1

La silueta de Kate, majestuosa y perfecta, se recortaba al trasluz de las estrellas. Era como una de las antiguas diosas del chisme, con sus ropajes de lino humedecidos contra sus formas, una auténtica visión arquetípica que hubiera hecho las delicias de cualquier tipo que pasara por allí.

Kate miró por el ojo de buey de su camarote y suspiró en un gesto aparentemente teatral; pero en realidad alérgico. A lo largo de aquel viaje interminable, había acabado desarrollando alergia al pelo de ebook y últimamente no hacía más que suspirar, hipar y estornudar. Por fortuna, aquel suplicio parecía estar ya a punto de llegar a su fin.

Podía divisar el agujero de la Escolopendra desde hacía ya varios días. Primero había tenido el tamaño de un pequeño sol, luego el de un gigante gaseoso, el de un planeta rocoso mediano, el de un asteroide y finalmente ahora, tenía el tamaño de un portalón de unos cinco metros de diámetro. Por lo que le habían explicado los ebooks, aquello entraba dentro de la normalidad. Los agujeros de gusano eran caprichosos. Siendo un lugar en el que se producía una singularidad física capaz de doblar el espacio tiempo, de vez en cuando se divertían con aquellas inversiones de la perspectiva. En aquella ocasión se había tratado de parecer más pequeño cuanto más cerca; pero los ebooks le habían hablado de casos más peculiares aún, como aquel en que un agujero de gusano había decidido que los que entraran por uno de sus lados salieran por el otro mucho antes de haber entrado, con lo cual se generaban curiosas contradicciones como que una nave A se encontraba al mismo tiempo en dos lugares diferentes, y a la vez en ninguno, mientras una nave B salía del agujero por donde debería de haber entrado bastante tiempo antes de haberlo hecho, y una nave C se convertía en A o en B respectivamente según entrara o saliera del agujero...

Varios golpes nerviosos sonaron en su puerta.

—Adelante.

—Tap, tap —el ebook comenzó a hablar aun antes de entrar.

—Espera, espera. Si hablas tan rápido no te entiendo...

Entonces notó que había algo extraño en aquel ebook, parecía mucho más pequeño aún de lo habitual y tenía un rostro arrugado y lampiño. ¡Lampiño! Eso era. Kate miró a sus brazos y piernas y vio que el ebook no tenía ni un solo pelo en todo el cuerpo. ¿Quién era aquél? No lo reconocía y sin embargo, estaba segura de que de haber habido algún ebook calvo en la tripulación lo hubiera recordado.

—Tap, tap.

—¿Estás seguro?

El ebook se mostró a sí mismo como para confirmarlo.

—Pero ¿Por qué iba ella a hacer algo semejante?

—Tap.

—Ah, claro —tragó saliva—, porque yo le dije que vuestro pelo me daba alergia.

—Tap, ratap.

Haciendo caso de esta última indicación, Kate se asomó al ojo de buey y vio cómo, a estribor de la nave, se alejaba una inmensa nube de pelos grises, marrones y negros. Aquélla, pensó, debía de ser la nebulosa de minimeteoros más peculiar de la galaxia.

—Tap.

—¿Pero cómo ha podido pelaros a todos mientras dormíais?

El ebook se encogió de hombros.

—Está bien, no os preocupéis, enseguida hablaré con ella.

—Tap.

—¿En la bodega? Venga, vamos para allá.

Molly estaba en el centro del almacén rodeada por un grupo de veinte ebooks sin un solo pelo, que la amenazaban con escobas, fregonas y recogedores para que no se moviera del sitio.

—No sé qué les ocurre —dijo Molly—, desde esta mañana no dejan de amenazarme.

—Creo que están un poco cabreados por haberlos pelado.

—¿Por eso? Qué bichos más extraños, creí que me lo agradecerían. Ahora al fin la nave estará libre de todos esos pelos que se convertían en bolas de suciedad por los rincones.

—Tap — por la autoridad con la que hablaba, Kate dedujo que se trataba del capitán, aunque ahora que había perdido sus pelos de pekinés, era difícil decirlo.

—Os compensaré, no lo dudéis; pero no le hagáis daño a Molly, ella no sabía que os estaba ofendiendo.

—Tap.

—¿Cómo? ¿Desde aquí?

—Tap, tap.

—Pero el trato era que me llevaríais hasta Lem, si nos abandonáis aquí, moriremos.

—Tap.

—¿En la cápsula de Molly?

—Tap.

—Está bien, está bien, tampoco hace falta que te pongas así.

Kate comenzó a caminar hacia la cápsula en la que había venido Molly.

—¿Qué ocurre? —preguntó Molly.

—Están tan cabreados con lo que has hecho que dicen que no piensan llevarnos más lejos.

—¿Nos abandonan en mitad del espacio?

—No, dicen que cuando estemos las dos dentro de la cápsula nos dispararán contra Lem.

—No me parece muy seguro.

—A mí tampoco, pero dicen que tienen experiencia haciéndolo y que es nuestra única opción.

El capitán afinó el tiro por la mirilla. Era cierto que solía tener buena puntería, pero jamás había disparado a través de un agujero de gusano, y no tenía ni idea de cómo afectaría la caprichosa gravedad de los agujeros a un proyectil sin medios para corregir su trayectoria.

—Tap —ordenó.

¡PATAM! fue la respuesta de la cápsula al dispararse.

La vio alejarse en la distancia, y pensó que había sido una lástima tener que deshacerse de las dos únicas mujeres de la tripulación. Era consciente que había poco que hacer con una hembra humana y otra robot, pero desde que las mujeres ebook habían desaparecido hacía décadas y se había confirmado lo inexorable de su extinción, la contemplación de las hembras antropoides de otras especies era la única alegría que podían darse. De ese momento en adelante, el viaje se les haría a todos un poco más triste y aburrido.

—Tap —le dijo Tapt y el capitán se dio cuenta de que había algo raro en él.

—¿Tap? —le respondió.

—Tap, tap —volvió a decir Tapt y entonces descubrió de qué se trataba.

El pelo los había cegado durante décadas, impidiéndoles ver lo obvio; pero ahora lo veía con claridad: ¡Era una ebook! ¡Una hembra de su propia especie y de un atractivo nada desdeñable, desde luego. Miró a su alrededor y comprobó que otros ebooks de su tripulación, que siempre había considerado machos, eran en realidad hembras y se dio cuenta de que no era el único en haberlo descubierto. Las propias ebooks parecían ser las primeras sorprendidas.

—Tap —dijo Tapt.

Y el capitán comprendió que tenía razón. Finalmente había resultado que no tenían por qué extinguirse, que las hembras no habían muerto, sino simplemente desaparecido bajo una capa de pelo espeso. Aquel descubrimiento debía de ser el más importante jamás realizado en la especie ebook. De ahora en adelante, podrían volver a reproducirse sin estar condenados a la extinción, a parte de disfrutar de su merecido solaz en el sexo. Y todo, absolutamente todo, se lo debían a Molly y a su manía por la limpieza.

El capitán se enjugó una lagrimilla de emoción, y deseó de todo corazón que su tiro diera en el blanco.

2

Si Diana estuviera aquí —dije—, seguro que a ella se le ocurriría como encontrar y rescatar a Katyuska.

—Muy bien —dijo Dorotea—, entonces tan sólo hemos de encontrar la manera de liberar a Diana y ella se hará cargo de Katyuska.

—Exacto, es una gran idea.

Los dos sonreímos satisfechos de nuestra genialidad. Tras un rato de silencio, Dorotea volvió a hablar.

—¿Y cómo sacamos a Diana del foso en el que la tienen encerrada?

—Es una lástima que Cosme no esté aquí, porque seguro que a él se le ocurriría un modo.

—Tienes razón. ¿Cómo no se nos ha ocurrido antes?

Volvimos a sonreír satisfechos. Un grillo entretuvo el silencio durante unos minutos. Finalmente volvió a hablar Dorotea.

—Pero tampoco tenemos a Cosme.

—Sí, ya, ¿te has dado cuenta tú también?

A veinte metros por encima de nosotros, Marinchín oteaba el horizonte tras sus prismáticos, con la esperanza de hallar alguna pista acerca del paradero de Katyuska.

Nada, ni un sólo rastro. Era como si se hubiera esfumado en el aire. Tal vez al final tuviera que acabar aceptando la existencia de los dioses ominosos... No, aquello era tan estúpido como creer que el pelo pudiera afectar al reconocimiento de sexo dentro de una misma especie.

En éstas que sus prismáticos se toparon con los birkheads y el corazón le dio un vuelco. Aquellos seres... ¿De qué le sonaban? Tenían algo que ver con su pasado, pero era incapaz de recordarlo. Vamos —se dijo—, mono tonto, esfuérzate un poco. Finalmente le vino a la memoria y comenzó a dar saltos encabritado para llamarnos la atención a Dorotea y a mí.

—Mira qué saltos más graciosos está dando Marinchín en el árbol —dijo Dorotea saludándolo jovialmente.

El mono comenzó a agitar las manos golpeando el tronco rítmicamente como un poseso.

—¿Estás segura de que no nos está queriendo decir algo?

—¿Qué? Ah, no. De vez en cuando le dan esas neuras, a veces se pone a balancearse en las ramas como si fuera un mono. No hay que echarle muchas cuentas entonces.

Finalmente Marinchín dio un salto mortal en el aire, y se dejó caer sobre mis hombros con cara de desesperación.

—¿Es que no me oís? —dijo al aterrizar.

—¿Oírte? No. Sólo te veíamos hacer muchos aspavientos y golpear el tronco del árbol?

—¿Será posible que no conozcáis el código morse?

—¿Cómo?

—Sí, el código morse. Un método que solían utilizar los humanos para comunicarse.

—Primera noticia del tema —dijo Dorotea.

—También es culpa mía, a veces olvido la época en que vivimos. El morse fue prohibido hace más de cinco mil años.

—¿Prohibido?

—Sí, las grandes agencias de la propiedad intelectual decían que les robaba mercado, porque la gente lo utilizaba para descargarse chismes a base de traducirlos a puntos y rallas.

—Ah sí —dije—, ahora me suena algo. ¿Eso fue antes o después que prohibieran los cerebros con un CI superior a 120?

—Antes —dijo Marinchín—, o después. Ahora no lo recuerdo. Igualmente, no me hagáis irme por las ramas...

Marinchín dejó un silencio para que nos riéramos, pero ni Dorotea ni yo lo pillamos.

Irme por las ramas, ¿no lo comprendéis? Soy un mono y he dicho... bah, es igual. La cuestión es que ya sé cómo podremos sacar a vuestros amigos del foso.

—¿Cómo? —dijo Dorotea.

—Ves aquellos bichos de ahí —dijo Marinchín cediéndole los prismáticos.

—Sí, sé que no son muy agraciados pero parecen humanos.

Marinchín miró por una de las mirillas de los prismáticos.

—Esos no. Me refiero a los otros —dijo inclinándole ligeramente el ángulo de enfoque.

—¡Oh, chismero bendito!

—¿Qué ocurre? —dije.

—Son un grupo de babosas gigantes.

—No son simplemente un grupo de babosas gigantes. Se trata de los birkheadianos, los alienígenas más peligrosos del Universo, capaces de arrasar mundos y mearse en las calaveras de sus civilizaciones, aunque eso de mear es una manera de hablar, claro, pues siendo babosas no mean.

—¿Tan peligrosos son? —dije tras localizarlos con mi telemirada — Lo cierto es que tienen un aspecto de gentlemans bastante afable.

—No te dejes engañar. Una sola nota de la banda sonora del Mago de Oz y las fieras tremebundas que los habitan saldrán al exterior.

—¿Estás pensando lo que yo? —dijo Dorotea.

—No creo —dijo Marinchín—, yo pensaba que me comenzaba a picar el lugar donde la espalda pierde su nombre y no estaría nada mal quedarme un rato a solas para poder rascármelo a gusto. ¿En qué pensabas tú?

—Bien, no exactamente en eso.

—Ah sí, claro... —dijo el mono arrebolándose y bajando la cabeza.

—Provoquémoslos —dije— y aprovechemos la confusión para rescatar a nuestros amigos.

—Ah sí, era eso, era eso en lo que estaba pensando yo antes —se dijo Marinchín dándose unos golpecitos satisfechos en el tórax.

El plan era simple, Dorotea se acercaría con su ukelele a donde se encontraban los Birkheads, y comenzaría a tocar todas las canciones del Mago de Oz que conocía. Cuando los birkheads comenzaran a atacar a los lemianos, yo aprovecharía para introducirme en el poblado, y liberaría a los prisioneros del foso. Mientras tanto, Marinchín lo grabaría todo desde un árbol porque, según nos había dicho: Aquello iba a ser un espectáculo digno de verse.

Lo que ninguno de nosotros había previsto era el pandemonio que se produciría al liberar la bestia durmiente de los Birkheads.

3

Somewhere over the rainbow
Way up high,
There´s a land that I heard of
Once in a lullaby.

Somewhere over the rainbow
Skies are blue,
And the dreams that you dare to dream
Really do come trae.

Las pequeñas vibraciones de las ondas sonoras viajaron desde los dedos y las cuerdas vocales de Dorotea, hasta los sensibles oídos de los birkheadianos.

El primero en oírlas fue el Captain. Se dejaba arrastrar mansamente por unos lemianos cuando los sonidos, apenas audibles a aquella distancia, se colaron por los filamentos de sus cavidades auditivas y llegaron a su cerebro. Por un instante no pasó nada, como si su mente se negara a aceptar la realidad de aquellos sonidos truculentos y obscenos, luego, cuando la comprensión acabó de hacerse sitio en su conciencia, el captain dio un grito cargado de ultrasonidos, a medio camino entre lo animal, lo humano y lo robótico, y se tragó de un solo bocado al lemiano que lo arrastraba por la derecha.

El otro intentó pincharle con su lanza, pero el Captain fintó con un movimiento y de otro bocado se tragó a su enemigo con la lanza incluida. Segundos más tarde, eructó y la punta de la lanza cayó al suelo.

La segunda en oírla fue Lady Janice. En su caso el proceso fue más rápido, como si el coste de aceptación que había tenido que pagar el Captain fuera menor en ella. Miró a un lado, se tragó a un nativo, miró al otro y se tragó al otro, miró adelante y vio como el resto de nativos, que tan valientes y gallardos se habían mostrado unos segundos antes, huían como un enjambre de moscas caguetas.

Lord Frederick, que era el que más alejado estaba del sonido de la música, fue también el que más tardó en ser afectado. Cuando lo hizo, su rostro, habitualmente apacible, se demudó en una espantosa máscara de sadismo.

—Escuche, caballero —comenzó a decir Cautaro aún con el killpaff en las manos—. Veo que sus amigos se lo han tomado un poco mal, pero le aseguro que sólo se trata de un poco de humor lemiano —Lord Frederick avanzaba lentamente hacia él, con los ojos desencajados bailoteando sobre sus cuernos—. Ve, un poco de susto, y así el baile se disfruta mucho más —Cautaro comenzó a menear la cintura como si danzara mientras Lord Frederick seguía avanzando impasible hacia él.

Cuando estuvo a su altura, Lord Frederick abrió una boca monstruosa e intentó tragarse a Cautaro de un bocado. Empezó por la cabeza y todo fue bien hasta llegar a la barriga. En ese punto, Cautaro se le atoró en la garganta y Lord Frederick comenzó a ahogarse. Lo hubiera hecho de no ser por su esposa, Lady Devina, que lo golpeó con todas sus fuerzas en la espalda, haciendo que escupiera a Cautaro en un tiro parabólico, que lo dejó lejos del círculo en el que el resto de birkheadianos estaban dando buena cuenta de los nativos que encontraban.

Cautaro cayó de rodillas y comenzó a arrastrarse tan rápido como una serpiente para alejarse de allí. Se escondió bajo unos matorrales, y en la distancia vio cómo los birkheadianos ganaban tamaño a medida que comían más y más personas. Así, en escasos minutos pasaron de ser unas babosas de poco menos de cuatro metros de largo, a los diez metros de media que alcanzaban ahora.

—Rico, rico —dijo Sir Ashford, limpiándose los dientes con la punta de lanza de uno de los últimos hombres que se acababa de comer.

© Raúl A. López Nevado, (552 palabras) Créditos