1

¿No es verdad, ángel de amor, que en esta apartada orilla, más clara la luna brilla y se respira mejor.

Vesta lo miraba con ojos expectantes y a Hans comenzó a entrarle el pánico. Era la tercera vez que lo repetía, y la muchacha parecía del todo inmune a su sortilegio. Jamás se había encontrado con una mujer que resistiera tanto, y lo que era peor, se temía que si fuera capaz de recitar el Don Juan entero, tampoco estaría en una situación mucho mejor. Decidió volverlo a intentar.

—¿No es verdad...

—¿Piensas pasarte toda la mañana repitiendo esa chorrada o vas a venir de una vez a la cama conmigo?

Hans tragó saliva.

—¿No sientes nada?

—Estaba bastante excitada cuando hemos entrado, pero después de verte declamar como un idiota durante diez minutos, mi libido está comenzando a esfumarse, la verdad.

Vesta le hizo una seña para que fuera a la cama y Hans se dirigió hacia ella con aspecto de cordero amarillo del sur de Antares degollado. Cuando estaba a punto de entrar, Vesta le dijo.

—¿No piensas quitarte la ropa?

—Ah, sí, eso.

Hans se deshizo con desgana de su mono espacial y se quedó en calzoncillos frente a la cama. Vesta levantó la sábana para que Hans se introdujera debajo. Estaba desnuda y Hans sintió un atisbo de terror ante aquella cantidad de piel descubierta. No es que la chica no fuera atractiva, al contrario, lo era y mucho; pero Hans llevaba tanto tiempo sin estar con una mujer propiamente que casi había olvidado cómo hacerlo. La última había sido Kate, y ella siempre tomaba la delantera mientras que Vesta parecía dispuesta a dejarlo todo en sus manos.

—¿No es verdad, ángel de amor...

—¿Otra vez estamos con lo mismo? Vamos, déjate de tonterías y hazme tuya —dijo Vesta situándose sobre él.

Hans tragó saliva y cerró los ojos, intentando invocar un poco de esto... quiero decir... bueno, ya sabéis... una cierta eficacia energética. En ese instante, para su fortuna, su comunicador comenzó a sonar, interrumpiéndolos justo un instante antes de que la puerta de su habitación se abriera de repente.

2

Mientras tanto, en el banquete la cosa había comenzado a liarse. Ambrosio había caído finalmente en la cuenta de la desaparición de su prometida y de Hans.

—¡Habéis estado entreteniéndome adrede para que no me diera cuenta!

—No, eso no es exactamente así —dijo Cosme—. Ya verás como cuando aparezcan todo ha sido un malentendido. Tal vez tu prometida haya tenido algún problema con las cañerías, y claro, Hans es un especialista en eso de desatascarlas. ¡Ay! —exclamó al recibir el pisotón de Diana— Quiero decir... esto... que se trata de un perfecto profesional, que todas sus clientas quedan siempre muy satisfechas de sus habilidades... ¡¡Ay!!

Diana volvió a pisarle el pie con fuerza y fingió darle un beso cariñoso en la oreja, para tener la oportunidad de susurrarle al oído.

—Será mejor que me lo dejes a mí.

—Ojalá nosotros pudiéramos ser como vosotros dos, siempre tan atentos el uno con el otro —dijo Ambrosio llevándose las manos a la cara y comenzando a sollozar.

Katyuska lo señaló con la nariz y miró interrogativamente a Diana y Cosme.

(¿Y a éste qué bicho le ha picado?).

(Nada, cosas del amor, supongo).

(Oye, ¿de verdad creéis que Hans y Vesta...).

(Ruego al Gran Simio por que no sea así. Porque si no ese maldito galán de pacotilla se va a enterar).

(Pues me temo que estáis en un buen problema).

(¿Y tú eres...).

(Marinchín).

(Ah, sí, el mono que iba con Dorotea).

(El mismo que os intentasteis cargar. Soy un mono con buena memoria).

Cosme miró hacia una especie de baobab gigantesco, cuya sombra se extendía por todo el patio en el que se hallaban, y el mono alzó una mano en señal de reconocimiento.

(Pensábamos que eras peligroso).

(Sí, claro, un mono de tres kilos... En fin, ahora os hablaba porque está a punto de liarse parda).

(¿Qué quieres decir?).

(Que va a haber un follón, un pitoste, un lío, un jaleo, una bronca...).

(Vale, vale, ya hemos pillado la idea).

(Pues eso, que en un instante uno de los criados escuchará el comunicador de Hans sonando en la habitación de Vesta, abrirá la puerta para ver qué ocurre y se los encontrará en plena faena).

(¿Y nosotros qué podemos hacer?).

—Aaaaaahhhhhhh —se oyó un grito penetrante y agudo.

(Nada, creo que ya es demasiado tarde).

(Bien, nos has sido de mucha ayuda).

(Lo siento, tal vez si no hubierais intentado matarme la pasada noche).

(Muy sarcástico te veo yo a ti para ser un mono).

El mono se encogió de hombros.

(En fin, casi se me olvida).

(¿El qué?).

(Vigilad a Dorotea. Si lo que está a punto de ocurrir ahora os parece peligroso, lo que ocurrirá en unos días os va a dejar flipando. Ni siquiera os lo podríais imaginar).

Cosme ya había comenzado a imaginar toda suerte de horrores, cuando vio llegar a la carrera a uno de los musculosos criados portadores de Vesta.

—¡Ha sido horrible! —dijo a Cautaro en cuanto hubo tomado un poco de resuello.

—¿Qué ocurre?

—Es su hija, mi señor. Está con uno de los extranjeros.

—¡Túuuu! —dijo Cautaro levantándose de golpe y señalando con un dedo gordo como una butifarra a Cosme.

—¿Yo?

—¡¡Túuu!!

—¿¿Yo??

—¡¡Tú...

—¡Basta ya! —dijo Diana subiéndose de un bote a la mesa—. Parecéis una panda de condenados niños. Seguro que esto se puede arreglar de una manera civilizada.

—Ha iniciado a mi hija en las lides de la mecanofilia, esto ya no tiene solución alguna.

—¿Mecanofilia?

—No te hagas el tonto conmigo, he visto como enviabas a tu robot.

—Señor... —intervino el criado.

—Tú a callar.

—Pero es que, señor...

—¡Que te calles he dicho!

—Está con el hombre, no con el robot. Se trata de eso, ¿verdad Josele? —dijo Ambrosio interpelando al criado por su nombre.

El criado asintió. No lo pude ver, pero más tarde Marinchín me lo explicó todo. De repente, todo el espíritu pusilánime de Ambrosio desapareció por ensalmo y echó a correr hacia el palacete de invitados, resoplando por la nariz como un toro pavarotiano.

—¡Mierda! Ahora sí que la hemos liado —dijo Cosme, mientras salía corriendo tras él.

La gigantesca mole de Cautaro se interpuso en su camino con su lanza en ristre. Cosme iba demasiado embalado como para detenerse o sortearlo, así que saltó con todas sus fuerzas, con la intención de esquivar la lanza y hacerlo caer.

De repente el gordo se agachó y se tiró por el suelo, revolcándose de dolor. Cosme tardó un instante en comprender lo que acababa de ocurrir. Diana, mucho más rápida que cualquiera de los hombres, le acababa de dar a Cautaro una de sus famosas patadas en la entrepierna.

Al caer al suelo, Cosme sintió como una de las criadas le estrellaba una jarra de agua en la cabeza, se giró conmocionado, levantando un dedo índice, dio un traspié y estuvo a punto de perder la conciencia.

Diana lo sostuvo y le dio una bofetada para hacerlo recuperar el sentido.

—Mira.

Y Cosme miró. Lo que hasta hacía apenas unos instantes, era un ordenado comedor de educados comensales y servicio se había convertido en un pandemonium de patadas, puñetazos, vajilla voladora, mobiliario corriente y guantás como panes con la mano abierta. Todo el mundo batallaba entre sí como si le fuera la vida en ello.

—¿Por qué carajo se pelean todos? —dijo Cosme.

—No tengo ni idea, ni ganas de averiguarlo. Vamos, rápido, hemos de sacar a Hans de este embrollo.

—No estoy demasiado seguro de querer hacerlo.

—¡Oh! —exclamó Diana señalando a la mesa.

Dorotea caminaba sobre ella con paso seguro, inmutable ante el jaleo que se desarrollaba a su alrededor.

—¿Qué va a hacer? No la podemos dejar aquí.

—Hermanos —declamó Dorotea con voz potente—, en verdad os digo...

3

Hans y Vesta se cubrían con las sábanas, mientras Ambrosio los observaba desde el umbral de la puerta apuntándolos con una pistola.

—Esto no es lo que parece —dijo Hans, dejando que el comunicador, que aún seguía sonando, se le escurriera sobre la cama.

—No, cariñín —dijo Vesta, intentando que su voz no dejara traslucir ningún sarcasmo—, te aseguro que este hombre tiene razón.

—Escúchala, muchacho, no vayas a hacer ninguna locura de la que luego te arrepientas.

—Pensaba que yo te importaba —dijo Ambrosio en un murmullo—, que lo nuestro era diferente, importante, bonito, que nada se interpondría en nuestro amor, que a nosotros jamás nos pasaría algo así —se miró las manos, como si se acabara de dar cuenta del arma que sostenía en ellas—. Y ahora, me has fallado, has echado a perder todo lo que teníamos, lo has arruinado todo y yo... yo... yo no puedo soportarlo —comenzó a sollozar—. Todavía no me lo puedo creer, siempre pensé que nosotros dos estábamos mucho más allá de cualquier situación como ésta, que ninguno de los dos le sería jamás infiel al otro —y se cubrió el rostro teatralmente con el antebrazo.

A Vesta, aquello le pareció demasiado. Era cierto que su situación era bastante difícil de explicar desde las normas de cortesía básica entre parejas comprometidas; pero no lo era menos que ella lo había pillado a él con una mujer desnuda apenas unas horas antes.

—¿Cómo puedes tener el morro de decirme que jamás pensaste que entre nosotros no podía haber infidelidades cuando tú me has sido infiel hace un rato?

—¿Eh? —Ambrosio pareció sinceramente confundido— ¡Oh, vaya! Vesta, ¿eres tú? Lo siento, no me había dado cuenta. Yo... no me había fijado en ti, pensé que se trataba de otra mujer.

—Entonces ¿a quién diablos le decías todo lo anterior?

Ambrosio se envaró intentando ponerse serio.

—¿Lo anterior? No sé de qué me hablas, yo no he abierto la boca desde que estoy aquí.

De repente, a la mente de Vesta acudió una idea en forma de comprensión, y comenzó a reír.

—¡No, claro, tú no has dicho nada! No te preocupes, no hace falta que disimules, ahora lo comprendo todo. Por eso nunca me había funcionado con ninguno de los dos. No tiene nada que ver conmigo. Sois vosotros. ¡Vosotros! —una risa histérica se adueñó de ella—. Nunca me lo hubiera imaginado, pero claro, eso lo explica todo. ¡Qué alivio!

—¿Qué quieres decir —dijo Hans, que todavía no había comprendido la revelación de Vesta.

—¡Sois gays!

—No, yo...

—Querido —dijo Ambrosio arrojándose sobre él en actitud cariñosa—, no lo niegues. Los dos sabemos que estamos hechos el uno para el otro.

En ese instante volvió a sonar el comunicador, y Hans aprovechó la confusión para huir en calzoncillos por los pasadizos de salida del palacete.

4

Nada — pensó Kate—, no lo coge. Este hombre siempre igual. ¿Para qué quiere un comunicador móvil si luego nunca está disponible en él?.

Kate se echó sobre el sillón, dejó el comunicador a un lado y se endormiscó.

La despertó el contacto de una nariz húmeda en las manos.

—¡Leñe, qué susto me has dado!

Se trataba de Tapt.

—Tap, tap.

—No, no ha habido suerte.

—Tap.

—¿Una nave?

—Taaap.

—Ah, una cápsula.

—Tap.

—A mí me parece buena idea. Os agradezco que lo consultéis conmigo; pero la nave es vuestra, podéis hacer lo que os parezca más adecuado.

—Tap, tap.

—No creo que por el mero hecho de ser gente grande lampiña nos vayamos a llevar bien; pero te acompaño, me gustaría ver la operación de rescate.

Tapt la dejó pasar primero. Ella avanzó a cuatro patas por los pasillos, y él se encandiló con el movimiento de sus nalgas. Lo dicho, pensó, con un poco más de pelo y un poco menos de tamaño, la hembra podría haber sido una atractiva ebook.

Ya en el puente de mandos, el capitán la recibió con su cara de pequinés asustado.

—Tap —dijo al verla, señalando a una de las pantallas.

Kate se fijó en la cápsula que estaban a punto de rescatar. Tenía forma de cilindro, con uno de los extremos acabados en punta. En uno de sus lados podía leerse: Salve su vida con salvavidas Martínez.

—Habéis comprobado ya si hay alguien dentro.

—Tap.

—¿Un robot?

—Tap, tap.

—Comprendo. ¿Comenzáis ya?

El capitán le señaló un sillón en el que podía sentarse mientras llevaban a cabo la tarea. Kate lo hizo y se dispuso a contemplar una de las famosas operaciones de rescate llevadas a cabo por los ebooks. Había oído hablar mucho de ellas, por lo visto, los pequeños seres eran especialistas en reencontrar pasajeros perdidos en el espacio. Algunas compañías aseguradoras, incluso tenían sus propias naves ebook dedicadas íntegramente a la recuperación de cápsulas de salvamento para poder ahorrarse las indemnizaciones familiares a los viajeros que hubieran suscrito algún seguro.

El capitán tomó asiento en la butaca de mando, en medio del puente, rugió (literalmente) una orden y la operación de rescate dio comienzo.

Kate pudo escuchar claramente un plop seguido de un fiiiis en cuanto se abrieron las compuertas de la bodega para dejar salir el robot de rescate. Vio todo el proceso en la pantalla. La cápsula fue alcanzada por el robot, que era una especie de desatascador gigante, y una vez atrapada, la cuerda a la que estaba sujeto comenzó a recogerse atrayendo la cápsula hacia la nave ebook. En realidad, no era tanto que el robot desatascador trajera hacia la nave ebook la cápsula, como que cápsula y nave se acercaban la una a la otra.

Tras unos minutos, el capitan se giró hacia ella con una sonrisa satisfecha.

—Tap.

—¿Ya está a bordo?

—Tap.

—De acuerdo, vamos a verla.

Bajaron a la bodega. La cápsula tenía el tamaño justo para que cupiera un hombre alto. Un ebook se acercó con un soplete dispuesto a abrirla; pero Kate se le adelantó dando unos golpecitos en la chapa. Entonces, lo que parecía el portalón de acceso comenzó a abrirse con un chirrido y de adentro salió un proyectil.

Bien, no era exactamente un proyectil, era una figura que se movía con una velocidad pasmosa y que atrapó a Kate, poniéndole un arma en la sien antes de que nadie tuviera tiempo de reaccionar.

—¿Dónde estoy?

La voz era robótica, como habían esperado, pero femenina.

—Estás a bordo de una nave ebook. Te hemos rescatado, pensábamos que podrías necesitar ayuda; pero si quieres, te volvemos a arrojar al espacio. Nadie quiere hacerte daño.

—Me dirigía a Asimov —dijo liberando su presa—, pero algo ha tenido que fallar.

Kate se giró para contemplarla. Era una robota.

—Sí, creo que de haber seguido el rumbo que tenía tu cápsula ahora mismo, hubieras acabado precipitándote en aquella estrella roja que se ve allí al fondo —dijo Kate señalando por uno de los ojos de buey de la bodega.

—Entonces os lo agradezco. Os ruego disculpas por mi reacción. El Universo está lleno de gente dispuesta a desguazar una buena robota para vender sus metales a piezas.

—No tienes de qué preocuparte. Lo comprendo. ¿Cómo te llamas?

—Molly.

Y sí, como ya habrá adivinado el lector, se trataba de Molly. Mi Molly, la del buen par de vielas.

© Raúl A. López Nevado, (552 palabras) Créditos