1

—Ven monito, monito guapo —dijo Dorotea mirando hacia el bosque, luego se giró hacia nosotros— no debíais haberlo asustado. Ahora no bajara.

—Lo siento —dijo Cosme—, pensamos que estabas en peligro.

Dorotea sonrió cansadamente y le puso una mano en el hombro.

—Lo sé, Cosme, y aprecio lo que habéis hecho; pero tenemos que conseguir que el mono baje de los árboles y se venga con nosotros.

—¿Por qué? —Intervine yo—. Seguro que él es mucho más feliz aquí, en la selva.

—No lo comprendéis, ese mono es nieto de Ijon Tichy.

Aquella revelación nos dejó anonadados, para qué negarlo. ¡Un descendiente directo del legendario Tichy, allí, frente a nosotros! Claro que estando en Lem, la cosa tampoco debería de habernos sorprendido tanto.

—Pero si es un mono —dijo Cosme.

—Sí.

—¿Quieres decir entonces que Tichy y una...

—No... ¡No! Caramba, nada de eso, es su nieto, no su hijo.

—Entonces... ¿fue su hijo el que se lió con una mona?

—La cosa no es tan sencilla, al menos según me ha contado. En todo caso, lo importante ahora es que os deis cuenta de que no es simplemente un mono.

—Es un mono hablante —dije yo mesándome la barbilla para intentar dar un aspecto profundo a mis palabras.

—Eso también, pero sobre todo es importante comprender que es el creador del mundo.

—¿Del mundo como quien dice el Universo —pregunté—, o del mundo como quien dice éste planeta?

—Lo segundo —dijo Dorotea—. Si fuera lo primero sería increíble.

—Ah, claro —dije— que un mono sea el creador de un planeta es totalmente plausible.

—¿Eso te lo ha contado él? —dijo Cosme.

—En efecto.

—¿Y tú lo crees?

—Sí. No hay motivos para no hacerlo.

En verdad, bajo una perspectiva lógica, tenía razón. Hasta el momento al menos, jamás un mono parlante mintió acerca de ningún tema. Con todo, había algo allí que no me acababa de convencer, la figura del doble mono, como la había llamado Vesta, seguía repitiéndose en mi cabeza.

—Tenemos que regresar — dije—, y olvidarnos ya del mono. El sol está a punto de ponerse, y no me gustaría quedarme por aquí enmedio cuando anochezca.

—Esa Vesta ha acabado por convencerte —dijo Dorotea—. No le hagas caso, sólo es una farsante.

—Farsante o no —dijo Cosme—, es mejor que regresemos a Villaviciosa y que permanezcamos todos juntos. No me fío de ninguno de estos nativos, y mucho menos de los líos en los que se pueda meter Hans mientras no lo vigilemos.

Regresamos por el mismo camino por el que habíamos llegado, atravesando la maleza con una cierta prisa para que no nos enganchara la oscuridad. Desde lo alto de un árbol, un ser inteligente y taimado nos vigilaba, dejando su silueta recortarse al trasluz del anochecer.

2

La Catedral de los Juncos seguía iluminada. Las palabras de Vesta seguían escapando de su interior por las rendijas entre sus traviesas de caña como... como... bueno, pues como las palabras de una fanática religiosa a través de unos muros pobremente construidos.

—Sigue con su rollo —dije.

—Mejor —dijo Cosme—, si ya hubiera acabado, y con Hans rondando por su cercanía, no quiero ni pensar en el lío en el que podíamos habernos metido.

Entramos y nos sentamos en los bancos finales.

—Salen por la noche —decía Vesta—, y se hacen con la cordura y con el alma de los incautos que pasean en la oscuridad.

Cosme se giró para susurrarme.

—Parece que no nos hemos perdido mucho.

En ese momento, Vesta cambió de tercio.

—Los dioses ominosos sólo pueden ser aplacados con la sangre de una virgen bien formada. Cualquier intento de tangarlos con algún otro producto ha resultado siempre en desastre. ¿Por qué sangre de virgen bien formada? Os estaréis preguntando. ¿Son acaso los dioses ominosos una panda de pervertidos sexuales, con sus largos apéndices en forma de tentáculos? ¡Claro que no! Digo yo. Ellos sólo hacen lo que hacen, porque está demostrado científicamente que la sangre de virgen bien formada tiene unas propiedades terapéuticas especiales, que la hacen particularmente útil para multitud de dolencias. El reuma, por ejemplo. Los dioses ominosos al vivir en las cavernas terrestres o en los abismos marinos, que todo el mundo sabe que son lugares con mucha humedad, suelen padecer de reuma, así que necesitan ingentes cantidades de sangre virginal para poder tratarse. ¿Hemos de considerar que nuestros dioses son una panda de enfermos?

—Ni que lo jures —le dije a Cosme.

Éste me respondió con una risa ahogada y pidiéndome silencio.

Vesta prosiguió.

—No, claro que no, pero tienen reuma y muy mala leche. Por eso yo os digo, oh acólitos, oh creyentes, oh fieles míos, guardaros de los dioses, no caminéis en la oscuridad, cumplid con vuestros sacrificios y todo irá bien.

Dorotea se aclaró la garganta antes de intervenir.

—Todo eso que has dicho.

—¿Sí?

—Te lo acabas de inventar, ¿Verdad?

Todos pudimos ver como Vesta cambiaba de color por la rabia.

—Tú, maldita zorra hereje.

—Ya habéis oído sus argumentos —dijo Dorotea—, ya sabéis lo que os ofrece, sangre, sufrimiento y robo de novias. Yo en cambio os ofrezco una religión que lo explica todo y no pide nada, tan sólo que comprendáis el Chisme, que recordéis que existió y todo parte de ahí, simplemente que creáis en ella, que la integréis en vuestro credo.

—No tienes nada para demostrar todo lo que has dicho, sólo un libro miserable. La gente de Lem no aceptará jamás la religión de una invasora.

—Tengo algo más que un mero libro...

El silencio se apoderó de la sala, la expectación era densa y pesada. Todos habían estado pendientes de la discusión entre las dos mujeres y esperaban su conclusión. ¿Qué podía aducir Dorotea como prueba irrefutable de su buena nueva?

La verdad es que os podría dejar con esta intriga hasta el próximo capítulo sin aclararoslo; pero en fin, escuchemos el final de la frase de Dorotea.

—...tengo un mono.

3

Nos retiramos a dormir después de un gran banquete en nuestro honor. Tuvieron ciertas dificultades con mis platos, pues jamás habían tenido que alimentar a un robot; pero en cuanto les dije que yo podía probarlo todo aunque no lo deglutiese propiamente, se quedaron contentos y me trajeron todo tipo de platos típicos. Vistas las risitas de los camareros mientras me los servían, sospecho que alguno de ellos fue meramente una prueba de cuánto podía aguantar sin vomitar, pero no pude darles ese gusto pues no había preparado mi depósito de vómitos propiamente antes de salir de casa.

Tras dar por terminado su vigésimo plato, Cautaro se acarició la enorme barriga y dijo.

—Bien, hora de ir a dormir. Hemos distribuido las habitaciones tal y como nos habéis indicado.

Nos fuimos cada uno a nuestra habitación y nos dimos las buenas noches. El día había sido duro e intenso para todos, así que algunos de los darlenautas no tardaron en dormirse (o en dedicarse a otras actividades más entretenidas que el sueño pero que no son asunto nuestro). Katyuska, en cambio, aprovechó la soledad para ponerse en contacto con sus hermanas reginianas.

El sonido llegó antes que la imagen.

—Diga —contestó Adela.

—Su Santidad, todo va bien y según lo deseábamos.

—¿Katyuska? ¿Eres tú?

En ese momento, la imagen de Adela se definió en la pequeña pantalla.

—Sí.

—Te agradezco tu llamada, y me alegro de que todo vaya bien, estoy segura de que estás haciendo un gran trabajo...

—No tanto como me gustaría. La evangelización de estos pobres nativos va a resultar más complicada de lo que pensaba...

—Verás —la interrumpió Adela—, hay algo que te debo decir —guardó silencio durante unos segundos, preguntándose cuál era la mejor manera de afrontar las siguientes palabras— ¿Recuerdas el libro que me robó Dorotea?

—Por supuesto. A veces esa muchacha, incluso me llega a caer bien; pero luego pienso en ello, en lo que hizo y no puedo dejar de sentir un odio profundo.

—Bueno, era precisamente de eso de lo que te quería hablar. Sabes que todos somos humanos y todos nos equivocamos. La capacidad de perdonar a quien se equivoca es una gran virtud.

—Su santidad es misericordiosa; pero quien hace algo así no merece el perdón.

Adela tragó saliva antes de contestar.

—Es que... en realidad... aquel libro... fíjate tú, lo que son las cosas ¿eh? Pues sí, pues eso, que el libro... resulta que no... esto, claro, cualquiera hubiera pensado; pero no, no lo había robado Dorotea... lo he hallado hace unas horas en su balda ¡menuda tontería! ¿No?

Katyuska tardó unos momentos en contestar.

—Ah... ahora, lo entiendo todo. Es una broma ¿no?

—La verdad es que no, bonita, todo se ha debido a un desafortunado malentendido.

—Uhmmm, comprendo. ¿Entonces qué es lo que debo hacer ahora?

—Nada, tú no te preocupes. Todo sigue según lo previsto en un primer momento.

—¿La evangelización de los nativos?

—Sí.

—No va a ser tan fácil como creíamos.

—¿Y eso?

—Tienen una religión propia fuertemente interiorizada y en cuanto a novedades, creo que Dorotea nos ha pasado la mano por la cara.

Después de saber cómo podéis ser de cutres las reginianas, me temo que hasta a mí me está empezando a convencer.

—No te preocupes. Ya está todo preparado para mandar una expedición reginiana a Lem. La comandaré yo misma. Mientras tanto, tú procura que la cosa no se desmadre demasiado.

—Le dijo la sartén al cazo —dijo Katyuska en un susurro.

—¿Decías?

—No, nada, que por supuesto, que yo me encargo.

4

A apenas veinte metros de la habitación de Katyuska, Dorotea estaba sentada sobre su cama, con su versión de La Biblia del Chisme en las rodillas, pasando las páginas descuidadamente. Leía aquí, allá y acullá algún pasaje que le parecía especialmente notable, y tomaba nota mental de él; pero básicamente se entretenía mirando las fotos y los dibujos.

Era una verdadera pena que un libro, tan interesante como aquél, fuera un gran desconocido para el público general. Menos mal que ella estaba dispuesta a que aquello cambiara, a transponer a las masas ignorantes aquellos conocimientos fabulosos.

Siguió pasando las hojas, una tras otra. De vez en cuando movía los labios murmurando. Algún instante se detenía en algún pasaje que encontraba particularmente sugestivo, cambiaba de posición de vez en cuando, porque el peso del libro sobre las piernas se las dejaba dormidas, y luego proseguía ojeándolo con tranquilidad y paciencia.

Continuó pasando las páginas con descuido hasta que de repente, descubrió embelesada que una de ellas tapaba dos objetos. Uno tenía forma rectangular y el otro forma de símbolo de infinito, o formas femeninas, si por un momento lo describiera desde la perspectiva de Hans en lugar de la de Dorotea. Alguien había recortado y ahuecado las páginas de La Biblia del chisme para que los dos objetos encajaran perfectamente en aquel hueco.

Dorotea los sacó a ambos, y los puso a un lado de la cama. Eran un hallazgo, no cabía duda alguna. Abrió el objeto de forma rectangular. Era un libro, aunque un tanto extraño, tenía pocas páginas, y las pocas que tenía apenas contenían letras sino dibujos. Lo dejó a un lado, y se dedicó al objeto con formas de infinito, aquello tenía que ser, sin ningún género de duda, alguna suerte de tótem sagrado y místico.

Aparte

¿Qué carajo eran esas cosas? —Pregunta Umashankar.

Hyleas esboza una sonrisa de superioridad y gira sus antenas hacia él.

—Os ha intrigado ¿verdad?

—Bueno, yo ya sospecho por dónde van los tiros; pero no me importaría que me lo confirmaras.

—Tabernero —dice Hyleas—, aquí el amigo está dispuesto a invitarme a una botella de su mejor oleowhiskey.

—Eh, que yo no he dicho eso en ningún momento.

—¿No?

—Claro que no. ¿Por quién me has tomado? ¿Por el millonetis de tu antiguo dueño?

—Pues si no hay botella, tendrás que esperar como todos.

5

Aquí las del escote, aquí las de las caderas y aquí las de los labios entreabiertos. Don Giovanni estaba ordenando la colección de capturas de pantalla de su última conversación con Adela, cuando comenzó a sonar su comunicador y lo hizo pegar un respingo. Malditos imbéciles, espero que sea algo importante, porque si no, me van a oír.

La imagen de Abib se formó en un holograma frente a él.

—Eres tú. ¿Qué diantres quieres ahora?

—Su santidad, me gustaría informarle de que ya estamos en órbita estacionaria sobre el planeta. Esperamos sus órdenes.

—Pues bajad de una vez y conseguid el maldito diario.

—De acuerdo, como su Santidad ordene. Nos pepararemos para llevar a cabo el asalto lo más rápidamente posible. ¿Ordena algo más?

Don Giovanni estuvo a punto de decirle que sí: que se fuera de una vez al carajo y lo dejara complacerse en las recién obtenidas imágenes de Adela; pero un pensamiento cruzó por su cabeza: aquél era el mismo imbécil que casi se carga un destructor y que había dejado que Dorotea se escapara miserablemente. No podía confiar demasiado en él, dudaba de que un comandante tan pánfilo pudiera tener ningún éxito y, a la vez, temía que si lo tuviera su influencia comenzara a ser excesiva sobre la orden. No no podía dejar aquella responsabilidad sobre los hombros de Abib.

Y además, ¡qué diablos! ¿por qué no? Se aburría como una ostra en el palacio episcopal y no se sentía tan viejo, aún tenía energía y muchas cosas que enseñar a los aprendices como Abib. Tomó la decisión en un suspiro: iba a marchar sobre Lem. Quería ser él mismo el que les diera una lección a los darlenautas. Les iba a enseñar a aquellos exploradores papanatas quién era el verdadero Papa corelliano.

—Preparad el tubo de recepción.

—¿El tubo de recepción, señor?

—Sí hombre, el tubo ése en el que yo entro por un lado, aquí mismo, y me materializo por el otro en la nave.

—¿Se refiere su santidad al recolector de taquiones?

—A eso mismo.

—Su Santidad, será un honor tenerlo a bordo, pero me veo en la obligación de advertirlo de los peligros que puede arrastrar la misión.

Te encantaría que no fuera, querrías todo el honor y toda la gloria para ti ¿verdad mequetrefe? Pues ale, ahueca el ala, que donde manda patrón no manda marinero.

—Prepara el dichoso como-se-llame. En un par de horas me tendréis en la nave, y entonces decidiremos cómo llevamos a cabo la misión.

—Pero... su santidad...

—Chist, chist... — y pulsó el botón para que se desvaneciera la imagen.

Don Giovanni se frotó las manos, pensando en cómo sería volver a la acción después de tanto tiempo. Se sintió como si le acabaran de quitar cien años de encima; notaba que sus articulaciones habían perdido la rigidez de la senectud y se habían vuelto más flexibles; miró los gruesos muros que lo rodeaban, por primera vez en años, le parecieron menos siniestros. Pensó en cómo sería ser el primero en poner los ojos sobre el diario de Adela y conocer todas sus secretas perversiones y sus fantasías...

Aquello era fantástico, y se preguntó por qué no había decidido hacerlo desde un primer momento en vez de dejarlo todo en las manos de aquel pusilánime de Abib. Bien, ahora ya no importaba. Ahora ya había tomado una decisión. Se remangó los faldones de la sotana y salió brincando hacia las escaleras con una risa desencajada.

© Raúl A. López Nevado, (552 palabras) Créditos