1

Son todos guapísimos, ¿pero alguno de ellos tiene idea de pilotar una nave?. Las palabras de la hermana Augusta resonaban en la mente de Adela, mientras la nave temblaba como un flan casero con galletas revenidas y se sacudía como si estuviera a punto de estallar. Tal vez para la próxima vez —había continuado diciendo, la muy bruja— estaría bien establecer unos criterios un poquitín más estrictos para la selección de personal. Odiaba tener que darle la razón, pero lo cierto era que la tenía, y aún podía darse con un canto en los dientes de que finalmente hubiera acabado contratando a Ralph. No era tan guapo como los demás, pero al menos sabía distinguir entre adelante y atrás, y tan poco estaba tan mal, oye, tenía unas piernas musculosas y una exuberante pilosidad pelirroja que le daba un aire fiero y exótico.

La nave hizo la danza loca unos segundos más antes de tomar tierra. Poco a poco, se fueron extinguiendo las vibraciones y sacudidas. Todos abordo permanecieron inmóviles y en silencio, temerosos de que el más mínimo de los movimientos desequilibrara la nave y acabara precipitándola por algún precipicio. Pasados unos minutos sin que pareciera que fuera a ocurrir nada, Ralph habló.

—Mi señora, ya hemos llegado.

—Bien, preparad la escalera, quiero bajar enseguida.

—Santidad.

—¿Sí?

—¿No sería mejor que bajaran unos cuantos hombres para preparar el terreno y cerciorarse de que todo fuera seguro?

—Tienes razón —dijo Adela, sintiéndose halagada por los cuidados de su capitán— que lo hagan.

Un destacamento de soldados abandonó la nave rápidamente en plan comando, sólo para encontrarse con que abajo, los rodeaba un grupo de nativos armados con lanzas. No les dio tiempo a hacer nada, los desarmaron y los ataron a un árbol antes de que pudieran decir esta boca es mía.

Tras varios minutos sin tener noticias de ellos, Adela dijo.

—Parece que tardan ¿no?

—Sí —dijo el capitán— y tampoco responden a los comunicadores. ¿Debo enviar otro destacamento a que inspeccionen el terreno?

—Debes, debes.

Ralph dio la orden y otro pelotón de unos quince hombres abandonó la nave espalda contra espalda, con las armas en alto. El resultado al llegar abajo fue muy parecido al del grupo anterior: fueron rodeados, desarmados y atados en menos de un periquete.

—Señora —dijo Ralph pasados unos minutos.

—¿Sí?

—Creo que hemos vuelto a perderlos.

Mi sentido común —pensó Adela— me dice que debería permanecer en la nave, refugiarme en el lugar más seguro y aun elevarnos hasta entrar en órbita por si acaso; pero lo que voy a hacer contra toda lógica es bajar ahí a enfrentarme temerariamente con un peligro desconocido, a ver qué ocurre.

—Bajemos —dijo Adela—. Esta espera me está desesperando.

—Pero... señora...

—No quiero peros. Vamos, rápido.

Descendieron las escaleras acompañados de otros quince hombres, que los rodeaban como un escudo protector. Al llegar abajo, descubrieron amordazados y atados a un árbol los dos pelotones que habían enviado con anterioridad.

—Son ellos —dijo Adela.

—Volvamos a la nave, esto no me gusta nada.

Entonces los lanceros, que habían permanecido ocultos entre los matojos, salieron de su escondite, los rodearon y los desarmaron antes de que tuvieran tiempo de apretar sus gatillos.

Uno de los nativos, grande y gordo como una ballena hitchcockiana, dio un paso al frente, haciendo molinetes con su lanza. La arrojaba al aire como si fuera una majorette con su varita, la saltaba y la volvía a agarrar sin permitir que dejara de girar en ningún momento. Tras acabar su numerito, comenzó a sonar un ruido grave y prolongado.

—Baaaaaa —era la voz de otro de los nativos.

—Baaaaaaaa —dijo otro nativo, a una tercera mayor del tono del primero.

—Baaaaaaa —se les unió una mujer, a una quinta de la primera de las voces.

—No entiendo nada —dijo al oído Ralph a Adela, y ésta se encogió de hombros.

¡Breakdance y el nativo grande y gordo se tiró al suelo y comenzó a girar sobre su espalda, sus manos, su cabeza y su propia barriga.

La voz de Vesta se elevó por encima de todo el estruendo musico-festivo del recibimiento.

—¡Alto! Creo que éstos tampoco son turistas.

—¿Ah no? —dijo Cautaro deteniéndose de repente en medio de uno de sus giros.

Se levantó y miró a Adela directamente a los ojos. Ralph se interpuso entre los dos, intentando defender a su jefa; pero ésta lo hizo a un lado y se encaró a Cautaro.

—Claro que no somos turistas.

—Entonces ¿a qué habéis venido?

—Hemos venido a traeros la Verdad —dijo Adela desafiante.

Cautaro levantó una ceja e hizo un gesto con las manos hacia arriba que, por un instante, Adela confundió con aquiescencia, sin embargo se desengañó rápidamente en cuanto la cogieron por los hombros y la arrojaron sin mucha ceremonia a un foso oscuro.

—¿Os encontráis bien?

Aquella voz le resultaba conocida aunque no acababa de ubicarla.

—No os preocupéis —siguió hablando la voz—, tenemos un plan para huir de este agujero y de este maldito planeta.

—No digas más —esta segunda voz la reconoció de inmediato, era aquella puta que la había insultado en su primer encuentro—. Es Adela, la Mama Reginiana.

—¿Estás segura?

—Lo es —oyó decir a Ralph.

—¿Crees que le han hecho daño? —ahora también reconoció aquella primera voz, era Cosme, pero siguió fingiéndose inconsciente.

—Oye —dijo Ralph—, vosotros sois los Darlenautas, ¿no? Adela me ha hablado mucho de vosotros —Adela apretó los dientes esperando que Ralph fuera discreto y no dijera más.

—Sí, lo somos.

—¿Y cómo habéis acabado aquí?

—Ha sido culpa vuestra —dijo Cosme.

—¿Culpa nuestra?

—Sí, esos malditos han aprovechado la confusión de la huida, cuando casi nos aterrizáis encima, para atraparnos como a ratas.

—Lo siento mucho, hemos tenido ciertos problemas con ese aterrizaje.

—No hace falta que lo jures, cualquier grupo de monos locos hubiera podido aterrizar más suavemente.

Cualquier grupo de monos locos sí, pensó Ralph, pero no el grupo de monos guapos que formaba su tripulación.

—Bien. ¿Cuál es el plan, pues?

—Do... ¡ay! Está bien. Está bien. Todavía no sabemos si podemos confiar en vosotros. Así que ya he hablado demasiado.

2

Cosme y Diana parpadeaban. Los acababan de sacar al exterior, y sus ojos tardaban en acostumbrarse a la luz. Estaban cargados de cadenas para que no huyeran. Los jodidos, pensó Cosme, habían sido capaces de prever y neutralizar su complejo y elaborado plan de huida... consistente en inflar a hostias al primer guarda que bajara y luego huir pies para qué os quiero.

Vesta los miraba desde una tribuna alta que habían montado con los restos de lo que había sido la mesa de banquetes.

—Volved a explicar lo que habéis visto esta noche.

—¿Cómo sabes que hemos visto algo? ¿Acaso los has invocado tú? —dijo Diana.

—No me obligues a enfadarme. Tengo muchos oídos. Los camareros os han oído explicándolo. No sois precisamente el colmo de la discreción.

—Está bien, hablaremos; pero antes tienes que liberar a Hans, a Katyuska y a Hyleas.

—De acuerdo, comenzaré con el robot como muestra de buena voluntad.

Vesta dio unas palmadas y un grupo de más de veinte nativos me arrastraron fuera del foso. Me llevaban atado por unos bastones acabados en un lazo de acero para evitar que me pudiera acercar a ellos. A pesar de que yo soy un robot relativamente débil en comparación con otros colegas míos, pues me diseñaron más como ingeniero que como peón, me enorgullecí de que me tuvieran tanto miedo.

—Al puchero con él —dijo Cautaro.

—Oh no —dije—, al puchero otra vez no —intenté resistirme, pero eran demasiados hombres como para contrarrestarlos—. Os advierto de que tengo mercurio en las junturas y plomo en la pintura. No ibais a sacar un caldo demasiado saludable de mí.

Pero los muy cabrones ya estaban totalmente decididos y me volvieron a arrojar en el mismo puchero en el que ya habían intentado hervirme. Lo cierto era que tampoco era para tanto. Mi carcasa podía resistir hasta mil doscientos grados centígrados, así que para hacerme daño necesitarían más bien un horno de fundición que un puchero; pero eso no evitaba que la sensación de ser hervido fuera sumamente desagradable, a la par que humillante.

—Bien —dijo Vesta—, ahora hablad si no queréis que el próximo en compartir la olla sea Hans.

—¿Qué quieres que te diga? —dijo Diana— ¿Que esta noche vimos a tus malditos dioses ominosos?

—Cuéntame cómo eran y lo que hacían.

Diana le explicó lo que habían visto. Le habló de los seres con distintas formas animales, de su aspecto inquietante y luctuoso, y de cómo se alimentaban de las sobras dejadas sobre la mesa.

—¿Nada más? —dijo Vesta.

—Nada más —respondió Diana.

—Entonces está claro qué es lo que tenemos que hacer... —hasta el propio Cautaro permaneció expectante a las siguientes palabras de su hija.

—¿Y bien? —dijo Cautaro.

—Necesitamos una virgen. Sólo el sacrificio de una virgen puede salvarnos de la ira de los dioses.

—Menuda chorrada —dijo Cosme.

—Traed a Katyuska.

Los fornidos soldados que me acababan de echar al puchero no tardaron en obedecer la orden y la trajeron, tan cargada de cadenas como Cosme y Diana.

—Arrodíllate —le dijo Vesta.

Los soldados la obligaron a arrodillarse.

—¿Sabes lo que vamos a hacer contigo?

—No.

—¿Nadie te lo ha explicado?

—No.

—Dice la verdad —intervino uno de los soldados.

—¡Tú cállate! —Vesta arrojó una mirada al hombre que hizo que éste se encogiera como un higo—. Pues verás, resulta que vuestra llegada ha cabreado mucho a nuestros dioses y eso no lo podemos permitir. ¿Verdad?

Katyuska elevó los hombros: Lo que tú digas.

—Así que vamos a necesitar sacrificar una virgen —Katyuska siguió con su comportamiento desdeñoso unos instantes hasta que comprendió de repente.

—¡Yo no soy virgen!

—Te mueves, hablas y comportas como tal, así que no me puedes engañar.

—No, en serio, yo no soy virgen. He tenido relaciones... —comenzó a contar los dedos — no sé, muchas veces.

—No te creo.

—¡No me importa que me creas o no! Te estoy diciendo la verdad, si tus dioses necesitan una virgen es mejor que te busques a otra si no quieres ofenderlos.

Vesta titubeó un instante. ¿Y si tenía razón? Pero no, era demasiado evidente, la muchacha se comportaba como una reprimida, tenía que serlo, era la candidata ideal para calmarlos: una virgen extranjera del grupo que los había provocado. Sí, tenía que serlo y si no lo era, del mismo modo que había logrado engañarla a ella, engañaría a los dioses.

—Sí, he tenido multitud de relaciones. Lo he hecho con hombres de todas las razas de la galaxia. ¡Soy una guarra, una obsesa, una verdadera putilla!

—Lleváosla, e id preparando el altar para ofrecerla a los dioses.

—A la mierda —murmuró Cosme entre dientes.

Relajó un instante la tensión en la cadena que le sostenía el brazo izquierdo, y luego pegó un tirón con todas sus fuerzas. El guardia que la sostenía, demasiado sorprendido como para oponer resistencia, fue arrastrado hacia sí, y se encontró con un puño de hierro aplastándole la cara. Cosme aprovechó la cadena que acababa de quedarle libre para golpear al guardia que le sostenía el otro brazo y dejarlo inconsciente. Entonces le llegó el turno al soldado que le sostenía la pierna derecha. Cosme dio una fuerte patada, lo hizo saltar por los aires hacia él y cuando lo tuvo suficientemente cerca, se tiró al suelo dándole un codazo en el plexo solar y dejándolo sin aire.

Miró al último guardia con su peor cara de mala leche, y el hombre salió huyendo.

—Ahora empieza lo bueno —dijo Cosme haciéndose crujir los nudillos.

En un segundo más de veinte soldados lo rodearon formando un círculo y comenzó la pelea. Un puñetazo y un codazo por aquí, una finta y un molinete por allá, un patadón y un rodillazo en las partes por acullá. Cosme se iba librando uno por uno de todos los enemigos que se atrevían a abandonar su lugar en el círculo y enfrentársele.

Era un hombre muy pacífico hasta que lo provocaban. Hacía mucho que no lo había visto metido en una pelea de ésas; pero sabía que si le daban el tiempo suficiente podría acabar con todos los enemigos. No parecía haber perdido la práctica y ni siquiera el sobrepeso que decoraba su cintura le hacía perder demasiada agilidad, al contrario, la barriga le servía como una barrera perfecta para absorber los golpes de sus rivales. Sí, ese era mi humano, e iba a arreglar aquel embrollo como se arreglan todos los problemas verdaderamente serios: a hostia limpia.

Sin embargo, mi ilusión no duró demasiado. En una muestra escalofriante de desdén hacia las leyes más básicas del Universo, todos los malos decidieron atacarlo a un tiempo y acabaron reduciéndolo.

—¡Tramposos! —decía Cosme mientras le atizaban— Así no se vale, deberíais de ir atacándome de uno en uno y me habéis atacado todos a la vez. Cobardes, sois la deshonra de todos los malucos, cabroooones.

3

Katyuska miraba a un lado y a otro esperando ver aparecer los monstruos en cualquier momento. La oscuridad había comenzado a caer y todas las sombras le parecían espeluznantes. Estaba atada a un altar improvisado con cañas. No le habían dicho nada, y no sabía a qué tipo de suerte se enfrentaría, simplemente la habían dejado allí y lo peor había sido la mirada de la muchacha que la había atado. La había mirado como si ya no estuviera presente, como si ya hubiera abandonado el mundo de los vivos y, por tanto, ya no importara que detectara la conmiseración que sentía por ella.

La selva se iba llenando de los ruidos de la noche. Oyó el cálido ulular de una lechuza y el grito desgarrado de un autillo. Algo se movió entre las hojas y ella tensó todos sus músculos. Era un murciélago, y volvió a relajarlos. La mayor de las lunas de Lem comenzó a brillar en el cielo. Estaba llena y sus rayos teñían de matices inquietantes las sombras de la maleza. Uno de ellos fue a dar justo en el tronco que quedaba a su derecha, iluminando una masa informe y pulsante de insectos que hormigueaba, dándole al árbol una apariencia animada y burbujeante.

Entonces lo vio, una silueta gris y gigantesca apoyada sobre un tronco, y supo que era uno de ellos. Tal vez fuera la manera sobrenatural en la que permanecía inmóvil, sin nada a su alrededor que pudiera traicionar el lugar desde el que había venido, como si simplemente se hubiera materializado en aquel punto del espacio sin tener que pasar por ningún otro. Tal vez fuera el modo en que sus ojos parecían relampaguear sin que quedara claro si recibían luz de las lunas que brillaban en el cielo, o más bien se la devolvían. Tal vez fuera tan sólo la impresión que una forma así podía producir en la noche sobre una muchacha indefensa y temerosa.

El ser comenzó a desplazarse hacia ella. Tenía seis patas y élitros que le cubrían el tórax como una armadura, pero caminaba erguido, sobre dos de sus patas. Sus proporciones en esta posición eran más o menos humanas, aunque la parte que en un hombre hubiera ocupado la cintura tenía una forma extraordinariamente voluminosa. Al acercarse lo suficiente, pudo ver que sus ojos no estaban en el lugar que debían, sino a medio camino entre el tórax y la cabeza, desafiando todas las leyes de la lógica biológica.

Cuando estuvo a su altura, el ser se inclinó sobre ella. Era una imagen de pesadilla, un monstruo creado por una mente más allá de toda cordura, venido de dimensiones no euclidianas y capaz de aniquilar una mente humana con su sola visión.

Katyuska cerró los ojos con fuerza, quizá aquél fuera su fin pero, si había de morir, prefería hacerlo conservando su humanidad.

Una de las patas del ser se situó sobre ella, como si calibrara su energía. Katyuska sentía el calor de aquel apéndice recorriendo su cuerpo sin tocarlo y rogaba porque aquello acabara cuanto antes. El apéndice fue descendiendo lentamente hasta que se posó sobre uno de sus pechos y comenzó a acariciarlo.

¿Me está tocando una teta? pensó Katyuska. Aunque no era cierto que hubiera estado con miles de hombres como había afirmado unos minutos antes, no era virgen y aquel movimiento sobre sus pechos le recordaba demasiado al de la mano de un hombre excitado.

Abrió los ojos y el dios ominoso no le pareció tan dios ni tan ominoso. Comprobó que donde estaban los ojos, estaba también la boca, las orejas y la cara. Era un ser extraño, de eso no le cabía duda alguna, pero no parecía peligroso sino más bien ansioso y tan nervioso como cualquier hombre ante una mujer desnuda.

Seguía acariciándole los pechos, y Katyuska no pudo resistirlo más.

—¿Se puede saber por qué me tocas las tetas?

© Raúl A. López Nevado, (2.821 palabras) Créditos