Informe Miller 2/4

8/11/2053
Centro psiquiátrico Michael Gazzaniga

Me dieron dos semanas de descanso después del fiasco de S.R. Los tres primeros días los pasé encerrado en casa. ¿Que por qué? Pues usted lo debe saber bien, comecocos. Sí, sabía que no era culpable de la muerte de ese hombre. ¿Cómo podría yo anticipar que el polvo inteligente le produciría una epilepsia? Fue un accidente y nada más, ¿no? Y tal vez lo fuese, pero eso no quita que probablemente el que trasteásemos en su cerebro le produjo la epilepsia y eso me haría culpable, ¿verdad? Bueno, tal vez prefiera la palabra responsable, con menos carga cristiana, pero es lo mismo ¿no? Y no sea hipócrita. Seguro que algún paciente suyo se ha suicidado alguna vez, demasiados años en la profesión para no haber pasado por eso. ¿Y acaso esa noche durmió? ¿Acaso no repasó una y otra vez lo que dijo o lo que pudo haber hecho para evitarlo? Sin duda se sintió culpable de no haber sabido ver que eso iba a ocurrir. Así que no me hable de culpa. Usted no sabe nada de culpa. Seguro que cree que es un neurotransmisor en el cerebro. Pero la culpabilidad se siente, no se analiza en sus componentes químicos. Así que no me diga que no debía preocuparme por la muerte de ese hombre, porque necesitaba saber qué fue exactamente lo que la causó.

Quería información de primera mano, así que me encaminé al laboratorio forense. Fui en el tubo. Me apetecía zurzir. Así es como llamo a la invención de una historia que me hago de alguien escuchando solamente fragmentos de una conversación casual en el metro. ¿No lo ha hecho nunca, comecocos? Pues se lo aconsejo. Estimula la imaginación.

Localicé a dos mujeres que hablaban con énfasis al final de un vagón. Me coloqué junto a ellas. Llevaba encendidas las smartglasess que ya me habían mostrado sus nombres antes de llegar. Eso les pasa por colgar fotos en su red social de las que se puede obtener su patrón del iris.

—Pues sí, la verdad es que sí. Pero por eso no debería haberme echado la bronca —dijo Andrea.

Las smartglasses ya me estaban presentando la información pública sobre ellas seleccionada y ordenada, mucha más de lo que la gente suele suponer si se ponen los filtros adecuados. Andrea, treinta y cuatro años. Licenciada en derecho y contabilidad hacía ocho años y desde entonces había trabajado en cinco empresas diferentes. La última era una mediana empresa que se dedicaba a comercializar energía geotérmica.

—No sé como no le contestaste algo. Como si esa pelirroja no se equivocara nunca —contestó Jessica.

Con un movimiento de mi pupila indiqué al avatar que me buscase las pelirrojas de la empresa. Su nombre y holoimagen apareció inmediatamente ante mis ojos.

—Por eso fui a Mary y se lo conté.

Mary no era más que la jefe del departamento de contabilidad. Su jefa.

—Yo creo está amargada por lo de la enfermedad —le contestó Jessica.

Se refería a la pelirroja y al principio pensé que era una enfermedad que tenía ella, pero una búsqueda con las smartglasses me sacaron de mi error: su hijo tenía leucemia.

—¿Y Mary que dijo?

—Que no le diese importancia, pero que tuviese más cuidado, como si no lo supiese.

Enseguida me hice un esquema de lo que estaba pasando. Llegue a la conclusión de que Andrea era la típica persona que cometía errores (cuatro despidos anteriores corroboraban la tesis) y era incapaz de asumir la responsabilidad de ellos. Al parecer siempre los minimizaba y prefería eludir su responsabilidad atacando a la persona que le había enfrentado a su error. Así que deduje que el quinto despido estaba en camino y que cómo los otros lo explicaría suponiendo una conspiración en su contra.

¿Cree que me equivoco, comecocos? ¿Cree que deducir algo de datos tan vagos? Pues nuevamente se equivoca si cree que para poder llegar a conclusiones el cerebro utiliza una deducción clásica. Mas bien al contrario, hace uso de teoría bayesiana. ¿Acaso no se lo enseñaron en la carrera? Todavía debe creer que cuando encima de su cabeza hay nubes grises y sobre usted caen gotas de agua puede afirmar que es un hecho que llueve. Y no le digo que no lleve razón el 99,9% de la veces, ¿pero un hecho? Ya le digo yo que usted no ha visto nunca llover, solo ha deducido con esos datos que debe estar lloviendo. ¿Pero acaso ha comprobado que las gotas que su cuerpo percibe han salido de una nube concreta? ¿Y si se encontrase junto al mar y las gotas de agua las trajese un fuerte viento que las arrastra de la superficie marítima? ¿Podría afirmar entonces que está lloviendo? Nuestro cerebro no hace más que llegar a conclusiones partiendo de una serie de datos vagos. Usted no haría un mejor perfil psicológico de esa chica que yo, así que mejor cierre la boca.

Llegué hasta el laboratorio. Recé porque el caso no lo llevase el forense jefe. Si era él el encargado entonces nunca sabría nada. En realidad poca gente del cuerpo me haría un favor después del caso unplugged. Es una regla no escrita que entre bomberos no se pisan la manguera. Y yo lo hice. Vaya si lo hice. Pero era lo que debía hacer, ¿verdad?

Afortunadamente para mí el caso lo llevaba Kevin, el chico de la tarde, demasiado idealista y joven. Todavía creía en que había que hacer lo correcto.

—Espero que te hubiese hecho algo —le dije sonriendo ante el cadáver de S.R. al que estaba abriendo el cráneo con un láser.

—Señor Miller —dijo sorprendido—. No le esperaba aquí.

—¿Has encontrado algo anormal?

—No, de momento no. Las lecturas del polvo inteligente son normales —se quedó pensativo unos segundos—. Quiero decir, normales si quitamos los altos niveles de adrenalina y otros neurotransmisores que son totalmente ajustados al comportamiento que tuvo S.R. según refleja su informe.

—¿Cómo permitió Ciberteos que llegase a ese punto?

—A veces ocurre. O Ciberteos no llegó a tiempo para pararle, o al estarle monitorizando en directo se dio prioridad a lo que su compañero hacía. Son accidentes. Se investigará, pero muchas veces no se logra dar con el error.

—¿Y el ataque epiléptico?

—Tampoco hay una explicación clara. Pero no hay que olvidar que el polvo inteligente utiliza impulsos electromagnéticos para estimular neuronas, receptores y vesículas de neurotransmisores, y el mismo polvo inteligente pudo provocarlo al recibir muchas órdenes para parar al sujeto. Tiene sentido que esos impulsos en algún momento se descontrolasen.

—¿Otro accidente entonces? Muchas coincidencias.

—No es la primera vez que alguien muere por un ataque de epilepsia. Ocurren cientos de casos al año. Sin ir más lejos yo he tenido que hacer la autopsia a siete ya este año. Es un trabajo rutinario.

—¿Y nadie hace nada?

Kevin se encogió de hombros.

Sabía que en los dos primeros años en los que se inoculó a la población el polvo inteligente hubo muchas muertes por su causa. A pesar de estar largamente probado, no introduces millones de nanobots en la corriente sanguínea y esperas que no haya accidentes. Pero creía que a partir de entonces los accidentes eran ya cercanos a cero. Que hubiese cientos de muertes producidas por el polvo me sorprendió. No es que me preocupara, no seamos hipócritas, unos cientos de muertos al año bien justifica que se haya acabado prácticamente con los crímenes impulsivos, se haya aumentado la esperanza de vida en veinte años y la satisfacción de la gente en más de cincuenta puntos.

Ya sé, comecocos, que es horrible lo que acabo de decir. Pero piense en la alternativa. ¿Dejaría que cada uno eligiese si desea utilizarlo o no? Como si los criminales quisiesen que les controlasen. ¿O tal vez deberíamos eliminarlo? Demasiado melodramático. ¿No cree que sea asumible una probabilidad tan pequeña de muerte para tener una vida más feliz y sin miedo?

—Quiero que analices el cerebro de ese individuo hasta su último átomo e infórmame de cualquier anomalía que encuentres, ¿de acuerdo?

Kevin asintió.

—Pero ya le aviso de que no voy a encontrar nada.

Abandoné el laboratorio y me dirigí a mi domicilio para realizar la búsqueda que necesitaba en la terminal de Precrimen.

En el tubo zurcí los retazos de dos adolescentes que habían tenido un fin de semana movidito.

Llegué a mi casa. Abrí la cerradura con el código de mi endocomunicador y entré.

Supongo que ahora siente curiosidad por cómo es. De eso seguro que saca algunos datos para su diagnóstico. Pues se lo voy a decir: lo primero que llamaría su atención sería la ausencia de fotografías. Ya sé, un tipo que no guarda registros de su pasado en la época de la informática universal es un tipo extraño, sin duda. Seguro que lo achaca a una escasa vida social y a una cierta introversión, incluso una cierta misantropía, ¿verdad? Para ustedes cualquiera que se sale de la norma debe ser el resultado de algún comportamiento psicosocial anómalo. ¿Pues sabe qué le digo? Chorradas. También me dijo un psicólogo una vez que la gente que se duchaba con agua muy caliente es que estaba falto de cariño. Así que déjese de psicología barata de taberna.

¿O es que acaso le parece lógico que la gente se haga decenas de fotos al día y las compartan con los amigos en una orgía narcisista? Mandarle a alguien una foto del suculento plato que se está comiendo es obsceno. Es como decirle al mundo: Mira, estoy aquí en este marco incomparable saboreando unas ostras Guilleardeau, mientras vosotros... ¡A joderse! ¿Qué necesidad hay de hacer partícipe a los demás de todo lo que hacemos, salvo el instinto de diferenciarnos de ellos? Así que si hay alguien con problemas psicosociales son ellos.

Y aún así seguro que pensará que eso no es razón para no tener fotografías en casa o en álbumes electrónicos para uso personal. Pero si no guardo ni una es por una razón muy simple: porque las fotos son una adulteración de los recuerdos, del instante, es la congelación del flujo de la vida. Las fotografías en sus marcos digitales parecen un altar al dios de la memoria como si buscásemos al exhibirlas, su perdón. ¿No le ha ocurrido nunca que ha visto una película cuando era pequeño que le gustó mucho y al volverla a ver años después le ha producido una gran decepción? Pues eso son las fotografías para mí, intentos sin vida de reinterpretar lo pasado. Sí, vivimos en la época del registro, no solo las fotos, todo lo que somos queda guardado y digitalizado en filmaciones, en bancos de datos... Nos objetivamos como esa información y en eso nos convertimos para la gran mayoría: sujetos consumidores, delincuentes potenciales, cabrones que viajan por todo el mundo haciéndose fotografías que restriegan a los demás. Sí, y ya sé que en realidad nunca ha sido de otra forma, siempre los demás se han formado nuestra imagen a través de los datos que recibían sus sentidos, juntando retazos de información para construir un monstruo de Frankenstein, pero por lo menos antes había contacto físico entre las personas. Ahora puedes conocer a alguien mucho mejor que ella misma sin levantarte del sillón de tu casa.

Pero no estamos aquí para filosofar. Por lo menos no solo para eso. Así que continuaré con mi informe.

Me introduje en la terminal de Precrimen para buscar el número de sujetos que habían muerto de ataques epilépticos en ese año y el anterior. Me dio una cifra total de quinientas sesenta muertes. La de S.R. todavía no estaba catalogada. El siguiente paso era comprobar qué casos de epilepsia eran causados por el polvo inteligente y cuales por causas naturales. Y cual fue mi sorpresa al comprobar que los casos de muertes por epilepsia no solo no habían aumentado en los últimos años como cabría esperar sino que habían disminuido. Investigué un poco más y comprobé que solo durante tres años, los primeros en los que se implantó el uso generalizado del polvo, los casos se multiplicaron hasta por cuatro. Pero después bajó a niveles anteriores al uso del polvo. ¿Por qué? La respuesta parecía clara. El polvo podía anticipar y frenar los ataques epilépticos naturales (solo había que programarlo para bloquear los canales de sodio o los de calcio N por ejemplo), por lo que los casos que se producían en la actualidad eran los causados principalmente por el funcionamiento del polvo inteligente. Se había cambiado una causa por otra.

El siguiente paso era comprobar si el número de casos este año era anómalo. Para ello tenía que compararlo con los años anteriores. La serie de muertes por epilepsia se había estabilizado hacía diez años, por lo que podía trabajar con esos datos mensuales. Y encontré que en los últimos cuatro meses había habido un aumento del veinte por ciento de muertes, un dato significativo según el test de Sirnakov. Lo que indicaba que ese aumento era debido a alguna causa. ¿Cuál? Eso los datos ya no lo decían. Pero ahí empecé a sospechar que tenía que ver con lo que le había ocurrido a S.R.

Pero de momento todo esto solo era humo. Tenía que cruzar los datos masivos de los fallecidos para encontrar el fuego. Y no tardé mucho. Después de varias horas comparando diferentes variables, apareció un dato que nadie esperaría: el número de muertos por epilepsia que pertenecían al partido Izquierda Racional era significativamente muy superior al de otros partidos. ¿Acaso podía ser casualidad? Sí, la misma que la física cuántica le da a que una mujer se materializase a mi lado espontáneamente. Ya tenía el fuego que investigar.

Salí de casa no sin antes comprobar que no me había dejado ningún grifo abierto. Incluso pequeñas gotas pueden suponer un gran gasto de agua a lo largo del año. Apúntelo, comecocos.

La única pista que tenía era que los fallecidos habían sido o eran miembros del partido Izquierda Racional, por lo que lo primero que debía hacer era concertar una cita.

Fue fácil conseguir una entrevista. Supongo que la cercanía de las elecciones lo hizo más fácil.

La sede se encontraba en las afueras. Llegué en los treinta y cinco minutos y cuarenta segundos que Ciberteos había predicho a la salida con un margen de error del cinco por ciento.

Al acudir allí lo que buscaba realmente era remover el avispero, porque en realidad no tenía mucho salvo una intuición y una estadística. Así que lo único que podía ponerme tras la pista era que las avispas vinieran a por mí.

El edificio se encontraba cerca de un bosque y un lago, en una construcción hecha de materiales bio-reciclabes que, como las células del cuerpo humano, cada cierto tiempo necesitaban regenerarse y por lo tanto se podía decir que era una casa viviente o al menos eso es lo que el jefe de prensa del partido me contaba en la visita guiada.

—Todos los materiales son biodegradales o capaces de reutilizar las energías naturales que lo rodean —seguía contándome orgulloso de su sede—. Los cristales son capaces de convertir en energía eléctrica la vibración que producen tanto la gotas de lluvia como el viento que golpean contra ellos, el tejado es una gigantesca placa solar y los muros toman los nutrientes directamente de la tierra para regenerarse. Todo un edifico inteligente, ¿no cree? En realidad todo lo que usamos está diseñado para que tenga una segunda función. Este traje que llevo puesto está fabricado de un tejido capaz de absorber el calor del cuerpo y utilizarlo como energía para convertir el dióxido de carbono del aire en oxígeno. Soy como una planta viviente. Y el calor lo sacamos del subsuelo, a doscientos metros hay una temperatura de veintiún grados, una energía constante y sin un solo contaminante.

—Muy interesante, pero no he venido a hablar de eso —le dije ya cansado de tanta autocomplacencia.

—Entiendo. Pase por aquí.

Nos dirigimos a una sala donde además de una mesa que estaba tallada en el tocón de un árbol que hundía sus raíces en la tierra, había dos árboles con forma de sillón en su base.

—Siéntese.

Lo hice.

—Cómodo, ¿verdad? Los genes que daban forma a la corteza los hemos modificado para que den esa especie de corteza acolchada.

Y la verdad es que era comodísimo.

—No pensaba que los ecologistas realizaran modificaciones genéticas—le dije sorprendido.

Me sonrió:

—Si he aceptado esta entrevista es por ser quien es.

—¿Quién soy?

—Jack Miller. El hombre que destapó el caso unplugged.

Se me olvidaba que había cosas que nunca cambiaban y la relación entre la izquierda y la policía tampoco lo había hecho.

—¿Quiere beber algo? —me preguntó amablemente.

Asentí con la cabeza. Sacó una navaja e hizo un corte en una de las ramas superiores de mi sillón. El árbol empezó como a sangrar y el líquido se fue depositando en una especie de cuenco que también era parte de una rama. Cuando se hubo llenado, con la sustancia pegajosa que sacó de un tubo selló el lugar por donde salía la savia artificial

—No se preocupe. El árbol no sufre. A veces tendemos a personificar a todos los seres vivos.

Arrancando el cuenco de su tallo, me lo ofreció. Lo cogí amablemente y miré en su interior. El líquido tenía un color rojizo y un olor a fructosa embriagador. Lo probé y me fascinó su sabor. Aunque era dulce, tenía un regusto amargo, parecido a un zumo de limón azucarado, pero con un sabor más cercano a la cola. Estaba exquisito.

—Después de esta exhibición empiezo a dudar de que su grupo se opusiese al polvo inteligente.

—Es un error común. Somos ecologistas pero no somos tecnófobos. Ese tipo de ecologistas nos hacen mucho daño de cara a la opinión pública. Nosotros solo estamos en contra de la tecnología que menoscabe el ecosistema en el que vivimos o suponga un riesgo para la libertad, dignidad e integridad del ser humano. Y el polvo inteligente viola las tres.

—El tema de la libertad podríamos discutirlo, pero ¿la integridad y la dignidad del ser humano? ¿Acaso somos mucho más íntegros y dignos cuando cometemos delitos?

—¿Prefiere la seguridad a cambio de libertad? Eso suena muy neoliberal, buscando el control total de todo aquello que amenace su estilo de vida. Al fin y al cabo no es de extrañar que fueran ellos los que apoyaron el polvo inteligente desde el principio.

—¿Y cuándo cambiásteis racionalidad por anarquía? Porque hasta ahora cometer crímenes no nos hace más dignos ni íntegros.

Quería ver hasta donde llegaba la discusión.

—El control está bien, pero no de forma exógena sino que creemos en el autocontrol. Cada uno de nosotros debe aprender a controlarse y a querer no cometer crímenes. Si el ser humano necesita de un dictador, sea humano o mecánico, para que le guíe entonces nuestra guerra está perdida. Habremos despersonalizado totalmente al ser humano.

—Entonces el polvo inteligente es contrario a todo lo que defendéis.

—De alguna forma sí.

—¿Y por qué ahora que gobernáis no habéis sacado una ley para eliminarlo?

Me sonrió antes de contestar.

—No es tan sencillo. La ciudadanía está contenta con él y además somos tres en coalición en el gobierno por lo que necesitaríamos el apoyo de los otros dos partidos. Algo que ahora no ocurre.

Esto podía corroborar la hipótesis de que están asesinando a gente para echarle la culpa al polvo y generar así un clima en contra de él que les permitiese poder desconectarlo. Decidí pasar al ataque.

—¿Y qué estaríais dispuestos a hacer para eliminarlo de la ecuación?

Era como un mono con una pistola, disparando a ver si saltaba la liebre por algún lado.

—Creo que no me gusta el cariz que está tomando esta entrevista. ¿Qué es lo que ocurre?

—Discúlpeme —le dije intentando apaciguarle—. Le voy a mandar una lista de nombres y dígame si conoce a alguno de ellos.

Le di la instrucción a mi endocomunicador y sus hologafas le proyectaron los nombres.

—Ni sus holoimágenes ni sus nombres me dicen nada, pero veo que son o eran miembros del partido.

—¿Y ninguno le suena?

Estuvo unos segundos leyendo los nombres de nuevo y negó con la cabeza.

—¿Ocurre algo con ellos? ¿Es por eso que está aquí?

—Todos murieron de un ataque de epilepsia. Parece que por el polvo inteligente.

—¿Y eso tiene algo de raro?

—Estadísticamente sí. Solo quería echarle un vistazo.

Se quedó pensativo unos segundos.

—Nunca debimos dejar que nos contaminasen con esa tecnología deshumanizadora.

Me encogí de hombros.

—El problema no es que vivamos en una sociedad deshumanizada, sino que ahora lo sabemos.

Le envié un mensaje a su endocomunicador.

—Le dejo mi número. Si encuentra cualquier cosa relacionada con esos tipos, llámeme.

Él asintió y me marché de allí.

Me subí en el coche y le di la dirección de mi próximo destino. Ciberteos calculó la ruta más apropiada teniendo en cuenta variables como el tráfico o los semáforos. Me mandó por la carretera circular cuyo límite era de ciento veinte kilómetros por hora. Poco después de incorporarme a ella un Mercedes detrás de mí me dio las luces largas para que abortase el adelantamiento que estaba a punto de realizar y le dejase pasar. Yo ya iba a ciento veinte, por lo que si me quería adelantar superaría el límite. Me daban ganas de frenar en seco y que se estampase, él recibiría la peor parte, pero logré contenerme. Aún así no me cambié de carril y reduje ligeramente la velocidad. Eso le irritó todavía más y acercó su coche para casi embestirme por detrás. Volvió a darme las luces. No fallaba. Siempre que alguien se creía con derecho a saltarse las normas en carretera tenía un coche de alta gama.

Mandé un mensaje a Ciberteos. Mucha gente todavía no lo sabe, seguro que usted tampoco comecocos, pero se puede utilizar el endocomunicador para denunciar a alguien. Ciberteos no puede actuar de oficio, eso va contra la privacidad, pero si alguien le avisaba esa era otra cuestión. Ciberteos lo comprobó en el momento. Vio que ese Mercedes no respetaba la distancia de seguridad y le redujo la velocidad. Seguro que ese capullo no se lo esperaba.

Mientras veía como su vehículo se alejaba, le saqué el dedo anular para que viese como le mandaba a la mierda. Eso debió irritarle porque vi por el retrovisor como golpeaba el volante. Lo reconozco, no pude evitar sonreír.

No soporto a la gente que se cree por encima de la ley, a la gente que cree que las normas han sido escritas para otros y sobre todo que lo crean porque tienen más dinero que los demás.

Me reuní con James, mi controlador, en una taberna a la que solía ir. Era la primera vez que nos íbamos a ver después del fiasco de S.R.

Nada más entrar pude sentir el olor de la cerveza. El exceso de receptores de glutamato y la disminución de receptores GABAA que vosotros los comecocos llamáis alcoholismo hizo que aumentara la hiperexcitabilidad de mi sistema nervioso central. En cristiano: que empecé a sudar y ser un manojo de nervios (aunque supongo que usted no necesitaba traducción, ¿verdad, comecocos?). Al mismo tiempo mi cerebro empezó a echar de menos la dopamina generada por la ingesta de etanol, que es lo que podía calmar este nerviosismo.

Afortunadamente el polvo inteligente que circula por mi sangre en seguida envió una señal (cientos de ellas) a mi CCC para que este procesase esta información que enviaría a Ciberteos para que diese una respuesta adecuada. En cuestión de segundos, mi CCC envió señales de vuelta a las partículas del polvo inteligente cercanas a las vesículas de GABA y de dopamina. Noté como se liberaban (o imaginé como lo hacían) y sentí como mi cerebro paulatinamente se embebía de ellas como una bañera lo hace de agua caliente preparada para un baño de burbujas. El efecto conjunto de los dos neurotransmisores derivó en una sensación de calma que fue culminado con un baño de endorfinas. Me sentí mejor que inmerso en aguas termales y toda ansiedad desapareció. Por lo menos durante las horas siguientes.

Me reuní con James en una mesa.

—¿Qué tal homúnculo? —le dije.

—Cuando sea algo más que una voz en tu cabeza podías evitarte el nombrecito. ¿Cómo lo llevas?

—El polvo ya ha hecho su labor.

—No sé por qué quedamos aquí.

—Porque tengo la esperanza de que un día entraré por esa puerta y no se dispararán todas las alarmas en Ciberteos.

James guardó silencio unos segundos hasta que llegó la camarera.

—Te he pedido lo de siempre.

Asentí con la cabeza. La camarera dejó mi soda y una Guinnes para James.

—¿Cómo estás después del fiasco? —me preguntó.

—Pensaba que estarías de viaje —le dije cambiando de tema.

—Con todo este asunto se me han quitado las ganas. Me siento fatal por lo que le pasó.

Bebí un trago de soda.

—Nosotros no tuvimos la culpa.

—Sí, lo sé. Pero...

—¡No tuvimos la culpa!

James calló de repente. Miré a mi alrededor. No había mucha gente. Un grupo de amigos jugando al billar en una esquina y en la otra dos tipos muy altos intentaban entablar una conversación con dos chicas sentadas en una mesa.

—Vamos baila conmigo —le dijo el más alto y fuerte de los dos.

Las chicas parecían hacer caso omiso, pero él siguió insistiendo.

—Vamos, solo un bailecito —le dijo tirándole del brazo a la morena.

A la chica se la veía incómoda.

—¿Por qué no hace nada Ciberteos? —le pregunté a James.

—Tal vez sean deportistas.

Eso lo explicaría. Todos los ciudadanos tenemos el polvo inteligente en la sangre pero no para todos está programado igual. A la mayoría no solo nos vigila cualquier anomalía que pueda degenerar en enfermedad sino que también controla nuestro comportamiento. Pero hay excepciones. Hay unos pocos ciudadanos a los que Ciberteos no regula sus niveles de adrenalina (entre otros neurotransmisores) y la mayoría de ellos son los deportistas. Hubo mucho debate al principio sobre quienes debían quedar al margen o no, pero en el caso de los deportistas estuvo claro. Necesitan la tensión para generar los impulsos de superación, necesitan toda la excitación para competir al máximo y eso se vería muy mermado si un ordenador los regulase a cada segundo.

Así que ese capullo parecía que estaba dejando que sus neurotransmisores desbocados le llevasen a abusar de su fuerza.

La chica bailaba con él de mala gana y cuando este le puso la mano en el trasero intentó apartarse, pero él no la dejó.

Salté como un resorte antes de notar como Ciberteos regulaba de nuevo mis niveles de adrenalina (ya sabe que los agentes de la ley al final nos quedamos fuera de esa excepción). Aún así avancé hasta donde estaba el chico.

—Déjala ir—le dije con tranquilidad.

—¿Quién me lo va a impedir? ¿Tú? —me dijo encarándose conmigo. Parecía mucho más fuerte de cerca.

—Tal vez.

Él cogió a la chica otra vez y le puso el brazo alrededor de la cintura.

—Está conmigo y no quiere irse, ¿verdad?

Ella no dijo nada. Seguro que Ciberteos la estaría bombardeando con las dosis necesarias de endorfinas para que estuviese calmada y no tuviera miedo. Y seguro que su razón le decía que ese capullo me ganaría en una pelea, dejándola en muy mala posición si le replicaba.

Yo le miré fijamente a los ojos. Podía haber optado por denunciarle a Ciberteos y quitarme así de problemas. Pero no lo hice.

—No te lo vuelvo a pedir. Suéltala.

Miré a James y vi en su cara que quería que lo dejase. Pero no iba a hacerlo. Eso no sería hacer lo correcto.

El mastodonte me lanzó un puñetazo que esquivé con facilidad.

Es cierto que la adrenalina en ocasiones puede ser beneficiosa, pero la mayoría de ellas son situaciones extremas de peligro. Por eso los agentes de la ley finalmente quedamos fuera de la excepción que impedía a Ciberteos regular los niveles de los neurotransmisores excitatorios. Muchos policías, la mayoría de la vieja escuela, todavía no lo creen, pero mantener la calma te da ventaja en el noventa y nueve por ciento de las situaciones en las que nos vemos envueltos. Y esta era una de ellas.

Por supuesto no cualquiera puede usar esta ventaja. Para eso nos entrenan. Al fin y al cabo las emociones, producidas por esos neurotransmisores, dan una serie de respuestas automatizadas que de no existir nos haría quedarnos impasibles. Si yo no me hubiese forzado a mí mismo a enfrentarme a ese capullo, nunca habría intervenido porque la rabia que genera el contemplar una situación de abuso como esa fue corregida inmediatamente por Ciberteos. Pero por eso hacía tiempo ya que no actuaba por impulsos sino siguiendo mi razón y lo que esta me decía que era lo correcto.

En ese momento a pesar de que me había intentado agredir, no sentía ningún rencor hacia él, así que el puñetazo que le lancé fue producto de mi racionalidad y no de la emoción. Le rompí la nariz y comenzó a sangrar. Ya vigilaba a su compañero por lo que cuando se abalanzó sobre mí no me sorprendió. Aprovechando el impulso que llevaba su embestida, le lancé contra la pared.

Salimos del bar y las chicas nos siguieron. Nos dieron las gracias. Querían invitarnos a otra copa. Pero yo lo rechacé. James me apartó para hablar conmigo a solas.

—Vamos. En algún momento tienes que empezar a ver a chicas de nuevo.

—No, James.

—No fue tu culpa. No lo fue.

Estuve a punto de darle un puñetazo en la cara. Puede agradecérselo a Ciberteos que no lo hiciera.

—Vete con ellas. No me necesitas para nada.

James se quedó contrariado, pero no era la primera, vez por lo que se le pasaría enseguida.

En cambio a mí la melancolía me embargó. Supongo que Ciberteos no quería o no podía pararla. Creía que en estos años había avanzado algo, que ya no sentiría el dolor del vacío, pero la pelea había vuelto a abrir la brecha. Ciberteos podía bloquear cualquier amago que tuviese de volver a beber, pero no eliminaba el que notase como ese ansia corría por mis venas, se retorciese como una serpiente bajo mi piel, produciéndome un picor como el de un eczema en carne viva. Eran pequeños destellos, como estrellas fugaces que rápidamente eran consumidas en la atmósfera pero que como la punta del iceberg anunciaban que debajo, acurrucado como un tigre, esperaba algo mucho más grande: la adicción que rellenaba el vacío de la culpa y que agazapada estaba dispuesta, al menor despiste, a devorarme de nuevo.

Trascripción literal de la sesión psiquiátrica
del 21/2/2047 con el paciente Jack Miller

Anexo C3 del informe Miller
Inicio de sesión.

—Hace ya un mes desde nuestra última sesión. No deberías dejar pasar tanto tiempo.

—He estado ocupado.

—Lo sé. ¿Y cómo te encuentras?

—Este mes me ha ido de maravilla. Hubo un minuto en el que no pensé en ella. (pausa) Sufrí un desvanecimiento.

—¿Otra vez?

Silencio.

—¿Has traído el ejercicio que te pedí?

—Sí. Al final lo he hecho como si hablase con ella. Me sentía más cómodo, me era muy fácil.

—Ya te dije que utilizaras la forma con la que te sintieses mejor. Lo leeré más adelante y lo comentaremos. Pero antes debo preguntarte. ¿Por qué crees que lo has hecho?

—¿Por qué hice qué?

—¿Por qué crees que denunciaste a esos agentes?

—¿Por qué no iba a hacerlo? Estaban cometiendo una ilegalidad.

—Pero eran tú propia gente.

—¿Me está juzgando?

—No, ni mucho menos. Solo quería saber tu opinión de por qué los denunciaste. Sé que hay reglas no escritas como que entre bomberos no os pisáis la manguera.

—Hice lo correcto.

—Sí, no lo dudo. Pero choca con ese trabajo que me dejaste.

—¿El del polvo inteligente?

—Sí. Ahí dices que la moral no existe. Que es un invento. Entonces ¿por qué hacer lo correcto?

(pausa)

—¿Acaso usted no hace lo que cree que es correcto?

—Pero yo no creo que la moral sea una ficción. ¿No ves que tu comportamiento es contradictorio?

—Claro, seguro que usted se comporta de manera intachable y que siempre hace lo que piensa. Me encantaría poder analizarle. Veríamos si es tan perfecto.

—Jack, no soy el enemigo. Solo que...

—...solo que estoy seguro de que tiene una teoría de por qué lo hice, ¿verdad? Escúpalo y déjese de rodeos.

—Bien. Todos tenemos vacíos en nuestra existencia y cada uno lo rellena de la mejor forma que puede, unos coleccionan compulsivamente y otros comen como posesos. En tu caso el hueco lo rellenaste con el alcohol. Pero aún así te sigues sintiendo culpable así que haces lo correcto para intentar limpiar esa culpa.

—Pues si tan seguro está de que mi problema está ahí ¿por qué no hace que programen a Ciberteos para eliminarla?

—Porque supondría un gran problema. La culpa no solo es algo negativo. Como has señalado es la que nos impide hacer algo malo. Entonces ¿cómo diferenciar la culpa buena de la mala? El polvo inteligente es un gran invento, pero no puede ser la solución para todos los problemas de la humanidad.

Silencio.

—Para que quede claro... no sé lo que sabrá del caso, pero un grupo de agentes, de personas que se supone, se supone que nos debían proteger se toman la justicia por su mano y... ¿y nadie hace nada? Desconectan los chips que controlaban su polvo inteligente ¿y nadie dice nada? ¿Se imagina cuanta gente estaba implicada para poder realizar algo así? Y nadie decía nada porque en el fondo estaban de acuerdo. ¿Sabe? Se equivocan. Para un bombero puede ser beneficioso el... no estar regulados por Ciberteos. ¡Imagínese! Se tienen que meter en un fuego y la adrenalina ahí es fundamental. ¿Pero para nosotros? La calma es lo mejor. Es como aquella película... no recuerdo el título. ¡Puta memoria! Da igual. El mejor pistolero no es quien desenfunda más rápido sino quien mantiene la calma al disparar. Y alguien tenía que denunciarles.

Pausa.

Sin perdón. Así se llamaba la película.

—No me has contestado. ¿Qué opinas de mi hipótesis?

Silencio.

—Que es una mierda. Lo hice porque tenía que hacerlo, porque era lo correcto. Sí, ya sé que dije que la moral no existe, ni tampoco el libre albedrío, pero si usted ahora me diese un puñetazo, a pesar de todo mi cerebro me diría que lo ha hecho de forma libre y que usted, no su cerebro, es un capullo. Miré, hacemos cosas constantemente siguiendo principios morales sin tan siquiera darnos cuenta. ¿Está usted casado?

—Eso no tiene nada que ver...

—Da igual. Supongamos que lo está o seguro que ha tenido pareja. ¿Acaso no le ha sido fiel? Incluso en ocasiones en las que sabía que no le iban a pillar. ¿Por qué? Porque somos putos animales morales. Porque en nuestra naturaleza está el no hacer daño a otros. Y si ha sido siempre infiel estoy seguro que ha tenido graves problemas de conciencia. ¿No se acuerda? Usted mismo me lo dijo, lo que decía el doctor ese, que el cerebro se inventa la realidad para su beneficio, el doctor Gazmina.

—Gazzaniga y no es exactamente...

—Déjese de mierdas. Sabe a lo que me refiero. Sí, es verdad que la moral no existe, pero también es verdad que necesitamos creer en ella. Por eso lo hice, no porque busque rellenar no sé que putos huecos.

Silencio

—¿Qué? ¿No va a decir nada?

—Estoy...estoy sorprendido. Cuando te recomendé para ser uno de los sujetos experimentales en los que se probase el polvo inteligente lo hice porque estabas en una espiral destructiva que intuía iba a acabar muy mal. Pero tengo la impresión de que en este tiempo no has mejorado mucho.

—Otra vez se equivoca, comecocos. Soy lo que soy gracias al polvo inteligente. Tenía que haber estado en mi cerebro cuando bebía. Tenía que haber estado allí. Comparado a cómo estoy ahora, esto es el cielo, es el puto paraíso.

Final de sesión

© Javier Castañeda de la Torre, (6.041 palabras) Créditos