1

Diana dio un respingo al notar aquellos dedos fríos en la espalda. Temía girarse, pero se forzó a hacerlo invocando todo su valor. Fue un movimiento rápido, acompañado por una patada dirigida a las partes nobles del propietario de los dedos.

—¡Mierda! —dijo Cosme revolcándose por el suelo con las manos entre las piernas— ¿Se puede saber qué diablos te pasa?

—Oh, lo siento, cariño, lo siento mucho... me diste un susto de muerte.

Diana lo ayudó a reincorporarse. Cosme sudaba y sentía como el calor del dolor le iba subiendo por el vientre. Cerró los ojos y esperó a que pasara dando botecitos con los brazos. Cuando comenzó a remitir, habló de nuevo.

—No pensé que estuvieras tan tensa.

—No lo estoy normalmente pero... tienes que ver esto.

Diana se arrastró por el suelo e indicó a Cosme que hiciera lo mismo. Se acercaron al ventanal, y alzaron ligeramente la cortina para poder asomarse.

—¡Por todos los robots del Olimpo! —dijo Cosme— ¿Qué demonios es todo eso?

—Son los dioses ominosos.

—¿Quieres decir? A mí me parecen un grupo de bichos enormes de tamaño natural.

—Precisamente eso coincide bastante con las descripciones que nos había dado Vesta.

—Bien pues, así que realmente existen. Esto se pone cada vez más feo.

Afuera, los dioses ominosos: pulpos, sepias, gambas, arañas, hormigas, avispas, tábanos y garrapatas seguían su imparable labor devoradora. Tras observarlos en silencio durante un buen rato Cosme volvió a hablar.

—No parecen tan peligrosos como nos los ha pintado Vesta.

—Eso mismo he pensado yo después de verlos; no podemos relajarnos, son rápidos y ya has visto que entre pinzas, quelíceros y aguijones no van precisamente desarmados; pero dudo mucho que unos seres, que disfrutan así de la cocina humana, tengan demasiada necesidad de vírgenes.

Con los primeros rayos de sol que despuntaban por el horizonte, los dioses ominosos comenzaron a desaparecer. Aquello sí que fue un espectáculo pavoroso. Primero fue la araña, al sentir el beso cálido del astro sobre su espalda se giró como si la hubieran abofeteado y echó a correr hacia el bosque. Era escalofriante ver moverse sus ocho patas como... como... como cuatro pares de patas descoordinadas. Luego le tocó el turno a la sepia, que soltó un chorro de tinta para propulsarse con más velocidad. Los demás, al darse cuenta de la desaparición de dos de ellos comenzaron a huir en tropel, acompañados por el ruido gemebundo de sus estómagos en pleno proceso digestivo.

2

Los birkheadianos se mantenían en órbita estacionaria sobre Lem. Su nave, alargada y anélida, daba vueltas al planeta como un majestuoso gusano ante una gigantesca manzana.

En cubierta estaban de celebración. Los canapés volaban en bandejas por delante de maitres de camisa blanca y faldones negros, mientras la tripulación se dedicaba a observar Lem desde los ventanales que se abrían a los lados del hall, ahora a babor, ahora a estribor, según la nave se dejara llevar por su atracción gravitatoria.

—Es un planeta bastante bonito —dijo Lady Janice.

—No tanto como usted —dijo Sir Ashford galantemente.

Ella le respondió con una sonrisa a la vez que cogía un canapé de pulpo de una bandeja(1).

—¿Ve algo nuevo, Lord Frederick? —dijo Sir Ashford.

—Lady Janice tiene toda la razón, es un planeta muy bonito. Es difícil decidirse a aterrizar en algún punto concreto.

—Deberíamos buscar algún núcleo de población importante —dijo Lady Devina.

—Sí —dijo Lord Frederick—, pero, mire esto —le pasó el catalejo a Lady Devina, y le señaló con el dedo el lugar al que debía mirar.

—Es maravilloso.

—Sí, me recuerda las verdes praderas de nuestro birkhead natal.

—Ay — fue un suspiro generalizado de toda la tripulación.

—¡Qué bella tierra la nuestra! —dijo el Lord captain.

—¡Qué bella tierra la nuestra! —repitieron a coro los músicos de la band que acompañaba los bailes en el hall de la nave.

—¡Ay! — volvió el suspiro general.

Y los músicos comenzaron a atacar los primeros compases del himno de Birkhead. Lord Frederick les concedió una vuelta entera, antes de unirse a ellos con una voz de barítono llena de matices y melancolía.

  • Donde las babosas son más hermosas
  • y están los babosos más educados,
  • Birkhead, larga pradera fabulosa
  • de céspedes largos como pescados.
  • Que el gran cefalópodo en su graciosa
  • gracia grande de gusano enterrado
  • no permita nunca a la mariposa
  • robar aquello que se nos ha dado.
  • Y que guarde a su majestad viscosa
  • de tener estómago delicado
  • Y a sus fieles súbditos de la cosa
  • De Oz, con sus coletas y leotardos.

Otras voces se unieron a la suya en una segunda vuelta. Muchos habían comenzado a llorar por la nostalgia. Aquella canción los devolvía a su hogar, tan lejos, y los hacía pensar en los grandes valores de su cultura: las verdes praderas sobre las que se asentaba su civilización; el gran cefalópodo del que todos se sentían hijos, y cuyas creencias gobernaban su vida, y la majestad viscosa a la que, como buenos ciudadanos birkeadianos, todos rendían tributo.

—Lord Frederick —dijo Sir Ashford palmeándole la espalda con un guante vacío que flotaba en el aire—, nos ha emocionado a todos. No conocía esta faceta suya.

Lord Frederick hizo que un pañuelo le enjugara una lágrima antes de contestar.

—Ha sido sólo un momento de debilidad, espero que sepan perdonarme.

¡Bravo! se oyó una voz y todo el hall de la nave se llenó de aplausos.

—Es bueno recordar nuestras raíces de vez en cuando —dijo Sir Ashford—, a veces la modestia nos hace perder de vista que somos la especie más evolucionada de la galaxia.

—La humildad es también una de nuestras grandes virtudes —dijo Lady Devina.

—Lo es, lo es —dijo Lady Janice—; pero no podemos dejar que nos gobierne hasta tal punto que olvidemos nuestra historia.

—Eso es lo que estaba tratando de decir —dijo Sir Ashford.

—Cualquier especie inteligente —dijo Lord Frederick— se enorgullecería de nuestra historia.

—Una historia —dijo Sir Ashford— sin guerras, ni hambre ni mala sangre de ningún birkheadiano hacia otro.

—Uno llega a creer que se trata de algo común en la galaxia —dijo Lord Frederick—; pero luego, a la que comienza a aprender acerca de otras especies, se da cuenta de lo que nos hace excepcionales.

—Si no fuera por ese maldito mago de Oz —murmuró Lady Janice.

—Ni lo menciones —dijo Sir Ashford.

—Es nauseabundo —dijo Lady Devina.

—Asqueroso —dijo el Lord Captain.

—Deleznable —dijo Lord Frederick.

Otras voces siguieron enumerando lo que les parecía el Mago de Oz. Repulsivo, repugnante, asqueroso, feo, tonto, malo, una historia sobrevalorada, aunque ante estas últimas palabras hubo quien contestó: baboso, tampoco nos pasemos.

3

La culpa de todo la tenía el mono. El mono y los hipsters. Por su causa, los birkheadianos no podían soportar siquiera la mención del Mago de Oz. Aunque el asunto no se podía tomar a la ligera, porque en otro orden de cosas, Marinchín era responsable de la existencia misma de los birkheadianos, así que del trauma tal vez cupiera culpar únicamente a los hipsters y su manía por los vinilos.

En fin, la cuestión es que a pesar de su aspecto entrañable, tan peludín y achuchable él, Marinchín llevaba varios miles de millones de años viajando por el Universo. Fue en una de esas excursiones, precisamente, cuando dio en aterrizar en el viejo Birkhead, por aquel entonces todavía un pedazo de roca estéril, apenas esférica y en proceso de constantes cataclismos.

Marinchín llegó con su cohete, un regalo de su famoso abuelo, y dio unas cuantas vueltas sobre el planeta hasta encontrar una superficie lo suficientemente ancha como para poder aterrizar sin peligro. Finalmente aterrizó sobre una isla de roca en un mar de lava, haciendo gala de su extraordinaria pericia como piloto, una verdadera lástima que no hubiera nadie allí para verlo. Extendió un mantel al lado del cohete y comenzó a preparar los platos para la merienda, mientras ponía a calentar una tetera sobre la capa de magma que bordeaba su islote.

Adoro los planetas en formación se dijo a sí mismo mientras untaba de mermelada de arándanos púrpura su rebanada de pan negro. Esto sólo es mejorable con un poco de música. Dejó la rebanada de pan en el mantel, se dirigió dando traspiés al interior del cohete y emergió de su interior con un tocadiscos y una caja de vinilos. Rebuscó entre ellos hasta encontrar el que quería y lo puso en el tocadiscos. Era la banda sonora de El mago de Oz y en poco, comenzaron a sonar los primeros compases de Somewhere Over The Rainbow.

Ya a gusto con la música ante aquel panorama apocalíptico, continuó comiendo tostadas con mermelada. A sus pies se comenzó a formar un montoncito de migajas de pan, contraviniendo así todas las normas galácticas de no contaminación de planetas en formación. Pero Marinchín, a esas alturas de su vida, después de haber atravesado más de la mitad de la galaxia y haber hecho pícnic en uno de cada tres planetas en formación, sin ningún resultado visible, no se preocupaba demasiado por aquellas normas.

Me gustaría que mi abuelo pudiera verme ahora, pensó.

—Te veo, pedazo de idiota peludo —sonó una voz desde la nave.

—Ijon, pero... ¿cómo?

—No hay tiempo que perder, recoge rápido y ven cuanto antes, hay aquí un andrigoniano insistiendo en que la vida en la Tierra es imposible.

Marinchín no se lo pensó demasiado, su abuelo podía ser terrible cuando se enfadaba. Estaba recogiendo tan rápido como le era posible cuando una sacudida lo hizo trastabillar, volcó su taza de té inglés sobre la montaña de migajas que se había formado a sus pies y cayó sobre el tocadiscos con tan mala suerte que el disco se quedó girando en el aire un instante antes de caerse arrastrando por el suelo. Mierda, como le haya ocurrido algo, Ijon no me lo va a perdonar jamás. Lo recogió y lo volvió a colocar en el tocadiscos, estaba rallado. Mejor sería dejarlo allí y hacerlo desaparecer que permitir que su abuelo lo viera en aquel estado.

—¿Se puede saber que diablos estás haciendo? —volvió a sonar la voz del intercomunicador.

—Ya voy, ya voy.

Acabó de recoger el mantel, lo sacudió sobre el suelo y subió a la nave. Ya en órbita, recordó que había olvidado también el tocadiscos y que éste seguiría sonando sempiternamente, siempre y cuando dispusiera de una mínima fuente de radiación solar diaria. Bien, ya era demasiado tarde para volver, si alguna vez regresaba ya se preocuparía de recuperarlo.

Mientras Marinchín iniciaba su singladura, la pasta que se había formado con las migajas de pan y el té inglés comenzaba la suya. Sería un proceso de miles de millones de años, pero al final, aquellas moléculas orgánicas que habían contaminado un planeta virgen de vida, acabarían convirtiéndose en seres vivos. Meras células primero, animales y plantas superiores después, hasta llegar al despertar de la inteligencia y la conciencia en la forma de las educadas babosas gigantes que nosotros conocemos como birkheadianos. Y todo eso, mientras la banda sonora de El Mago de Oz, en la versión entrecortada del disco rallado que había abandonado Marinchín, sonaba incansable y eternamente, atronando los sensorios auditivos de aquellos pobres seres en formación.

Aparte

— Te lo estás inventando todo, ¿verdad? —dice Umashankar.

—Todito, todo —dice Hyleas.

En la taberna se produce un silencio expectante. Poco a poco la mayoría de los parroquianos se han ido añadiendo a la historia, y aquella revelación los inquieta.

—Pero... ¿por qué?

—Porque no tengo ni pajolera idea de a qué pueda deberse esa mala baba, de los birkheadianos contra todo lo que tenga relación con el Mago de Oz.

—La verdad es que es bastante raro; pero ¿te parece bonito inventártelo si no lo sabes?

—Pues a mí me ha gustado bastante — interviene el tabernero.

—¿Lo ves? —dice en un murmullo Hyleas a Umashankar.

—Pero si es una copia barata de la idea del viaje octavo de Ijon Tichy.

—No digas copia, di influencia literaria, que queda más fino. A parte, que tampoco hay nada que implique que lo que os he contado sea mentira.

—Menudo caradura.

Hyleas le sonríe guiñándole un ojo. En un instante, el alboroto de entrechocar de jarras de cerveza y aceite vuelve a apropiarse del ambiente, e Hyleas prosigue su historia.

—Bien, como iba diciendo...

4

...Don Giovanni seguía inmóvil, mirando el hueco en el que debía hallarse su Biblia del Chisme con tanta intensidad, como si la pudiera hacer volver a base de concentración. Había comprendido dónde estaba; pero eso no lo había tranquilizado sino al contrario.

El presidente, era ese pequeño memo de ropas chillonas quien la había robado. Estaba seguro, una semana antes de que todo comenzara, lo había invitado a su hogar con la intención de atraérselo a su causa. Conociendo cómo se las gastaba El presidente, y lo interesado que estaba en Adela, era seguro que en algún momento había descubierto el cuaderno, con aquellos dibujos magníficos de la Mama reginiana, y había decidido hacerse con ellos.

Lo llamaría, sí, lo llamaría y lo aterrorizaría para que se lo devolviera. El presidente había demostrado ser totalmente sensible a sus amenazas. No le costaría demasiado convencerlo (o le arrancaría las uñas con tenazas al rojo vivo). Sin embargo, aquello no acababa de tener sentido. Si hubiera sido El presidente, por qué todavía no le había devuelto su libro. Había tenido tiempo de sobra para fotocopiar el cuaderno y devolvérselo sin que él notara su falta. Ni siquiera El presidente era tan imbécil, y el miedo que le profesaba era sincero, no se arriesgaría a provocar su ira a no ser que... A no ser que el libro ya no obrara en su poder.

Un escalofrío le recorrió la nuca (e hizo nota mental de llamar a los paletas para que arreglaran aquella corriente de aire).

¡Dorotea! Estaba claro que la muchacha había robado algo ¿Por qué si no toda aquella huida? Y Adela aseguraba por activa y por pasiva que no tenía nada que ver con su diario íntimo. ¿Podía creer a la Mama reginiana? Tal vez tuviera razón. Imagina por un momento, viejo —se dijo— que Adela dijera la verdad y que el libro que hubiera robado Dorotea fuera otro. Dorotea había tenido acceso a los libros dEl presidente del mismo modo que a los de la Mama reginiana. Si hubiera tomado el libro que El presidente me había robado a mí mismo, eso explicaría por qué El presidente todavía no me lo ha devuelto a pesar del terror que le inspiro. Era un poco retorcido, pero tenía sentido y lo explicaba todo.

Don Giovanni tragó saliva. Si alguien se llegaba a enterar de que la afición secreta del respetable Papa colleriano consistía en dibujar personalidades reginianas ligeras de ropa, estaría perdido. Toda aquella respetabilidad por la que había luchado durante tantísimos años se iría al garete, a parte de que Adela comprendería el poder que podía ejercer sobre él, y estaba seguro de que aprovecharía la situación.

—Santidad —la voz de Abib desde su comunicador lo sacó de sus pensamientos —ya está todo listo para su llegada.

—Enseguida voy. Ve preparando también los cañones, quiero que entremos en Lem tan pronto como llegue.

Notas

(1) Hagamos un zoom sobre el pobre pulpo, un poco gratuitamente, vale, pero de una manera muy chismera y artística, así como queriendo indicar el parecido entre el ser del canapé y el dios ominoso de hace un momento.

© Raúl A. López Nevado, (2.577 palabras) Créditos