En Blackland
05 de diciembre del 2141 / 15 de Pradial del 12054
(Restan 16 días para el Día R)
Veinte vagones de carga destinados a transportar contenedores y dos vagones para pasajeros eran impulsados por dos locomotoras, una los motorizaba halándolos desde la primera formación y la otra impulsándolos desde atrás. Ambas eran alimentadas por Bio-Diesel. Eran maquinas algo viejas
, le había comentado Lierre. Estos ferrocarriles de mercancía habían sobrevivido a la guerra, en cambio los ferrocarriles de pasajeros son eléctricos y recorren unas vías paralelas. Los ferrocarriles de mercancía eléctricos aparecerían en algunas décadas
.
Había unos vagones destinados para los pasajeros en los cuales viajaban, en su mayoría, integrantes de la asamblea del buque Vanuatu, quienes estaban siendo trasladados a los poblados en donde vivían.
Lierre y Nakawé estaban sentados uno al lado del otro. Enfrentados a ellos iban Alfonso y aquella persona de rasgos andróginos que anteriormente se había introducido en la conversación, burlándose de Lierre y halagando la capacidad de conducir una grúa que tenía Nakawé. Se llamaba Bice. Aun no podía definir si se trataba de un hombre o una mujer. Su nombre de nacimiento había sido Aley, y cuando creció se lo había cambiado por el de Bice, un nombre que había escuchado durante su estadía en la escuela, en las clases de Religiones, durante el análisis de La Divina Comedia de Dante
.
Alfonso quería comenzar una conversación, intentando poner en práctica terminología local recién aprendida.
—Bice, ¿a qué te vas a va a dedicar durante los segundos meses?
—Desde hace cinco años, en los segundos meses me dedico a la física teórica. Estoy en medio de una larga investigación. Al mismo tiempo voy a trabajar en las escuelas como maestra.
—¿Tú también te bajas en Citrin?
—Yo estoy viviendo en el sur, en Aimitis, a unas calles de la Universidad, debería bajar en la última estación.
—¿Vives cerca de Roman? —consultó Lierre.
—A escasos cincuenta metros.
Lierre se dirigió al occidental.
—Roman es un amigo que tenemos en común, ya lo conocerás.
—¿Puedo continuar? —preguntó Bice, y prosiguió luego de percibir cierto dejo de incomodidad en el rostro de Nakawé—, aún no decidí si voy a Aimitis o bajo en Citrin, deseo probar algunos platos de Lierre. Las croquetas de Tofu con yamani y limón, dicen que son de otro planeta —Lierre escuchó su nombre y nuevamente desvió su atención hacia los asientos de enfrente, inflando el pecho explicitando aparatosamente una actuada soberbia.
Bice continuó.
—Cuando quieras, puedes venir a visitar Aimitis, te mostraré la Universidad, está quedando bellísima, será bienvenido cualquier aporte de diseño occidental.
Nakawé y Lierre habían terminado su conversación, prestaron su atención hacía el náufrago, y cuando estos habían terminado de hablar, Nakawé inquirió.
—¿Puedo hacerte una pregunta vinculada a tu naufragio?
Esta vez, la mujer se tomó la delicadeza de consultar si se le podía realizar una pregunta. Había notado que ahora él se comportaba de una manera más desenvuelta, sin embargo, no quería arriesgarse a provocar alguna incomodidad.
—Si, adelante.
—Bueno, ¿Qué es lo que hacías en el medio del Pacífico?
—Como ustedes habrán visto, en mis vestimentas llevaba el logotipo de la Organización Internacional por la Paz, esta entidad nos envió a mi compañero, el oficial William Brown, y a mí hacía el sur de Asia, a realizar la instalación de cables telefónicos, una instalación tan profunda que ninguna futura guerra sería capaz de dañarlos, como así había ocurrido durante La Última Guerra.
Esa era nuestra misión. Colocar cables que unieran a todos los países que restaban unirse a la OIP y así conectarlos nuevamente, después de cincuenta años de aislamiento.
—¿De qué material estaban compuestos los cables? —indagó Bice quien agregó—. Me interesan los detalles creo que quizá logre reconocer algunos de los elementos que menciones.
—La primera capa externa con polietileno, cinta de tereftalato de polietileno, alambres de acero trenzado, una barrera de aluminio resistente al agua, policarbonato, luego un tubo de cobre y en las capas interiores vaselina y fibras ópticas. Aunque por el momento en Occidente solo hemos podido desarrollar tecnología de baja velocidad de transmisión, se pensó este tipo de conexión para que los cables sigan teniendo funcionalidad en el futuro, cuando las tecnologías se actualicen.
—Es sorprendente —Bice detuvo, al analizar lo anteriormente dicho, luego continuó—, fueron realmente optimistas al trabajar con esos materiales. ¿Cuál es el último país al que habían visitado?
—La última instalación que realizamos fue en Filipinas, desde allí nos íbamos a marchar hacia Japón. En este último estaríamos solo de paso ya que desde allí iríamos a Rusia para luego tomarnos el tren que nos llevaría hasta Europa —Alfonso creía que aún no era conveniente dar más detalles sobre la decisión que había tomado de abandonar la misión de conectar Taiwán, estas personas se guardan el secreto de la ubicación de Blackland por algún motivo que aún no conocía, por lo que prefirió guardarse momentáneamente el secreto del Día R.
—Cuando estábamos en camino hacia Japón, fuimos atrapados por lo que en un inicio creíamos que era una tormenta, pero en verdad era la estela de un tifón, este encuentro con vientos huracanados dañó los motores de la embarcación. Por esto hicimos parada obligada en una isla cercana a Nueva Guinea. Finalmente, solo se pudo reparar uno de los dos motores, por lo que se optó por acortar el viaje y dirigirnos a una isla de Micronesia para reparar el motor faltante y así continuar nuestro viaje a Japón. Sin embargo, en altamar la tormenta nos capturó nuevamente.
—Las lecturas climatológicas ¿no pronosticaron a la tormenta y así alertarlos del peligro que conllevaba arriesgarse a salir nuevamente a mar abierto? —seguía indagando Bice.
—En Filipinas ya habíamos detectado la presencia de una tormenta fuerte. Pero todo el equipo de trabajo de la OIP quería marcharse de ese país, allí era muy peligroso. En la noche anterior a la partida, uno de los trabajadores de mi equipo había perdido la vida, había sido asesinado.
Lierre le ofreció un vaso de jugo de naranja.
—Una historia triste querido Alfonso, pero pudimos rescatarte de semejante tragedia.
—¿Pudimos? —preguntó Bice sarcásticamente—. Tú estabas durmiendo. Cuando despertaste, el náufrago ya estaba siendo tratado por Nakawé.
—¿Qué es lo que hacían ustedes en Vanuatu? —se detuvo inmediatamente al comprender que esta pregunta, quizá por el protocolo estricto que tenían para brindarle y ocultarle información, les había incomodado, por lo que agregó— ¿Tienen permitido responder a esa pregunta?
Sin embargo, para su sorpresa, y luego del silencio que provocó la pregunta, sin dejar de mirar a sus compañeros, Nakawé respondió.
—Este tipo de inquietudes sí pueden ser respondidas —la mujer percibió en Alfonso cierta mueca de goce luego de haber escuchado esas palabras y continuó—, Hace dos años habíamos ido a Vanuatu por primera vez. Fue la expedición que a más distancia de Blackland habíamos realizado en la historia. Durante esa travesía habíamos recorrido las islas y a la vez habíamos dejado emplazado, tanto en la costa como en altamar, una red de instrumentos para la recolección de datos meteorológicos y para la medición de movimientos sísmicos.
La idea era realizar una serie de lecturas, para así poder establecer varios parámetros y a partir de eso desarrollar la planificación de un viaje a mayor distancia de la que habíamos realizado.
Bice se sumó a la explicación.
—El año anterior a ese viaje, un grupo de exploradores ya había iniciado una expedición a otras islas. Estos habían ido más cerca, a Nueva Caledonia.
Alfonso inquirió.
—Por lo que observo están realizando una suerte de escalada en lo que refiere a sus viajes.
—Exactamente, nos estamos alejando cada vez más y más de Blackland — confirmó Lierre.
Bice retomó.
—En Nueva Caledonia también habían dejado una red de instrumentos para la recolección de datos.
—Como ves —retomó Nakawé—, no queríamos arriesgarnos a seguir alejándonos de la isla sin antes tomar las debidas precauciones ya que, efectivamente, el clima es muy fluctuante, y los cambios extremos tenían una difícil predicción. De hecho, de las mediciones realizadas obtuvimos datos que indicaban la presencia de vientos huracanados por esa zona.
—Están en lo cierto, el clima es muy fluctuante, sobre todo en esa zona del Océano Pacífico —expresaba esto con algo de ironía—, esa inestabiliad me trajo aquí.
Nakawé asentía con una leve sonrisa, respondiendo a la ironía del occidental.
—Volvimos a Vanuatu —continuó ella— para recolectar toda la información que esas instalaciones habían recabado durante este último periodo. Sin embargo, en ese viaje, cuando estábamos dirigiéndonos a unas boyas que habíamos dejado cerca de la costa, te encontramos. Inmediatamente se tomó la decisión de retornar a Blackland, dejando el trabajo inconcluso.
Lierre participó nuevamente.
—Probablemente en el próximo viaje nos acerquemos aún más a Occidente.
—¿Cuál sería el próximo paso de esa escalada de expediciones? —consultó Alfonso, dirigiendo su atención al hombre.
Luego de mirar a Nakawé y encontrar la aprobación reveló.
—Las Islas Salomón.
Alfonso encontró simpático lo paradójico del próximo destino, básicamente fue el último país que visito antes de despertar en Blackland. No obstante, consideró obvio que los eligieran ya que, teniendo en cuenta que después de Nueva Caledonia fueron a Vanuatu, siguiendo la lógica que estaban usando, el próximo paso debería ser las Islas Salomón.
—¿Cuánto tiempo tienen pensado tomarse para realizar este tipo de expedición?
Nakawé le concedió una respuesta, aunque Alfonso consideró que era una respuesta algo filtrada. Ella seguía con la intención de mantener fluido el intercambio de información, sin darle detalles de más, pero al mismo tiempo cediendo algo, y de esta manera no frustrar nuevamente la retroalimentación.
—Algunos hablan de un año, pero en verdad no está claro. Ahora que has llegado a nuestras vidas podemos contar con tu ayuda para saber la realidad que está viviendo Occidente; y de esa manera planearemos la nueva expedición con muchas más herramientas, herramientas principalmente vinculadas a la prevención y cautela, conociendo con qué nos vamos a encontrar.
Alfonso estaba satisfecho con este intercambio de datos.
—Lógicamente cada país atraviesa realidades distintas, sin embargo, luego del Día del Arcoíris, todos comparten una característica que puede resumir esa actualidad. Según algunos filósofos e historiadores, se están viviendo años oscuros. La actualidad de Italia, y de Occidente en general está cubierta por un nuevo oscurantismo.
—¿Una nueva edad media? —consultó Lierre.
—Básicamente sí. Un período sombrío e infecundo en el mundo de la producción de las ideas, un periodo de estanco científico y artístico. Teníamos la esperanza de que después de esta oscuridad florezca una suerte de Nuevo Renacimiento.
—¿Qué se necesita para que emerja el Nuevo Renacimiento?
—Desde la OIP considerábamos tozudamente que la conexión que estábamos ejecutando entre los países alineados a la Organización, sería una pieza fundamental para lograr ese objetivo.
—¿Pero de qué manera ayudaría? — Insistía Nakawé.
Al occidental se le cruzó por su mente aquel día en el que el representante de la OIP le confirmaba al presidente filipino, que en treinta días acontecería el Día R. Algo de lo que quería desviarse firmemente, por lo que dijo:
—Mediante la conexión vía cables interoceánicos volvería a existir una fluida comunicación entre los países, algo por lo que me esforcé en trabajar.
Lierre estaba algo ofuscado por la mentalidad del occidental, ya que no coincidía con su perspectiva en lo referido a la globalización, globalización que Alfonso deseaba. Por otra parte, todavía no lo terminaba de entender completamente por lo que indagó:
—¿Esta comunicación toma en cuenta a DIOS?
—¿A Dios? —preguntó. Él tenía el conocimiento del uso de este apelativo dado a El Ojo por parte de algunos grupos políticos y religiosos en Occidente, sin embargo, hablar del mismo quizá lo llevaría a mencionar el Día R por lo que intentó hacerse el desentendido— ¿Quién es Dios?
—DIOS —acompañó Nakawé, que luego dirigió su mirada a Alfonso—. Ustedes lo seguían llamando El Ojo, los blacklanders le decimos con otro nombre. Le decimos DIOS.
Lierre agregó.
—Por su omnipresencia, porque con sus sensores y escáneres, todo lo ve —respondió con aires de superioridad, que luego se transformó en insistencia—. En definitiva ¿ustedes tuvieron en cuenta a DIOS en su plan?
El tema volvió, Alfonso creía haber desviado la conversación lo suficiente como para no volver, pero no lo había conseguido. Quería cerrar esta problemática y no quería estresarse más, por lo que prefirió dar una respuesta, falaz aunque concreta, para así sacarse de encima la cuestión, quería lavarse las manos.
—Esa parte del plan no estaba en nuestras manos, esos cálculos fueron encargados por nuestros jefes a otros equipos, y a la vez supervisados por los funcionarios de las entidades gubernamentales. Nosotros solo realizábamos la labor técnica —pero como para satisfacer el deseo de tener una respuesta referida a si se ha tenido en cuenta a DIOS, optó por dar una opinión que rodeara el asunto—. Sin embargo, por lo que se, puedo decir que nuestro trabajo era realizar las instalaciones a una distancia que, creo, no interferiría, con la misión de DIOS. Sumado a esto —continuó con una sonrisa dedicada a Lierre, buscando algo de empatía—, él nunca nos atacó, nunca impidió que realizásemos nuestra tarea, quizá eso haya sido una buena señal. Honestamente nosotros, los ingenieros y obreros, no teníamos muy en claro la cuestión de El Ojo, de DIOS, solo conocíamos lo que nos habían contado, los demás detalles se lo dejábamos a los expertos en el tema, nunca me interesé más a fondo en conocer sus características.
Lierre, algo indignado por la ignorancia del occidental respecto a ese tema, intervino.
—Nosotros, aquí, nos hemos informado bastante en lo que respecta a DIOS, hemos leído diversas fuentes, tanto occidentales así como la bibliografía que muchos autores locales han escrito sobre él —Lierre recapituló, y aceptaba la ignorancia, perp se resignaba a aceptar su repuesta devolviéndole la sonrisa reconfortante que Alfonso necesitaba recibir. No obstante, al mismo tiempo quiso indagar más en lo relacionado a DIOS, pero ya mediante el análisis de los temas más generales—. Con todo esto que me has dicho, me ha ganado mucha curiosidad, permíteme pedirte algo. Cuéntanos, ¿Cuál es la historia, como ustedes la denominan, oficial, de Occidente que refiere al nacimiento de El Ojo, o DIOS?
Tomó otro trago de jugo de naranja, sintió alivio, notó que el clima ya no era tenso y comenzó a relatar relajadamente.
—Los libros de historia cuentan lo siguiente: La guerra estaba en su punto álgido, todas las naciones que aun existían ya habían tomado partido. Por un lado La Unión comandada por Estados Unidos y los países de la OTAN, y por el otro La Coalición comandada por China y Rusia. Tras el ataque nuclear a Australia por parte de La Coalición, la carrera nuclear fue inevitable.
Rusia no había aprobado este ataque, por lo que esta acción la llevó a cambiar de bando, lo que desembocó en el desarrollo de una nueva arma en conjunto con La Unión, el arma final, El Ojo. Compuesto por cuatro satélites, vinculados entre sí, mediante un sistema de inteligencia artificial conectado a los comandos de La Unión, que, a través de escaneos globales constantes, registraría cualquier amenaza aérea de la Coalición, ya fueran aeronaves o misiles, y actuaría neutralizando la amenaza por cualquier medio disponible,. Estos satélites fueron enviados al espacio, dos de ellos ubicados en polos del planeta y los otros dos en la línea del ecuador.
La Coalición, al enterarse de que La Unión había realizado un gran movimiento en el ajedrez de la guerra, quizá el más grande hasta entonces, reaccionó lanzando misiles nucleares a los los países enemigos, aun sin conocer la concreta función de este sistema de satélites.
La Unión, por su parte, respondió a este ataque con sus misiles nucleares dirigidos hacia los países de la Coalición. Ese acontecimiento funcionaría como la gran prueba de Fuego para el uso de este arma final, ya que impediría que los misiles de la Coalición alcanzaran sus objetivos, y al mismo tiempo daría vía libre al ataque dirigido por La Unión permitiendo que solo sus misiles llegaran a su destino.
No obstante, en el sistema de comando de La Unión, que en teoría coordinaba el disparo simultáneo de los misiles de todos los países aliados, un virus implantado por piratas informáticos infectó todos los misiles, lo que desembocó en su detonación en la atmosfera, a pocos cientos de metros de sus lanzaderas, provocando, además de la lógica destrucción un pulso electromagnético de gran intensidad que llevó a que las estructuras tecnológicas de las grandes naciones aliadas de La Unión quedaran fritas.
Por otra parte, El Ojo, había realizado su labor con éxito, destruyendo todos los misiles disparados por La Coalición, produciendo los mismos efectos en esos países.
La guerra concluyó ese día, el día del pulso electromagnético, el día de la explosión de los misiles a modo de Bomba del Arco Iris, el Día del Arcoíris.
A pesar de las monumentales pérdidas que se habían producido en los países de La Unión, estos, al tener aun, supuestamente, el mando de El Ojo, determinaron que habían ganado la Guerra.
Luego de unos días, desde el bando ganador se prepararon cientos de aeronaves, y con ellas comenzarían la invasión más grande de la historia, se ocuparían los territorios de China y de los grandes países aliados de La Coalición.
Pero no pudo ser, cuando los primeros aviones de La Unión comenzaron a levantar vuelo, El Ojo los destruyó. El ataque cibernético que había pirateado y saboteado los misiles, también había cortado los vínculos que mantenían unido El Ojo con los comandos de La Unión, por lo que ya no diferenciaba a ninguno de los dos bandos, y atacaba cualquier aeronave que surcara los aires.
De esta manera, La Unión declaró que la guerra había concluido en empate, y ambos bandos firmaron un armisticio. La investigación a escala global condujo a la detención de la organización terrorista culpable de tales daños.
En algunos periódicos se decía que, en definitiva, quien había ganado la guerra fue esta organización terrorista.
Lierre inmediatamente, casi sin permitir que Alfonso terminara de hablar, se abalanzó inquiriendo:
—¿Qué opinión tienes en lo que respecta a la manera en que se finalizó la Guerra?
Al notar algo de hostilidad en la pregunta, intentó responder de una manera que demostrara una postura más bien intermedia, para no ofender a sus asistentes, y al mismo tiempo no alejarse de su real punto de vista.
—Considero que el ataque terrorista consiguió que ambos bandos, al fin, firmaran un acuerdo de Paz. Pero al mismo tiempo mi punto de vista no deja de ser claro, debido a que, al recorrer diversos países durante mi vida, evidencié que esa Paz que se había prometido, todavía está lejos de llegar.
Paralelamente creo que El Ojo, al impedir las comunicaciones a gran escala, es, consecuentemente, el actual principal causante de los años oscuros de Occidente. En la Edad Media la Iglesia Católica era quien limitaba el acceso a la información, al conocimiento. Ahora es El Ojo.
Al escuchar esto, Lierre se sentía algo disgustado por no coincidir con la postura de su invitado, pero al mismo tiempo comprendía que el occidental tomaría partido por su tierra, por su historia y cultura.
—No comparto tu mirada, pero a la vez puedo comprender tu punto de vista occidental de la historia. Has vivido la misma desde el Otro lado —consecutivamente agregó con un tono algo que tornó irónico, pero a la vez jocoso, ansiando calmar la sensación de incomodidad que surgió al escuchar su relato—. Un pensador blacklander afirmaba que, el día que DIOS desaparezca, el Occidente terminaría de autodestruirse. DIOS es su niñera
.
—Dilo Lierre, ese pensador es Roman —agregó Nakawé algo ofuscada.
Alfonso comprendió el tono amistoso de Lierre, por lo que le retrucó con una pequeña risa algo burlona.
—Esa postura solo podría comprobarse de manera empírica. En Blackland ¿cuál es la historia oficial?
Nakawé tuvo la necesidad de comenzar con la respuesta, por lo que tomó la palabra imperativamente.
—Los libros de historia son escritos por personas, y las personas tienen posturas necesariamente subjetivas. Por esto nosotros conocemos otro punto de vista, algo distinto al tuyo —tomó las manos de Lierre—. Lierre cuenta esta historia con más entusiasmo que el mío, por lo que luego de esta introducción administrativa te cedo la palabra.
Lierre se puso de pie. Se lo notaba más calmo, y al mismo tiempo concentrado, ya que no quería dar ninguna información sobrante, solo emitiría datos precisos.
—La idea de crear Blackland devino de una Organización que se había formado antes del comienzo de la guerra, nucleándose principalmente en el territorio de lo que era el norte de Siria. Durante La Última Guerra este grupo ya había crecido en número, teniendo presencia en todas partes del mundo.
Esta organización se había dividido en dos sectores, uno se encargaría de ponerle fin a la guerra: el brazo armado, y el otro estaba encargado de encontrar algún lugar en el mundo para cuando finalizara la guerra: el brazo político, El primer grupo se infiltró en las grandes fuerzas armadas, en las divisiones de seguridad informática, de ambos bandos de la guerra. Era una agrupación de hackers que estaban trabajando en secreto, y recopilaban información oficial.
Con el tiempo se introdujeron en el comando de las fuerzas de La Unión e implantaron un virus que saldría a la luz con las bombas nucleares. El virus no se activó en La Coalición porque no hizo falta, ya que El Ojo había realizado el trabajo.
Alfonso estaba sumamente impresionado, había recibido una información reveladora, y aun no sabía si la había comprendido a la perfección, por tanto, dijo.
—¿Ustedes están vinculados con esos terroristas?
—Un poco más que vinculados a ellos. Estas personas que el Occidente denominó como terroristas, son nuestros padres.
—Si, padres y abuelos —interrumpió Bice—. A muchos de nosotros nos trajeron de niños. Mi abuelo se quedó en Alemania, garantizando la seguridad del grupo de Hacker, hasta que el virus fuera implantado. Todos ellos se quedaron, no supimos más de su paradero. Suponemos que los apresaron, o desaparecieron
.
Nakawé retomó el hilo.
—Es llamativo que sus medios oficiales dijeron que hackeamos El Ojo, implantando algún tipo de virus para que actuara, sin embargo, los hackers de la organización no implantaron nada en él, solo se cortó el nexo que lo vinculaba al comando de La Unión, solo se cortó la soga que lo ataba al mundo. Es una inteligencia artificial, que no tomó ningún partido por ninguno de los bandos, prefirió ser independiente y tomar partido por la naturaleza, para la protección del planeta.
—No voy a negar que fue impactante escuchar la historia, de la boca de una persona proveniente del otro lado. Creo ser el primer occidental en conocer esta parte de la misma —se detuvo y estrechó la mano de Nakawé—. Me voy a quedar con esta última conclusión tuya, es una conclusión muy reconfortante, bastante optimista.
El tren ya estaba llegando a Citrin, Alfonso aún debía tomarse un tiempo para digerir el hecho de que estas personas, en una remota isla, en este nuevo país, Blackland, eran los descendientes de los piratas informáticos que el mundo occidental había considerado como terroristas, eco terroristas quizá. Esta nueva información, sumada a la desconfianza que le producía el hecho de que guardaban el secreto de la ubicación de Blackland, lo reafirmó en su intención de guardarse el secreto del Día R.
ANTES DE LLEGAR A BLACKLAND
24 de noviembre del 2141
(Restan 27 días para el Día R)
En el amanecer nublado, la cubierta del barco era señalada esporádicamente por los reflejos del sol, su luz aparecía y luego volvía a irse. Las olas crecían. Cuando la nave era alcanzada por una de ellas, el sol la iluminaba por completo, cuando esta la terminaba de recorrer, la luz solar desaparecía nuevamente.
La embarcación montó otra ola aún más alta que la anterior, pero esta vez no tomó contacto con la luz solar. El cielo se cerró, comenzó a oscurecer. Pasaron los minutos y la noche los invadió, en plena mañana. El oleaje comenzó a aumentar, y la lluvia comenzó a caer. La bandera del barco flameaba con dirección sureste.
El capitán salió de su camarote y se enfiló hacia el puente.
—¡Toda la tripulación a sus puestos de emergencia! — gritó imperativamente.
Uno de los tripulantes se dirigió hacia el sector de los camarotes e ingresó a uno de ellos. William y Alfonso al igual que todos los integrantes de su equipo ya estaban despiertos, los agitados movimientos de la nave los habían despabilado.
—Por orden del capitán, todo pasajero y tripulante, que no tenga una tarea asignada debe dirigirse al comedor, esta es una situación de emergencia.
El barco se mecía con mucha fuerza, los vientos no cesaban, y el agua ya estaba ingresando por las escaleras hacía los camarotes.
El contramaestre, salió del puente de mando para cerrar todas las puertas internas y se dirigió al comedor para poner al tanto a los demás de la situación actual.
—El clima nos está castigando, la tormenta nos alcanzó, y creemos que ya no es una simple tormenta, sino que se ha convertido en un tifón.
El capitán intentaba tomar el control del timón, pero el tifón básicamente estaba encima. Toda la estructura de la nave crujía. Una explosión se escuchó proveniente de la popa. Las noticias empeoraban, uno de los motores se había incendiado. El capitán apagó el otro motor, aprovechó la llegada de una corriente que les favorecía y se dejaron llevar.
El tifón había quedado atrás, uno de los mecánicos llamó a Alfonso para que lo acompañase hacia el motor incendiado, este se abrigó con su saco y marchó.
William, por su parte, se acercó al puente de mando. El capitán estaba parado, observando, junto con al contramaestre, una de las cartas de navegación. Levantaron la mirada hacía el recién llegado.
—Esa tormenta que nos habían pronosticado en Filipinas finalmente nos alcanzó.
—El tifón — corrigió William.
El contramaestre le mostraba unos papeles, indicaban unas de lecturas que había tomado hacía instantes.
—Solo nos acarició un dedo del tifón. Según nuestras lecturas, este tifón tomó la dirección norte-sur; desde el mar de China, hacía el Mar de Filipinas. En estos momentos se debería encontrar en el centro del mar de Filipinas, y continúa creciendo.
El capitán esbozó una leve sonrisa.
—Tuvimos la suerte de haber dejado atrás este sistema tormentoso, su camino era norte-sur, nosotros estábamos lo suficientemente al sur, si hubiésemos salido por el norte de Filipinas nos habría pillado. Estamos a salvo, pero estamos perdiendo velocidad.
Alfonso ingresó al puente de mando, junto al mecánico.
—Uno de los motores se dañó, y el otro perdió mucha potencia, debemos repararlo si queremos llegar a Japón a tiempo.
—Debemos alcanzar la costa más cercana, atracar y recién allí repararlo —acotó el mecánico con un tono imperioso.
—La costa de la isla de Nueva Guinea, es la más cercana —el capitán señalaba en un mapa.
—Pero podemos dirigirnos hacia la isla grande de Micronesia, ya que queda de camino —solo pensaba en ganar tiempo aprovechando cada paso.
—No llegaremos a Micronesia con medio motor —objetó el contramaestre—, debemos repararlos.
—La isla grande de Nueva Guinea está completamente contaminada, rebosa radioactividad, no podemos dirigirnos ahí —dijo William riendo irónicamente.
El capitán cruzó su brazo por la espalda de William, acariciándolo intentando encontrar tranquilidad en él, algo que, en realidad, en estos momentos, no se podía encontrar en ningunos de los presentes.
—Los vientos huracanados se están acercando, están tomando esta dirección —dijo el capitán—. La formación de este tipo de fenómenos en mar abierto tiene difícil pronóstico; el núcleo puede alcanzarnos en cuestión de horas, no podemos arriesgarnos más. Salimos de tierra firme con el conocimiento de que no tenemos las suficientes herramientas para conocer nuestro devenir climático.
Alfonso agregó, señalando un barómetro ubicado del otro lado de una de las ventanas.
—Estos instrumentos de medición, están desactualizados, son de antes de La Última Guerra, y en estos tiempos el clima es menos previsible que en la época en que se fabricó.
—El tifón verdaderamente nos tomó de improvisto, nos envolvió, recorrió la costa de Filipinas y nos aisló —el capitán ya tenía la decisión tomada, sintetizando así lo que realmente le resultaba más pertinente, teniendo en cuenta su conocimiento y los consejos de sus dos clientes—. Debemos continuar a Japón, pero debemos entrar por el sureste. Realizaremos las reparaciones y luego seguimos nuestro camino. Tenemos las herramientas necesarias para trabajar, tenemos lectores de radiación. No nos vamos a adentrar en la isla, y además vamos a estar poco tiempo, un tiempo insuficiente para que el nivel de radioactividad nos afecte.