Poco después, ya en el hospital, Alonso se enteraba de prácticamente todo lo referido al caso, sin necesidad de entorpecer la labor policial. Pablo Suárez, le relató lo que le había dicho al inspector.
—Aunque en un caso los agresores llevaban pasamontañas, y en el otro se cubrían con unas máscaras, yo estoy seguro casi al 100% que las dos agresiones las cometieron los mismos. En la primera ocasión, cuando le comenzaban a atacar, alguien, desde algún piso, lo vio y a través de una ventana gritó que iba a llamar a la policía. Entonces los otros se largaron de allí. Pero hoy le han vuelto a agredir. Le han agarrado por detrás y le han tumbado, tras lo cual le han golpeado en la cabeza, perdiendo el conocimiento. Cuando ha recuperado la consciencia, se habían ido. Presenta moratones y cortes en varios puntos del cuerpo. Le han quitado el dinero que llevaba.
Alonso aprovechó la charla para comprobar los datos que tenía de los hermanos Suárez. Tras intercambiar algunas impresiones con los policías, Alonso salió del hospital, para regresar al despacho de ADN Gestión
.
Al día siguiente, recibió una llamada de Virés.
—¿Alonso? Hay novedades en el caso de los hermanos Suárez. Si quiere, puede venir a la comisaría.
Alonso se puso en marcha inmediatamente, y se presentó en la comisaría en menos de media hora. Le hicieron pasar a una sala con multitud de pantallas encendidas, distribuidas por la estancia. Mientras esperaba a que le atendieran, le quedó claro que aquello debía ser una unidad de seguimiento. En cada pantalla se veía el mapa de alguna zona de la ciudad, con una luz roja parpadeante desplazándose lentamente a través de algunas de las calles que mostraba el mapa. Entonces apareció por la sala Torres,, que le explicó el porqué de la llamada.
—Aunque tenemos un agente vigilándole —le explicó Torres—, hemos utilizado un nuevo sistema de identificación y seguimiento que tenemos en la comisaría desde hace poco, basado en el IMEI de su smartphone. Eso no es ninguna novedad, lo interesante es que tras localizarle, el sistema puede identificar a su vez todos los IMEI que se mueven cerca del individuo que vigilamos. Ayer acordamos con Pablo Suárez incluirle en la lista de seguimiento. Tras el análisis de los datos del sistema, lo que parece claro es que hay dos personas siguiendo a Pablo Suárez, a veces andando, a veces en coche.
—¿Y que podían buscar en el caso de Pablo? — preguntó Alonso.
—No estamos seguros. Podría ser por el ADN, pero también podría haber otra razón. Por eso preferimos cerciorarnos completamente. Estas horas pasadas, de acuerdo con Pablo, hemos exagerado un poco su presencia por los alrededores del hospital. Y luego, como le digo, comenzamos a vigilarle. Y parece que hemos acertado en nuestras sospechas...
El policía cortó el discurso al ver algo en una de las pantallas de control, que le llamó la atención. Alonso pudo ver la imagen que tanto alarmaba al oficial. No le costó mucho entender que los movimientos de los puntos antes señalados hacían sospechar que los individuos se acercaban a Pablo velozmente. Se ordenó la patrulla que cubría la zona acercarse rápido al lugar. Pero los otros puntos estaban prácticamente al lado del que representaba a Suárez. Entonces se escuchó la voz del agente gritando.
—¡Le están atacando!
Según luego relató el agente, lo que había ocurrido es que dos tipos se habían acercado corriendo a Suárez, y comenzado a agredirle. Este había intentado defenderse, pero entonces se había abalanzado sobre su espalda otro tipo. Con éste y la víctima en el suelo, los otros dos le habían propinado varias patadas en los costados, y luego también se habían colocado encima de él, para inmovilizarle. Le golpearon algunas veces más, le practicaron varios cortes, y luego se levantaron y se alejaron corriendo al ver acercarse el coche patrulla.
En la comisaría la actividad era frenética. Alonso no tuvo dudas que se estaba poniendo en marcha una operación de seguimiento de los agresores, impresión que se confirmó en los siguientes minutos. Según le informaron, los dos delincuentes habían montado en un coche, localizado a unas pocas calles del lugar del ataque a Suárez. Casi quince minutos después, el vehículo, seguido por la policía, se detuvo en un polígono a las afueras de la ciudad. Bingo
susurró alguien cerca de Alonso, al ver que aquel era el destino.
En ese momento, en uno de los ordenadores situados en la mesa desde la cual se estaba supervisando el seguimiento, comenzó a parpadear una ventana, que correspondía al agente que se había encargado de atender a Suárez. Alonso se dio cuenta, y lo advirtió a los que estaban allí. Uno de los agentes pinchó en el icono de la notificación. Era una grabación. El policía la escuchó y luego reveló su contenido al resto de los reunidos.
—Es del hospital. Pablo Suárez, no está grave. Parecido al caso anterior: una ligera conmoción cerebral, algunos golpes y varios cortes repartidos por el cuerpo.
Se tardó quince minutos en conseguir que dos coches patrulla camuflados llegaran hasta el destino de los asaltantes. De estos salieron cinco policías de paisano, que montaron un dispositivo de vigilancia alrededor de la nave en la que habían entrado. Con un detector de fuentes de calor confirmaron que sólo había dos personas en el interior.
Torres iba a decir a Alonso que ya le avisarían, si había novedades, cuando se vio que los asaltantes se dirigían a la salida.
Alonso y el resto vieron como los dos tipos abandonaban la nave y montaban en un coche, alejándose de allí.
Los mandos policiales comenzaron a dar órdenes para proceder al seguimiento del coche.
Mientras estaban organizándose, un policía entró en la sala y le entregó un papel a Torres. Poco después, le informaron a Alonso.
—Tenemos autorización judicial para acceder a la nave.
No le explicaron más, pero luego comprendió que iban a entrar a investigar.
Alonso observó cómo, tras un rato descartando la presencia de alarmas y medios de vigilancia, los policías consiguieron entrar, forzando una ventana de un lateral del recinto.
El subinspector Virés, enfundado en un chaleco antibalas, palmeó el hombro de Alonso.
—¿Le gustaría convertirse en asesor de campo de la policía? —Sonrió alargándole unos documentos—. Pues firme aquí. No se preocupe, este es solo un compromiso de confidencialidad. Y este, el del seguro. —La sonrisa de Virés, señalándose el chaleco se hizo inquietante—. También le daré uno de estos.
Media hora más tarde, llegaban al polígono. Virés guió a un muy nervioso Alonso hasta la nave, y le ayudó a entrar al recinto, por la ventana. Dentro, le condujeron hasta unos laboratorios donde le solicitaron que intentara descubrir algo sobre los procedimientos que ahí se llevaban a cabo, sin tocar nada.
Alonso, solo con la simple observación del material, ya empezó a concluir algunos puntos. Allí se estaban manejando sangre y otros productos hemáticos, como plasma y suero. Estos fluidos reposaban en botellas o bolsas que exhibían inscripciones referidas al análisis genético, como ADN polimerasa. La preocupación surgió en el ánimo de Alonso, cuando empezó a sospechar los posibles objetivos que tenía aquel laboratorio.
Transmitió sus conclusiones a los policías. Se vio que, tanto estos como Alonso, habían comprendido cuál era el procedimiento seguido. Agredían a los individuos, con el objetivo de que sangraran. Luego, mientras la víctima permanecía conmocionada, obtenían una muestra del fluido, y muchas veces también de saliva. Más tarde, en ese laboratorio, aislaban y secuenciaban el ADN. De esta manera, si la persona tenía genes interesantes, los conseguían a coste casi cero. El donante ya no tenía la exclusividad de su secuencia, y los genes productivos
habían sido copiados. Los delincuentes podían obtener el mismo beneficio que esperaba sacar el agredido y su agencia de management genético, en este caso ADN Gestión
. Alonso pensó que era raro que hasta ahora a nadie se le hubiera ocurrido ese expeditivo método de obtener el ADN.
Poco después, salieron de la nave. Se reparó en lo posible la ventana por donde habían entrado, y se fueron, dejando que el grupo de vigilancia continuase espiando lo que ahí ocurría. Luego, Torres y Virés llevaron a Alonso hasta ADN Gestión
, quedando en informarle del progreso de la investigación.
Ya en su despacho, y sin haber recuperado la calma, multitud de preguntas atestaron el cerebro de Alonso. Puede que los agresores fueran solo simples delincuentes, al fin y al cabo también robaban el dinero de sus víctimas, pero era de esperar que, tarde o temprano, se difundiera ese método, y multitud de mafias vieran en el mismo una nueva oportunidad de negocio: vender ADN valioso obtenido de forma violenta. Y ahora ¿que hago?
pensó Alonso ¿Tendré que poner un guardaespaldas a cada uno de mis clientes?
. Eso iba a suponer un coste descomunal. Y, si los posibles poseedores de ADN comercializable
se enteraban de que, a partir del momento que decidieran gestionar sus genes, iban a estar expuestos a sufrir graves molestias, e incluso cosas peores, tal vez decidieran no acudir a su gabinete. Solo se presentarían aquellos que tuvieran acuciantes necesidades económicas. Con todo lo negativo que eso iba a ser para el negocio.
Y lo más preocupante. ¿Cómo habían sabido los piratas genéticos de los hermanos Suárez?
Sin embargo, en el maremagnum de miedos, dudas y angustias que le había ocasionado el descubrimiento, empezaron a aparecer pensamientos con posibles soluciones, como nuevas maneras de que los interesados se pusieran en contacto con él, nuevas estrategias de marketing y cambios en la web de ADN Gestión
.