TERCERA PARTE: que trata de cómo los darlenautas se enfrentan a cienes de peligros (peligro arriba, peligro abajo) y de cómo se las ingenian para salir de ellos.

Interludio

El tabernero sigue sacándole brillo a una copa. De repente, una mujer de piernas largas, falda corta por delante y larga por detrás y corpiño de terciopelo abre las puertas batientes de una patada. Detrás, un tipo con tupidísima barba de tres días y sombrero vaquero, la sigue y la intenta coger por el brazo. La mujer se gira, le planta una sonora bofetada con la mano izquierda y le intenta arrear otra con la derecha; pero el vaquero es lo suficientemente rápido como para sujetarle la muñeca.

—Nena —dice—, sé que me comporté como un estúpido en el rancho de los MacCoy; pero tienes que entenderme.

—Aquí no hay nada que entender, Callahan, eres un bruto y un pendenciero.

—Y a ti te encantan esas cosas —le dice mientras la va acercando hacia sí para besarla.

Cuando están a punto de hacerlo, Hyleas se aclara la garganta ruidosamente para captar su atención. Los dos lo miran con ojos muy abiertos, sin comprender.

—¿Les importa? Aquí hay gente tratando de trabajar.

—¿Qué diablos eres? —dice el vaquero llevándose la mano a su revólver.

Abre la funda y se dispone a sacarlo; pero Ruthie el tití parlanchín, es mucho más rápido que él, le saca el arma de la funda y se la arroja a Umashankar.

—Venga vaquero —dice Umashankar poniéndose en pie trabajosamente—, será mejor que tú y tu amiguita os vayáis por donde habéis venido.

—Esto no quedará así, forastero...

—Vamos, Callahan, aquí no somos bienvenidos —dice la mujer arrastrándolo por el brazo mientras desaparecen por la puerta.

—Tienes que hacer algo con esa puerta temporal —dice Servatius dirigiéndose al tabernero.

—Ya he dicho mil veces al servicio técnico que vengan a repararla; pero no hacen más que darme largas.

—Si hubieras pagado aquel plus de garantía —dice el tití.

—Era un maldito robo.

—En fin ¿Dónde estábamos? —dice Hyleas.

—En el Pub Champiñón Bermejo, como siempre, responde el tabernero.

—No, hombre, me refiero en la historia.

—Puess en que esstabaiss basstante jodidosss —dice Alphie, la lagartija tricolor.

—Ya habían llegado los...

—Nooooo, no nos sssspoileresss.

—Ok, ok, ahora recuerdo.

—El Papa y la Mama ya habían decidido venir —dice Alphie.

—Muy bien, continuemos desde ahí entonces. Era de noche, hacía frío y Diana...

1

...no podía conciliar el sueño. Después de varios meses siguiendo la austera dieta que le proporcionaba la Darlene, los últimos días habían sido de exceso. Aquellos lemianos sabían cocinar, no cabía duda; eran capaces de preparar unos platos deliciosos y aromáticos, llenos de sabores exóticos; pero se les iba un poco la mano con las especias y con la cantidad de comida que se servía en cada plato, y el estómago le estaba pasando factura a aquella hora.

Cosme, sin embargo, no parecía tener problema alguno con aquellos alimentos exóticos, a pesar de haber comido como un mamut. Miró como su gigantesca panza subía arriba y abajo, como si danzara al son de sus ronquidos.

—Cosme. Cosme, despierta.

—Arrdgadgad — respondió en un gruñido.

—¿No te apetecería... —le dijo poniéndose sobre él y comenzando a acariciarle el pecho peludo.

Cosme entreabrió los ojos, esbozó un intento de sonrisa y la abrazó contra sí a la vez que murmuraba.

—aranogapa, stomucansao, ssnasnoxesss.

A Diana le costó varios minutos deshacerse de su abrazo de oso y al final, lo logró escurriéndose como una culebra.

Puso los pies en el suelo, y se decidió a venir a verme a mí para pedirme un poco de bicarbonato. Abrió la puerta de su habitación y salió al pasillo. La luz de la más pequeña y cercana de las lunas que entraba por los ventanales lo iluminaba levemente, más que nada para darle un aspecto siniestro. Afuera todavía estaban montadas las mesas en las que se había celebrado uno de nuestros banquetes de bienvenida, el quinto, si aún no había perdido la cuenta. Un movimiento captado por el rabillo del ojo atrajo su atención y la dejó congelada en el lugar.

No, no podía ser. Se frotó los ojos intentando que se esfumara aquella visión; pero no lo hizo. Por mucho que intentó parpadear, la imagen seguía estando ahí. Una especie de pulpo del tamaño de un hombre extendía sus tentáculos sobre la mesa del banquete, apropiándose de todas las sobras y tragándoselas como si le fuera la vida en ello. Al poco, aparecieron también una sepia, una gamba y un cangrejo de tamaño familiar, y siguieron el mismo ritual del pulpo.

2

Eran los dioses ominosos sobre los que Vesta les había estado dando la vara desde el primer momento. Eran verdaderamente horribles, viscosos, resbalosos, trepadores, blasfemos y seguro que con nombres impronunciables. En un instante, todo el claro en el que habían celebrado el banquete se llenó de aquellos seres. Algunos reptaban, otros se arrastraban o caminaban hacia atrás; pero todos daban la impresión de estar fuera de lugar, como un grupo de trekkies en una convención de la Tierra Media. Uno de ellos, el que parecía una hormiga, se irguió por un momento olfateando el aire, y miró a izquierda y derecha antes de subirse a la mesa de un salto.

Diana contuvo la respiración, y aprovechó el instante del salto para esconderse tras los cortinajes. Desde allí podía seguir observándolos sin ser vista. Eran espeluznantes, de eso no cabía ninguna duda; sin embargo, cuando se los observaba con un cierto detenimiento, lo seres conducían más a la piedad que al terror. Sus fauces no chorreaban sangre, como había dicho Vesta, sino las migajas de los cuscurros de pan con los que se habían hecho en la mesa. Parecían hambrientos, lo único que buscaban allí eran las sobras del banquete.

No, no creía que aquellos pobres bichos estuvieran tan interesados en las vírgenes como Vesta les había insistido, y sin embargo, no podía negar tampoco que resultaban verdaderamente inquietantes con toda aquella caterva de pelos, alas, antenas y ojos teselados.

Diana vio con extrañeza como uno de los seres, con forma de tábano, hablaba con otro con forma de mosca cojonera. ¡Qué diferente que hubiera sido todo lo que vino después, si la pobre Diana los hubiera podido escuchar! Bueno, la verdad es que todo hubiera sido bastante igual... En fin, que nosotros, por la magia de la narración de lo ya ocurrido, vamos a abandonar en este punto la perspectiva de Diana y escuchar lo que dicen los monstruos.

—Es una alegría que traigan invitados —dijo el tábano.

—Invitados es igual a más comida.

—¡Comida!

—Empezaba a estar harto de tantas pizzas y latas de calamares.

—Yo también.

El tábano acabó de comerse un muslo de pollo con salsa de tomate, y se limpió la boca con el aguijón.

—Escucha — prosigue—, ¿Tú has llegado a ver a Vesta?

—¿La sacerdotisa?

—Sí.

—Pues la verdad es que no.

—Dicen que está para mojar pan.

—Eso he oído, aunque si yo fuera tú, no me acercaría demasiado a ella. También he oído que muerde.

—No pensaba acercarme —dijo el tábano con una sonrisa enigmática.

La mosca cojonera tardó unos segundos en comprenderlo.

—¿En serio? —El tábano asiente—. Eres un verdadero genio.

—Lo soy, pero no me felicites todavía. Aún hay muchas cosas que pueden salir mal. Están esos visitantes, por ejemplo, no confío para nada en ellos...

3

Don Giovanni comprobó su maleta: veamos, pensó, dos mudas interiores más la puesta, cuatro pares de calcetines, dos sotanas, las sandalias cómodas para cuando anduviera en interiores y los zapatos para el exterior, el cepillo de dientes, la toalla (nunca debes olvidarte de la toalla), un bote de gel y otro de champú, pastillas para el estreñimiento porque ya se sabe que cuando estás fuera de casa...

Se estaba olvidando algo, no sabía el qué, pero tenía esa extraña comezón que te lo indica. Volvió a comparar una vez más lo que tenía apuntado en su lista de viaje, y lo que ya había introducido en su maleta. Nada, no tenía ni idea; pero no podía seguir perdiendo tiempo en Asimov. Abib ya lo tenía todo preparado para recibirlo en la órbita de Lem.

—¿Ya está preparado, Santidad? —dijo una voz bajo el dintel de la puerta.

No lo había visto acercarse, y dio un respingo al oírlo. Era un hombretón que debía de rondar los dos metros, moreno y con el rostro surcado por una cicatriz. Lo observaba con mirada aburrida y las manos en los bolsillos, apoyado en el vano de la puerta. ¿Quién carajo era aquél? Repasó en los archivos de su mente intentando localizar el nombre.

—¿Cojo sus maletas? —dijo el hombre moviéndose hacia él.

Don Giovanni se apartó para dejarle paso. Unió las palmas de sus manos y apoyó la nariz en ellas intentando recordar. Vamos, se dijo, quién demonios es. ¿Te puedes fiar de él? Su mente era una vorágine de rostros, nombres, cargos y filiaciones. Tenía que encontrarlo.

—¿Hacia el tubo? —preguntó el hombretón levantando las maletas.

La forma en que había pronunciado tubo, el leve acento que le había hecho alargar la u y hacer oclusiva la b casi como si fuera una p, se lo identificó de inmediato.

(Deja ahora mismo esas maletas en el suelo y pon las manos donde pueda verlas).

El hombre miró arriba y abajo, intentando localizar la voz que acababa de oír en su cabeza.

(Te voy a arrancar las higadillas y se las daré de comer a las ratas. ¿Pero quién demonios te has creído que eres para presentarte aquí de esta manera?).

—Yo... por favor —el hombretón se encogió y comenzó a suplicar.

(Estúpido montón de músculo. Caracuello, monigote, atragantapalabras, esputo de vieja, aliento de rana, tío leches, político...).

—Piedad. Se lo ruego... yo no quería... yo tan sólo...

—¡Silencio! ¿Qué te tengo dicho de venir a molestarme?

—Pero...tito, yo pensaba...

—Tú pensabas que mi ausencia era el momento ideal para registrar mi colección ¿Me equivoco?

El hombre no contestó, caminó a cuatro patas hasta Don Giovanni imprecándole perdón.

—Está bien, está bien —dijo Don Giovanni acariciándole el pelo como si fuera un perro—. No estoy enfadado; pero es mejor que ahora te marches a casa.

—¿Se lo dirá a mi padre, tito Giovanni?

—No, sobrino, no. Pero vete ya antes de que cambie de opinión y recuerda: un hombre es el único responsable de su colección.

—Lo recordaré —dijo el hombretón levantándose del suelo y saliendo precipitadamente de la habitación.

Críos, pensó Don Giovanni. A fin de cuentas, lo comprendía. Todos los que formaban parte de su círculo íntimo conocían la maravilla de colección que poseía el Papa Corelliano. No disponía sólo de las imágenes que él pudiera haber conseguido a lo largo de su vida; sino de las imágenes de todos sus predecesores en el cargo. No era algo que se comentara demasiado, claro, muchos no comprenderían que los Papas corellianos fueran a la vez los poseedores de una de las mejores colecciones de arte erótico de la galaxia; pero Don Giovanni tenía claro que la castidad no tenía por qué tener nada que ver con el onanismo.

Aquello lo hizo recordar de repente. ¡Claro, su cuaderno de dibujo, había estado a punto de olvidarlo! Era preferible dejarse la ropa, el cepillo de dientes o incluso las sandalias cómodas antes que aquel cuaderno de dibujo. Marchó hacia la biblioteca tarareando el tema del Imperio en la Guerra de las Galaxias.

El dibujo era uno de los pocos consuelos que le quedaba para hacer menos tediosas las obligaciones que le imponía su papado. No se daba mal arte, y encontraba en el lápiz la satisfacción de ir creando belleza sobre el papel. Concretamente, le encantaba desvelar la belleza de las personalidades reginianas. Últimamente había estado trabajando en un desnudo de Adela que era una verdadera obra maestra. Concretamente eran una sucesión de viñetas. En la primera aparecía Adela en la playa, vestida con un pareo que la cubría por completo, en la segunda, al colocar la toalla sobre la arena, el pareo se le abría y dejaba ver que no llevaba nada debajo. En la tercera, la mama reginiana se aguantaba como podía la ropa frente al viento y se volvía a cerrar el pareo. En la cuarta descubría que se había olvidado el bikini y en la quinta, al fin, con un bocadillo qué decía ¡Qué remedio, tendré que bañarme desnuda! la mama Reginiana aparecía tal y como había sido traída al mundo.

Don Giovanni valoraba sobre manera todo el trabajo que había vertido en aquel cuaderno, y era consciente de que no se trataba tan sólo de un entretenimiento, sino de un documento que, en el caso de caer en las manos inadecuadas, podría provocar una debacle universal y todo eso. (Por cierto, ¿Os suena de algo?).

Pues sí, amigos, sí, precisamente igual que le ocurriera en su momento a Adela, Don Giovanni llegó a la biblioteca con estos pensamientos. Se dirigió a la balda donde debía estar La Biblia del Chisme en cuyo interior había ocultado el cuaderno. La tomó, la abrió y se encontró, oh sorpresa, con que allí no había nada.

Un sudor frío comenzó a correrle por la espalda. ¿Dónde diantres lo habría metido? No hacía tanto tiempo que había estado trabajando en él, aunque lo cierto era que durante los últimos días, con toda la persecución del diario de Adela lo había tenido bastante abandonado.

Se dejó caer sobre el sillón orejero que solía usar para leer, y hundió la cabeza entre las manos. Piensa, se dijo, piensa, no es posible que lo hayas perdido. ¿A dónde había ido a parar aquella Biblia? Sabía que, una vez la localizara podría localizar el cuaderno; pero de entrada no tenía ni pajolera idea. ¿Habría entrado alguien a robarla? No. Era posible pero improbable, ¿para qué diantres la iba a querer nadie? Poco a poco, un recuerdo se fue abriendo paso en su mente. Recordó el instante, recordó la situación y recordó la persona.

Estaban los dos en la biblioteca. Él le había estado mostrando su magnífica colección de textos cuando el otro había adelantado la mano para coger aquella Biblia, y él lo había retenido. No, ésa no. ¿Por qué?. Es un libro demasiado antiguo, manipularla es romperla. Está bien, lo siento. Y entonces, cuando aquel individuo deleznable había bajado la mano, él había vuelto a respirar. El instante de peligro había pasado. Sólo que en realidad no había pasado, simplemente se había atrasado varias horas. Más tarde, ahora lo comprendía, aquel maldito personaje había vuelto a la biblioteca y se había llevado la Biblia chismática con su cuaderno dentro.


Notas

Valga decir, como apunte antropológico, que el uso de material bibliográfico respetable para ocultar otro material menos respetable, a pesar de lo que puedan decir los líderes religiosos, no es un invento de sus santidades, sino que parece que podemos rastrear sus orígenes hasta la vieja Tierra. Es una lástima, porque no se han conservado documentos claramente explicativos, lo cual es comprensible habida cuenta de la materia clandestina que deberían tocar. Sin embargo, todo parece apuntar a que en la era pre Internet, los muchachos terrícolas aprovechaban los diarios para ocultar las conocidas como revistas de tetas del mismo modo que hoy en día hacen sus santidades con la Biblia del Chisme...

© Raúl A. López Nevado, (552 palabras) Créditos