En Blackland

05 de diciembre del 2141 / 15 de Pradial del 12054

(Restan 16 días para el Día R)

Solo la primera hora de viaje transcurrió en un paisaje con predominancia de lo urbano. Lo que restaba estaría gobernado por un entorno que iba de lo rural a lo forestal. Cada tanto aparecían con lo que en años anteriores a la guerra eran pequeños pueblos, los cuales, según lo que había comentado Lierre, no volvieron a ser ocupados. Una o dos veces al año se enviaban algunas expediciones de trabajadores para mantener habitables unas pocas casas, como era de costumbre.

En Citrin iban a bajar diez personas, allí mismo subirían otras siete que se dirigían al sur. Aquellos que bajaban eran Nakawé, Lierre, dos delegados, el de la comunidad de Rav y el delegado de la comunidad más septentrional, Yakut. Ambos ya habían conocido a Alfonso desde el día e de la asamblea del barco Vanuatu. También cuatro habitantes de Citrin que habían estado en el norte, Bice, que finalmente había decidido pasar unos días en ese pueblo y, por último, Alfonso.

En la estación esperaba una comitiva de cincuenta personas, entre parientes y amigos de los otros viajeros, pero sobre todo primaba la gente que había ido a darle la bienvenida al náufrago occidental, incluidos unos miembros de la orquesta local juvenil que tocaban sus instrumentos con entusiasmo.

Alfonso bajó del tren algo sorprendido, en épocas anteriores se hubiese cohibido por semejante atención, en este momento tenía en mente cuestiones que le parecían más urgente como para darle la suficiente entidad a su incomodidad.

Recorrió con su vista el camino que había tomado Nakawé, dos niños pequeños se acercaron a ella y la abrazaron, y la llamaron con el nombre de Kawi.

—¿Kawi?

Con una sonrisa Nakawé le respondió.

—Mi progenie —agachada, abrazando a los niños ella les señaló al hombre—. Él es Alfonso, es un invitado y viene de Occidente.

Ambos niños le estrecharon las manos. Los hijos de Nakawé tenían el pelo el mismo color zanahoria que su madre, como también cientos de pecas esparcidas en sus mejillas. Alfonso les dedicó una sonrisa, no pudo evitar sentir empatía con la situación y la necesidad de volver a Sicilia a conocer a su hija.

—Son muy lindos.

Nakawé no prestó atención a ese comentario, y Alfonso continuó.

—¿Lierre tiene hijos también? es decir, ¿Progenie? —quería seguir utilizando terminología de Blackland. Progenie, un modismo cultural más de los que había aprendido. De todos modos siguen siéndome algo peculiares Pensó.

—Si, cuatro —señalaba al otro hombre que marchaba con velocidad—. Está yendo al comedor, va a llegar justo para comenzar a cocinar la cena. Allí probablemente los conocerás.

Los edificios de Citrin eran bajos, y a diferencia de Rav estos estaban intactos, la guerra no había visitado este poblado.

—Allí nosotros vamos a estudiar —unos de los hijos de Nakawé se cruzó en el camino del occidental y le señaló un edificio, era el más grande de la zona. Tenía un gran campo de deportes. Era tan grande que se perdía a la vista, sin tener en cuenta que las luces estaban apagadas y que ya estaba anocheciendo.

Todos los que bajaron del tren se dirigieron hacía el comedor. El mismo estaba ubicado en lo que a primera vista parecía haber sido una casa de grandes proporciones, cuyas paredes interiores fueron tiradas abajo, ubicando mesas en el espacio resultante. El nivel de pulcritud seguía sorprendiendo al invitado, le parecía admirable, algo que en Occidente ya se había perdido antes del comienzo de La Ultima Guerra, recordaba las fotografías de las grandes capitales del mundo que había visto en los tiempos en los que estudiaba en la escuela.

El servicio funcionaba con la modalidad de bufet, los comensales se acercaban al aparador metálico que contenía la comida en bandejas, donde eran mantenidas frías o calientes según correspondiera, junto a estas bandejas se ubicaban tres filas de platos limpios y junto a los platos se hacía presente una caja con los cubiertos previamente separados.

Aquí no usan dinero, por tanto, esto no es un restaurante Pensaba Alfonso es un comedor comunitario El bufet era variadoaunque, al parecer, toda la comida era vegetariana.

—¿Aquí en Blackland no comen carne? Desde que llegué solo comí alimentos de procedencia vegetal. Al comienzo creía que era por el cuidado de mi dieta, debido a mi estado.

Se sentaron en una mesa larga, Nakawé enfrentada a Alfonso.

—En Citrin existen cuatro comedores populares, me aventuro a decir que casi todos los pobladores comen en ellos, aunque no es obligatorio comer allí; si en la casa donde vives dispones de una cocina puedes cocinar y comer la comida que hayas preparado. No obstante, aquí, la comida es de muy buena calidad —el occidental observaba atento—. En cuanto a la dieta vegetariana, la gran mayoría de los blacklanders no come carne, o come poca. No es obligatorio ser vegetariano, es una decisión. Desde la época de la fundación el sistema se rige así, el noventa por ciento de los fundadores adultos eran vegetarianos, sin embargo, se acordó que el ser vegetariano o vegano no debería ser una obligación. Yo por mi parte soy omnívora —susurrando, le dijo—. Honestamente disfruto del sabor de la carne —continuó con una risa—. Cada tanto me como un bistec, o tomo un buen vaso de yogur. Para mí la carne no es indispensable para la vida. De todos modos, aquí existe la tolerancia, y a pesar de que susurre puedo gritar a los cuatro vientos que me gusta la carne, y nadie me lo reprobaría.

Lierre se acerca velozmente a la mesa.

—Discúlpenme, pero ya encargué una tanda de piedras de linchamiento, como primer plato.

Nakawé fingía estar asustada, luego chocó la palma de su mano con la del cocinero.

—Lierre es vegetariano, y su menú reconocido en las siete Comunidades es también vegetariano.

—Vegano —aclaró— ¿Le dijiste que aquí somos tolerantes? Exceptuando por mi compañera Indajani, que ya está próxima a venir, y que no solo odia a los carnívoros, sino que se los come —Lierre, a pesar de estar al tanto de lo que se había hablado, se hacía el desentendido. Se encontraba de muy buen humor, su tono de voz era más jovial que nunca.

—El problema, creo yo, está en el tratamiento de los productos, aquí nos diferenciamos de Occidente. Existen granjas orgánicas, y las ubres de las vacas no son tratadas como una maquina en una línea de producción; no se utilizan crianza industrial con animales encerrados en un corral y comiendo soja transgénica, los animales son de pastura. Según algunos análisis estadísticos puedo afirmar que en cuestión de unos pocos años se dejará de producir alimentos y productos de origen animal. No comería nunca nada que venga de ellos, pero en Blackland no existe tolerancia a los intolerantes. ¿No? —Lierre buscó respuestas en la atención de Bice, que se acercaba a la conversación.

Llegaron los hijos de Lierre, ellos tenían rasgos asiáticos, cabello oscuro y lacio, luego de observar a su madre, Alfonso pudo aseverar de dónde provenían esos rasgos característicos. Los niños abrazaron al cocinero.

Detrás de ellos vino otra mujer, una adulta joven de piel africana, ojos color caramelo, labios gruesos y una sonrisa amplia y blanca. Pero lo que más le llamó la atención fue su cabello, completamente rapado, nunca había visto ese estilo de corte en una mujer de Occidente, excepto cuando se rapaban luego de haber comenzado su tratamiento oncológico.

El hijo más pequeño de Nakawé fue corriendo a abrazarla, y luego la mujer se acercó a ella, la abrazó y le dio un beso en la boca.

—Hola Alfonso, bienvenido, me llamo Úrsula —dijo la aparente compañera de Nakawé.

—Bienvenido —dijo la compañera de Lierre—, me llaman Indajani. Vas a comer las croquetas de tofu más ricas que hayas probado. Solo te doy un consejo, más bien un aviso: en tu estadía en Citrin, si llego a ver qué comes la mínima porción de huevos revueltos, espero que te auto sazones porque me voy a alimentar contigo. Al parecer Lierre le ha comentado sobre su anterior chiste y la mujer continúa con el mismo Supuso Alfonso.

La pareja río, inmediatamente él la abrazó y se dirigió al invitado.

—Me acabo de enterar que Findel, nuestro compañero, se encuentra en Zamrud realizando unas labores. Es una pena, quería que lo conocieras.

Alfonso, creyó entender, aunque no con completa seguridad, que aquel hombre era otro integrante de la pareja, o familia, o como lo llamaran, y quizá hasta compartía la paternidad de uno de los niños. A pesar de sus dudas prefirió no preguntar, ya que desde la cocina avisaron que salían las primeras croquetas de Tofu, arroz yamani y limón.

Todo aquel que quería probar las croquetas ya reconocidas de Lierre se levantaba y las tomaba para su consumo, algunos ya estaban más que satisfechos con lo que habían comido, sin embargo, consideraban que aun tenían espacio en el estómago para degustar esa delicia.

Bice estaba fascinada, con eso que ella consideraba un manjar. Alfonso lo disfrutaba, no era lo mejor que había probado en su vida, pero era algo rico. Quizá luego de acostumbrarse a este tipo de comidas la disfrutaría aún más, Acostumbrarse Pensó, un concepto que para él era imposible; lo consideraba así ya que no deseaba acostumbrarse al estilo de vida del lugar y no por estar en desacuerdo, ya que cada cosa nueva que aprendía la respetaba y hasta sentía cierta admiración, sino por el hecho de que no pensaba quedarse más tiempo allí.

Estaba disfrutando de la compañía, y para su sorpresa le trajeron un vino local, un Cabernet Sauvignon. Le sorprendió, porque teniendo cuenta su estilo de vida creía que el alcohol, tanto como otras drogas, estarían vetadas de su consumo, por el hecho de que es algo que podría nublar el juicio, algo que sería considerada como un impedimento para el desarrollo de la revolución social que estaba atestiguando. Lierre le comentó que fabricaba una muy rica cerveza y había destilado brandy y whisky, el alcohol estaba absolutamente permitido, siempre y cuando, como con la carne, la cantidad fuera moderada.

—Puedes comer todo lo que quieras, hoy es un día de celebración—comentó uno de los hijos de Nakawé que observaba detenidamente su poco entusiasmo por las croquetas.

—Además el albergue está a tan solo unas cuadras de aquí —agregó Úrsula quien escuchaba lo que decía el niño.

—¿Ustedes viven en esos albergues?

A Úrsula le causó gracia esa pregunta.

—No, ¿Cómo crees? Ahora estamos viviendo en una casa.

Lierre consideró que debía darle una explicación informativa respecto a la distribución de las viviendas ya que evidentemente en Occidente se manejaban con otros códigos, algo que Úrsula no tuvo en cuenta, por lo que tomó la palabra.

—Querido ingeniero, existen los albergues con habitaciones individuales para personas que opten por vivir en soledad, ya sean aquellos que ya terminaron su educación inicial, y están en proceso de comenzar a trabajar, y no quieren vivir con los progenitores, o aquellos que recién llegaron al poblado. Luego existen albergues para niños. Estos niños que están en la mesa viven allí durante nuestros primeros meses, esos meses de trabajo social, que ya te comenté. Por último, lo que ocurre en los segundos meses, por ejemplo, en los que yo tenga que trabajar aquí como cocinero e Indajani como profesora de arte dramático y matemáticas, elegimos vivir juntos, y nuestra progenie, la mía y la suya también, a veces vienen con nosotros, y nos alojamos en las casas parentales, generalmente siempre optamos por la misma casa, si es que está disponible.

—Tienen muchas casas para elegir, por lo que vi, sobran.

—En verdad sí, hay varias casas disponibles, pero realmente todas las casas que has visto no están disponibles, ya que el Comité de Viviendas designa un número determinado de ellas.

—De todos modos, es el paraíso de las viviendas, en las grandes ciudades de Occidente, hay déficit. Por lo que se derribaron casi todas las casas de pocas plantas y se construyeron grandes torres.

—¿Edificios altos?

—Exactamente, vivo en uno de ellos, en el piso catorce.

—¿Y en los pueblos más pequeños?

—Allí no hay actividades que realizar, no hay trabajos, me moriría de hambre y de aburrimiento.

La charla prosiguió de manera relajada, el comedor es un espacio de esparcimiento y de reunión, en donde se actualizaron los temas importantes que se estuvieron manejando mientras estaban lejos de Citrin. Alfonso solo escuchaba, aun había temas fundamentalmente vinculados a las relaciones sociales, como las relaciones de amor libre, que necesitaría de algún tiempo para procesar y comprender.

Estaban comiendo fruta, y tomando té de hierbas digestivo. Uno de los niñitos que estaba con Nakawé, el que antes le había aconsejado que siguiera comiendo croquetas, se acercó nuevamente y le trajo más frutas.

—¿Tienes progenie? —le susurró.

—Si, una niñita recién nacida, que aún no conozco.

El pequeño se detuvo a analizar lo escuchado.

—¿Como la nombraron?

—Leticia.

—Que bonito nombre. Y ¿tienes compañero de vida?

Compañero, concepto neutro, se referirá a mi esposa Especuló.

—Si, se llama Angélica.

—Ese nombre creo que es femenino, ¿es mujer? —una duda que en Occidente no existiría ya que la excepción es la pareja del mismo sexo. Aun había temas, que lo descolocaban, sin embargo, el niño lo tenía sumamente naturalizado.

—Pues claro.

—Y ¿ella sola te acompaña?

—¿Preguntas si tengo otra pareja?... ¿otra compañera?

—Si.

—No, solo ella. Y tú ¿Cómo te llamas?

—Me llamo Ati. Así es como me nombró Kawi, pero me quiero llamar Ikal. Así se llamaba ella antes de decidir cambiárselo. Cuando ya elija qué nombre, me lo voy a cambiar; Ikal como mi progenitora o quizá me llame Alfonso, ese nunca lo había escuchado y me gustó mucho.

—Me gusta Ati —dijo el occidental, con ternura, al saber que al niño le gustaba su nombre.

—A mí no, y Roman, mi progenitor, me dijo que tampoco le gusta. Mañana va a venir a la Asamblea Extraordinaria a conocerte. Él va a participar como delegado. ¿Quieres más fruta?

Mañana iba a celebrarse la asamblea, una Asamblea Extraordinaria de Delegados y van a hacerse presentes delegados de cada sector de la región, y allí se aclararían muchos de los inconvenientes, Alfonso veía acercarse el final, con ansiedad y nervios.

Antes de llegar a Blackland

25 de noviembre del 2141

(Restan 26 días para el Día R)

La isla de Bougainville es una isla que se encuentra situada al este de la gran isla de Nueva Guinea. Según las cartas náuticas post Día del Arcoíris, de todo el archipiélago de las Islas Salomón, esta es la isla con menos contaminación radioactiva, menos que la devastada isla de Nueva Guinea, por lo que eligieron esta locación para establecerse y poder así reparar los motores del barco.

El mecánico principal del Doce de junio, junto a uno de los hombres del equipo de trabajo de Alfonso se quedaron reparando el motor A, el cual había perdido mucha potencia, para ello estaban utilizando como repuestos algunas piezas del motor B, para tenerlo listo lo antes posible. Por otra parte, le pidió a Alfonso que se dirigiera a la isla a buscar. Confeccionó una lista que indicaba el tipo de material que debía conseguir para intentar darle algo más de potencia.

Todas las personas que viajaban en el barco se dirigieron hacia la isla, estaban siendo trasladadas mediante un bote inflable salvavidas y un semirrígido. En el sureste, la costa estaba coronada por acantilados de treinta metros de altura, que les hacía imposible ingresar por allí, por lo que estuvieron bordeándola durante más de una hora, hasta que encontraron un pequeño muelle de hormigón. Ya eran las seis de la tarde y el sol se estaba escondiendo.

El ingreso lo hicieron por un corredor de árboles. El capitán comandaba al grupo con un contador Geiger en sus manos, un instrumento de medición de radioactividad, que indicaba los patrones humanamente soportables. Alcanzar una isla contaminada era una posibilidad presente en toda travesía a mar abierto, por lo que llevar este tipo de herramientas era indispensable.

Ingresaron a un pequeño poblado, este parecía ser un pueblo fantasma, no se registraba, siquiera, la presencia de animales, solo enredaderas y algunos árboles poco frondosos.

Los edificios estaban derruidos, los marcos de las ventanas y de las puertas oxidados, y la maleza había ganado terreno en lo que otrora fueron residencias. La mayoría de los vehículos estaban perfectamente estacionados, no había señal de caos alguno, parecía como si las personas se hubiesen esfumado de un segundo para el otro, si no fuera por el maltrato que la naturaleza dio a los inmuebles se podría pensar que el lugar había sido vaciado hacía unas horas.

William señaló un edificio que parecía haber formado parte de una escuela, consideró que allí podrían pasar la noche.

El cocinero del Doce de junio había llevado un guisado que había comenzado a cocinar en el barco. Una vez que llegaron a la escuela depositó unas leñas secas, que había recolectado en el corredor de árboles, en el suelo, encendió una fogata y comenzó a calentar la comida.

© Marcos Enrique, (552 palabras) Créditos