1

—¿Se puede saber qué carajo es eso? —dijo Don Giovanni.

—Es una nave —respondió Abib.

—Ya veo que es una nave, pedazo de pata de langosta pelotera. Lo que quiero saber es qué demonios está haciendo aquí.

—Enseguida lo sabremos. Estamos intentando comunicarnos con ellos.

Don Giovanni se cogió las manos y se las frotó con fuerza, hasta que se le pusieron rojas y empezaron a sudarle.

—¡Fantástico! Así, si son enemigos y aún no nos han visto, los pondremos sobre aviso.

—No creo que sean enemigos, ni siquiera parece que vayan armados.

—No crees, no crees —dijo Don Giovanni remedándolo—. ¿Igual que no creías que una sola nave pirata os pudiera poner fuera de combate al otro lado de la Escolopendra?

Abib decidió no contestar. Al principio la idea de que su Santidad el Papa Don Giovanni I viajara en la nave que él comandaba lo había llenado de dicha y orgullo; pero con el tiempo había demostrado ser una verdadera tortura. Le regañaba, le discutía, le robaba la autoridad delante de sus hombres, se comportaba como un maldito niño malcriado con poderes absolutos y si en algún momento Abib se decidía a llevarle la contraria en algo, lo atacaba con aquel extraño poder de amenazarlo. Me comeré tus higadillas. Ya estaba otra vez con aquello. Por fortuna, lo había empleado tantas veces y con tanta intensidad desde que había llegado a bordo hacía un par de días, que había acabado por perder su efecto sobre él. Ay, si las reginianas aceptaran a un hombre entre sus filas... tal vez podría ser el primero. Se imaginó sirviendo a la Mama Adela III, seguro que ella sabría valorarlo mucho mejor que Don Giovanni.

El silbido de un jilguero lo sacó de sus pensamientos.

—¿Qué ha sido eso? —dijo Don Giovanni.

(Un motivo menos del que preocuparse —pensó Abib).

—¿Cómo?

—Es la otra nave. Nos ha llamado.

—Así que ése es el tono de llamada que tienes para las comunicaciones entrantes. Tenía que imaginármelo, eres un cursi.

Abib formó una garra con los dedos, abrió los ojos, empequeñeció las pupilas y aceleró ligeramente su corazón para después dejarlo caer en una detención al borde del síncope o, dicho de otro modo, se cabreó como una mona; pero se mordió la lengua.

—Adelante —dijo a su subcomandante.

En la pantalla central apareció la figura de una babosa gigantesca. Llevaba chistera, frac, un monóculo y un bastón con empuñadura de oro, que flotaba a su alrededor.

—¿Qué demonios? —murmuró Don Giovanni.

—Queridos humanos —comenzó a hablar la babosa—, mi nombre es Lord Frederick, soy el guía acompañante del grupo 3554 de birkheadianos.

Abib y Don Giovanni lo escucharon atentamente, entendiendo las palabras pero sin comprender de qué hablaba.

—Creo que ustedes y nosotros tenemos un problema...

—Te lo dije —le susurró Don Giovanni a Abib—. Todas las declaraciones de guerra comienzan así.

—Yo...

—¡Calla! Escuchemos al gusano, a ver si nos ofrece una solución digna.

—Parece que la aduana está cerrada —prosiguió Lord Frederick.

—¿La aduana?

—Sí, ese lugar donde un nativo desinteresado debe darte permiso para entrar en su planeta fingiendo mucho interés.

—Ya sé lo que es una aduana —dijo Don Giovanni—, pero no pensé que Clarke tuviera ninguna.

Lord Frederick se echó a un lado, y dejó que la cámara de su nave enfocara afuera para que vieran la estación espacial que hacía las veces de aduana. Se trataba de una edificación de mármol de unos cien kilómetros de diámetro envuelta por una enorme nube que hacía las veces de semiatmósfera.

—¿Quién diablos hace una estación espacial de mármol? —dijo Don Giovanni mientras Abib iba tecleando en su consola intentando averiguar algo más sobre aquella aduana.

La imagen de Lord Frederick volvió a ocupar la pantalla.

—Es una obra, bastante meritoria por cierto, de los humanos del planeta. Lo hemos comprobado.

—De una manera u otra —dijo Don Giovanni— no parece haber nadie para atenderla así que, en términos prácticos de derecho interplanetario, tenemos derecho a entrar sin nada que declarar.

—Oh, se equivoca, señor. La aduana está llena de operarios, pero parecen estar bajo los efectos severos de alguna sustancia estupefaciente.

—No me extraña —dijo Abib levantando la cabeza de su consola—, la atmósfera está compuesta íntegramente por humo de porro.

—Bueno, de una manera u otra, ellos no nos pueden atender y nosotros no nos podemos quedar aquí, esperando por los siglos de los siglos a que alguno de ellos le dé por estarse sobrio.

—Pero eso es precisamente lo que debemos hacer —dijo Lord Frederick.

—¿Esperar?

—Sí, claro.

—Lo siento mucho, gus... esto, señor; pero nosotros tenemos prisa.

—En ese caso, permítannos que nos movamos para facilitar su maniobra.

Los ojos de Lord Frederick se movieron en sus cuernos para hacer un gesto a alguien que estaba fuera de encuadre.

—Oh, no —dijo Don Giovanni tirándose al suelo—, ¡¡Van a atacarnos!!

—¿Qué? ¿Cómo? —dijo Lord Frederick girándose con preocupación hacia la cámara — ¿Quién nos ataca?

Don Giovanni se estiraba en el suelo, cubriéndose la cabeza con las manos, lo cual, dicho sea de paso, tampoco es que fuera a ser de mucha ayuda en el caso de que una explosión provocara una descompresión en la nave, o los hiciera saltar en pedazos.

—¡Vosotros, vosotros sois los que nos atacan!!

—¿Nosotros? —dijo Lord Frederick sinceramente extrañado.

Sonó un nuevo canto de jilguero.

—¿Otro mensaje? —preguntó Lord Frederick.

—Sí —dijo Abib y pulsó él mismo el botón para que apareciera quien llamara.

—¡¡NO OS PONGÁIS EN NUESTRO CAMINO!!

Era Adela y sonaba urgente.

Antes de que la nave birkheadiana o la corelliana pudieran responder, una nave pasó por en medio de ambas, a apenas unos kilómetros de cada una de ellas y penetró en la atmósfera lemiana como una centella.

—¡Mierda! —dijo Don Giovanni—. Se nos acaban de adelantar las reginianas.

—Parecían en apuros —dijo Abib sin poder disimular una nota de preocupación en su voz.

—¡Qué falta de consideración y de respeto! —dijo Lord Frederick, a quien el movimiento generado por el campo magnético de la nave reginiana le había hecho caer el sombrero—. A ciertas personas no les deberían conceder jamás el permiso de conducir naves.

—Vete al carajo, gusano apestoso —dijo Don Giovanni a la vez que cortaba la comunicación y se sentaba tras el cuadro de mandos, ocupando el lugar que normalmente le debería haber pertenecido a Abib.

—Santidad —dijo Abib—, creo que no ha sido usted demasiado justo con ese alienígena.

—¡Es un maldito gusano! Y ahora apártate de mí, si no quieres que te arranque los testículos y te los haga tragar con salsa tártara.

La amenaza no surtió el menor efecto en el ánimo de Abib, pero igualmente decidió retirarse a su celda.

Bajo los mandos de Don Giovanni, la nave corelliana no tardó en seguir a la reginiana al interior de la atmósfera lemiana.

2

¡Habrase visto tamaña insolencia y mala educación! —dijo Lord Frederick mientras veía alejarse la nave corelliana.

—No te preocupes, querido —dijo Lady Devina—. Todos hemos visto como tú has mantenido tus exquisitas maneras a pesar de la impertinencia de los humanos.

—Lo sé, pero...

—Milord —intervino Ashford—, no hay nada de lo que preocuparse.

Lord Frederick inspiró profundamente mirando al suelo.

—Está bien, está bien. No debemos dejar que unos indeseables nos amarguen el viaje.

—Oye bro —la figura de un humano pálido y rodeado de humo apareció en la pantalla—... ahí va la hostia, qué ciego más raro que he pillado.

El hombre movía sus manos frente a sus ojos, como si tratara de borrar lo que estaban viendo.

—Amable caballero funcionario —dijo Lord Frederick.

—¡Joder, que hablan y todo!

Lord Frederick inspiró profundamente: Gran cefalópodo, dame paciencia.

—Queríamos saber cómo habríamos de hacerlo para entrar en su bonito planeta.

—Pues... esto, bajando ¿no?

—¿Bajando?

—Sí, claro estamos arriba ¿no? entonces si quieren entrar en el planeta tendrán que bajar, ¿no?

—¿No tenemos que rellenar ningún impreso?

—Si vosotros queréis yo no soy nadie para impedíroslo, ¿no?

—Quiero decir si no es necesario que se lo demos a ustedes.

—Oye bro... —dijo el aduanero poniéndose muy serio— no tengo ni idea de lo que me estás contando. ¿No?

Lord Frederick comenzó a pensar que si lo volvía a oír decir ¿no? otra vez, no respondía de mantener sus maneras.

—Entonces, ¿tenemos permiso para aterrizar en Lem?

—Sí, ¿no?

Tras aquellas últimas palabras, tan aclaratorias, Lord Frederick decidió que ya había tenido bastante y que no debían de violar ninguna ley, escrita o no escrita, si descendían de una vez sobre suelo lemiano.

3

Las palabras de Dorotea no conseguían calmar a la enfurecida masa, que se peleaba a guantazos a los pies de la mesa. Darlenautas y lemianos corrían de aquí para allá dando y recibiendo patadas, puñetazos, codazos, cabezazos, rodillazos y todos los demás azos que se pueden pegar con el cuerpo humano. Aquello no era tal y como lo había imaginado. Tenía que hacer algo y rápido, antes de que se acabara de desmadrar del todo y alguien sufriera daño de verdad. Empezó a pisar con fuerza sobre la mesa, y por un instante, el ruido de sus taconazos detuvo a los beligerantes. Aguardaron expectantes durante unos segundos para ver cuál iba a ser su próximo paso; pero en cuanto Dorotea intentó volver a hablar, volvieron a las andadas.

Mientras tanto, Marinchín contemplaba toda la escena con consternación, desde lo alto de su baobab.

Sapiens sapiens, ¡já! —pensó el mono— ¿Y éstos son los primates más evolucionados? ¡Si ni siquiera son capaces de dominar las técnicas más básicas de lucha sucia. En fin, alguien tiene que hacerlo. Marinchín comenzó a saltar arriba y abajo del árbol hasta hacerse con una provisión suficiente de nueces lilas. Se sentó sobre una rama saliente desde la que tenía una buena perspectiva de lo que ocurría abajo, y comenzó a comérselas. Se las metía enteras en la boca, las abría con los dientes y escupía las cáscaras como proyectiles sobre el campo de batalla. Tenía una puntería desarrollada a lo largo de millones de años de tedio y soledad, de modo que le resultaba más difícil fallar que acertar. En poco, sólo quedaban sobre el campo de batalla los darlenautas, Dorotea, Cautaro y otros diez lemianos. El resto de cafres que habían estado dándose de hostias hasta hacía un instante, yacían en el suelo con diversos grados de contusión.

—Es todo culpa suya —le dijo Cautaro a Dorotea, señalando a Cosme en plan acusica.

—No quiero saber de quién es la culpa —dijo Dorotea—. Debería daros vergüenza, os habéis comportado como niños.

—Pero... —dijo Cosme.

—No hay peros que valgan. La que habéis liado no es digna de unos adultos responsables. Ahora me voy a ir para que tengáis tiempo de pensar en todo lo que habéis hecho. Cuando vuelva quiero que hayáis hecho las paces, limpiado todo este desastre y escrito una redacción en la que digáis las principales cualidades de las personas con las que os habéis peleado.

Bajó de la mesa de un salto y se dirigió hacia el bosque dándoles la espalda.

—Tonta —dijo Cautaro entre dientes, con el rostro enfurruñado.

—Te he oído —dijo Dorotea sin girarse—. Y ya sabes que no es por mí, sino por tu propio bien.

Cuando Dorotea estuvo lo suficientemente lejos del poblado, Marinchín, que la había seguido saltando de árbol en árbol, descendió al suelo y saltó sobre uno de sus hombros.

4

Yo creo que has hecho bien —dijo Marinchín mientras comenzaba a hurgarle en el pelo buscándole piojos o pulgas.

—Lo sé, pero tú eres el único que me comprende.

Avanzaron hasta llegar a un riachuelo de aguas cristalinas y frescas. Un cangrejo de color violeta corría detrás de una corneja verde, agitando una de sus pinzas en gesto amenazador. La corneja alzó el vuelo y dejó caer una alhaja que transportaba en el pico. Al verlo, el cangrejo se arrojó al agua a toda velocidad; pero se le adelantó una tortuga de seis patas que, para desesperación del cangrejo, se la tragó de un solo bocado confundiéndola con un pez, y comenzó a toser intentando echarla fuera.

—Tenemos que ayudarla —dijo Dorotea.

—Tú la sacas del agua y yo le saco la alhaja.

Lo hicieron y resultó que el cangrejo, muy contento porque le devolvieran aquel pedrusco que había pertenecido a su familia durante generaciones, se lo agradeció entregándoles un diamante grande como un puño.

—¿Esto es un diamante? —dijo Dorotea.

—Sí, no se lo tengas en cuenta. En realidad él lo hace con buena intención.

—No... quiero decir: me sabe mal, es un pago excesivo por cumplir con lo que cualquiera hubiera hecho.

—¿Un pago excesivo? No te creía tan sarcástica.

Dorotea lo miró de lado.

—¿Sarcástica? ¿Por qué?

—Bueno, no me parece muy justo que te metas con la sencillez del regalo de un pobre cangrejo.

—Pero si no me parece sencillo, me parece extraordinario.

Un destello de iluminación brilló en los ojos de Marinchín.

—¿Quieres decir que es valioso?

—Muy valioso.

—Pues ahí atrás, ¿ves aquellas montañas? Este tipo de diamantes es tan común que incluso asfaltan los caminos con ellos.

—Creo que a mis compañeros de viaje les va a gustar mucho. Volvamos inmediatamente.

—No. Espera ¿Qué diantres es aquello?

—El cielo.

—No, mujer, sigue mi dedo.

El mono tenía mejor vista y lo había visto antes que ella; pero cuando descubrió en el cielo el destello palpitante de una nave entrando en la atmósfera, Dorotea sintió un escalofrío.

—Creo que estamos en problemas.

Marinchín la miró torciendo la cabeza, sin acabar de comprender.

5

Vi como Hans salía de una habitación en calzoncillos y echaba a correr por los pasadizos. Huía tan rápido que me costaba seguirlo. Pensé que debía de haberse encontrado con algo terrible y terrorífico para haberse asustado tanto. Lo llamé en varias ocasiones, pero estaba tan aterrado que no me hizo ni caso y siguió corriendo hacia el exterior, en dirección al jardín de los banquetes.

Hans apareció en el momento justo en que Cosme y Cautaro se daban la mano y se decían: Todo perdonado. Los dos se quedaron detenidos al pasarles por su lado como una centella.

—¿Qué quiere decir esto? —dijo Cautaro aprisionando la mano de Cosme.

—No tengo ni idea —intentó soltarse para ir tras Hans—. Suéltame, déjame averiguarlo.

—Ni lo sueñes. Ahora no tienes al maldito mono para defenderos.

En ese instante aparecí yo, que corría tras Hans y tuve que saltar por encima de las manos de los dos hombres.

—¿Qué diablos...

Cosme no lo dejó terminar, aprovechó el despiste momentáneo que yo había supuesto y golpeó con todas sus fuerzas la entrepierna de Cautaro.

—¿Pero qué os ha dado a todos con darme ahí? —dijo Cautaro mientras iba cayendo hacia delante.

Un ruido ensordecedor nos hizo girarnos a todos hacia arriba. Era una nave con las insignias reginianas y parecía dispuesta a aterrizar sobre nosotros con los reactores encendidos.

—¡¡Huid, insensatos!! —gritó Diana, y nadie se atrevió a discutir la orden de resonancias chisméricas.

© Raúl A. López Nevado, (552 palabras) Créditos