Ingresando a Blackland

Fecha desconocida

Olas golpeaban el costado de la embarcación y las gotas que se rompían en el aire salpicaban las mejillas de Alfonso. Él no se preocupaba por el frescor que recibía del viento, solo se frotaba los ojos. Intentaba enfocar. Los abrió lentamente, su mirada se dirigía al cielo, un cielo azul cian donde las nubes se abrían dejando huecos irregulares. Las olas seguían golpeando, las mejillas seguían siendo bañadas. El frescor se fue expandiendo hacia su frente, hacia a su nariz, hacía a su barbilla.

Luego, nada.

Un trozo de tela.

No supo distinguir de qué material era, parecía gasa, quizá un trozo de venda.

De lo que si estaba seguro era que estaba empapado con agua, un agua que nunca antes había sentido tan dulce. Le había encontrado tantos matices atractivos, tantas texturas y sabores, eran tantos los resabios agradables que encontraba en su paladar que atentaba con su insipidez característica, y refrozaba la percepción de vitalidad que recibía el resto de su organismo al hidratarse.

El trozo de tela era llevado a su rostro, a sus labios. Una mano ajena acompañaba el trayecto y, detrás de esa mano, una silueta oscura cuya poca nitidez contrastaba con los detalles que podía distinguir en el dorso, los dedos.

Lentamente, a la velocidad que sus magulladas extremidades se lo permitían, volvió a refregarse los ojos, para luego enfocar su mirada y descubrir que la silueta comenzaba a ofrecer más detalles. Era una mujer, su cabello enrulado color zanahoria, una pequeña nariz cubierta con pecas y unos ojos verdes que buscaban el cuenco con agua para seguir empapando la tela para volver a hidratar.

— ¿Cómo te llamas? —dijo la mujer en inglés, con un tono algo fastidioso, pero no por eso menos esperanzador, quizá esta pregunta se la había realizado una infinidad de veces y aún no había encontrado respuestas—. Necesito saber ¿cómo te llamas?

Alfonso intentó sentarse, demoró unos largos segundos en realizar el primer movimiento, la mujer no dudó en ayudarlo. Ya incorporado, miró hacia su derecha y reconoció un lateral del semirrígido, luego levantó su vista y más allá del semirrígido se encontró, a escasos metros, con una embarcación mucho más grande. Al escaparme del Doce de junio, este semirrígido parecía enorme, ahora lo siento tan diminuto... pensó, recordando los últimos acontecimientos que su mente pudo registrar.

Observó a la mujer que tenía a su lado, que esperaba algún tipo de reacción verbal.

—Alfonso —solo consiguió pronunciar su nombre, una respuesta que para la mujer era suficiente por el momento.

—Recuéstate ahora, sigue descansando.

Alfonso siguió recorriendo con la vista los bordes del bote salvavidas, de derecha a izquierda, y allí lo vio. Rodrigo, el joven mecánico, yacía a sus pies, recostado, cubierto con sangre y un trozo de tela grisácea, con lamparones, de color oxido sanguinolento, tapando su rostro.

El shock destrozó su serenidad.

—No por Dios, no por Dios, has muerto. No puede ser, eras muy joven —gritos y lágrimas se apoderaron de la razón de un debilitado y destrozado Alfonso—. ¡Todos han muerto!

Ella volvió a insistir.

—Descansa.

Alfonso cerró sus ojos, su mente se envolvió en sus últimos recuerdos. El rostro de William, los tripulantes del Doce de junio, su equipo de trabajadores, sus hombres de seguridad, la prostituta, el presidente de Filipinas, la llamada de las Organización Internacional por la Paz. Solo quería llegar a Sicilia, solo pensaba llegar antes del Día R.

© Marcos Enrique, (552 palabras) Créditos