En Blackland

—¡Alfonso, Alfonso! —se escuchaba la voz suave de un hombre—. Ya despertó.

El paciente comenzó a abrir los ojos, y se encontró con un hombre adulto joven, calvo, con una gran sonrisa adornada con un bigote, y a su lado, a unos escasos centímetros había una mujer, pelirroja, pecosa y con ojos verdes, que le resultaba muy familiar. Él estaba acostado en una cama grande, en una habitación rodeada de otras camas, de igual tamaño y pulcritud, pero vacías. Ya no estaba ataviado con el traje con el escudo de la OIP.

Intentó levantarse, sus acompañantes trataron de ayudarlo. La luz de un gran ventanal que desembocaba en un balcón le llamó la atención, por lo que una vez que consiguió mantener estabilidad al ponerse de pie, enfiló hacia ese lugar. Con su mirada dirigida hacia el exterior del edificio, percibió que estaba en el segundo piso, debajo se encontraba una playa de estacionamientos con dos ambulancias y cinco automóviles, y en frente, una pequeña arboleda que se extendía a unos metros de distancia. Cruzando los árboles podía observar un grupo de edificios derrumbados. Esa imagen, la imagen completa de su entorno, fue acompañada con el sonido de unas personas hablando, y a lo lejos se escuchaba música. Hace varias semanas que no escuchaba música.

—¿Dónde estoy?

—Estas en un centro de salud —le respondía ella mientras comenzaba a quitarle la vía intravenosa—. Te estuvimos suministrando vitaminas. Te encontramos muy deshidratado y en estado de inanición ¿Recuerdas qué es lo que te sucedió?

El hombre que acompañaba a la mujer la detiene levantando la mano y subiendo el tono de voz.

—Déjalo que tome todo esto con calma, no lo atosigues.

El hombre se dirigió a Alfonso y con una sonrisa se presentó:

—Hola Alfonso, así me dijo Nakawé que te llamas, yo soy Lierre...

Lierre se llama este hombre, y Nakawé al parecer, era el nombre de la mujer que me ha ayudado —pensaba el náufrago mientras seguía escuchando.

—...Discúlpala, es muy ansiosa y aún le falta conseguir algo de sensibilidad, siéntate un rato más, ¿quieres comer algo? —su tono de voz mostraba mucha más serenidad y paciencia que su par femenina.

Alfonso dirigió su mirada hacia delante de la cama donde había reposado, allí se encontró con una bolsa, en el interior estaba su antigua vestimenta, lo advirtió por la presencia del logo de la OIP que figuraba en su chaqueta y coronaba la pila acumulada, mientras miraba el logo balbuceó:

—Solo queríamos conectar al mundo, queríamos que la oscuridad desaparezca.

Nakawé registró lo dicho en una planilla, agregándole un asterisco el paciente registra cierto divague, probable síntoma de stress postraumático. mientras intentaba obtener algún diagnóstico.

—Deseo tomar algo caliente, un té o algo por el estilo. No tengo hambre —antes de que haya terminado de pronunciar la palabra hambre Lierre ya se había levantado, como impulsado, y se retiró, en busca de ese té.

—¿A dónde me encontraron? — prosiguió.

Nakawé posaba un tensiómetro en el brazo.

—Te encontramos boyando en un bote semirrígido, un bote que estaba bastante maltratado. Estabas a poca distancia de la costa de Vanuatu. Te subimos al buque en el que viajábamos e inmediatamente te intervenimos. Honestamente no estoy segura cuanto tiempo estuviste a la deriva —dejó de usar el tensiómetro y le tomó la temperatura—. Estuvimos casi tres días viajando hasta aquí y luego en esta cama dormiste otros dos días más.

Lierre había retornado, traía consigo el té, y unas galletas dulces. Alfonso aún tenía la mirada algo perdida, estaba inerte.

—Estuve en un barco, el Barco Doce de junio. Salimos desde una isla cercana a Nueva Guinea y nos dirigíamos hacía una isla de Micronesia. En el viaje fuimos interceptados por una tormenta que presagiaba la llegada de un tifón, y destrozó la embarcación —bajó su mirada, recordó ese nefasto día, y luego al joven adolescente muerto a sus pies en el semirrígido, recordó al Viejo que disfrutaba el contar historias, recordó a Wilmer y a su hijo, recordó al capitán, recordó a William, su compañero. Levantó la mirada acercándose a Nakawé, intentando recibir algún tipo de noticia, no le importaba ya si era buena o mala, él quería obtener algún tipo de noticia—. ¿Encontraron a alguien más?

Lierre se encargó de responderle.

—Mira querido Alfonso, te paso a contar —tomó la mano del aún desconcertado e impotente naufrago—. Recorrimos unos cuantos kilómetros a la redonda para ver si podíamos encontrar a más personas, estuvimos así varias horas. Pero lamentablemente no hemos encontrado a nadie más.

Alfonso, no expresaba llanto alguno, las lágrimas solo caían incontenibles. La sonrisa de William, cual fotografía, se cruzaba en su imaginación Oh, William, no lo puedo creer Pensaba.

—¿Su embarcación era la única o venían más con ustedes? ¿Qué cantidad de personas venían en la embarcación? —pregunto Nakawé, mientras registraba la información médica recibida a partir de las observaciones realizadas con sus implementos, y a su vez este registro se extendía a todo comentario que su paciente le otorgaba.

Lierre le volvió a dirigir una mirada acusadora, ya que, a su parecer, volvía a ser insistente.

—Solo la nuestra, viajábamos veintiún personas, entre tripulantes y pasajeros. Yo soy ingeniero —se detuvo, dando un rotundo giro en sus recuerdos y los encaminó hacia su familia—... debo volver a mi país.

—¿De dónde eres? —Lierre se atrevió a preguntar, con el objetivo principal de volver a obtener su atención, y de esa manera alejarlo de cualquier pensamiento estresante.

—Soy de Sicilia, Italia —Inspiró un poco de aire, tomó asiento en la cama, y se dirigió a los otros, volviendo a dar un rotundo giro en sus pensamientos—. Me han respondido que estamos en un centro de Salud, sin embargo, mi pregunta ¿Dónde estoy? era referida a ¿qué lugar del planeta estoy parado? ¿Qué isla es? ¿Islas Salomón, islas Marshall, Islas Marianas?

Ambos interlocutores locales se quedaron un instante en silencio. Lierre tomó la iniciativa, se sentó a su lado y le respondió:

—Estas en Blackland.

Instantáneamente al escuchar ese nombre, procuró apelar a su memoria, se esforzó por recordar los atlas mundiales que había leído durante toda su vida, quería encontrar alguna referencia que le permita encontrar este nombre, Blackland, en algún rincón de su cerebro, pero no encontró nada similar, nunca lo había escuchado. Quizá alguna isla perdida dentro algún archipiélago en el Pacífico, pero esa información detallada sobrepasaba a su capacidad.

Lierre tomó aire y continuó.

—Estamos en Blackland... ¿Pero qué país es? Te preguntarás... ¿Qué ubicación? Seguirás preguntando. Esa información aun no te la podemos dar. Solo exigimos un poco de paciencia, por favor.

—Le están poniendo demasiado misterio —el fastidio en su voz se hacía muy evidente.

—Te comunico, querido Alfonso, que el día de mañana, si te sientes mejor, te vamos a pedir que nos acompañes a una asamblea en la cual decidiremos los pasos a seguir.

—¿Los pasos a seguir?

Nakawé se interpuso.

—Vamos a decidir temas tales como el lugar en donde te alojarás, y también qué tipo de información te podremos proporcionar, y cosas por el estilo.

—No sé cuándo me sentiré mejor, no sé si alguna vez me sentiré mejor, yo quiero irme a mi país, así que puedo afirmar que ya me siento capacitado a presenciar esa asamblea —se refirió a la asamblea con algo de sarcasmo, el cual fue percibido por sus interlocutores que prefirieron mostrarse como si no lo hubiesen notado—. Quiero que se aceleren todo tipo de trámites.

Nakawé consideraba que debería quedarse descansando al menos una noche más, sin embargo, Lierre algo excitado gritó.

—¡Perfecto! Marcharé a buscar algo de vestimenta —nuevamente se puso de pie impulsado por la emoción y se retiró.

A Nakawé le quedaba claro que su paciente aún estaba inestable tanto emocional como físicamente, sin embargo, tuvo en cuenta que si la asamblea ocurre lo antes posible aceleraría todo tipo de procesos, y ya se alejaría de su responsabilidad. Responsabilidad que ahora que el paciente estaba lucido ya le resultaba algo tediosa, la consideraba una carga bastante pesada.

Lierre retornó y dispuso, en la cama, algunos atuendos.

—Las medidas de las prendas las he tomado de la ropa que traías puesta, las mismas fueron dejadas en la bolsa, en la cómoda que está detrás de ti, por si quieres tomar alguna de esas dañadas prendas. Ahora vístete, nosotros te esperamos.

Alfonso comenzó a desnudarse, e inmediatamente detuvo su accionar al notar que los otros dos aún estaban en la habitación. Nakawé notó su incomodidad y tomó a Lierre del brazo para salir. Este último, antes de marcharse, señaló una puerta.

—Esa puerta que tienes a tu espalda te lleva a un baño, si deseas usarlo puedes hacerlo con toda confianza.

Alfonso abrió la bolsa que contenía su antigua vestimenta, la misma, lógicamente, estaba seca ya, pero algo maltratada. Arriba de todo estaba la cadena con el crucifijo, inmediatamente recordó que guardaba un pequeño calendario. Abrió su saco y se percató que aún estaba allí, aunque ahora completamente descolorido y adjunto estaba su bolígrafo. En el calendario se divisaba la sombra de lo que había sido el dibujo de un círculo.

Antes de llegar a Blackland

20 de noviembre del 2141

Olas golpeaban el costado de la embarcación y las últimas gotas que se rompían en el aire salpicaban las mejillas de Alfonso. Él no se preocupaba por el frescor que recibía del viento, solo se frotaba los ojos. Intentaba enfocar a la distancia, primero se cubría el ojo derecho y luego intercalaba la acción con su otro ojo. Quería estar seguro de estar viendo, realmente, las luces de la noche de Manila. No podía confirmar lo que veía con nadie que esté cerca, por lo que tuvo que entrar al puente de comando del barco.

—¿Sigues temeroso? Otro puerto que vas a bautizar y sigues temblando como en Suez. —William seguía hablando mientras el otro hombre recordaba los disparos que habían escuchado a un kilómetro de la costa egipcia—. Manila es una ciudad fortificada, no vamos a tener inconveniente alguno, su presidente nos apoya un cien por ciento...

—...y va a poner toda la seguridad y herramientas a nuestra disposición —lo interrumpió Alfonso con un tono socarrón—. Confío en ti Will, es lo suficiente para mí —no obstante, al terminar de hablar se hizo la señal de la cruz a la vista de un William que sonreía mordiéndose el labio inferior, no logrando comprender las incertidumbres qua su compañero aun poseía.

El barco atracó en un muelle en el puerto. Otra embarcación que había llegado un día anterior, se encontraba en un muelle contiguo, en él habían viajado los trabajadores que el ingeniero había seleccionado.

Bajó William, luego Alfonso y luego los cuatro hombres encargados de su seguridad, los seis portaban en sus vestimentas el logo de la OIP, la Organización Internacional por la Paz, organización que había reemplazado a la ONU en sus funciones. Los visitantes eran recibidos por una comitiva de unos veinte soldados que teóricamente eran fieles al gobierno. Sin embargo, a él lo inquietaba el hecho de que no luciesen vestimentas militares de algún ejército regular, más bien parecían milicias, vestidos de civil con algún implemento militar. Algunos tenían borceguíes, otros solo la chaqueta camuflada, y otros, boinas de color verde oliva con un escudo de armas. Los fusiles automáticos antiguos, era un rasgo particular que compartían los veinte hombres armados.

Los recién llegados caminaron por el muelle. Los veinte hombres locales se abrieron en dos hileras, abriendo camino hasta la puerta de un edificio fortificado, que, cual castillo medieval, ostentaba unas almenas, con vigías armados que acompañaban con su mirada todo el trayecto que los extranjeros realizasen.

Uno de los hombres de seguridad abrió la puerta, que los dirigía a un pasillo, y desembocaba en una habitación fuertemente iluminada. Reflexionó A la vez, esto también es llamativo por el hecho de que en los países de esta parte del mundo hay una restricción exacerbada sobre el uso y derroche de la energía eléctrica.

William y Alfonso fueron los únicos que ingresaron a la habitación, los otros cuatro hombres de seguridad quedaron fuera. Dentro había dos personas, una de ellas con uniforme militar, y la otra con traje, estaban paradas detrás de una mesa de madera, recubierta con papeles enrollados, que a primera vista supuso que eran planos, y herramientas varias.

—Buenas noches —se adelantó el hombre uniformado con una sonrisa amplia y una muestra introductora de su inglés bien marcado—. Nuestra nación los recibe con los brazos abiertos. Ustedes, al fin, nos van a conectar con el resto del mundo, van a anular nuestro aislamiento.

William se acercó a darle un saludo estrechándole la mano, su par lo siguió saludando al hombre de traje que aún no emitió ninguna palabra.

—Estimado. Estimados —cuando dijo la segunda palabra que estaba en plural dirigió la mirada al hombre de traje—, no sé si ambos entienden el idioma.

El hombre de traje asintió con su cabeza.

—Estimados, estamos ansiosos por querer lograr nuestro cometido, realizando humildemente nuestro trabajo. Sin más paso a presentarnos —posó su brazo en el hombro derecho de su compañero—. Él es Alfonso Mancini, es el verdadero conector de mundos, él es el ingeniero que va a realizar el trabajo duro, yo soy William Brown, y usted debe ser el coronel John Acosta. ¿Con usted fue con quien me comunique mediante cartas verdad?

El uniformado asintió.

—Así es William, y mi compatriota que aquí aguarda ser presentado es el secretario de comunicaciones, el Doctor Benigno —señalaba al hombre de traje que inclinaba la cabeza en señal de respeto—. Usted es el emisario de la OIP que capitanea la labor de unir los países de este sector olvidado con el resto del mundo.

William negaba con la cabeza.

—Estos países ya no están olvidados, así como tampoco existe el Occidente como tal, somos todos países hermanados por el anhelo de que lleguen tiempos de progreso, estamos para servirlos —el coronel le vuelve a estrechar la su mano, señalando estar completamente de acuerdo William mientras este proseguía—. Tenemos la necesidad de acercarnos a nuestro hospedaje para dejar nuestras pertenencias y descansar, ya que mañana será un largo día de trabajo.

El coronel y el doctor borraron su sonrisa de la cara.

—Me temo que eso ha de esperar. Advierto que ya sean casi las doce de la noche, pero las urgencias están a la orden del día. Nuestro presidente vendrá a este recinto mañana al medio día y ya tendríamos que tener las vías telefónicas marchando.

Alfonso ahora comprendía el porqué de las luces tan altas a esa hora. Ya era momento de ponerse a trabajar. Su cansancio y su fastidio consecuente era evidente, fueron largas las horas de viaje sin dormir desde Vietnam, solo deseaba una cama en donde desplomarse y unas sabanas limpias.

—Sus servicios serán bien recompensados con un buen descanso en el mejor hospedaje de la ciudad, espero que comprendan las obligaciones de carácter oficial que apremian en estas horas. el coronel intentaba reconfortar a los recién llegados.

—A pesar de que efectivamente nuestro cansancio se evidencia en nuestros rostros —se adelantó William— somos profesionales y entendemos con total acuerdo, de que las exigencias gubernamentales nos empujan a realizar nuestro cometido. Así que nos vamos a poner manos a la obra.

El secretario de comunicaciones tomó la palabra.

—Los planos del edificio están en la mesa. Desde el momento de su llegada el cable conector ya está siendo enlazado con el cable principal submarino, así que ya debe estar terminándose de conectar. Tenemos mano de obra excelentemente calificada para esta labor.

—Trate de alejar a sus hombres del canal —Alfonso se interpuso algo encolerizado— y llame a los míos.

Él había capacitado durante meses a sus hombres para que realizaran ese trabajo respondiendo a las exigencias que eran requeridas, y no aceptaba bajo ningún punto de vista que gente que señalaba como incapacitada, se asomara a la obra que estaba realizando desde hace tres años. Ese término se le cruzaba constantemente, incapacitado, gente incapacitada calificativamente.

William se acercó al Secretario intentado calmar un poco la tensión que había acaecido en ese momento sin dejar de mostrar una sonrisa.

—Lo que el ingeniero intenta explicar es que nuestros hombres se van a encargar del trabajo; que para eso nos pagan, y queremos cumplir con toda la eficiencia que nos han requerido.

William giró para encontrar en los ojos de su compañero la aprobación de sus dichos, pero no la encontró, pues este último ya se había retirado de la habitación.

En los muelles, el cable conector ya estaba conectado al cable principal, Alfonso mediante ademanes, indicaba a los trabajadores locales que se alejen del lugar del trabajo. Estos obreros quizá no comprendían lo que decía con su voz, pero seguramente entendieron los gestos hechos con sus manos ya que se alejaron de inmediato del lugar.

El ingeniero, ante la mirada de los veinte soldados que seguían apostados en el lugar, comenzó a desenrollar el cable con el malacate, los cuatro hombres de seguridad le brindaban apoyo. El cable no estaba teniendo la tensión que se requería, de igual manera estaba satisfecho en cuanto a la disposición del mismo en relación con la distancia entre el cable principal y el edificio en donde debía conectar el teléfono. Así, se dedicó a conectar el cable conector con el teléfono.

El cable conector era similar al cable principal, con polietileno, alambres de acero trenzado, y las fibras ópticas entre otros componentes. Solo se diferencian con las primeras tres capas, ya que estas contaban con diez centímetros más de material cobertor. Este cable conectará a esta isla con el continente y de esta manera, podrán volver a estrechar comunicación con el resto del mundo.

Llegaron los obreros de su equipo escoltados por William.

—Realicen la reconexión de la línea A y canalicen el trayecto de masa de agua con tierra —fueron las ordenes que dio Alfonso al jefe de obras y comenzaron a trabajar.

Por otro lado, con un simple movimiento de cabeza ordenaba al jefe de los hombres de seguridad que volviesen a su puesto y se mantuvieran allí, entre el edificio y su persona Estos hombres son mercenarios contratados por la OIP, para mantener la seguridad del equipo, no para realizar trabajos manuales. Pensó.

* * *

Eran las tres de la mañana La oficina donde habían tenido la conversación con los dos representantes filipinos se convertiría en la central de comunicaciones. Ahora estaba siendo ocupada tan solo por William y Alfonso.

Tres horas de trabajo interrumpido. El equipo trabajó con su continua supervisión, cavando un canal conductor del cable, luego integró la vía, para posteriormente sellarlo con concreto nuevamente. Una vez finalizado el trabajo de los obreros comenzaba el de Alfonso. William hacía las veces de un instrumentista, pasándole las herramientas que el primero necesitase, así, solo se dedicó a realizar el trabajo fino.

Estaba encorvado, su metro noventa no se relacionaba fluidamente con el estrecho espacio que había entre la consola del teléfono y el segmento en donde pasaba el cable conector. William, con casi treinta centímetros menos de altura podía haber entrado sin ningún inconveniente, pero estaba durmiendo, y ya estaba a instantes de terminar con su cometido, despertarlo conllevaría perder tiempo.

Luego de quince minutos de postura incomoda terminó de acoplar el teléfono con el cable conector. Se acercó la bocina al oído y solo escuchaba un sonido blanco; ya registraba las primeras señales de conectividad, lo cual era una buena noticia. En los últimos cuatro países esta señal recién era alcanzada aproximadamente siete horas después de haber sido realizado el trabajo, si eso acontecía aquí, hubiese significado añadir más horas al cansancio y mal humor que ya acarreaban.

William que estaba sentado en el suelo apoyando su cabeza en la pared, era observado por el ingeniero.

Vaya asistente que me conseguí que se queda dormido Pensó. Ya sentía que su trabajo estaba finalizando en Filipinas Tan solo quedaba conectar Taiwán, luego llegar a Japón y desde allí volver al continente y luego a casa. Solo faltan algunos ajustes. Voy a encriptar el ingreso al sistema, para que solo el presidente pueda acceder y luego de realizarlo ya finalizamos.

Desde el teléfono se contactó con la central de comunicaciones de Vietnam, que es la más cercana. Desde allí le habilitaron la señal al instante, sin inconvenientes. Antes de marcharse de ese país había dejado indicaciones claras, estar atentos a cuando les pida la señal, lo que había quedado demostrado, ya que habían respondido a esa indicación de modo claro y efectivo.

Las primeras palabras ya se estaban escuchando, y no eran provenientes de Vietnam, parecía el comunicado oficial de la Organización Internacional por la Paz que indicaba que este país estaba habilitado para estar conectado.

William tomó el teléfono.

—Queremos confirmar la presencia del Presidente Filipino, Manny Puente, en la reunión pactada para la una PM.

Los trabajadores del equipo ya habían guardado sus herramientas y se estaban dirigiendo a las camionetas que los llevaban al hospedaje. William estaba hablando con el coronel John Acosta. Le estaba comunicando que ya estaban conectados, y que en ocho horas volverían a la central.

William, mediante un gesto realizado con su cabeza, le pide a su compañero que se acerque, así luego procederían a retirarse juntos. El ingeniero se despidió del coronel.

—En ocho horas retornaremos, y le daremos al presidente la clave de acceso para que pueda comunicarse.

—Nos vemos en unas horas, aquí estaremos esperándolos, posiblemente llegaremos más temprano.

Alfonso le dirigió una mirada amenazante a William, que, por los suficientes años de convivencia laboral juntos, tradujo inmediatamente, el hombre ya quería descansar.

—Coronel, lo despido. Subiremos a la camioneta con nuestro equipo y nos dirigiremos a nuestro hospedaje.

—No estimados —excusó el coronel—, ustedes dos y sus hombres de seguridad van a ir a otro hospedaje, el mejor de Manila como ya le había dicho, y allí tendrán una gran recompensa, así que si gustan síganme, los escoltaré hasta el vehículo que los trasladará.

En ese momento Alfonso cambió de parecer en lo que respecta a las consideraciones que tenía para con el exigente coronel, aunque quizá ese cambio se debía al sentimiento de agradecimiento que tenía por estar próximamente en una cama, de una vez por todas.

—Muchas gracias coronel, mi amigo está más agradecido que usted ya que desea una cama limpia y fresca con una habitación solo para él —Luego hubo un guiño de ojos entre el coronel y William, en señal de complicidad. Lo cual enervó mucho más el humor del ingeniero.

Subieron a una camioneta pick-up modificada, equipada, en su parte trasera, con una ametralladora pesada. El vehículo iba a ser conducido por uno de los militares que anteriormente los había recibido en el muelle. En la parte trasera se encontraba un militar más, que estaba a cargo de la ametralladora. A su lado se ubicaban los hombres de seguridad que habían venido con los representantes de la OIP.

William se encontraba algo inquieto, tenía la impresión de que el viaje hacia el hospedaje no iba a ser amigable. A penas había pisado el país creía que iba a estar seguro, había visto la gran cantidad de efectivos de seguridad en el lugar, demostrando así que la ciudad era un recinto militar y fuertemente armado, pero al parecer solo están fortificados algunos puntos estratégicos, quizá los edificios gubernamentales y las grandes empresas Suponía.

—Cinco kilómetros —fueron las primeras palabras que escucharon del conductor. Esos cinco kilómetros de distancia serían los que los separan del hospedaje.

Durante el primer kilómetro el trayecto estuvo rodeado de fábricas completamente abandonadas, en su mayoría solo preservaban las paredes, los techos quizá se habrían derrumbado o robado.

La camioneta siguió camino y se encontraron con fábricas que ya comenzaban a tener luces, en algunas se podían apreciar que habían pasado por un trabajo de restauración.

Mientras más se adentraban en la ciudad, más eran las luces con las que se encontraban, no en abundancia, pero quedaba claro que eran muchas más que durante el primer tramo del viaje. Cada trescientos metros aproximadamente, en las esquinas de las calles, había grupos de hombres reunidos. A primera vista eran civiles, sin embargo, se avistaba la presencia de armas cortas y largas. Alfonso quería consultarle al conductor sobre quiénes eran estas personas, pero al ver su rostro áspero y concentrado, prefirió guardarse esa duda.

De pronto se escucharon gritos provenientes de unos edificios, aparentemente residenciales. El militar que estaba apostado en la parte trasera de la camioneta, respondió con más gritos, los cuales eran ininteligibles, eran en tagalo, el otro idioma oficial del país. Aquellos gritos fueron seguidos por una explosión, y una serie de disparos, los cuales no se podía confirmar con seguridad de donde provenían, al parecer de algún edificio aledaño. El conductor aceleró la marcha y el que controlaba la ametralladora apuntó en dirección a los edificios.

—Son bandas locales que intentan controlar el territorio, perciben presencia militar e inmediatamente se ponen nerviosos —intentó tranquilizar el conductor, con una pronunciación casi inentendible; de todos modos, a sus acompañantes extranjeros, estos datos, probablemente, no solo les parecían irrelevantes, ya que la urgencia apremiaba, sino que además acrecentaba sus dudas en lo que respecta a su propia seguridad personal.

Al final de la calle, la camioneta traspasó un vallado que era patrullado por más personas armadas.

—Estamos cerca. Estos pasos vallados son controlados por caciques locales. Cobran algún tipo de peaje a grupos privados, no obstante, tienen un acuerdo con las fuerzas militares oficiales, por lo que podemos entrar tranquilos —continuó informando—. Ustedes se hospedarán aquí cerca, pueden estar tranquilos, las fuerzas que gobiernan este sector no desean que los conflictos lleguen —no dejaba de mirar al frente, y mientras sonreía, de una manera aparentemente burlona, agregó—. Me quedaré con mi compañero esperando en la planta baja.

Los seis hombres ingresaron al edificio que los hospedaría. Era un hotel, de dos pisos de altura, era el segundo edificio más alto de la cuadra.

En el hall de entrada los recibieron dos mujeres, las primeras mujeres locales que habían visto desde que llegaron al país. Estas tomaron el equipaje de William y Alfonso y los acompañaron hasta las habitaciones. La mujer que llevaba las pertenencias de primero ingresó a una habitación, y él la siguió. La otra mujer entró a una habitación contigua y depositó las pertenencias del segundo. Abrió un cajón ubicado en una cómoda y le indicó el sitio en donde había una toalla, un jabón, un shampoo, un pequeño calendario que de un lado estaban detallados los días del año y del otro estaba impreso el nombre del hotel Sombra Gris, nombre que no estaba detallado en la entrada del edificio. Junto al calendario había dos condones.

Ambas mujeres cerraron la puerta al unísono y se retiraron para mostrarle la habitación que ocuparían los hombres de seguridad, sin darle tiempo a siquiera agradéceles cortésmente.

La puerta se abrió nuevamente.

—Tienes sabanas limpias, y una cama enorme, ¿puedo dormir tranquilo, esperando a que no me llames a mitad de mi sueño para exigirme cambiar de habitación? —bromeó William.

—Despiértame a las once ¿quieres? —respondió Alfonso mientras ya se quitaba la ropa para quedarse en ropa interior.

Pasaron cinco minutos y la puerta se abrió nuevamente. Levantó la mirada y se encontró con unos ojos femeninos, acompañados de una sonrisa algo forzada, con labios coral que cuyo maquillaje ensuciaba levemente los dientes mayores. Cerró la puerta bruscamente. Serán recompensados Había dicho el coronel, de esto se trataba, le había enviado una prostituta.

Desde que comenzó la gira por Asia, la mayoría de los gobernantes de estos lugares les habían enviado este tipo de sorpresas. William aceptaba siempre sin dudarlo, él estaba divorciado hacía tres años, él, en cambio, aún seguía casado, por lo que en los primeros países la culpa lo había dominado y negaba este tipo de obsequio. Durante este último año ya había comenzado a acceder con menor resistencia. La relación con Angélica a nuestros cuarenta años ya no la sentía lo suficientemente cálida, ya no la sentía lo suficientemente satisfecha se decía así mismo para justificar su falta de culpas, hacía cuatro meses que no sabía nada de ella.

La prostituta era una persona muy joven, Alfonso no quería suponer su edad, pero tenía la piel algo seca, pero era camuflada con maquillaje en polvo, en su espalda poseía algunas cicatrices, algo que indicaba una realidad algo dura.

© Marcos Enrique, (552 palabras) Créditos