1

Supongo que en la última escena con Dorotea, todos estabais esperando que su hallazgo fuera el cuaderno de dibujo de Don Giovanni, ¿verdad? Pues no: demasiado visto y poco sorprendente, incluso se me podría acusar, de nuevo, de estar inventándome toda esta historia y utilizar Deux ex machina, que es una forma fina de decir que me saco de la manga lo que me da la gana cuando me conviene. Así que no, lo que halló Dorotea entre las páginas de La Biblia del Chisme que había robado no fue el cuaderno de Don Giovanni, sino un pliego de hojas con extrañas inscripciones y un objeto más extraño aún de forma ovalada, con un largo cuello y algunos pelillos colgando.

Dorotea sacó el extraño objeto y lo miró con extraña extrañeza extrañada. Era raro de narices, pensó mientras intentaba encontrarle algún sentido. Observó con atención las páginas con las inscripciones, como si se tratara de un manual de instrucciones; pero no había manera. Fuera lo que fuese aquello, las hojas no iban a ayudarla a comprenderlo.

Unos golpecitos en el cristal de su ventana la sacaron de sus pensamientos.

—Marinchín, majo —dijo al descubrir al mono encaramado en el alféizar— ¡Qué alegría verte de nuevo!

El mono le hizo señales para que le abriera la ventana.

—Gracias —dijo el mono al entrar, dejándose caer con gracia sobre el suelo.

—Pensé que no te volvería a ver.

—Tus amigos me pegaron un buen susto, a qué negarlo; pero luego vi que no se trataba de mala gente.

—No lo son, pensaron que tú eras demoníaco.

—No te preocupes, ya estoy acostumbrado, todo el mundo me confunde con esos dichosos monos dobles.

—En fin, ¿qué te trae por aquí?

—Eres la única persona en el planeta con la que me puedo comunicar. ¿Te parece poco?

—No, claro... —Dorotea se interrumpió para seguir la mirada de Marinchín, que observaba con fijeza el extraño objeto que ella había dejado sobre la cama— ¿Tienes idea de qué es?

—Perdón.

—Esto —dijo cogiendo el objeto— ¿Sabes qué es?

—Ah, claro, por supuesto ¿me permites? —dijo Marinchín tomando la cosa de manos de Dorotea.

Comenzó a acariciar los pelos, y brotaron unos sonidos espeluznantes. Entonces apretó algunos de los tornillos en la cabeza del objeto, y los sonidos mejoraron sensiblemente.

—Ahora sí —murmuró para sí mismo.

Y comenzó a tocarlo a la vez que canturreaba canciones reggae y se movía al son de los contratiempos.

—¿Es magia? —dijo Dorotea.

—No, es un ukelele. Hacía mucho tiempo que no veía uno —dijo Marinchín sin perder el ritmo.

—Y esto —dijo Dorotea mostrándole el pliego de hojas con extrañas inscripciones— ¿Sabes lo que es?

—A ver, déjame ver un momento... Ah, sí —dijo el mono comenzando a tocar una melodía distinta —, esto es la partitura de Somewhere over the rainbow. ¡Caramba —dijo pasando el resto de páginas—, si es la partitura entera de la banda sonora de El mago de Oz!

2

Cautaro presidía una mesa en la que se sucedían los platos. Fuentes de un extraño marisco verde, asados de un pescado alargado y marrón, pastelitos de chocolate y especias picantes, hormigas en salsa rosa, lechugas en salazón, una suerte de ave con cuatro alas marinada y roscos de azúcar iban pasando sin solución de continuidad por sus manos y por su boca.

—No me extraña que esté así de gordo —dijo Hans.

—¿No tenéis hambre? —les preguntó Cautaro con la boca llena de comida a medio masticar— Si hay algo que no os gusta, puedo pedir que os traigan otra cosa.

—No, todo está bien —contestó Katiuska— es sólo que...

Diana le pegó un golpe por debajo de la mesa.

—¡Ay!

—¿Ay? —repitió Cautaro.

—Ay, qué rico está todo —disimuló Katyuska.

Cuando Cautaro dejó de prestarles atención y volvió a concentrarse en su tarea de devorar todas las viandas de las que se había rodeado, Katyuska se dirigió a Diana.

—¿Se puede saber por qué has hecho eso?

—Es mejor que no llamemos demasiado la atención.

—Sólo le iba a decir que en Wells no solemos celebrar un banquete en todas y cada una de las comidas del día, y que estamos un poco cansados de comer tanto.

—Cuanto menos sepan de nosotros, mejor.

—Estoy de acuerdo —intervine—, hay algo en todo esto que me da mala espina.

En ese momento apareció Dorotea. Llevaba sobre su hombro a Marinchín, cuyos ojos se desencajaron al ver la mesa del banquete servida.

—Consideran a los monos un bocado exquisito —le dijo al oído a Dorotea antes de desaparecer escurriéndose entre los árboles.

—Buenos días —dijo Dorotea sentándose entre mí y Katyuska.

—Bien, ya estamos todos —dijo Cosme en tono confidencial—, Diana y yo os tenemos que decir algo.

—¿Vais a ser padres? —dijo Hans.

—¿Qué? No.

—Ah mejor porque, sin ánimo de ofender, creo que ya se os ha pasado el arroz hace tiempo.

—Un poco de respeto —dije—, Diana y Cosme todavía son jóvenes.

—Tú que los ves con buenos ojos.

Miré a Hans con mirada asesina, es decir, poniendo los ojos rojos y haciendo que llamease en ellos una mala leche de nivel seis, y pareció achantarse un poco.

—Está bien, Hyleas, déjalo —dijo Diana—. Lo que Cosme y yo os tenemos que decir es que hemos visto a los dioses ominosos.

Diana explicó lo que habían visto durante la noche.

—Entonces, ¿existen de verdad? —dijo Katiuska— ¿No nos estáis explicando todo esto para evitar que hagamos ninguna tontería por las noches?

—No, por desgracia no es así —dijo Cosme.

—¡Ah, por fin los platos principales! —dijo Cautaro dejándose oír por encima de nuestra conversación, al ver llegar las bandejas que traían los porteadores.

—Cuando comencemos la exploración del planeta —dijo Cosme —, tendremos que andarnos con mucho cuidado. Si es que nos vale de algo y este lugar puede exportar algo más que estupefacientes o colesterol —dijo mirando de reojo a Cautaro.

3

A vista de pájaro, o mejor dicho, de mono, Marinchín contemplaba la enorme mesa de los comensales. Al abandonar el hombro de Dorotea, se había encaramado al más alto de los árboles que rodeaba Villaviciosa. No era la primera vez que lo hacía, aquel lugar le proporcionaba una perspectiva fantástica para observar a los humanos y vigilar que no se desmadraran demasiado.

A lo lejos, procedentes de Boetes y traídos en literas porteadas, vio llegar a Vesta y a Ambrosio, su prometido y príncipe de Boetes. Vistos los tumbos que daban las literas, debían de ir discutiendo.

Marinchín aguzó sus supersentidos primáticos para escuchar su conversación.

—Pero, cariñín —decía el príncipe Ambrosio —, eres muy dura conmigo.

—Primero, no me llames cariñín y segundo, no soy dura contigo, lo he visto con mis propios ojos.

—Pero no es lo que tú imaginas que era, te lo aseguro.

—¿Ah no? pues a mí me ha parecido bastante fácil de imaginar. ¿Podrías ilustrarme tú en lo que se supone que debería haber imaginado?

—Lo hacía por ti.

—Ésa sí que es buena, te encuentro en la cama liado con una mujer desnuda; pero lo estabas haciendo por mí.

—Tú sabes lo que yo te quiero, Vesta; pero también sabes que la carne es débil...

—Te mato, yo te mato... —Vesta inspiró profundamente varias veces para serenarse— Está bien, ahora ya estamos llegando, mantente calladito y ya hablaremos después.

4

Cuando vi al príncipe Ambrosio descender de su litera, pensé que se trataba de un hombre elegante y educado, aunque con un ligero toque de delicadeza que no acababa de casar del todo con su porte marcial.

Cautaro se levantó de la mesa limpiándose la boca con el dorso de la mano.

—Ambrosio, hijo, ven con nosotros a compartir nuestra mesa —le dio un amistoso golpe en la espalda, que estuvo a punto de hacerle saltar los ojos —. Queridos darlenautas— dijo conduciéndolo hacia nosotros —, éste es mi futuro yerno, el príncipe heredero de Boetes y futuro rey de ese reino y de Gymoore. Un tipo de lo más importante— sonrió con una boca de dientes desparejos de los que colgaban como estalactitas los vestigios de eras de comidas desmesuradas.

—Encantado —dijo Cosme alargándole la mano.

—Encantada —dijo Diana dándole dos besos.

Vi por el rabillo del ojo como Vesta vigilaba a su prometido, especialmente cuando llegó el turno de darle dos besos a Dorotea.

—Bien: Vesta, Ambrosio, caballeros porteadores, sentaros todos a nuestra mesa y compartid nuestra comida. Hay que llenar esos huesos de músculo —dijo dirigiéndose a Ambrosio, que bajó la mirada con timidez.

Tras esta interrupción, nos volvimos a sentar para continuar con aquel pantagruélico banquete.

5

El mono lo vio todo. Primero fue Hans, se levantó de la mesa, se dirigió al lavabo y antes de llegar, se apartó a un lado y se quedó esperando. Al cabo de unos minutos, como para dejar tiempo para que nadie sospechase, fue Vesta la que hizo la misma jugada de levantarse y poner rumbo al lavabo. A medio camino, Hans alargó una mano y la atrajo hacia sí.

Marinchín los vio entrar en el palacete de invitados, abrazados y haciéndose arrumacos.

6

Mientras tanto, en la mesa, la conversación seguía animada. El príncipe Ambrosio, a pesar de su primera impresión de hombre distante, se había mostrado como un fantástico conversador. Jamás había salido de Lem, pero había oído hablar de los viajes espaciales, y parecía estar bastante al tanto de las últimas novedades tecnológicas.

—Me encanta esa idea de un robot que te recuerde lo que tienes que hacer cada día —dijo.

—No te vayas a creer, aquí el amigo —dijo Cosme refiriéndose a mí —, es una de las funciones que se supone que tiene y en cambio, la mitad de las veces soy yo quien tiene que recordarle sus tareas a él.

Diana aprovechó las risas para murmurar a Cosme al oído.

—Hace más de veinte minutos que Vesta y Hans han ido al lavabo.

Cosme tragó saliva.

—¿Me permites un instante con mi mujer?

—Adelante —dijo Ambrosio con una sonrisa.

—Katiuska —dijo Diana —, explícale a nuestro príncipe lo de la vez aquélla que entramos en la nebulosa de patatas asesinas.

—Menuda aventura... —dije, pero me interrumpió Cosme.

—Tú no, Hyleas, tú ven con nosotros un instante.

Nos levantamos y nos alejamos unos metros de la mesa, lo justo para que no se pudiera oír nuestra conversación por encima del barullo de los comensales.

—¿Estás pensando lo que yo estoy pensando? —dijo Cosme.

—Exactamente lo mismo.

—Cuando pille a ese desgraciado de Hans, me va a oír.

—Eres muy blando con él. Deberías hacerle una cara nueva a puñetazos —nunca había visto a Diana tan expeditiva hacia un miembro de nuestra tripulación —. ¡Y con su prometido el príncipe ahí mismo!

—Este tío es tonto.

—No es tonto, lo que le pasa es lo que a todos los hombres: que piensa con cierta parte del cuerpo.

Cosme estuvo a punto de protestar, pero se lo pensó mejor al ver la manera en que Diana apretaba los puños.

—Hyleas —me dijo —, encárgate de localizarlos y hacerlos venir tan pronto como sea posible. Nosotros intentaremos entretener al príncipe para que no note la ausencia de su prometida.

7

El mono me vio alejarme del resto de mis compañeros, e introducirme en el palacete de invitados con paso firme y elegante. Toda la suerte de la misión, de los darlenautas e incluso del propio planeta, descansaba sobre mis varoniles hombros metálicos sin combarlos. Ahí marcha uno que conoce sus responsabilidades —pensó Marinchín —, un ser sublime y orgulloso. Si no fuera yo Marinchín, el mono que ha cruzado la galaxia, ha vivido durante miles de millones de años acumulando sabiduría y ha creado este mundo, sin duda alguna me gustaría a mí ser ese excelso robot llamado Hyleas.

8

Bueno, vale, no tengo ni idea de si el mono me vio o no, y mucho menos de lo que pensara al verme; pero ¿qué diablos? Soy yo quien cuenta la historia ¿no? Así pues, como iba diciendo: el mono me vio, me observó con admiración y pensó que yo era la hostia.

9

La nave ebook era tan pequeña que Kate únicamente podía mantenerse erguida en la cubierta principal, en su camarote y en su ducha. Por el resto de la nave sólo podía desplazarse a gatas, ante el gran alboroto de los ebooks que encontraban aquella forma de locomoción especialmente divertida. Tampoco se trataba de algo que la molestara en exceso, los ebooks eran unos anfitriones bastante justos y atentos que la trataban bien y la hacían sentirse como en su casa.

La mano de Kate salió de la mampara de la ducha buscando la toalla en el colgador con la que secarse y cubrirse. No la halló. Qué extraño, estaba segura de haberla dejado allí. Sacó la cabeza de la ducha y vio que no había ninguna toalla en el cuarto de baño, ni siquiera la de secarse las manos. Introdujo la cabeza de nuevo en la mampara, y la cerró con fuerza. Hay alguien ahí, mierda, mierda. Hay alguien ahí... No, tranquilízate. No puede ser, los ebooks son inmunes a tus encantos. ¡Por el más grande de los chismes! Tú has visto en fotos cómo son sus hembras. En cualquier otra nave podrías sospechar, pero aquí no. No de los ebooks..

Tras pensárselo un poco, salió desnuda de la ducha, con el cabello mojado y el agua goteando por sus formas voluptuosas. Respiraba con agitación, acostumbrada al efecto que aparecer así hubiera tenido en cualquier otra nave. ¿Lo ves? No pasa nada..

Encontró la toalla tendida sobre el sofá. ¡Ay, esa memoria, Kate! Se secó y comenzó a vestirse. Mientras lo hacía, pensó en Hans. Se preguntó si sería posible intentar una comunicación privada con él, se acabó de vestir y se dirigió a la cubierta principal.

Tap y Ptap estaban de guardia. A medida que se acercaba, sintió que algo no iba bien. Los ebooks hablaban entre sí en un idioma que le resultaba incomprensible, empleando unidades significativas top; en lugar de las unidades significativas tap, que ella conocía.

—Top, top —decía Tap.

—Top, top, tooooop —le respondía Ptap.

Y así largo y tendido, desde que ella comenzara a oírlos a la entrada de la cubierta, hasta que llegó a su altura y los saludó.

—Tap, Ptap.

—Tap, tap —dijo Tap.

—Me gustaría intentar una llamada.

—Taap.

—Sí, sé que costará energía y encarecerá el viaje, pero estoy dispuesta a pagar.

—Tap, tap.

—Perfecto, espero aquí.

Tap ordenó a Ptap que fuera a buscar un comunicador y éste apareció con uno al cabo de unos minutos.

—Muchas gracias —dijo Kate y se dispuso a marcar el número de teléfono de Hans.

No, mejor aquí no. Colgó cuando ya lo había marcado y se dirigió a su camarote. Desde allí tendría más intimidad. Confiaba en los ebooks, pero aquella conversación incomprensible que les acababa de oír tener, no le había hecho demasiada gracia.

Una vez en su camarote, agradeció poder volver a ponerse en pie y se estiró. Luego, marcó el número de comunicador de Hans y se dejó caer sobre el sofá esperando que, por una vez en su vida, Hans no lo hubiera dejado desconectado.


Notas

Para los que puedan acusar de relativismo etnocéntrico al autor, cabe mencionar que tras sesudos estudios antropológicos sobre la consideración de la identidad de género en tanto que constructo social creado por los actantes en los contextos de comunicación psicosocial... Bah, sí, qué diablos, soy un robot etnocéntrico, ¿qué pasa?

No uno, sino dos. ¡Dos lenguajes artificiales creados por el autor a fin de hincharse de pasta con los cursos de idiomas para megafans! En este caso, semiológicamente hablando, la lengua Top es ligeramente más complicada que la lengua Tap. Muchas de sus palabras tienen lexemas que hunden sus raíces en el latín, el griego y el cantonés antiguo; mientras que otras se forman a partir de onomatopeyas significativas... En fin, tampoco esperaréis que os dé aquí, gratuitamente, las lecciones ¿no? Lo que sí que puedo hacer es traduciros la inocente conversación que Tap y Ptap estaban teniendo entre sí cuando llegó Kate.

—Hay que ver cómo está la tía —dijo Tap.

—Es un poco alta y lampiña, sí, pero menudas domingas —dijo Ptap.

—Unas domingas perfectas, ni que lo digas. ¿Crees que habrá funcionado el truco de moverle la toalla?

—Eso espero.

—¡Ay! A veces es una suerte que te tomen por un peluche.

—Ya ves; pero oye, mírala, hablando de la reina de Marilyn, por aquí viene.

—Disimula, disimula.

© Raúl A. López Nevado, (552 palabras) Créditos