1

Sonó una música de trompetas y unas imágenes en blanco y negro comenzaron a aparecer sobre la pantalla.

Éste es Bill —dijo una voz en off a la vez que un joven delgaducho, pálido y lleno de granos, aparecía en la imagen—. Bill no tiene a más amigos que a los que son como él —aparecían varios jóvenes más, uno regordete con los dedos como salchichas y otro con unas gafas de culo de botella que deberían de haberle permitido ver átomos—. Bill lo tiene muy difícil para encontrar una chica en la Tierra —tres chicas arquetípicas, con sus melenas rubias y sus grandes pechos, se reían del pobre Bill al pasar por su lado junto a las taquillas, también arquetípicas, del instituto—. Sin embargo, Bill es un héroe, una especie superior —a medida que la voz en off iba diciendo estas palabras, Bill se erguía e iba caminando más y más orgulloso—. Por todo lo que es inapreciado en la Tierra: por su inteligencia, por su ingenio, por su memoria, Bill será reconocido y amado en el espacio — en la siguiente imagen se veía a un Bill muy mejorado, rodeado de mujeres despampanantes de diferentes colores: verdes, azules y moradas que le hacían carantoñas.

Al acabar la grabación, se vio la claqueta y se oyó el sonido que indicaba que la cinta se había acabado y descansaba ahora en el otro rollo.

—¿Ves? —dijo Cooper— Es por eso que salimos de la Tierra. Nunca nos habían tratado como a uno de ellos, y comenzaron a mostrar estos anuncios para convencernos de que era en el espacio donde tendríamos más posibilidades. Si nos hubiéramos quedado sólo hubiéramos tenido marginación.

—Hablas de la Tierra como si tú mismo hubieras estado allí y eso debió de ocurrir hace miles de años.

—Sí... eso es cierto.

—¿Entonces? ¿Por qué habéis seguido viviendo así? Es más ¿Cómo habéis logrado sobrevivir?

—Verás, cuando los primeros frikis llegaron a planetas como Lem, aprovecharon sus respectivos campos de conocimiento instrumental, inmanente y remanente para realizar unos apropiados constructos antropológicos, sociológicos y psíquicos.

—¿Quieres decir que os inventasteis un mundo en consonancia con vuestro frikismo?

—Bueno, es una manera de verlo, aunque prefiero la idea del constructo antropológico.

—Lo que tú digas. ¿De dónde sale la idea de los dioses ominosos?

—Fue culpa de los no frikis. Cuando comenzaron a llegar, por un lado nos sentimos alegres porque con los hombres venían mujeres y por tanto, nuestra posibilidad de sobrevivir como especie; pero a la vez, venían demasiados peligros. Buscando entre nuestros conocimientos, hallamos a un viejo chismero que hablaba de dioses ominosos, primigenios y terribles que venían del espacio exterior. Nunca creímos de verdad que fuera a funcionar; pero resulta que la superstición tiene caminos inescrutables...

¡Clonk!.

Un sonido metálico y reverberante como el de una campana hizo temblar todo el apartamento.

—¿Qué ha sido eso? —dijo Katyuska.

—¿Eso? Ah, nada. No te preocupes, alguno de esos capullos de Gymoore nos está llamando.

—¿Tienen vuestro teléfono?

—No exactamente. Se trata de una invocación. Nos invocan para pedir ayuda (no te puedes ni imaginar lo cansinos que llegan a ser), y nosotros solemos acudir, según nos parezca, para ofrecérsela.

¡Clonk!.

—¿No vas a responder? Tal vez sea importante.

—Bah, no lo creo. La última vez que nos invocaron sólo querían lluvia para sus cultivos de marihuana. Además si acudes enseguida a la primera vez que te llaman, acaban por perderte el respeto.

¡Clonk!.

—Está bien, está bien, ya va.

Cooper se dirigió a un armarito en el lado derecho de la pantalla. Inspiró con fuerza, retuvo la respiración y lo abrió. Una explosión eólica y sónica casi lo hizo salir volando hacia atrás; pero logró mantener el tipo y escuchó con atención la invocación entera. Luego cerró la puerta y se giró con el rostro cubierto de hollín.

—¿Qué ha sido eso? —dijo Katyuska.

—Nada, no te preocupes. El diseñador de este comunicador tenía un extraño sentido del humor. Llevamos siglos intentándolo arreglar, pero no hay manera de evitarlo.

—¡Caramba!

—Sí, todo un cachondo. En fin.

Cooper se dejó caer en el sofá.

—¿Y la invocación? —dijo Katyuska.

—¿La invocación?

—Sí, ¿Qué decían, para qué era?

—Ah, eso. Pues nada, que dicen que necesitan nuestra ayuda para liberarse de no se qué suerte de seres horripilantes que los están devorando a todos. Esto de ser dios es agotador.

Cooper se arrellanó en el sofá, y empezó a cambiar canales con el mando a distancia.

—¿No piensas hacer nada?

—¿Yo? No, no, para qué... esto... ya te tengo a ti, que se encargue Skipy, que todavía sigue soltero.

—¿Qué quieres decir con eso de que ya me tienes a mí?

Cooper se decidió al fin, apagó la tele y arrancó un videojuego en la pantalla gigante.

—Ah, pues eso, yo ya no necesito nada más, tengo videojuegos, tengo chismes, tengo libros y tengo mujer. Que se preocupen los solteros —dijo con un tono que quería ser gracioso.

Una vena comenzó a palpitar en la sien de Katyuska.

—Espero que no estés insinuando lo que creo que estás insinuando.

Cooper pareció confuso. Meditó unos instantes intentando comprender por qué Katyuska parecía tan enfadada de repente.

—¿Tú quieres que yo haga algo con eso de los monstruos?

—Más te vale —dijo señalándolo con un índice tembloroso.

¡Clonk!.

—Tal vez vuelvan a ser ellos —dijo Cooper con un hilillo de voz— ¿Qué quieres que les diga?

—Que sus dioses no les abandonan y que estáis trabajando en ello. Y más os vale a ti y a toda tu caterva de frikis miserables poneros a trabajar en su ayuda cuanto antes.

—Sí, esto... ¿cariño?

A Katyuska no le desagradó del todo aquella palabra, pero aún así no bajó el dedo amenazador mientras Cooper se comunicaba con sus acólitos haciendo grandes aspavientos.

2

La entrada en Lem no estuvo exenta de dificultades. Atravesaron toda la atmósfera casi sin reducir su velocidad hasta llegar a las primeras nubes de marihuana, que actuaron como amortiguador y lograron refrenar el descenso ligeramente. Aún con eso, el aterrizaje no fue precisamente el colmo de la suavidad. Por suerte para Kate, Molly absorbió la mayor parte del golpe y se lo amortiguó con sus dos fantásticos áirbags. Eran grandes, suaves, redondos y tersos y respondían al tacto con presteza y calidez... Perdón, quiero decir... Eso... que el aterrizaje, bien.

Molly abrió la escotilla de un empellón, haciéndola saltar por los aires.

—Bien —dijo Kate incorporándose — ya estamos aquí.

—Huele bastante raro —dijo Molly olfateando el aire.

—Sí. Es un olor extraño, aunque me resulta bastante fam...

—¡Carajo! Mira eso.

Kate siguió el dedo de Molly y se encontró con un panorama desolado de chozas, chamizos, tipís, tiendas de campaña comanches, canadienses, bungalows, barracas, iglús, caravanas y rulottes en diversos grados de abandono y destrucción. Era talmente como si un grupo de babosas gigantescas furiosas hubiera pasado por encima del poblado sembrándolo todo de aniquilación y mocos.

—Esto no me gusta nada —dijo Molly.

Kate saltó desde la cápsula al suelo, y lo tocó con la mano.

—Todavía sigue húmedo.

Molly descendió a su lado, hundió los dedos en el rastro de babas y dijo.

—Si moquea, podemos buscarlo.

3

Los humanos se apretaban contra las altas paredes de la Garganta Ronca mientras los birkheads estaban cada vez más cerca. Habían logrado localizarnos sin que nadie estuviera seguro bien de cómo, tal vez tuvieran un exquisito órgano olfativo y hubieran seguido nuestro rastro, tal vez se tratara de una tecnología altísima, desarrolladísima e incomprensible para nosotros. Aunque yo me inclinaba por pensar que tal vez hubiera tenido algo que ver, el hecho de haber realizado la invocación a los dioses ominosos con una megafonía de más de cien millones de vatios de potencia, y en una garganta que actuaba como gigantesca caja de resonancia.

Vimos aparecer al primer birkheadiano por encima de las escarpadas laderas de la garganta. Debía de medir más de ciento cincuenta metros de altura, pero no había perdido su chistera, su monóculo, ni su elegancia, eso había que reconocerlo. Formó una u con los labios, sorbió un poco y uno de los hombres que patrullaba en lo alto de la ladera saltó directamente hacia su boca impelido por la fuerza de la succión.

La situación de los humanos era desesperada. Sólo Marinchín y yo, en tanto que mono y robot, parecíamos estar a salvo de la ira birkheadiana. Miré a Marinchín.

(¿Se te ocurre algo?).

(Tirarle piñas a las pelotas).

(Parece una buena idea).

(Sólo hay un problema).

(¿Cuál?).

(No sé dónde las tienen).

¡GROOAARR!.

Toda la Garganta tembló, literalmente, ante aquel rugido; pero por sorprendente que parezca, por en medio de sus teratológicos ecos, a mí me pareció distinguir algunas palabras con sentido. Apliqué mis filtros sonoros con la intención de limpiar el ruido y obtenerlas y ahí estaban.

Por favor, no monten tanto drama, esto nos duele más a nosotros, seres civilizados, cultos y refinados, que a ustedes, que tan sólo son devorados. Nuestro consejo es que se pongan ordenadamente en fila y procedan a dejarse devorar, todo será mucho más cómodo para todos si así lo hacen.

Dudé entre retransmitir las palabras del birkheadiano o guardármelas para mí. Marinchín se dio cuenta de mi vacilación y me increpó.

—¿Y?

Se lo dije.

—En cierta parte, me temo que tiene razón, si hay que morir, mejor es hacerlo con dignidad y orden.

—¿Entonces crees que debo decirlo en voz alta?

Marinchín se encogió de hombros.

—A mí no me preguntes. Yo sólo soy un mono.

4

Dorotea miró su ukelele con horror. Todavía le costaba comprender cómo un instrumento tan humilde podía tener tantísimo poder en sí. Me estoy empezando a preguntar si fue buena idea azuzar a los birkheadianos contra los gymoorienses. A lo lejos podían verse las gigantescas moles de las babosas arrasando la selva entre gemidos horrísonos, mientras avanzaban hacia la Garganta Ronca. Todo a su alrededor era muerte, destrucción y mocos. No, me temo que no fue demasiado buena idea.

Arrojó el ukelele a un lado del camino y puso rumbo a la Garganta Ronca, preguntándose si los birkheadianos serían tan sensibles a sus sermones como los humanos. Quizá le conviniera innovar un poco, a pesar de su aspecto, los birkheadianos daban una innegable impresión de distinción. Quién sabe, hablando se entiende la gente, quizá aquellas pobres babosas gigantes tan sólo necesitaran un poco de comprensión para abrirse y dejar de devorar a todo humano que se les pusiera a tiro. Sí, eso debía de ser, un poco de comprensión para aquellos pobres gusanos incomprendidos.

Necesitaba escoger las palabras adecuadas, medirlas un poco para evitar malos entendidos que pudieran echar a perder la convivencia entre especies. Dorotea se paró a pensar sobre los posibles temas de conversación con aquellos seres mucosos. Repasó las diversas historias chismeras, pero ninguna le pareció suficientemente respetuosa con las babosas. En cierto modo, comprendió, era natural que aquellos seres se sintieran minusvalorados y desplazados del avance del progreso. Nadie los había tenido en cuenta, jamás una historia chismérica los había contado entre sus protagonistas ni se había preocupado de loar su épica. Desde esa perspectiva, Dorotea podía comprender que los birkheadianos se sintieran deseosos de demostrar su valía aniquilando cualquier rastro de civilización que hallaran en los demás. Sí... tenía el mismo sentido que un elefante que volara con las orejas, así que debía de ser cierto.

5

La Garganta estaba rodeada por birkheadianos de más de cien metros de altura. Se aproximaron como un ejército bien coordinado y todos pusieron sus bocas en u con la intención de comenzar a sorber.

¡Deteneos!.

Era una voz humana y masculina, suave pero perentoria y por difícil que sea de creer, los birkheadianos le hicieron caso.

¡GROAR! Volvió a rugir la más grande de las babosas.

Porque yo os lo ordeno, y porque tengo para vosotros una oferta que no podréis rechazar.

¿Groar? El tono fue un poco más bajo y con aire interrogador.

A lo largo de todo el borde de la Garganta se encendieron miles de fogatas formando una B contra el contorno de la noche. Los fuegos brillaban y parpadean en total sincronía, como si alguna suerte de hechicero los dirigiera a su capricho. Los birkheadianos retrocedieron un poco. Retumbaron cinco estallidos y de los dos extremos del palito de la B surgieron varios cohetes hacia el cielo. Los birkheadianos los miraron extasiados. En el cielo se dibujaron palmeras, dientes de león y gusanos de colores. Pude ver cómo la expresión del mayor de los birkheadianos se relajaba. Retumbaron varias explosiones más, y el cielo se pobló de extrañas figuras. Permanecían iluminadas durante unos segundos, y luego comenzaban a desdibujarse, como recuerdos de los que se apoderara el olvido, para ser sustituidos por otros en una sucesión imparable.

Ahora sí, todos los birkheadianos habían detenido sus labores gastronómicas y miraban el cielo con maravilla.

Groar.

Traduje para todos las palabras implícitas.

¿Veis como sólo hacía falta un poco de educación y respeto con nosotros? Este espectáculo, en el que vuestros mismos dioses se han implicado, como muestra de vuestra sinceridad y consideración hacia nosotros, ha logrado apaciguarnos, a partir de ahora seremos vuestros más fieles servidores.

¡Ay! Resonó por la megafonía la voz humana, masculina, suave y perentoria que había sonado en un primer momento, sólo que ahora ya no era ni tan perentoria, ni tan suave, ni tan humana y sobre todo bastante menos masculina.

¡Ay! No me pegue más, leñe.

Los birkheadianos se quedaron inmóviles, intentando comprender a qué se debía ese cambio de actitud y qué habían querido decir esas últimas palabras.

6

—No le pegues más, Dorotea —dijo Katyuska corriendo hacia ella.

—Sé quién es.

El hombre disfrazado de escarabajo gigante se revolcaba por los suelos con las manos en la entrepierna.

—No es lo que parece, señorita, yo...

—A callar. Sé lo que eres y no te pienso dejar que sigas tu reinado del terror entre los lemianos.

—Dorotea —dijo Katyuska—, tienes que escucharlo tan sólo estábamos intentando evitar que los birkheads siguieran con su plan de devorarlos a todos.

—¿Disfrazado de escarabajo?

Katyuska miró a Cooper por un instante.

—Te dije que el traje era innecesario, pero tú igualmente te lo tuviste que poner.

—Es que sin él no soy nada.

—Dorotea —dijo Katyuska—, en verdad no es lo que parece.

—¿Entonces no estaba intentando hacerse pasar por un dios ominoso?

—Bueno, en ese caso sí es lo que parece; pero no por los motivos que crees.

—Explícate —dijo Dorotea levantando una pierna dispuesta para golpear.

Cooper tomó aire y habló de corrido lo más rápido que pudo.

—Se nos ha ocurrido que los birkheadianos podían sentirse halagados si creían que nuestros propios dioses se habían preocupado por ellos. Y hasta el momento había funcionado.

¡GROAR!.

—Vamos —dijo Katyuska ayudando a Cooper a ponerse en pie—, no hay tiempo que perder.

Un ojo de más de cincuenta centímetros de diámetro fue reptando por la gruta hasta a aparecer frente a ellos. Parpadeó dos veces como intentando comprender lo que acababa de ver y entonces se oyó el más terrible de los rugidos que oído humano haya escuchado jamás.

¡¡GROOOAAAARR!!.

—Acaban de descubrir que les hemos estado mintiendo —dijo Cooper—, y mucho me temo que no se lo vayan a tomar con demasiado humor.

© Raúl A. López Nevado, (552 palabras) Créditos