—Nuestra visita está relacionada con Tomás Suárez Mieres. Nos hemos enterado de que es cliente suyo ¿Es así? ¿Me lo puede confirmar? —preguntó Torres.
—Si, efectivamente —respondió Alonso—. No me hace falta consultar la base de. Me acuerdo de él y estuvo aquí hace dos o tres semanas. Aunque para ser precisos, no es cliente, es donante. —Iba a preguntar que sucedía con él, pero el policía se le adelantó, haciéndole una nueva pregunta.
—¿Nos lo podría certificar con documentación?
—Si, por supuesto. Espere un momento —Alonso se levantó de su asiento y se desplazó a la habitación contigua, donde se encontraba el archivo de clientes. Abrió un armario metálico, y luego, con una llave, accedió a un cajón. Rebuscó en el interior de éste, moviendo con rapidez unas carpetas allí alojadas. Segundos después extrajo de una de ellas un folio impreso, volvió entonces al despacho, ofreciéndolo a los investigadores. A pesar de lo anacrónico que pudiera parecer, Alonso insistía en tener una copia impresa, y con firmas manuscritas, de los contratos con los donantes y clientes principales.
El inspector consumió un minuto en revisar el documento, tras lo cual sentenció: Vale, confirmado
. Pero Alonso observó un gesto de extrañeza en su compañero, mientras leía el contrato.
—Tal vez no lo entiendan. Si quiere, les explico en que consistía el acuerdo con Suárez —propuso Alonso.
—Si, eso mismo le iba a preguntar ahora.
—Es normal que no conozcan este servicio, puesto que somos de los primeros que lo ofrecen en la Comunidad de Madrid, y sólo hay otros cinco similares en toda España. Por eso, por ahora no se ha difundido mucho su existencia. Nos encargamos de la cesión lucrativa del genoma del donante.
Los dos policías mostraron en su rostro extrañeza ante el término enunciado por Alonso. Éste comenzó a explicar el nuevo procedimiento.
—Donantes como Suárez son personas que han constatado que numerosos miembros de su familia, desde hace generaciones, tiene tasas muy bajas de algunas patologías o determinados factores de riesgo. Por ejemplo, una familia en la que sus miembros presentan niveles de colesterol muy inferiores al límite recomendado, a pesar de que no siguen ningún control dietético, e incluso más bien todo lo contrario. Entonces, en este caso, está claro que algunos de los genes que regulan el colesterol presenta una configuración que provoca que sea muy bajo, hagan lo que hagan con la dieta. Otro caso frecuente es el de una familia cuyos integrantes presentan un coeficiente intelectual excepcionalmente alto, desde hace varias generaciones, o elevada altura, o gran desarrollo muscular.
—Ah, si —interrumpió Virés—. Ya había oído hablar de servicios de ese estilo. Ustedes ofrecen el ADN de una persona, para ponerlo en el de un embrión, sustituyendo al original, y así el descendiente hereda
esas características ventajosas. Y el donante del ADN y ustedes reciben una jugosa cantidad de dinero.
—Si, es correcto. El problema de esta técnica es que en la práctica estamos creando un clon del donante. De hecho, la ley solo permite una donación por individuo, y solo permite donar a los mayores de cincuenta años, pero nuestra empresa va más allá de eso. Hace un año se culminó la aplicación en humanos de una técnica más refinada. Ahora no es necesario cambiar todo el ADN original por el del donante, sino sólo determinadas secuencias. Por ejemplo, en el sector tal del cromosoma cual se conoce que hay un gen que codifica el desarrollo muscular, y se sabe que la familia X, con una determinada secuencia en ese gen concreto, desarrolla potente musculatura con no mucho ejercicio. Es posible aislar esa secuencia de ADN, y sustituir en otro ADN el fragmento correspondiente por el que nosotros hemos aislado. Entonces llegamos a un acuerdo con algunos de los miembros de la familia, o mejor con todos, para que nos permitan usar exclusivamente ese fragmento de su dotación genética. Posteriormente, nosotros ofertamos dicho sector de ADN a las clínicas genéticas con las que tenemos trato. Y si les parece interesante, suministramos esa secuencia, para que luego las inserten en el genoma en el momento de la fecundación in vitro. La reforma de la ley permite hasta un 0,1% de modificaciones. Puede parecer muy poco, pero si tenemos en cuenta que el ser humano y el chimpancé comparten el 99% del ADN, es más que suficiente.
—Jobar —exclamó Torres—. O sea, que ahora ya se va a poder crear un ADN a medida.
—Pues si, se podría decir así. La técnica está todavía en fase de implantación. Y, aunque es segura y operativa al 100%, es un proceso muy complejo y, como se puede imaginar, costoso. Son pocos los clientes finales que terminan contratando este servicio, porque para la mayoría sobrepasa el presupuesto que tenían previsto gastarse en la mejora
genética de su hijo. Solo hemos podido llevarlo a cabo en contados casos. De todas formas, tanto en este más novedoso, como en los habituales en que se implanta todos los genes, nosotros sólo proporcionamos las secuencias de ADN. No tenemos que ver con el equipo que realiza los procedimientos de sustitución o inserción. Hay otras empresas que abarcan todo el proceso: la identificación genética, su aislamiento y su uso en células de otra persona. Pero nosotros solo analizamos, determinamos y luego gestionamos la información genética relevante. No negociamos directamente con el cliente final, sólo con las clínicas de reproducción asistida, no obstante, nuestro catálogo es público, lo proporcionamos a cualquiera que nos lo solicite.
Alonso calló un momento, durante el cual los policías no dijeron nada y pusieron cara de meditar lo explicado hasta el momento. Luego continuó.
—En el caso del donante, le confirmamos que tiene diversas secuencias con una configuración interesante, que podía resultar atractiva. Y, tras el acuerdo con él, nos dedicamos a promocionar sus fragmentos de ADN.
—Vale, entiendo —dijo Virés—, y cada vez que se usa, él recibe una comisión por...
—No, no —interrumpió Alonso—. Nuestra metodología es diferente. Nosotros le abonamos ya desde el principio todo. No cobra cada vez que se usan sus genes, sino que recibe todo el dinero en un único pago, vendamos o no su ADN después.
—Ah, jobar —expresó de nuevo Torres, que unos segundos después adoptó un aire más serio—. Entonces... Entiendo que Tomás Suárez estaba dentro de ese programa de, llamémosle, uso comercial o catálogo de secuencias de ADN ¿Me podría decir que ventajas tiene el ADN de Suárez? ¿Qué beneficios supone?
—Lo siento, pero eso no se lo puedo revelar. Tengo un acuerdo con el donante, según el cual no debo descubrir a nadie que genes posee. Solamente con una orden judicial podría desvelar esa información. En el contrato, como puede ver, se especifica que yo no puedo relacionarle con los datos que poseemos de su ADN. De hecho, la identidad del donante no se revela a nuestros clientes, no se les puede decir ni siquiera si las secuencias que proporcionamos vienen de un único donante o de varios, el cliente final pide una serie de características y se le proporcionan a partir de muestras anónimas. Como medida de seguridad, el personal que clasifica las muestras según sus características elimina de las mismas cualquier dato sobre la identidad del donante, de modo, que una vez en el depósito criogénico, es imposible saber a quien pertenecen. En nuestro caso, al no tratar directamente con el cliente final se añade una capa más de seguridad.
—Vale, vale. No hay problema —respondió el inspector con celeridad—. En principio no creo que tenga importancia para nuestra investigación.
—Y, si se puede saber ¿qué circunstancias relacionada con Suárez están investigando?
—Si, vamos a ver, Suárez fue agredido ayer noche. Tres tipos le atacaron cuando iba por la calle. Está bastante fastidiado, pero no es nada grave. Está en observación en el hospital, pero hoy le mandarán para casa. Se supone que en poco más de una semana estará ya recuperado.
—¿Le golpearon?
—En la cabeza, dejándole inconsciente. Ya en el suelo le dieron algunos golpes más y le provocaron varios cortes.
—¿Qué fue? ¿Para robarle? —preguntó de nuevo Alonso.
—En principio, eso parece, pero hay algunas circunstancias extrañas. Le quitaron la cartera, cogieron el dinero en billetes que contenía y se largaron, todo en menos de un minuto. Sin embargo, dejaron las tarjetas y chips. Lo que pasa es que es la segunda vez en poco tiempo que le atacan. Una semana antes dos tipos intentaron agredirle, aunque pudo escapar. Y él nos asegura que no tiene mucho dinero, sino más bien lo contrario.
—Si, no debe quedarle demasiado, comentó que lo que le hemos pagado por la cesión de sus genes lo dedicaría a saldar sus muchas deudas —informó Alonso.
—Bien, pues, en principio, con esto ya vale —dijo el policía, mientras cerraba la aplicación de su móvil donde había grabado la conversación con Alonso—. Si surgiese alguna circunstancia nueva referida a Suárez, o algo que recuerde y que no me lo haya comentado, me avisa.
El policía le iba a dar su tarjeta, cuando Alonso le interrumpió, mientras miraba lo que le mostraba la pantalla del ordenador.
—No sé si ya lo saben, pero tiene un hermano, Pablo, que también es cliente nuestro —informó.
—¿Un hermano? ¿También es cliente suyo? —repitió Virés.
—Si, Pablo Suárez. Es un hecho muy habitual. Como se puede imaginar, la dotación genética entre hermanos es bastante parecida. Y si uno tiene genes que protegen de un grupo de enfermedades, es normal que el hermano los tenga también, al menos gran parte de ellos. En el caso de Suárez y su hermano, no hemos utilizado exactamente las mismas secuencias, pero si están relacionadas, se asocian con el mismo grupo de patologías y síntomas, y, en los dos casos, reducen mucho el riesgo de padecerlas.
—Vale. ¿Me podría facilitar los datos de contacto del hermano? Si no es posible, no pasa nada. Se lo pregunto al agredido o a su familia en el hospital.
Alonso tibubeó unos instantes. Eso iba claramente en contra de la ley de protección de datos.
—Saben que no debería, incluso me he excedido hablándoles de Pablo, pero supongo que si no se los doy ahora no tardarán mucho en averiguarlos. Apunte...
Tras anotar los datos proporcionados por Alonso, el inspector, tras enunciar el típico si me disculpa un momento...
, salió del despacho sin molestarse en cerrar la puerta e hizo una llamada, conversando durante unos segundos en voz baja. Tras cortar la comunicación, volvió y le comentó a Alonso.
—Ha habido suerte. Pablo está casualmente ahora en el hospital, visitando al agredido. Está de acuerdo en esperarme, para poder hablar.
—Perfecto —expresó Alonso, tras lo cual preguntó— ¿Habría algún problema en acompañarles al hospital? Es para visitar a Suárez, a ver qué tal está.
—No, no hay ningún problema, —respondió Torres, aunque matizó— pero ya le aviso que no podrá estar presente mientras interrogo a Pablo.
—No, tranquilo. Eso lo daba por descontado —aclaró Alonso—. Mi intención no es para nada inmiscuirme en su investigación. Sólo quiero interesarme por mis clientes... bueno, y también charlar con ellos... cuando usted acabe, por supuesto.