1

Era el instante de los monstruos y la locura. La noche parecía haberse detenido, como si contuviera la respiración a la espera de un acontecimiento insospechado. Extraños animales, humanos o dioses, que compartirían nuestra dimensión el tiempo justo para robar la cordura de aquéllos que los vieran, para luego volver al lugar ignoto del que provenían desmaterializándose en nuestro Universo para siempre jamás. Pesadillas hollando la tierra en un parpadeo...

—Sí, ya —dijo Katyuska—, pero ¿qué tiene todo eso que ver con que me toques las tetas?

—Yo... esto... —respondió el hombrecillo disfrazado de escarabajo sagrado.

—Tú no eres ningún dios, tú lo que eres es un obseso. ¡OB-SEEEEEE-SO!!

—No, por favor —el hombrecillo se aprestó a taparle la boca—. No grites, te lo ruego. Tienes que entenderlo... yo... los míos... es... bueno... esto... la única manera que tenemos de reproducirnos.

Le destapó la boca. Nubes de tormenta amenazaban por el Este.

—No te imagines ni siquiera por un instante que quiera saber nada de ti ni de los tuyos y menos aún de vuestra reproducción.

—Tienes que entenderlo.

—Desátame y hablamos.

—¿Prometes no huir?

—Lo prometo.

Un rayo hendió la noche y un trueno resonó en la distancia.

El hombrecillo aflojó las cuerdas de Katyuska y la ayudó a incorporarse.

—¿Ves? —dijo abrazándola torpemente— No te queremos hacer ningún daño.

—Sí, lo comprendo —dijo Katyuska dejándose abrazar.

Dejó que él mismo la situara en la posición exacta con su abrazo, rogando por no equivocarse en sus cálculos. Cuando estuvieron frente a frente, levantó la rodilla y la estrelló con una puntería afinada a lo largo de décadas contra el lugar donde debería de haber estado la entrepierna del dios. Lo estaba, así que se puso blanco, abrió los ojos como platos y la boca en un grito sordo y se desplomó.

—Me prometiste no huir —dijo él revolcándose por el suelo con las manos entre las piernas.

—Y no pienso hacerlo —dijo Katyuska rodeándolo con las cuerdas con las que la habían atado a ella, y asegurándolo contra el árbol—. Es tu huida la que me preocupa.

—Ay, casi no puedo respirar.

—¿Casi?

—Sí, casi me ahogo.

—Eso implica que casi respiras. Bien pues, ahora me vas a explicar de qué va todo esto.

—No... yo...

Katyuska cogió un pedrusco del suelo y lo levantó hasta la altura en la que había comprobado que se encontraban las partes pudendas del escarabajo.

—Si no hablas rápido, me cansaré y lo dejaré caer.

—No, no, hablaré, hablaré, por favor, no me tortures.

2

Había perdido la noción del tiempo. No era capaz de decir cuánto llevaba en el puchero. Sabía que había visto anochecer, y que la olla burbujeaba desde la mañana, pero no sabía si había sido un solo día o un mes. Lo cierto era que seguía sin ablandarme, pero me sentía mareado y creo que había empezado a delirar. Mi carcasa exterior es muy resistente, pero mi delicada circuitería interior había comenzado a sufrir la penetración de la humedad.

Entonces lo vi, era un mono que acababa de posarse sobre la tapa de cristal. ¡Un mono! Imaginaros. Ahora sí que estoy jodido — pensé—. Lo próximo que vea puede ser una babosa gigante.

—Eh, tú —dijo el mono—, soy yo: Marinchín. No tengo fuerzas para levantar esta tapa, pero no te preocupes, en un segundo Dorotea estará aquí.

—¿Dorotea? —el nombre me sonaba lejanamente.

La cabeza de Dorotea con sus pequeñas coletas y sus rizos se asomó por encima de la tapa.

—¿Hyleas? —ese nombre también me sonaba vagamente— Te vamos a sacar de aquí.

—La sopa todavía no está lista —dije—. Será mejor que vuelvan ustedes un poco más tarde.

—Está como una regadera —dijo Marinchín.

—Es normal, al pobre llevan hirviéndolo casi veinte horas. Venga, rápido, no tenemos tiempo que perder.

Dorotea y Marinchín se pusieron rápidamente a la tarea de liberarme. Noté como apagaban el fuego y la temperatura comenzaba a descender hasta niveles tolerables.

—¿Quién diablos tendrá la llave? —dijo Dorotea.

—Es más, ¿quién carajo hace una olla que funcione con una llave? —contestó Marinchín— Aquí, aquí. La he encontrado.

Abrieron el brazo que sostenía a la tapa en su sitio, y el vapor la hizo saltar por los aires a veinte metros de altura.

—Vámonos —dijo Dorotea— no tenemos tiempo que perder.

Todavía me sentía un poco débil y confuso, pero había recuperado lo suficiente el dominio de mí mismo como para comprender la situación. Miré a los guardias que respiraban pesadamente frente al puchero y la luz titilante en la Catedral de los juncos.

—Están reunidos —dijo Dorotea respondiendo a mis pensamientos—. Mañana intentaremos rescatar a Cosme y Diana, pero ahora tenemos que encontrar a Katyuska.

Katyuska, la luz se hizo en mi mente y recuperé el recuerdo de todo lo que había ocurrido durante aquel día aciago.

—Tenéis razón. Vamos, esperemos que no sea tarde. Deberíais de haberos preocupado de ella antes que de mí.

—¿Bromeas? —dijo Marinchín— ¿Un tití y una niña contra los dioses ominosos? No nos ha parecido el colmo de la prudencia.

Tenían razón, aunque me preguntaba si con mi presencia la cosa cambiaba demasiado.

Nos adentramos en el bosque. El mono se movía con agilidad por entre los árboles.

—Por aquí —dijo—, he visto que se la llevaban por aquí.

Lo seguimos a galope tendido hasta llegar a un calvero a unos cinco kilómetros del poblado. En su centro yacían los juncos con los que había estado formado el altar sacrificial de Katyuska; pero de ella no había ni rastro.

—Hemos llegado tarde —dije.

—¡Malditos cabrones ominosos! —dijo el mono encaramándose al árbol más alto de la zona para intentar atisbar a lo lejos.

—¿Ves algo? —le preguntó Dorotea.

—No, todo el bosque está limpio como si aquí no hubiera ocurrido nada.

Dorotea apoyó la espalda en un árbol, dobló las rodillas y se dejó caer hasta el suelo.

—Todo es culpa mía —dijo.

—No digas eso —le dije—. Tú no tienes la culpa de nada de lo que está pasando.

—Si no me hubiera enfrentado a Vesta, nada de esto hubiera ocurrido.

—Hubiera acabado pasando igualmente tarde o temprano, esa mujer es terrible.

—Pero no me pienso quedar de brazos cruzados. Sé lo que hay que hacer y voy a hacerlo.

Rebuscó en la pequeña mochilla que llevaba a la espalda y sacó un ukelele.

—¿Estás segura? —dijo Marinchín descendiendo desde las alturas—. Puede ser peligroso.

—Es lo que debo hacer. Estoy predestinada a ello.

Rascó un primer acorde en el ukelele y comprendí inmediatamente lo que se proponía: crear una atmósfera dramática con aquel ruido disonante.

3

En los movimientos de Don Giovanni había cierta gracia felina de gatito consentido. Hacía descender la nave suavemente, controlándola por completo, como si estuviera fundido con ella y ésta fuera tan sólo una parte más de su anatomía. La nave no se resistía y ningún hombre en la tripulación discutía sus órdenes, sino que se aprestaban a cumplirlas casi antes de que él las hubiera formulado.

Abib pensó que el viejo, por indeseable que hubiera demostrado ser, conocía perfectamente los secretos del mando, ya fuera de una nave como aquélla o de una comunidad entera como la colleriana. De eso no cabía ninguna duda, y si le hubieran preguntado hacía apenas una semana, él mismo hubiera dicho que aquello era una prueba más de la corrección de las doctrinas que conferían infalibilidad al Papa colleriano; pero ahora no estaba tan seguro. La habilidad para pilotar se podía fundamentar en los centenares de horas de vuelo que había pilotado Don Giovanni, y su capacidad para ser obedecido rápida e indiscutidamente, podía explicarse por su don de inspirar un profundo temor en sus subordinados.

La nave acabó posándose suavemente sobre el suelo.

—Bien —dijo Don Giovanni satisfecho—, ahora sólo falta encontrar a esa muchacha, Dorotea y su diario, antes de que lo haga esa entrometida de Adela. Vamos, no hay tiempo que perder.

—Pero, santidad —intervino Abib—. ¿No sería mejor que enviáramos algunos hombres antes para que inspeccionaran el terreno?

—No me vengas con mariconadas. Tú te puedes quedar aquí si tanto miedo te da, pero yo pienso bajar inmediatamente. He visto cómo son los nativos: caminan semidesnudos y viven en titís. ¿Qué crees que puedan hacer con su tecnología? ¿Atacarnos con lanzas?

Un poco más tarde, cuando los nativos los habían desarmado y los rodeaban con sus lanzas, Don Giovanni lo miró con los ojos desencajados y Abib no pudo reprimir una carcajada. Sí, viejo del demonio, temo que nos ataquen con lanzas, por primitivas que sean, pueden hacer bastante daño si se clavan por la parte que pincha.

4

Uno de los nativos, grande como un toro del chisme, dio un paso al frente a la vez que Don Giovanni daba otro para atrás. El nativo volvió a avanzar y Don Giovanni a retroceder. Nativo adelante, Don Giovanni atrás; nativo adelante, Don Giovanni atrás; nativo adelante, Don Giovanni: Te voy a cortar esos colgajos que llevas entre las piernas; nativo atrás. El pavor que se reflejó en aquel hombretón de aspecto orgulloso no tenía precio. Por un instante, Abib volvió a sentir la admiración que había sentido durante años hacia el Papa colleriano.

Pero la sorpresa no le duró demasiado al nativo. En un momento se estaba agachando hasta casi desaparecer, y al siguiente saltaba hacia delante haciendo molinetes con su lanza. Don Giovanni tuvo el tiempo justo de agacharse. Un segundo más tarde, y en lugar de agujerearle el birrete le hubieran agujereado el cuello.

El nativo cayó al suelo abriéndose de piernas en una postura bastante indigna para un hombre de su edad y volumen.

—Breakdance —gritó y comenzó a sonar un TAM, PATAM, PATATA TAM, TAM, TATATAPAM repetido por doscientas gargantas.

Don Giovanni se plantó en mitad de los danzantes con los brazos cruzados sobre el pecho, agitando el pie nerviosamente hasta que los nativos acabaron su numero.

—Os parecerá bonito —dijo sin referirse a ninguno de ellos en concreto.

—Cautaro Llama Sentada —se presentó el hombretón que se nos había acercado en primer lugar, alargándole la mano.

Don Giovanni apartó aquella manaza con repugnancia, pero el nativo no dejó de sonreír.

—Estamos muy contentos de tener a unos turistas tan distinguidos entre nosotros. Gymoore os da la bienvenida a su paraíso tropical...

—Bla, bla, bla —lo interrumpió Don Giovanni—. ¿Dónde carajo tenéis a los otros?

—¿Los Otros, señor? ¿Como en el chisme?

—Déjate de tonterías y no me hagas perder más tiempo. Busco a una joven con un libro. Tiene esta altura —puso su mano a un metro sesenta aproximadamente del suelo—, los ojos violeta y con esta forma —se estiró los suyos propios, achinándolos un poco—, y unas coletitas bastante cucas —se estiró su escaso pelo intentando mostrar cómo eran las coletas de Dorotea.

—Espera, espera —dijo Cautaro—. ¿Venís con ellos?

—Si hubiéramos venido con ellos ahora no los estaríamos buscando. ¿No te parece?

—Esto... sí, claro. Pero venís del mismo lugar, ¿no?

—Sí, sí, vamos, aligera.

Ahora le llegó el turno de cruzarse de brazos al nativo.

—Primero tenéis que enseñarme vuestros billetes.

Pedazo de bola de grasa de lombriz enferma de disentería Don Giovanni lo dijo con tanta intensidad mental, que el eco de sus palabras fue audible no sólo en la cabeza de Cautaro, a quien se dirigían, sino en todas las cabezas de los presentes.

Sin embargo, Cautaro no reculó ni un solo paso.

—Cogedlos. No tienen tícket. Hemos vuelto a hacer el bailecito entero de gratis.

—¿Qué? ¿Cómo? —protestó Don Giovanni al sentir cómo dos nativos le atenazaban los brazos y lo obligaban a moverse.

5

Ea pues, ya estamos todos reunidos —dijo Cosme intentando romper el hielo.

La oscuridad y el silencio en el foso eran totales. Poco a poco, un grito agudo y desgarrado comenzó a elevarse sobre la quietud.

—Ahhh, malditos corellianos del demonio —dijo Adela—. ¡Nada de esto hubiera ocurrido si no os hubierais metido donde no os llamaban.

—¿Y tú te atreves a decirlo? Es por tu culpa que estamos aquí atrapados. Si no hubieras perdido tu diario...

—Si vosotros no hubierais husmeado donde no os tocaba...

—Si vosotras no os hubierais preocupado de enviar una misión a un mundo desconocido para controlarlo...

—Si vosotros no hubierais dado un golpe de Estado para hacer la vuestra...

—Si vosotras no fuerais una panda de...

—A ver esos ánimos —los interrumpió Diana—. Ninguno de vosotros tiene la culpa de que estemos aquí encerrados.

—Tiene razón —dijo Don Giovanni—. Toda la razón del mundo. La culpa de que permanezcamos aquí encerrados la tenéis vosotros, darlenautas del demonio. Si vosotros no hubierais encontrado este dichoso planeta, ninguno de nosotros estaría ahora mismo encerrado en este foso.

Os deshollaré lentamente, complaciéndome en cada milímetro de...

¡Plaf! Se oyó un bofetón. Fue un golpe seco y sonoro, de ésos que dejan marcada en rojo la forma de la mano abierta sobre la cara.

—¡Abib! —dijo Don Giovanni— ¿Cómo te atreves?

¡Plaf! ¡Plaf! ¡Requeteplaf!

—Vale, vale, ya me callo —la voz de Don Giovanni sonaba a punto de quebrarse en un sollozo—, pero ¿Por qué?

—Pues porque es usted un desagradecido y un indeseable que sólo sabe comunicarse con los demás a base de inferirles miedo.

Ajá, así que no te gusta que te insinúe lo que puedo hacer cont...

¡¡PLAF!!

Todos pudieron oír como Don Giovanni tragaba saliva, pero no se atrevía a volver a abrir la boca, ni siquiera la mental.

—Bien —dijo Abib—. Solucionado este problema. Ahora, por favor, ¿Alguien tiene un plan?

—Escuchad —intervino Hans—, parece que se acerca otra nave.

Todos pudieron notar la vibración que hacía temblar el foso.

—¿Otra nave? —dijo Cosme— ¿Todavía no estamos todos?

6

Desde luego, es un planeta muy hermoso, Lord Frederick.

—Y más hermoso aún en su compañía, Lady Devina.

—Ay, cómo sois.

Lord Frederick se agachó para besar el guantelete de encaje que flotaba a media altura alrededor de Lady Devina.

—Coincido con vuestra esposa —dijo Sir Ashford— sin lugar a dudas se trata de un lugar encantador. ¿Pone en la guía que haya algo que sea ineludible ver?

—Recomiendan el baile de recibimiento de los nativos. Dice, literalmente, que se trata de una experiencia i-nol-vi-da-ble.

—¡Fantástico!

—Y he de decir que he visto algunos vídeos y coincido plenamente con esta observación. Por eso, al reservar en la agencia me preocupé de contratar el servicio extra de baile. Estoy seguro de que les va a encantar.

¡Oooh! Se oyó un murmullo de aceptación general.

—¿Queda mucho para aterrizar, Lord Captain? —pregunto Lady Janice.

—No, mi señora, en tres, dos, uno... ya estamos.

La nave no sufrió una sola sacudida, tal era la pericia de aquella babosa gigante que la comandaba, y en apenas unos minutos todos sus tripulantes estaban llenándose los pulmones con el aire viciado de la atmósfera lemiana.

—Mira —dijo Lord Frederick—, allí hay un grupo de nativos. Estoy seguro de que en cuanto nos vean procederán a realizar su famoso baile.

Los nativos, que estaban fumando recostados sobre una piedra, apenas levantaron la mirada cuando los vieron llegar.

—Amables nativos —dijo Lord Frederick rebuscando en su levita para mostrar el billete colectivo, que los autorizaba a una sesión doble de baile—, ¿Serían tan amables de efectuar para nosotros su famoso baile regional o, en su defecto, conducirnos hasta unos bailarines que lo realicen?

Los nativos seguían sin hacerles ni caso, mucho más interesados en dar caladas que en responder a aquellas montañas de mocos parlantes.

Lord Frederick, renunciando a su dignidad, comenzó a cimbrearse para darles a entender a los nativos lo que querían de ellos.

—¿Pero esto qué es? — sonó una voz autoritaria a sus espaldas.

Era un nativo grande y gordo como... como... vamos, como el mismísimo Cautaro que era. Caminaba hacia los birkheadianos haciendo muchos aspavientos.

—Ah, no, por ahí sí que no paso. Tres timadores en tres días es mucho más de lo que podemos soportar.

—Pero, señor —dijo Lord Frederick.

—Nada, nada —dijo Cautaro empujándolos—. Fuera de aquí antes de que saque el killpaf.

—Señor nativo, esto es una grave confusión. Nosotros hemos pagado, queremos conocer su cultura y sus costumbres. En la agencia nos hablaron de su hospitalidad.

Pero Cautaro no lo escuchaba, y en cuanto alguien le pasó el killpaf, comenzó a espolvorearlos con el spray.

© Raúl A. López Nevado, (552 palabras) Créditos