En Blackland

Alfonso salió de la habitación, estaba vestido con un pantalón gris oscuro, unos zapatos marrones de cuerina y una camisa azul. Tenía la impresión de que la ropa era de segunda mano, pero los zapatos estaban siendo estrenados.

Bajaron por una escalera algo oscura, salieron por un hall de entrada. Había cuatro personas sentadas en unos bancos, que miraban detenidamente a un Alfonso que ya se había percatado de la singular atención que estaba atrayendo. Probablemente las noticias de un náufrago rescatado ya se habría esparcido por la ciudad. Especuló.

Cruzaron la puerta principal, al observar el edificio en el que había estado, percibió unos indicios de que ese sector, posiblemente, había sido restaurado, otro sector adyacente al mismo edificio estaba clausurado, aunque al parecer lo estaban reparando, allí había señales de una posible intervención de albañiles.

Los tres salieron del supuesto centro de salud, Alfonso no había encontrado ningún tipo de cartelera que así lo señalice.

Caminaron unos metros hasta la playa de estacionamientos, allí se ubicaban las dos ambulancias y los cinco autos, que antes ya había divisado desde la ventana de la habitación en donde reposaba. Uno de esos autos le llamó poderosamente la atención, era un Ferrari, pero pintado con grafitis, y desde dentro salió un hombre que, de acuerdo a sus características físicas y sus vestimentas, no lo consideraría como una persona de un alto poder adquisitivoalgo sumamente descabellado. En cambio, ellos se subieron a un auto más modesto que el anterior, Nakawé en el asiento del conductor, Lierre a su lado y Alfonso en los asientos de atrás.

El náufrago se colocó el crucifijo, el otro hombre se percató de tal acción y le pregunto:

—¿Eres cristiano?

A lo que solo recibió como respuesta un leve asentimiento con la cabeza, y luego continuó preguntando.

—¿Católico Apostólico Romano?

Y como respuesta un nuevo asentimiento.

La zona arbolada que había vislumbrado desde el balcón del centro de salud volvía estar a la vista del hombre, este lugar exhibía un cartel que señalaba la presencia de un campo de golf, pero el césped, ya bastante crecido, ya no lo hacía apto para tal actividad. Dentro del campo había un gran hoyo, pero no un hoyo de golf, sino un cráter, quizá una gran explosión ocurrió allí.

* * *

La guerra había tocado cada rincón del globo, esto se evidenciaba al contemplar los edificios que se encontraban maltratados o derrumbados, sin embargo, Alfonso advertía que aquí un gran porcentaje se encontraban en buen estado, casi intactos.

—La guerra al parecer, golpeó, pero muy poco, por estos lados ¿verdad? Veo los edificios, los hogares, y admiro el empeño que las familias ponen para mantener casi intacta las fachadas de sus casas.

—En realidad estas casas están en su mayoría deshabitadas. Las habitadas están en el norte y en el sur de la ciudad —informó Nakawé, quien conducía el automóvil—. El mantenimiento de estas casas vacías es parte del trabajo que se les asigna a las personas que viven en la comunidad, ya que en el futuro seguramente serán ocupadas, y es más efectivo recuperar y mantener estos edificios que construir nuevos.

—Ahora nos dirigimos a un lugar en el que la guerra sí le ha dado un gran puñetazo —agregó Lierre.

—¿A dónde vamos?

Nakawé respondió.

—Al centro, allí estará reunida la asamblea —Nakawé consideraba que cualquier información que pueda agregar, no solo alimentaría la incertidumbre que gobernaba en Alfonso, sino que también evitaría que haga preguntas comprometedoras, y que vuelva a sentir fastidio al no recibir una respuesta concreta, por lo cual agregó, aclarando—: Esta asamblea se formó con los integrantes de la embarcación en la cual viajábamos cuando te encontramos. El Vanuatu, así se llama la embarcación, al igual que su destino.

—¿Allí también hablan en inglés?

—Si en toda la Región se habla inglés.

—Volviendo a la cuestión de ¿dónde es que la guerra golpeó más? —interrumpió Lierre— ahora que lo pienso, considero que el puerto se llevó la peor parte.

—No lo creo Lierre, la ciudad está más destrozada.

—No mujer, el puerto fue atacado por más tiempo. Busquemos las estadísticas, si gano voy a manejar yo en lo que queda del mes.

—Solo apuestan los pequeño-burgueses y los insanos —Alfonso seguía admirando los edificios, por lo que las voces le pasaban de largo, no les estaba prestando una detenida atención— sigue apostando y vas a seguir siendo, ¿cómo es que dices? Vas a seguir siendo mi Robin, mi Sancho Panza y yo tu Batman, tu Quijote, por otros tres meses.

El recorrido seguía, Alfonso buscaba con arrojo edificios gubernamentales, escuelas, comisarías y hospitales, quería encontrar allí alguna bandera y así descubrir en qué país se encontraba. No localizó ninguna.

—¿Blackland es el nombre de la ciudad o del país? —Sin dejar de ver los edificios, los detuvo.

Lierre tomó la palabra, e inhaló aire para comenzar a hablar, como en el centro de salud, junto a su bigote portaba una sonrisa que denotaba orgullo, al mismo tiempo le dirigía, al náufrago, una mirada con ojos entre cerrados, para luego continuar mirando al horizonte. Nakawé lo observaba de reojo y sonreía meneando su cabeza como negando embarazosamente la situación.

—Blackland, significa tierra negra, significa tierra fértil, una tierra que favorece la vida, la nueva vida. Tierra negra, negra y oscura, oscura y profunda, profunda y oculta, profunda en el underground, en el inframundo.

Alfonso se detuvo a observar a Lierre muy atentamente y por vez primera, desde que llegó, esbozó una sonrisa. Sonrisa que se dio un poco por el tono algo exagerado que había tomado al explicitar qué es lo que significa Blackland, y otro poco por la incomodidad que esto le provocaba a Nakawé. Esta última notó esa actitud y también sonrió.

—Así llamamos a la Región en donde estamos. Y esta Comunidad se llama Rav.

El automóvil estaba ingresando en lo que supuestamente era el centro de la Comunidad, se notaba un cambio en el entorno, ahora si algo más deteriorado. Doblaron hacia la izquierda en un camino que ya no le permitía observar el océano.

—Están a dos días de Vanuatu, quizá sea una de las Islas Marshall.

—¿Intentando descubrir las coordenadas? Relájate ya lo sabrás —apaciguó el otro hombre.

—A dos días de Vanuatu —continuó Alfonso— ¿qué hacían a esa distancia? ¿no temen a lo abrupto e inestable del clima, no temen a los piratas?

Él respondió solo sintiendo con la cabeza.

Antes de llegar a Blackland

21 de noviembre del 2141

El trayecto de vuelta, del hotel hasta el puerto fue, a primera vista, algo más rápido y quizá más tranquilo que durante la madrugada oscura. La misma camioneta, y los mismos escoltas militares los acompañaron. En el camino William le confesó que también había sido visitado por una prostituta, cuyos servicios también utilizó. A los hombres de seguridad los visitó una sola mujer, la cual compartieron entre los cuatro.

Una sutil llovizna caía en el centro de comunicaciones, Alfonso caminaba utilizando una campera impermeable para cubrir su cabello, un cabello castaño oscuro, en cuyas patillas ya se divisaba los cabellos color ceniza que florecían decorando su rostro firme, maduro.

Al ingresar a la habitación, que aún seguía con todas las luces encendidas, comenzó a colocar la clave para poder comunicarse y de esta manera, cuando llegase el presidente ya esté disponible para su uso.

William se acercó, era la primera vez que lo veía desde hacía una hora. Su rostro, blanco y pecoso que desde su estadía por esos países con climas cálidos había ganado un bronceado intenso, ahora estaba sumamente pálido. Alfonso dejó de lado el teléfono, con algo de preocupación, ya que notaba el semblante de pánico de su compañero. Su cabello rubio claro parecía más oscuro de lo que en verdad era, y no era por la opacidad que le otorgaba la humedad recibida por la ahora incesante llovizna, era por la palidez de su piel producto del pavor.

—¿Qué te ha sucedido Will?

—A mí no me ha sucedido nada. Pero uno de los trabajadores de nuestro equipo anoche falleció. Recién vengo de reunirme con ellos.

—No lo puedo creer —Hizo una pausa para recobrar el aliento. Con su mano izquierda tomó el crucifijo que llevaba colgado en una cadena en el cuello, la besó y se realizó la señal de la cruz—. ¿Sabes cómo fue?

—En el viaje hacía el hotel, cuando escuchamos una explosión y gritos, se trataba de la explosión de la camioneta que trasladaba a los trabajadores. Hubo un ataque de milicianos, los soldados que cubrían esa camioneta respondieron. Los trabajadores se escondieron en un edificio cerca y un mortero alcanzó el vehículo, adentro había quedado un rezagado que no salió a tiempo.

Alfonso con algo culpa ya era el quinto trabajador que perdieron en todo el viaje.

—... y nosotros con esas prostitutas...

—Todo el equipo me exigió que nos vayamos ahora de la isla —lo interrumpió intentando no escuchar aquellas palabras que aumenten su culpa.

—Comprendo la urgencia, pero debemos terminar el trabajo.

—Si eso mismo les dije, solo son unas horas más. Ya todos conocemos el riesgo de trabajar en lugares como este, y la paga es cuantiosa.

—Entonces ¿cuándo nos marchamos?

—Ya he hecho mis averiguaciones. El barco que nos ofrece el gobierno filipino no sale si no hasta dentro de dos días. No obstante, exigí, a modo de favor al menos, por la muerte de uno de nuestros trabajadores, que lo adelanten, pero no quieren aceptar argumentando que se aproxima una tormenta y así no quieren zarpar.

Había movimiento en todo el recinto, seguramente se está acercando el presidente. Alfonso tomó nuevamente el teléfono y retomó sus actividades.

—Will yo me quedo aquí, por favor consigue un barco que nos lleve a Taiwán, aún nos queda conectar ese último país.

—Pero me debo quedar. Debo estar para tomar contacto con la OIP, es mi responsabilidad, soy el oficial.

—Ahora tu principal responsabilidad es otra, debes conseguir nuestro transporte, solo tú lo puedes hacer. En cambio, el contacto con la OIP, lo puedo realizar yo sin ningún inconveniente, en algún momento debías delegar esta tarea. Ahora vete.

—Insisto —dijo con una preocupación, reflejada en su rostro, algo más exacerbada.

William sabía que debía conseguir esa embarcación lo antes posible, él es el encargado y único capaz de acelerar el trámite de marcharse del país, sin embargo, al mismo tiempo, deseaba estar cumpliendo su rol, acompañando al presidente filipino, en su comunicación con la OIP. La mirada imperiosa de Alfonso, y la situación caldeada que tenía con el equipo de los trabajadores lo empujaron a buscar el medio de transporte.

William se subió a la camioneta que los acompañó en el trayecto del hotel al puerto con la intensión de encontrar alguna solución. Llevándose consigo a dos de los hombres de seguridad, los otros dos se quedaron en el lugar.

Una caravana de camiones con soldados hacía ingresó a los territorios administrados por la secretaría de comunicaciones en el puerto. El presidente ya estaba cerca y los funcionarios estaban algo inquietos.

El coronel John Acosta y el Secretario Benigno acompañaban al presidente y a toda la comitiva hasta el centro de comunicaciones. Luego de pronunciar unas palabras en el idioma local se dirigió a Alfonso.

—Señor presidente, él es el ingeniero Alfonso Mancini, enviado de la Organización Internacional por la Paz, para conectarnos, instalando el servicio telefónico —El coronel John Acosta lo presentaba a Alfonso y éste, en acto reflejo le estrechó la mano—. El Oficial enviado de Organización Internacional por la Paz, William Brown se encuentra indispuesto, por lo que no puede acompañarnos.

—Le agradezco mucho señor Mancini, ha brindado una gran ayuda a nuestro país. —el presidente con una mano le devolvía el saludo y con la otra mano palmeaba la espalda—. Ahora sí, cuando lo desee otórgueme la contraseña y comuníqueme con la OIP.

—Inmediatamente señor.

—Luego de ser realizada la conexión puede retirarse —sugirió el coronel John Acosta.

Pero el presidente lo interrumpió.

—Lo necesitamos aquí, es una comunicación sumamente importante y es el único capacitado para mantenernos en línea.

—El Secretario Benigno puede realizar la misma tarea señor presidente —retrucó John Acosta.

—Sin embargo, requiero de la presencia de un representante de la OIP, y al no estar el Oficial a cargo, su ingeniero debe cumplir esa función —concluyó.

—Como usted ordene señor.

Mientras debatían sobre la presencia de Alfonso, él ya se había conectado con la OIP, solo restaba que el presidente se ponga tras el teléfono y comience a hablar.

—Aquí habla Manny Puente, presidente de Filipinas, estoy receptivo a escuchar sus órdenes —dijo colocándose el micrófono cerca de su boca.

El presidente apenas comenzó a escuchar, detuvo la conversación y posó su mirada en Alfonso.

—Ingeniero, ¿sería tan amable de poner el altavoz?

Asintió con la cabeza y actuó de manera inmediata explicando el procedimiento.

—Puede hacerlo usted mismo a voluntad. Pulse este botón cada vez que quiera activarlo o desactivarlo.

Ya con el altavoz activado todos los presentes en la habitación escuchaban lo que decían el representante de OIP que estaba del otro lado de la línea de comunicación.

—... necesitamos que su país se alinee lo antes posible con nosotros y pongan sus servicios a nuestra disposición.

—Como representante de los ciudadanos de nuestro país confirmo, ahora mismo, nuestra adhesión al Día R. —el presidente se sentaba en la silla más cercana al teléfono, estirando las piernas y regocijándose con pertenecer a aquel momento histórico de su país—. Ponemos nuestros servicios a su disposición, para que de esta manera después de ese día el futuro nos encuentre del lado correcto.

Así es Presidente, agradecemos su cooperación., Como aliado de la OIP queremos confirmarle la fecha del Día R sigue siendo la misma. ¿Usted podría confirmarnos con total realismo en qué fase para la alineación de sus dispositivos se encuentran?.

Alfonso sin mirar a ningún habitante del recinto estaba registrando mentalmente cada dicho que salía de ese teléfono, su espalda comenzaba a transpirar un sudor helado, aun intentaba digerirlo.

—Tenemos nuestros dispositivos ochenta por ciento alineados.

¿Usted nos asegura que va a llegar?.

— El veintiuno de diciembre, exactamente en treinta días ya podrán disponer de nuestros servicios, de todas maneras, le confirmo que solo necesitamos diez de esos días para completar nuestra tarea.

Perfecto, queda registrado. Esperamos con ansias ese día. Conversación concluida.

El presidente, junto a los otros funcionarios firmó unos documentos oficiales que registraban el contacto que habían tenido. Mientras tanto Alfonso, tenía la mirada perdida, seguía intentando comprender lo que había sucedido, la mención del Día R le había quedado resonando en su mente Por esto será que William no quería delegar esta tarea, no quería que me enterase de esto Pensaba mientras dejaba la habitación en orden, solo restaba concederle la clave de acceso al presidente. Este último se acercó.

—Le quiero acercar nuestro agradecimiento, a usted y a sus asistentes por el esfuerzo que realizaron a pesar de tener el tiempo en contra, para que nuestro país hoy celebre un día histórico.

—Es un honor formar parte de la historia de su país —respondió, con una intensión positiva en su voz, aunque sus pensamientos eran dispares. Aún estaba digiriendo todo lo que había escuchado minutos antes. Solo quería esperar a William y hablarle.

La comitiva del presidente se retiró. Sólo quedó el secretario Benigno y sus asistentes. Alfonso se quedó descansando en una silla mirando intercalando su mirada entre el secretario Benigno y la puerta de salida, esperando a su compañero.

William retornó con un semblante más positivo del que tenía cuando había partido hacía unas horas.

—Tengo buenas noticias. He conseguido un barco con una tripulación óptima para que nos lleve a Taiwán esta noche...

Pero Alfonso no le dio tiempo a completar la frase, lo tomó de su chaqueta violentamente y lo llevó hacia afuera del edificio, lejos de la mirada de los funcionarios filipinos.

—Comprendí a la perfección el porqué de tu negativa sobre mi presencia en las conversaciones con la OIP. Hoy el coronel Acosta tampoco quería que esté al lado del teléfono; ¿tú le has pedido?

William resignado solo asentía, ni siquiera se dio la posibilidad de hacerse el desentendido, ya que le parecía demasiado obvio lo que iba a venir. Alfonso prosiguió:

—El Día R —vociferó Alfonso entre dientes.

—Ya sabias de su existencia, ¿de qué te sorprendes?

—Lo escuché. Filipinas está adherida, y no solo eso, también escuché cuándo va a ser... — Alfonso detuvo su dicción para reparar en el gesto de William — El veintiuno de diciembre, en tan solo un mes. Conozco bien lo que es el Día R, conozco bien que, a partir de ese día, mejoraría la situación mundial, pero a la vez estoy seguro que va a resultar en un cambio sumamente violento.

—Pero realmente no sabemos cómo va a reaccionar hasta que suceda.

—William, es un proceso revolucionario y como tal, después de ese día, convertiría al mundo en un lugar violento. Creía que el Día R era solo una idea, un proyecto a largo plazo. La OIP, tú... me mintieron, me aseguraron que nuestra función era únicamente conectar a estos pueblos perdidos, y al final, lo que estábamos haciendo era completar las instalaciones para coordinar este plan global —su voz estaba algo quebrada por la impotencia.

—Pero... solo seguía órdenes —William quería tranquilizarlo, había adquirido cierto afecto por su compañero, compartieron mucho tiempo juntos durante estos últimos años—. Es información clasificada, y yo como miembro burocrático y facilitador de la Organización Internacional por la Paz debía mantener la boca cerrada, no estabas destinado a enterarte de manera directa, pero sin embargo, al no estar presente en esta última conversación di por hecho de que ibas a recibir la información, ya lo sabía, faltaba poco para terminar nuestro objetivo, y era tiempo de que lo sepas, permití que lo sepas.

—¿Tengo que agradecerte? —la preocupación, en Alfonso, se transformaba en algo más cercano a la desesperación—. Incertidumbre, eso es lo que me provoca la llegada de ese día. Solo queda un mes. Eso es lo que tardaríamos en llegar a Rusia si seguimos con nuestro trabajo. Deseo recibir al veintiuno de diciembre acompañando a mi familia, no quiero estar en otro lado, no sé lo que va a pasar después.

—Pero debemos concluir con nuestra tarea.

—No, para nada, Comprendía que debíamos terminar el trabajo, y Taiwán era nuestro destino obligado, pero en verdad necesitamos ir a Japón y dejar de lado esto lo antes posible.

—Debemos ir a Taiwán. Solo nos queda ese país.

—Los demás miembros del equipo de trabajo no opinarán lo mismo cuando se enteren de esto.

—Creía que podía confiar en ti.

—Después de esto, después de trabajar tantos años sin tener esta información ¿te parece justo hablar de confianza?

—Creía que compartíamos el ideal de iluminar al mundo sobre todas las cosas.

Al escuchar esto su nivel de temperatura de irascibilidad había amainado, recordó las largas horas de debate, comenzaban discutiendo por un tema en específico y al final terminaban concluyendo que ambos compartían la misma perspectiva.

—Pero eso lo compartimos, no solo iluminamos al mundo, también lo globalizamos. Pero mi trabajo termina aquí.

—Este bien Alfonso, ya hemos dejado una gran huella a este mundo, es suficiente, has realizado un buen trabajo. Solo te ruego que no lo comentes a nadie.

—Si marchamos hacia Japón, mi boca permanecerá sellada. Aun comparto nuestro ideal, y no voy a atentar con el mismo.

—Es suficiente para todos nosotros, ya hemos hecho nuestro trabajo. Solamente voy a enviar a un equipo nuevo para que realice el trabajo en Taiwán, ahora debemos dirigirnos a Japón y de allí podemos cruzar lo antes posible a Rusia para tomar el Ferrocarril Transiberiano, llegaremos antes del mes a Europa.

—Si, te agradezco mucho William, por escucharme. Es una situación delicada.

—La OIP, nunca nos reconocerían por los esfuerzos que hemos realizado durante estos años. Pero yo lo viví a tu lado, si alguien debe retribuirte, ese soy yo, y considero que es justo que de una vez por todas conozcas a tu hija.

Ambos se dirigieron a la camioneta que anteriormente los había acompañado, irían nuevamente hasta el hotel, recoger sus pertenencias, encontrarse con los trabajadores y marcharse al barco.

En el vehículo William observaba con la mirada perdida en su agenda, ya estaba comenzado a esbozar el itinerario de viajes desde Filipinas hasta Europa, en donde se separarán para así encontrarse con sus respectivas familias.

Llegaron a hotel, las encargadas del hotel se habían tomado el atrevimiento de limpiar las vestimentas que llevaban puestas antes de dormir. Prosiguieron dándose una limpieza en el cuerpo para cambiarse de ropa. Posteriormente se alimentaron en el restaurante del hospedaje y luego si fueron en busca de su equipo.

En esta ocasión ya no vino la camioneta que los estaba escoltando desde que llegaron al país, ahora vino un camión más grande.

—Estas personas que nos trasladan hacía el puerto no son del ejército regular. ¿Quiénes son? —Alfonso estaba preocupado por sus acompañantes, pero a la vez sabía que William, en casos en los que se requiere una salida rápida, elige el camino más corto.

—En mis averiguaciones confirmé que el barco que había puesto el gobierno para trasladarnos hasta Taiwán estaba estrechamente vinculado con los grupos controlados por el cacique que a su vez administra el territorio del hotel en donde nos alojamos. Lo que me permitió elegir así el camino más corto —Alfonso esgrimía una imperceptible sonrisa— tenían que alistarse en el día. Fue algo caro, pero vale la pena porque en unas horas ya nos marchamos.

El ingeniero introdujo la mano en su saco para sacar un bolígrafo, el cual aún estaba allí, las mujeres del hotel lo habían retirado para lavar la prenda y luego devuelto. Junto al bolígrafo habían depositado el pequeño calendario con el nombre del hotel. Este calendario media diez centímetros de largo por siete de ancho, entraba perfectamente en su bolsillo, allí tildó el día de la fecha, veintidós de noviembre, Restan 30 días para el Día R pensó y luego circuló el Día R.

Veintiuno de diciembre del año dos mil ciento cuarenta y uno. Esa será la fecha del Día R Alfonso miraba a su compañero, deseaba que le quede grabado en su mente.

—¿Cómo has solucionado la cuestión de la tormenta?

—Estas personas realizan su trabajo constantemente con tormentas, ahora ni siquiera van a realizar la actividad que los tiene acostumbrados, no van a trabajar, no van a pescar, solo van a hacer un traslado.

© Marcos Enrique, (3.751 palabras) Créditos