Interludio

—¿En serio se los comían? —dice Servatius.

—En serio —responde Hyleas— y sin sazonar ni nada oye, tal cual, aquí te pillo y aquí, literalmente, te mato.

—Caramba —dice Umashankar acomodando su pata de palo sobre la mesa—, me hubiera gustado estar allí para verlo.

—No te hubiera gustado, créeme —dice Ralph limpiando la barra con un paño húmedo.

—Tengo que reconocer que en algún momento me alegré mucho de no ser orgánico —dice Hyleas.

Se abren las puertas batientes y algo entra como una centella. Está hablando aun antes de que su silueta recupere la solidez.

—Mira al señor Don Robot. ¿Así que estabas aquí? Llevo toda la mañana buscándote.

Hyleas se gira hacia la voz, aterrorizado de lo que se va a encontrar: unos pies metálicos, unas piernas voluptuosas y mecánicas, una cadera ancha y mecánica, unos pechos exuberantes y mecánicos y unos ojos expresivos mecánicos y destilando mala leche.

—Molly... yo... Te ruego que me disculpes, pero es que aquí los amigos —dijo con un amplio gesto que incluía a Servatius y Umashankar, al tabernero, a Ralph y al resto de parroquianos de la taberna del Champiñón Bermejo— llevaban mucho tiempo pidiendo que explicara la historia de cómo nos conocimos.

—¿La historia de cómo nos conocimos? —dice Molly con un leve tono de ilusión y desconfianza en la voz.

Hyleas mira a los parroquianos rogando ayuda.

—Sí, sí, sí —se apresura a decir Umashankar—, tienes a Hyleas totalmente loco y no es capaz de hablar de otra cosa.

—Pero eso es una historia ya muy vieja —dice Molly, dejando que el tono de ilusión gane al de desconfianza—, nos conocimos a bordo del Corrianne Ciszewski, cuando éramos piratas.

—En realidad —interviene el tabernero—, Hyleas nos está contando la versión extendida de cómo acabasteis juntos definitivamente.

—Ah —Molly se sienta junto a Hyleas y le susurra algo al oído.

Hyleas reacciona con una sonrisa pícara y unas palabras.

—Tabernero, un poco de vinaceite para la dama.

El tabernero se la sirve y pregunta en un susurro.

—¿Continuarás con la historia?

—Por supuesto.

1

Aproveché la confusión de la hecatombe producida por los birkheads, para escurrirme hasta el foso y liberar a Cosme y Diana; pero al llegar al lugar en el que estaban encerrados me encontré con que no había un solo foso, sino diez. Puse el ojo en la mirilla del primero intentando adivinar si estaban allí; pero la oscuridad absoluta me impedía averiguar lo que había adentro, así que, a riesgo de liberar algo inapropiado, abrí la portezuela y salió a toda carrera un grupo de humanos pequeñitos, vestidos como si acabaran de salir de una feria del Renacimiento y con unos enormes pies recubiertos de pelo. Por un instante, me quedé perplejo, aquellos seres me resultaban familiares, como si hubiera oído hablar de ellos en algún chisme...

Como no tenía demasiado tiempo que perder en pensamientos estériles, me decidí a abrir el segundo foso. En este caso fue un grupo de humanos vestidos con trajes ceñidos y de colores los que salieron zumbando del foso. Ellos eran musculosos y esculturales y ellas eran exuberantes y esculturales, algunos volaban y llevaban una capa. Ninguno hubiera superado un examen mínimo de elegancia, algunos incluso vestían la ropa interior por encima de la exterior.

Un poco molesto por este segundo error, me dirigí al tercer foso con la esperanza de que éste fuera el correcto. No lo fue, un monstruo negro, de cabeza alargada y boca múltiple salió del agujero dando un grito ultrasónico, seguido por otro monstruo humanoide de color caqui, con un peinado a lo rasta y boca dividida en cuatro como la de las arañas, que puso la rodilla en el suelo para afinar su puntería y dispararle.

Tras varios errores más, cuando llegué al último foso ya casi había perdido la esperanza de hallar a Cosme y Diana.

—Ya era hora —me llegó una voz desde adentro al retirar la trampilla.

La seguía un hombre viejo, con sombrero episcopal y báculo, que fue el primero en salir a pesar de las protestas del resto de prisioneros. Ya arriba vi que me miraba insistentemente, frunciendo el ceño en una expresión de intensa concentración y esfuerzo. Pensé que, o bien estaba cumpliendo con sus necesidades fisiológicas del mismo modo que hacen los niños con pañales, o bien me estaba intentando enviar un mensaje telepático. Puse en on mi receptor y me llegó de inmediato.

(¡TE VOY A HACER TRAGAR TODOS TUS CIRCUITOS PEDAZO DE MONO DE HOJALATA!).

No me pareció demasiado cortés viniendo de alguien a quien acababa de salvar la vida. Lo curioso es que aquella actitud no me resultaba del todo extraña. Conocía a alguien particularmente renombrado por ser un desagradecido y utilizar el miedo para hacer cumplir su voluntad. Busqué en mis archivos mentales durante un rato hasta localizarlo. Una vez hecho, le respondí, con bastante mala fe, justo es decirlo.

(No, su Santidad, se lo ruego, no emprenda esas medidas contra mí. Yo tan sólo quiero ayudarlo, y como muestra de mi buena voluntad le voy a indicar el lugar más seguro que conozco. Allí, pasado el tercer árbol a la derecha. No hay espacio para todos, pero la vida de una personalidad como la suya se ha de conservar a toda costa.).

Don Giovanni permaneció inmóvil durante unos segundos, como si estuviera valorando la verdad de lo que acababa de oírme decir, hasta que finalmente su orgullo se impuso a su prudencia y salió corriendo con los faldones de la sotana remangados, hacia el lugar que yo le había indicado.

Lo cierto es que tampoco me arrepiento de lo que hice, Don Giovanni era un indeseable que se merecía aquello y mucho más; pero he de confesar que cuando lo enviaba con los birkheads, yo todavía no sabía bien lo que éstos habían hecho con los humanos que habían estado a su alcance.

Cosme fue el último en salir del foso.

—Gracias, muchacho, sabía que no me fallarías.

Y ahora, imaginaros la siguiente escena captándonos con un contrapicado, él saliendo del foso, y yo extendiéndole mi mano poderosa y atrapando la suya a la vez que pronunciaba con voz firme y profunda.

—Es lo mínimo que puedo hacer por un amigo.

Lo ayudé a subir de un tirón y una vez arriba, nos abrazamos varonilmente, como dos tipos duros, sin sensiblerías ni cursiladas, llorando a moco tendido como bebés.

—Nos hemos de poner a cubierto antes de que noten que nos hemos marchado —dijo Diana.

—Nuestro principal problema ahora no son los lemianos —dije—, sino una especie de babosas gigantes con muy mala leche.

—Tal vez nos podamos refugiar en nuestra nave —dijo Adela, y por primera vez me fijé en la Mama reginiana.

—Sí —dije intentando averiguar si sus palabras contenían alguna segunda intención—, es buena idea.

Salimos corriendo hacia el lugar en el que habían aterrizado, pero no habíamos avanzado más de cien metros cuando un proyectil con forma de bola de pelo cayó como un misil en nuestro camino. Era Marinchín.

—No, por ahí no —dijo con mucho aspaviento como suelen hacer los monos—. Me temo que no había calculado suficientemente bien el odio de los birkheadianos. Si nos refugiamos tan cerca de ellos, acabaran con nosotros.

De pronto, se oyó un crujido y todos pudimos ver como una babosa gigantesca, con chistera y una levita hecha jirones (lo cual era bastante extraño, porque la prenda había crecido tanto como su propietario, pero se había hecho jirones, probablemente para que la escena resultara más efectista) elevaba su enorme mole al cielo antes de dejarse caer con estruendo.

—Va hacia la nave colleriana —dijo Cosme.

Abib abrió mucho los ojos, casi sin poder articular palabra. A pesar de todo lo que hubiera padecido en ella, era un vehículo por el que sentía especial debilidad.

—Noooo —dijo cuando vio como la babosa pasaba por encima de la nave, aplastando, pero sobre todo enmocándolo todo a su paso.

—Lo mejor es huir al bosque —dijo Marinchín—, y buscar un refugio seguro en el que no nos encuentren, al menos mientras les dure esta mala leche.

2

En la catedral de los juncos, Vesta intentaba mantener la atención de sus fieles, explicándoles cómo en la parábola del loco Max las leyes del mercado siguen gobernando el precio de la gasolina. Sin embargo cada vez se le hacía más difícil con el estruendo exterior compitiendo con sus palabras. Esos malditos darlenautas —pensó—, desde que llegaron las cosas no han hecho más que ir a peor.

¡Aaaaaaaaaaaaaahhhhh!.

Plof.

¡Aaaaaaaaaaaaaahhhhh!.

Plaf.

Sobre el altar acababa de caer un hombre. Tenía los ojos desencajados por el miedo.

—¿Qué ocurre?

El hombre la miró sin comprender, aún bajo los efectos de la conmoción.

—Nos atacan —dijo al fin.

—¿Quién?

—Los tremebundos dioses babosos.

—¿Dioses babosos, pero qué chorrada es ésa?

¡Aaaaaaaaaaaaaahhhhh!.

Plof.

¡Aaaaaaaaaaaaaahhhhh!.

Plaf.

Más cuerpos comenzaron a caer en la catedral. Atravesaban el techo de juncos, e iban a aterrizar sobre los fieles, sobre el ábside, sobre la gran Camcruz de la nave central.

—El Armagedón ha llegado —dijo uno de ellos con los restos de fuerza que le quedaban.

La congregación comenzó a dispersarse huyendo en todas direcciones, a pesar de que sólo había una puerta de entrada y salida. Vesta intentó calmarlos en vano, estaban demasiado asustados como para atender a sus palabras. En algún momento de la confusión, alguien debió de decidir que ella misma tenía que huir, y se vio arrastrada hacia afuera en los brazos de varios hombres.

—¡Vesta! —le pareció oír la voz de Cautaro.

Los hombres que la transportaban, la dejaron en el suelo y huyeron.

—¿Papá?

—Sí, hija —el rostro de Cautaro estaba pálido y tenía los ojos desencajados— ¿Los has visto ya? Esto es el fin. ¡El fin!

—¿Pero de qué estás hablando?

Los interrumpió un sonido terrorífico y húmedo y Vesta se giró para localizar de dónde venía.

—¿Qué carajo?

—¡Los dioses babosos! —dijo un hombre que pasaba huyendo a la carrera por su lado.

—Entonces... Es cierto, se trata de dioses... dioses... ¿babosos?

Uno de los birkheads localizó la Catedral de los Juncos y le pareció que podía ser una fabulosa fuente de alimentos, así que comenzó a arrastrase hacia ella, tragándose a muchos de los que huían sin ton ni son, metiéndosele directamente en la boca abierta.

—Vamos —dijo Cautaro cogiendo a Vesta de la mano—, no hay tiempo que perder, lo mejor será que nos refugiemos en el bosque.

Se adentraron en una selva que cada vez se iba haciendo más espesa. Vesta llevaba años sin penetrar en la vegetación. De pequeña le encantaba trepar a los árboles y dejarse embargar por el aire limpio que desprendían, pero desde que empezara a fumar, no había vuelto a hacerlo. Los sacerdotes que la habían iniciado en los misterios de los dioses ominosos, también la habían educado bien para temer la selva, el lugar en el que éstos se refugiaban, el lugar al que acudían para secuestrar a jovencitas vírgenes y devorarlas. Claro que ella jamás había visto a un dios ominoso, mientras que los dioses babosos estaban allí mismo y podía constatar fehacientemente que devoraban a todo el que se pusiera en su camino, sin hacerle ascos a la no virginidad, por cierto.

Se detuvieron jadeantes y una piña cayó a su lado.

—¡Uy! —dijo Cautaro— casi nos da.

Otra piña y otra y otra más los rodearon hasta que les dio por mirar arriba. Un mono los miraba con aspecto divertido.

—Maldito mono —dijo Cautaro señalándolo con su índice gordo como una butifarra.

El mono cogió una piña, cerró un ojo y apuntó, luego hizo el gesto de arrojarla varias veces sin soltarla.

—No te atreverás.

Pero sí que se atrevió. La piña describió un arco en forma de u invertida, como vienen siendo los arcos, vaya; pero cuando estaba a punto de caer al suelo, comenzó a trazar un arco en dirección contraria, de modo que casi tocó el suelo a varios metros de Cautaro, pero antes de hacerlo volvió a elevarse en un golpe de efecto que parecía mágico, y acabó impactando en la entrepierna de Cautaro como si fuera una diana.

—Otra vez no —dijo Cautaro dejándose caer al suelo con las manos entre las piernas.

El mono bajó como una exhalación antes de que Cautaro tuviera tiempo de recuperarse. Llevaba una piña en una mano.

—Aléjate —dijo Vesta—, mono del diablo.

—Menos tonterías —dijo Marinchín—, no es ahora momento para chorradas.

—¿Hablas?

—Sí, vale, sorprendente, milagroso y todo esto. La cuestión es que ahora tenemos un problemilla —dijo señalando a Villaviciosa, donde los birkheads habían comenzado a despuntar por encima de las copas de los árboles— y es mejor que nos ayudemos entre todos nosotros.

—¿Y qué propones —dijo Cautaro desde el suelo— que les tiremos piñas a las pelotas?

El mono hizo un amago de tirarle la piña que llevaba en la mano, y Cautaro se encogió asustado.

—Venid conmigo. Vuestros prisioneros han sido liberados y tienen un plan. No estoy seguro de que sea lo mejor; pero al menos es algo a lo que aferrarnos.

—¿Un plan? ¿Qué es lo que se proponen?

—Invocar a tus dioses ominosos para que nos ayuden.

3

Era un apartamento lujoso. Desde afuera era indetectable, sus ventanas quedaban disimuladas entre las sombras de las ramas y la roca, mientras que su terraza descansaba detrás de una cascada que ayudaba a refrescar el ambiente. Adentro, era un espacio luminoso y confortable, lleno de domótica para facilitar las tareas diarias como hacer la comida, pasar la aspiradora, lavar los platos, cepillarse los dientes e incluso, Katyuska aún no lo había probado pero lo sospechaba, hacer aguas mayores en el lavabo. Y con todo, se echaba a faltar un toque femenino que convirtiera aquellas estancias lujosas en algo más que una guarida.

—Tienes un piso muy bonito —mintió Katyuska.

—¿De verdad lo crees?

—Bueno... faltarían unos cojines aquí, unas cortinas allá y alguna figurita acullá, y sobran las cajas de pizza y las latas de cerveza en las esquinas.

—Lo sabía, sabía que no te gustaría.

—No, no se trata de eso —lo consoló acariciándole la cabeza, como si se tratara de un perrito desvalido.

Y en cierto sentido lo era. Cooper era una especie de niño grande con una extraordinaria inmadurez emocional. Tras el primer arrebato en la selva, justo después de lograr desatarse y capturarlo, Katyuska había comenzado a comprenderlo, sabía que no se trataba de alguien peligroso e incluso, tenía ciertos rasgos que le gustaban.

Katyuska se dejó caer en el sofá y colocó los pies sobre la chaise longue.

—Entonces, ¿quieres ver el vídeo? —dijo Cooper.

—Claro. Has conseguido intrigarme con toda esa historia que me has contado.

Cooper dio un par de palmadas y una pantalla gigante descendió frente al sofá. Se oyó un click y las imágenes comenzaron a poblarla. Se trataba de una mujer, se oía un timbre e iba hacia la puerta de entrada. Katyuska pensó que iba vestida, por decirlo de alguna manera, con unas prendas brevísimas. Al abrir la puerta, un hombre musculoso la esperaba con una mano apoyada en el marco, mientras con la otra sostenía una bombona de butano como si no pesara nada. Comenzó a sonar una música de saxo, la mujer se arrodilló y Cooper casi se atraganta buscando el mando a distancia para detener la escena.

—Perdón, perdón, me he equivocado, no era esto, no era esto.

—¿Y qué era eso?

—Eso... ahmmm, bueno, ya sabes... un documental. Sí, eso era, un documental.

—¿Seguro?

—Claro, claro, claro. Un día, si quieres podemos verlo juntos —Cooper enrojeció al decirlo—. Pero el que quería mostrarte ahora es éste —dijo seleccionando y dándole al play a un archivo con el icono de unos aeroplanos.

© Raúl A. López Nevado, (552 palabras) Créditos