaban otros sentimientos, no podía dejar de consternarse al aceptar que Lierre estaba muerto—. Lo que quiero que quede registrado es lo siguiente: Roman permitió que esto sucediese, de hecho, se alejó de la escena, justo cuando más necesitaba de su ayuda para salvar a Alfonso, él lo quería muerto.

—Deseo que se salve. Ya enviaremos a médicos de otras comunidades para que cuiden de su salud.

—Muchas gracias Yavi, de todos modos, creo que no es necesario. Aquí lo importante es detener a Roman.

—Con respecto a eso... Este tema debe ser tratado en una asamblea, porque ambos tienen dos posturas distintas, es tu palabra con la de otro compañero.

—No puede ser. ¿Le creen a él? —lo confrontaba indignada.

—Le creemos a los dos, pero no hay testigos.

—Lo hay —la mirada de Nakawé ardió en la noche—. Alfonso vive.

© Marcos Enrique, (552 palabras) Créditos