Interludio

—Ni siquiera os podéis imaginar cómo se pusieron tras descubrir que todo había sido un truco —dice Molly observando una copa de jereceite.

—¿Tú lo viste? —pregunta Umashankar.

—Por poco, pero sí. Estábamos a menos de dos kilómetros cuando la ira de los birkheadianos volvió a desatarse. No era difícil contemplarlos desde lejos, a decir verdad, era bastante más sencillo y menos peligroso que contemplarlos de cerca. Si no hubiera sido porque sabía que mi robot estaba allí —extiende una mano y atrae hacia sí a Hyleas, que la mira con ojos vidriosos esbozando una sonrisa—, no me hubiera acercado a aquellos monstruos por nada del mundo; pero ya veis, el amor tiene esas cosas.

—Qué bonito —dice Servatius, y en su voz no se trasluce un ápice de ironía—, lo que daría yo porque una mujer me quisiera así.

—¿Y para qué necesitas tú una mujer que te quiera así si ya tienes a Umashankar?

Umashankar se sonroja, sin que se pueda adivinar si se trata de rabia o timidez. La voz les ha venido de arriba y todos miran hacia el techo.

—Aquí —vuelve a repetir la voz que ahora va y viene como si se bamboleara.

—¡Tú! —dice Hyleas.

—Yo —dice el mono Marinchín descolgándose de la lámpara a la mesa.

—¡Un mono! —dice el tabernero aprestándose a coger una escoba.

—Alto ahí —dice Hyleas—, éste no es un mono cualquiera. Se trata de Marinchín el mono del que tanto os he hablado.

—Mientras no le dé por hacer ninguna guarrería sobre las butacas.

—Señor —dijo Marinchín levantando la nariz—, sospecho que soy bastante más refinado que la mayoría de clientela de su selecto local; si he de hacer alguna guarrería no la haré sobre ninguna butaca, puedo asegurárselo, la haré directamente sobre la barra.

El tabernero salta con la escoba en ristre dispuesto a golpear a Marinchín, que lo esquiva y aprovecha su salto para coger una oliva y apuntarle con ella, colgado nuevamente de la lámpara.

—Yo en tu lugar lo dejaría estar —interviene Ralph—. Ese mono tiene puntería: lo he visto acertarle a las pelotas de una mosca en pleno vuelo.

El tabernero baja la escoba muy despacio, sin hacer movimientos bruscos.

—Eso está mucho mejor —dice el mono bajando de la lámpara y acomodándose al lado de Hyleas— y ahora, ¿puede este mono escuchar en paz el final de esta historia?

El tabernero asiente e Hyleas vuelve a retomar la palabra.

1

Kate y Molly estaban ya tan cerca que podían escuchar los gritos de los desgraciados que emprendían su viaje a los estómagos birkheadianos.

—¿Crees que es buena idea seguir acercándonos? —dijo Molly.

—Tengo una premonición.

—¿Una premonición? ¿Es un arma nueva? ¿Servirá para matarlos?

—No exactamente. Se trata de un tipo de pensamiento.

—Pues me temo que con un pensamiento no vamos demasiado lejos.

Los birkheads se iban agachando sobre las laderas de la garganta cada vez más, como cerdos que fueran apurando un comedero y tuvieran que inclinarse más y más para sorber los restos del fondo. Seguían aumentando de tamaño con cada nueva presa, aunque dado el volumen que ostentaban a aquellas alturas, la diferencia entre veinte humanos más o menos en el estómago ya había dejado de ser significativa.

—Voy a entrar —dijo Kate señalando la entrada de la garganta.

—¿Es por la prexuflexión?

—¿La premonición, quieres decir?

—Ah, ahora lo entiendo al fin: predonación, es decir que estás a punto de convertirte en mona y tienes la esperanza de que eso nos sirva de ayuda.

Kate no se entretuvo en responderle y avanzó a toda carrera por el pasadizo que daba al interior de la Garganta Ronca.

No creo que convertirse en mona le sirva de mucho pensó Molly antes de emprender la carrera tras ella.

Las dos se volvieron a encontrar al otro lado de la gruta.

—¿Y ahora qué? — preguntó Molly.

—No estoy segura.

Miró hacia arriba y vio como las bocas de los birkheads peinaban la zona sorbiendo a todos los humanos a su alcance. Un pálpito la hizo girarse hacia la izquierda y allí estaba, era Hans, tan espléndido como siempre embutido en su ajustado mono de astronauta, aunque un tanto desmejorado por los ojos desencajados y el tembleque incontrolable. Él también la vio, y abrió la boca en una mueca de horror.

—Vete — pudo leer en sus labios—, vete antes de que sea tarde, estos cabrones van a acabar con todos nosotros.

2

Cosme y Diana se habían refugiado tras unas rocas y disparaban contra los birkheads. Habían comprobado que su único punto débil era la campanilla, así que tenían que esperar a tener sus enormes bocas abiertas sobre ellos para poderles disparar con cierta garantía. Era un trabajo arduo y peligroso, y ni siquiera parecía ser demasiado fructífero, pues las tres babosas gigantes, a las que les habían acertado en el centro de la campanilla, habían estado un rato dando saltos como si se hubieran quemado la lengua pero pasados unos minutos habían vuelto al ataque con furia renovada.

—Esto se acaba —dijo Cosme, haciendo sonar su voz por encima del estruendo de los disparos.

—No hasta que nos quedemos sin municiones —dijo Diana disparando por encima de la roca.

—Había pensado que tal vez podríamos convertir estos minutos en memorables.

—¿Más aún?

—No me refería a ese tipo de memorable —dijo Cosme comenzando a acariciarle la pierna.

—¿De verdad eres capaz de pensar en eso en medio de este pandemonium?

—Mi mujer me pone, ¿Qué quieres que te diga?

Diana volvió a disparar y a acertarle exactamente en el centro de la campanilla al birkheadiano del sombrero de copa, que se retiró hacia atrás y comenzó a dar saltitos.

—Está bien —dijo Diana soplando el humo de su pistola en un irresistible gesto chismero—, busquemos un lugar para nosotros.

3

Cuando Kate vio la gigantesca mole del birkheadiano de la chistera inclinarse hacia atrás y comenzar a dar saltitos, lo reconoció de inmediato.

—Lord Frederick —murmuró entre dientes.

—¿Qué dices? —dijo Molly.

—Yo lo conozco.

—¿A eso?

—No es un eso, es una persona. Lo atendí en Mr. T. Y fue el mejor de los clientes que haya tenido jamás.

—¿Fue tu cliente? —Molly no pudo reprimir un escalofrío.

—No es lo que tú crees. Si pudiera lograr que me escuchara...

—Eso está hecho —Molly puso ante ella un dedo que se desenroscó y apareció un micrófono—, tú habla por aquí que yo ampliaré lo que digas.

Kate meditó un instante lo que iba a decir antes de hacerlo.

—Habla rápido, creo que tus amigos no pueden aguantar demasiado.

—¡Lord Frederick, Lord Frederick! ¿Es usted?

El birkheadiano se detuvo en el último de sus saltos y miró hacia abajo con una mirada en la que no parecía haber espacio, más que para el odio y la destrucción.

¿GROAR?.

—Soy yo, Kate, lo atendí a usted y a toda su tripulación. ¿Recuerda la experiencia inolvidable de las tazas de té?

Un rayo de reconocimiento atravesó el rostro del birkheadiano e hizo descender uno de sus ojos hasta la altura de Kate. Molly no pudo evitar retroceder un poco al ver aquel apéndice con el ojo en el extremo; pero Kate se mantuvo firme bajo su mirada.

¡GROAR! Volvió a rugir Lord Frederick y el resto de birkheadianos detuvieron su festín.

¿Groar?.

Kate sonrió, aquello ya empezaba a recordarle el lenguaje de los ebooks.

—Sí, yo os perdono; pero me temo que las familias de los lemianos que os habéis zampado no os perdonarán nunca.

—Groar —dijo Lord Frederick dirigiéndose ahora exclusivamente a ella.

—¿De verdad?

—Groar.

—¿De verdad lo entiendes? —dijo Molly.

—Sí, ruega que los disculpemos pues el horror experimentado ante esa música los convierte en incontrolables.

—¿Algo más?

—También pregunta que si creo que los lemianos los perdonarán si les devuelven a sus familiares, aunque sea recubiertos de mucus — Kate se dirigió a Lord Frederick—. Estoy segura de que os perdonarán siempre y cuando estén vivos y sanos.

—Groar.

—¿Qué ha dicho ahora?

—Que están vivos, y que la baba de babosa, como la de caracol, es muy buena para el cutis.

PRRRREEETTTT.

El sonido provino de Lord Frederick. Era una especie de trueno monstruoso que lo hizo perder varios metros de altura.

—¿Qué ha sido eso?

—Creo que son los primeros lemianos que vuelven.

4

Los birkehads estuvieron excretando humanos durante varias horas. Con cada deposición recuperaban un poco más su tamaño natural y con éste, su capacidad de hablar educada y refinadamente. Una de las cosas que más me llamó la atención era comprobar cómo sus ropas permanecían en perfecto estado. Con ciento cincuenta metros habían aparecido llenas de harapos, pero al recuperar su tamaño original, volvían a estar impecables e incluso elegantemente planchadas.

En cuanto a los humanos que habían sido engullidos volvían en estado de perfecta salud y algunos, como el propio Don Giovanni, incluso aparecían protestando por el hecho de haberlos obligado a salir. Con lo bien que estaba yo ahí adentro había dicho el Papa corelliano envuelto en mocos, pero con una piel suave como la de un bebé.

Dorotea, Katyuska y Cooper salieron de la gruta en la que los dioses ominosos tenían su laboratorio de efectos especiales. Ni siquiera las dos mujeres habían logrado convencerlo de que se deshiciera de su disfraz de escarabajo. Decía sentirse desnudo sin él, y Katyuska pensó que pese a todo quizá no le conviniera. A medio camino, se encontraron con un grupo de arañas, hormigas, avispones, sepias, calamares y cangrejos de tamaño familiar que iban huyendo a trompicones hacia la selva. Cooper miró a Katyuska con ojos llorosos, y ésta comprendió.

—Vete —dijo—, ve con los que son como tú. Tal vez un día volvamos a encontrarnos.

Las dos mujeres lo vieron alejarse, confundiéndose entre aquel grupo informe de falsos animales.

—Es un alma libre —dijo Dorotea—, lo mejor que puedes hacer es dejarlo marchar.

—Sí, tienes razón, pero antes necesito hacer algo.

Katyuska echó a correr hacia Cooper con los brazos abiertos, éste, al verla venir se giró para recibirla y abrazarla; pero en el último instante, Katyuska esquivó sus brazos y le estampó un puntapié con precisión quirúrgica en la entrepierna.

—Pero... ¿por qué? —dijo Cooper revolcándose por el suelo ante la preocupada mirada del resto de dioses ominosos que se apartaron disimuladamente.

—Por ser un cobarde y un inmaduro. Ale, ahora ya te puedes ir con tus amiguitos asustaviejas.

La sepia estuvo a punto de protestar, pero miró a Katyuska a los ojos y se lo pensó mejor.

—Ya está —dijo Katyuska volviendo junto a Dorotea—, ya podemos acabar de bajar.

A todo esto, Cosme y Diana seguían sin aparecer. Los habíamos buscado por todos lados, habíamos esperado pacientemente a que alguno de los birkehadianos se sirviera a deponerlos; pero todo había sido en vano, habían desaparecido como si se los hubiera tragado el aire.

El encuentro con Molly fue, como os podéis imaginar... muy emocionante, después de todo aquel tiempo de sentimientos inhibidos, nos besamos, nos abrazamos y nos achuchamos con una robótica racionalidad desatada.

—No pensé que te fuera a ver tan pronto —dije.

—¿Eso representa algún problema? —seguía tan susceptible como de costumbre.

—No, no, por supuesto, estoy encantadísimo de verte.

—Bien, ahora ya no tienes excusa para no ponerme a toda máquina — me guiñó un ojo con picardía.

No, era cierto, no la tenía ni la quería, así que la tomé de la mano y corrimos a refugiarnos en una de las grutas que nuestros sensores nos indicaron que sería tranquila. Al llegar a su entrada nos encontramos con Cosme y Diana que salían poniéndose bien sus trajes.

Cosme fue el primero en reaccionar tras la sorpresa.

—Molly, chica, qué alegría volver a verte por aquí.

—Es un placer, señor, capitana.

Extendió su mano y se la estrecharon los dos.

—Nosotros —dije—, estábamos buscándolos.

—Pues ya veis que nos habéis encontrado. Por cierto, —dijo Cosme haciendo pantalla con una de sus manos sobre los ojos para otear el horizonte— ¿dónde están esas babosas demoníacas?

—¿Todavía no te has enterado? La lucha ya ha acabado, Molly nos ha salvado.

—No exactamente yo, más bien ha sido Kate.

—¿Kate? — preguntó Diana.

—Sí, la novia de Hans.

—Ah, comprendo —dijo Diana sin comprender nada.

—Está bien, chicos —dijo Cosme—, nosotros vamos a reunirnos con el resto.

—Bien, bien —dije— nosotros vamos a... esto... asegurarnos de que no quede nadie perdido por entre los pasillos.

Y así, todo se cerraba con un final bastante feliz para aquella misión, que había comenzado con el hallazgo de Lem en un viejo trivial. Era cierto que no habíamos conseguido nada, a parte de un buen número de magulladuras y contusiones; pero también lo era que habíamos logrado salir todos con y conservando todos nuestros apéndices corporales, lo cual no siempre se podía decir de aquel tipo de misiones. Además, qué demonios, yo había logrado volverme a reunir con mi querida Molly, la robot pirata más sexy de la Galaxia; habíamos vuelto a poner en los mapas turísticos un planeta lleno de encantos... de fanáticos religiosos capullos también, pero con la mejor hierba a este lado del Universo y, lo más importante de todo para aquellos que nos habéis escuchado durante todo este tiempo: habíamos vuelto a cabalgar los espacios siderales sobre la Darlene.

Epílogo

Servatius se limpia las lágrimas de los ojos con el borde roñoso de su camisa, no es que esté emocionado, simplemente ha bebido mucho más de la cuenta.

—Creo que te has dejado muchas cosas en el aire —dice Ralph.

—Lo sé, pero creo que ahora no es el momento de resolverlas. Si lo cuento todo de una vez, el tabernero no volverá a invitarme.

El tabernero levanta una ceja, se cerciora de que Hyleas no va a continuar hablando y pone la radio, mientras vigila por el rabillo del ojo que Marinchín no le ensucie los asientos.

—Por cierto, toma, esto es para ti —dice el mono entregándole a Hyleas un diamante del tamaño de una pelota de básquet.

A Umashankar está a punto de saltársele su único ojo de la órbita e interviene atragantándose.

—Ese diamante vale mucho más que toda esta miserable ciudad.

—¿En serio? —dice Marinchín.

—Por un diamante como ése, hay quien estaría dispuesto a matar a su propio padre, resucitarlo y volverlo a matar.

Hyleas lo mira con desconcierto.

—¿De dónde lo has sacado, Marinchín?

—Cariño —dice Molly con bastante tiento, al detectar las miradas hambrientas de cuantos los rodean—, creo que es mejor que salgamos de aquí.

Hyleas se pone en pie y observa con detenimiento a toda su audiencia, allí se encuentra lo peor de lo peor de todo Thinlizzy: ladrones, piratas, taberneros que no han pasado un control higiénico ni en sueños, abogados, políticos y escritores de ciencia-ficción humorística.

—Sí, tal vez tengas razón.

Hyleas, Molly y Marinchín comienzan a moverse muy poco a poco hacia la puerta. El resto de tertulianos se levantan tras ellos y los siguen.

Marinchín se sube al hombro de Hyleas y le habla al oído.

—Sé que te lo tenía que haber dicho antes, pero lo olvidé por completo. Dorotea me comentó que tal vez os interesara saber que Lem está cuajado de diamantes. Aún no comprendo qué le veis a este tipo de pedruscos, pero ella fue muy insistente en que os lo debía decir.

—Ajá —dice Hyleas mientras valora el mejor lugar para salir huyendo.

(¿Estás preparada para correr?).

(Preparada).

(Tres, dos...)

Una babosa gigante aparece frente a la entrada de la taberna, justo en el momento en que los robots con Marinchín al hombro inician su carrera alocada por las calles de Thinlizzy.

Excuse me, Sir —dice la babosa al tabernero sin darse cuenta de que está bloqueándoles la salida al grupo de malucos que quieren hacerse con el diamante de Hyleas—, ¿sería tan amable de indicarme cómo puedo llegar...

—Vete al carajo, baboso del demonio —dice Umashankar—. Ahora no tenemos tiempo para tus tonterías.

El birkheadiano se aparta para cederles el paso amablemente, pero justo en ese instante, en la radio de la taberna un ukelele comienza a entonar pausadamente los primeros compases de Somewhere over the rainbow...

© Raúl A. López Nevado, (552 palabras) Créditos