La actividad de Alonso durante los tres siguientes días fue muy intensa. Salvo un breve rato en la sede de Sanidad, para firmar el contrato, consumió su horario llamando a sus clientes, para informarles de los cambios. Inicialmente, muchos de los contactados expresaron extrañeza, desconcierto o clara irritación. Pero luego, según se iba explicando Alonso, aquellos recelos desaparecieron, y se comenzaron a escuchar al otro lado de la línea telefónica expresiones tales como Vale, es buena idea o Ah, pues tiene razón. Por su parte, a Tomás, el colaborador, le pareció bien, ya que le venía más cerca de su domicilio.

Alonso no pudo concretar cuando se iba a llevar a cabo el traslado, pero se comprometió a mantenerles informados. Y, mientras tanto, les pidió que no aparecieran por las instalaciones de ADN Gestión, por si había gente vigilando.

Él, asimismo, se puso en contacto con la gente de la Federación, donde se seguía discutiendo acerca de cómo hacer frente a los chiringuitos genéticos, y la posibilidad de crear un archivo de confianza. Les reveló la nueva medida que se iba a implantar por parte del Ministerio, y las nuevas funciones asumidas por él. Tras varias conversaciones y cruces de mensajes, se decidió permanecer en contacto y valorar cómo evolucionaba el asunto, y, en función de los resultados, adoptar la estrategia del Ministerio o la que se había pensado originalmente.

El cuarto día Alonso visitó, acompañado de un par de funcionarios del Departamento de Sanidad, las instalaciones donde se pensaba ubicar el complejo para la gestión genética. Gracias al mencionado sistema modular, guiado por brazos robóticos, que permitía cambiar fácil la disposición de los tabiques, pudieron experimentar con diversas composiciones, hasta que se encontró la más adecuada para mantener la privacidad —los clientes del gabinete X no tenían porque ver a los clientes del gabinete Z—, y lograr una aceptable operatividad. Alonso aportó una idea que se terminó llevando a cabo. Algún funcionario extremadamente inteligente del departamento había ordenado que la placa que anunciaba la localización de las instalaciones, rezara: Unidad de Management Genético. Vamos, que ya solo faltaba poner una notita al lado, que dijera Mafias genéticas, pidan turno en el mostrador. Así que Alonso propuso que en el indicador apareciese el término Herencias, y colocarlo junto a los referidos a las dependencias del Departamento de Administración y Justicia que también se alojaban en ese edificio. Luego ya se avisaría a los clientes de los gabinetes, de dónde tenían que buscar, y por qué se había adoptado esa denominación.

A la tarde, cuando Alonso pensaba quedarse en su despacho de ADN Gestión, recibió un aviso de Martín, para acudir a las nuevas instalaciones, justificándolo en un enigmático hay una novedad importante. Cuarenta minutos después, Alonso daba la mano a un tal Ricardo Santiago.

—Santiago dirige un grupo de investigación en la facultad de Biología —se le olvidó a Martín especificar de cual de las universidades de la Comunidad—. Y han logrado un avance importante.

—Si, en nuestro departamento —comenzó a explicar el científico—, trabajamos desde hace tiempo en avances en la terapia con células madre, principalmente en el uso de estas para sustituir órganos o tejidos dañados en colaboración con un equipo de investigación de Vizcaya.

Al mencionar Santiago a aquel equipo, un recuerdo se iluminó en la mente de Alonso.

—Ese equipo... —interrumpió Alonso, aprovechando un momento de silencio — ¿No es el que había conseguido insertar secuencias concretas de ADN en otra cadena?

—¡Efectivamente! —respondieron casi al unísono Martin y Santiago, con cierto tono de asombro.

—Estamos trabajando conjuntamente con ellos —desveló Santiago—. Nosotros investigamos para mejorar la funcionalidad del uso de células madre destinadas a sintetizar órganos a medida del paciente.

El investigador le describió brevemente el proceso actual mediante el cual se lograba que las células madre de un enfermo se especializaban en un tejido concreto, con el fin de sustituir o reparar tejidos dañados.

—Como le digo, este equipo ha logrado reemplazar fragmentos específicos en otro ADN. Y nosotros hemos conseguido adaptar esa técnica a las células madre.

—Y ahora —prosiguió Alonso— se podrá obtener un órgano compatible al 100%, pero que además poseerá las características especiales que le confieren esos fragmentos de ADN.

—Efectivamente —exclamó Santiago.

Alonso permaneció unos segundos en silencio y luego dio su opinión sobre lo que podría suponer aquel avance para su gabinete.

—Hombre, por un lado eso va a ampliar las aplicaciones del ADN que gestionamos los gabinetes, pero, con todos los problemas que nos están surgiendo, vamos a tener que reforzar las medidas de seguridad aún más.

—Bueno, estamos en una fase intermedia —advirtió el biólogo—. Hemos obtenido esos resultados en ensayos con animales. Ahora tenemos que empezar las pruebas en humanos. Afortunadamente, desde hace unos meses, gracias a la reforma de la ley, se han agilizado los trámites y las condiciones de los ensayos clínicos. Pero, a pesar de eso, nos queda tiempo hasta poder iniciar dichos experimentos, y bastantes meses hasta que podamos tener resultados.

—El caso es que, si esto se hace realidad —comentó Alonso—, aún van a ser más deseados los genes de mis clientes, lo cual van suponer ventajas para mi gabinete, pero también una gestión más complicada.

—Puede que no —contestó Santiago — Tal vez eso, a la larga, facilite la gestión para ustedes, y solucione el problema de los asaltos. —Ante el gesto de extrañeza que expresó Alonso, el biólogo se explicó—. Si a nosotros nos interesa un fragmento concreto del ADN, que es el que transmite esa característica especial que queremos transferir al receptor, podemos identificar y registrar esas secuencias de nucleótidos, y luego dejar libre, por decirlo de alguna manera, al donante. Los traficantes de ADN ven a ese individuo llegar a, por ejemplo, su consulta —dirigiendo la mirada y señalando a Alonso—, y luego sale. Y pueden suponer que el cliente tiene unos genes ideales para, por ejemplo el deporte. Pero ellos no habrán podido saber que gen, que secuencia concreta hemos seleccionado de todo su ADN, y que luego hemos duplicado y transferido al ADN del donante...

—Ah, claro, claro... —interrumpió Alonso—. Si luego ellos le asaltan, podrán obtener el ADN, pero no les servirá de nada, si no saben que secuencias aislar.

—Si, pero eso a las mafias les da lo mismo —intervino Martín que no había dicho nada hasta ese momento—. Ellos saben que en ese ADN está la secuencia buena, y, tras copiarlo, lo usaran, como hacen ahora.

—En principio, si —comentó Santiago—, pero puede perfectamente ocurrir que solo tenga interesante esa secuencia concreta, y luego el resto del ADN sea de baja calidad, si me permiten la expresión, y predisponga para muchas enfermedades. Si los mafiosos no saben la secuencia buena, no les interesa.

—Pero ellos venden ese ADN como óptimo, independientemente de otros problemas añadidos, y ya han hecho el negocio. Si son capaces de robarlo la estafa es casi consustancial a su actividad.

La conversación se desarrolló entre especulaciones sobre inconvenientes, ventajas y circunstancias de esa nueva técnica de selección de secuencias de ADN, y de su aplicación en las células madre. Finalmente se quedó en seguir en contacto, y esperar acontecimientos.

Un rato después Alonso ya estaba en el despacho de su gabinete. Viendo que todavía quedaba tiempo hasta su hora habitual de comida, decidió llevar a cabo una actividad que realizaba periódicamente. Esa tarea consistía en buscar noticias más o menos relacionadas con el management genético, en medios de comunicación no especializados. No eran los textos científicos o profesionales, su objetivo al indagar en la red, sino noticias, reportajes o artículos de opinión, Y resultaba muy útil para detectar tendencias sociales en el tema genético, y estar alerta ante las problemáticas en ese campo.

© Ricardo Manzanaro, (1.284 palabras) Créditos