1

Kate recorrió una vez más el puerto en busca de una tripulación que se ajustase a su destino, a su presupuesto y a sus feromonas. Esto último, no obstante, había demostrado ser lo más complicado. A pesar de ir tapada como una monja, y llevar un vestido que disimulaba sus formas como los trajes espaciales de los primeros astronautas de Vieja Tierra, o el chismérico muñeco de Michelín, su mera presencia parecía entontecer a los capitanes con los que hablaba. Una conversación típica entre ella y cualquier capitán venía a ser así.

CAPITÁN: ¿Qué se le ofrece, señor... perdón, señora?

KATE: Busco un transporte que me lleve hasta más allá del agujero de la Escolopendra.

CAPITÁN: ¿La Escolopendra? Ese lugar está lejos de cualquier ruta comercial.

KATE: Estoy dispuesta a pagar bien.

CAPITÁN (con tono zalamero): Una dama como usted no necesita molestarse con dinero. No nos será demasiado problema desviarnos hasta ese punto.

KATE: Necesito atravesarlo e ir hacia un planeta al otro lado.

CAPITÁN: Lo que usted diga, bella señorita.

KATE: Puede ser peligroso.

CAPITÁN: No hay peligro que cualquier hombre no afrontara por una mujer como usted.

KATE: Y cuál sería el precio.

CAPITÁN: Un beso para poder partir —solía decir el capitán cerrando los ojos y adelantando los labios como el pico de un pato.

En ese momento, Kate desaparecía. No podía arriesgarse a volar con un hombre como ése, con la mente tan obnubilada por sus encantos como para estamparse contra el primer asteroide despistado.

—Necesitas hablar con los ebooks —le dijo una mujer vieja, jorobada y con una enorme verruga, que acababa de observar una escena como la narrada anteriormente.

—¿Los ebooks?

—Sí, son esos tipos bajitos, con el cuerpo recubierto de pelos, gorro de aviador y que hablan así —la mujer chasqueó los labios e hizo varios sonidos incomprensibles.

—¿Esos no son los ewoks?

—Shh, calla, no les gusta nada que los confundan.

—Pensé que un ebook era un dispositivo de lectura electrónico.

—Uy, qué cosas más extrañas que dices. En fin, para las mujeres tan atractivas como nosotras no es demasiado aconsejable viajar con tripulaciones humanas más interesadas en nosotras que en el espacio. Los ebooks, en cambio, son inmunes a nuestros encantos —dijo la mujer bizqueando.

—Y dónde puedo encontrarlos.

—¿Ves aquella nave, la azul con la antena roja?

—Sí.

—Pues ve hasta allí, cuenta dos naves más a la derecha, una a la izquierda, camina quince naves más y allí los tendrás. Date prisa, no suelen tardar demasiado en cargar provisiones y volver al espacio.

—Muchas gracias.

Kate hizo lo que la vieja le había indicado y encontró la nave ebook. No era una nave demasiado grande, el tamaño de sus tripulantes no lo necesitaba, en uno de sus costados un cartel en grandes letras ponía TAP, TAP en un alarde de inspiración semiótica.

—Tap, tap, taaaap, ratatap —dijo un ebook vigilante al verla acercarse.

—Tranquilo muchacho —dijo Kate—, quería viajar con vosotros.

—¿Tap, tap, taaaap?

—Sí, creo que tengo suficiente.

—Tap, tap, tap.

—Muchas gracias, esperaré aquí.

No pasaron más que un par de minutos. El ebook vigilante vino acompañado de otro ebook un poco más alto, sobre los setenta centímetros, de pelo oscuro y cara achatada como la de un pequinés.

—Tap. Tap. Tap.

—Sí, por supuesto. Todo en regla.

—Tap.

—¿Trescientos créditos? Fantástico —dijo Kate sacando el dinero en billetes.

—¡¡Taaaaaap!! — el ebook rechazó el dinero con una mano.

—Ah, muchas gracias. Entonces os pagaré al llegar.

—Taptap.

—Todavía no me habéis preguntado el destino.

—Taaaaaaaaap.

—Sí, ya sé que sois los mejores pilotos de la galaxia; pero os lo tengo que decir, ¿no?

—Tap, ratatap.

—Exacto, la Escolopendra. ¿Cómo es posible que lo sepáis?

—Tap.

—Ah, claro, me habéis ecuchado preguntar al resto de naves.

El ebook hizo un par de palmas, y apareció corriendo, como si se tratara de pequeñas y rápidas bolitas de pelo, un grupo de unos quince ebooks.

Cara de pequinés fue presentándolos uno a uno. Era toda la tripulación de la Amazon, y a Kate le parecieron extraordinariamente simpáticos. Aunque no acababa de quitarse la impresión de que aquella especie de ositos de peluche no podían ser demasiado duchos en el manejo de una nave intergaláctica. Craso error por su parte, como más adelante se vería, cuando la hicieron llegar hasta las mismas puertas de Lem sin más inconveniente que un persistente dolor de espalda por tener que ir tanto tiempo encorvada por los pasillos de la nave.

Aparte

Espera, espera —dice Servatius interrumpiendo la perorata continua del robot—. ¿Ahora viene lo que creo?

—Depende de lo que creas.

—Esa cosa increíble. Me refiero al giro en la historia.

—Sí, supongo que sí.

—¿Por qué no lo explicas de otro modo? La verdad es que a mí este momento me rompe un poco el rollo.

Hyleas se enjuga la espuma de la aceiveza de los labios y sonríe de medio lado.

—No puedo explicarla de otro modo, porque no ocurrió de otro modo. Yo sólo puedo decir lo que hubo y tal y como fue —mira al tabernero—. No creo que le gustara descubrir que está regando una historia falsa.

—Tú mismo.

La luz de la taberna parpadea por unos momentos.

—¿Ésa es la señal?

—En efecto. Eso significa que vienen.

—Vamos, vamos —dice el tabernero abriendo una portezuela disimulada bajo la barra— apenas tenemos cinco minutos antes de que lleguen. Más nos vale no estar aquí para entonces.

Hyleas, Servatius, Umashankar, el caballero con bigote y antenas, la dama de moño y cinco patas y los niños de gafas y casco antitelepático, a parte del resto de clientes que habían estado escuchando con atención la historia de Hyleas entran al sótano mientras el tabernero sostiene la puerta abierta. Una vez seguro de que no queda nadie arriba. El tabernero sirve cinco jarras de aceiterrón hasta los topes y sigue a sus clientes abajo.

No pasa ni un minuto cuando se oye el ruido de pasos y varias voces metálicas.

—Otra vez lo hemos pillado cerrado.

—Ese maldito Hyleas. Algún día lo cogeremos —Hyleas reconoce las voces de Cliff y Erryl.

—Qué mal perder que tienen estos Fielth Brooms, carajo —dice Umashankar a Hyleas en un susurro.

—En cierto modo los comprendo. Después de enfrentarse con nosotros pasaron de ser los piratas más temidos de la galaxia, a los más ridiculizados.

Tras unos minutos, se oye el ruido sordo de un cuerpo cayendo al suelo, luego otro, otro y otro más hasta el quinto.

—Ya podemos subir —dice el tabernero.

Suben y se los encuentran desvanecidos y con una respiración pesada.

Hyleas vuelve a ocupar su mesa mientras la policía retira a los Fielth Brooms.

—Como iba diciendo...

2

Os ruego que seáis comprensivos. Las cosas pasaron tal y como pasaron, no como a mí me hubiera gustado que ocurrieran para mantener una historia coherente.

Asimov se estaba volviendo cada vez más peligroso. Los corellianos patrullaban las calles como un ejército invasor, deteniendo a cuanta persona consideraran sospechosa de colaborar con las reginianas. Don Giovanni había tomado las principales ciudades en golpes de mano encubiertos, deponiendo cualquier autoridad no afecta a su persona, por títeres a sus órdenes. Las reginianas, allá donde se encontraran, se veían obligadas a moverse hacia la clandestinidad. Sólo en el espacio, las fuerzas de ambas facciones religiosas se mantenían igualadas e incluso a favor de las reginianas.

Con todo, Adela ya había decidido poner rumbo a Lem. Imaginar las posibilidades que ofrecía un planeta entero dispuesto para ser evangelizado, un lugar a salvo de toda influencia corelliana y listo para ser iniciado en los misterios reginianos, la hacía sentirse ansiosa por partir.

—Hermana Augusta —dijo ante la pantalla— esta noche he de ir a buscar mi tripulación.

—Pero santidad, es demasiado peligroso. Le ruego que lo deje en mis manos, yo le conseguiré a las mujeres más apropiadas.

Ése era el problema, pensó Adela, si lo dejaba en sus manos, la dichosa Augusta le conseguiría un grupo de tripulantes excelentes, pero sólo mujeres, y ella necesitaba algo más. El viaje hasta la Escolopendra era largo, y bien merecía hacerse con el ánimo alto. No, no debía permitir a Augusta tomar la iniciativa, ni escatimar en este punto.

—Yo misma seleccionaré a los tripulantes de la Dominique.

—Pero, santidad...

Adela colgó el comunicador sin darle la oportunidad de replicar, e inspiró profundamente. Al fin se había librado de aquella arpía. Se hizo nota mental de revisar la situación de la Hermana Augusta y degradarla en cuanto tuviera la oportunidad. Era demasiado poderosa y era demasiado controladora, debía ponerla en un lugar adecuado antes de que fuera demasiado tarde.

Frente a su vestidor, Adela seleccionó uno de entre los innumerables e indistinguibles monos ceñidos hasta el cuello de su colección y se embutió en él. Le encantaba aquel tipo de prenda porque le disimulaba la barriga y la flaccidez de las piernas. No es que tuviera ningún problema grave con ninguna de las dos cosas; pero aún así, era mejor dar siempre una apariencia totalmente perfecta. Iba cubierta hasta el cuello tal y como correspondía a una Mama reginiana, pero eso no tenía por qué impedirle sentirse atractiva.

Antes de salir se echó una capa por encima, y se cubrió con una capucha. Los bajos fondos eran un lugar donde era poco recomendable que la reconocieran.

Llegó a la calleja en la que se concentraban los peores clubs de todo Thinlizzy. Era una zona peligrosa, en la que ni siquiera las fuerzas paramilitares de los corellianos se atrevían a entrar. Los que allí vivían eran verdaderos tipos duros, de ésos con el cuerpo comido de tatuajes y músculos hasta en el bigote. Al pensar en esto último, en los tatuajes, en los músculos y en el bigote, Adela no pudo reprimir un suspiro.

Tuvo que esquivar varios vómitos y alguna pelea, antes de llegar a la primera taberna. Se trataba del pub Champiñón Bermejo. El lugar no había cambiado demasiado desde la última vez, salvo por algún detalle insignificante, seguía siendo la misma taberna sórdida y gris a la que tantas otras veces había acudido a buscar emociones fuertes vestida de incógnito. Se dirigió a la barra con paso firme y la capa ondeando tras ella, ante la mirada curiosa de los borrachos. Pidió una cerveza, cogió la jarra que le tendió el tabernero y se la bebió de un largo trago poniendo cara de asco (quién le mandaría a ella pedir cerveza sin gustarle). Al acabársela, golpeó la barra con la jarra.

—Eh, oiga —dijo el tabernero —que me va a estropear la barra.

—Oh, perdone, no era mi intención, yo... no quería...

—Está bien, está bien, no se azore. Quería llamar la atención de mi distinguida clientela, ¿no es así?

Adela asintió.

—¡Eh, vosotros, panda de meadas de burra con patas de lombriz reumática, atendedme, la señorita tiene algo que deciros! —bajó la voz y se dirigió a Adela— Ahora ya tiene su atención, tenga este micro, le irá bien para no tener que forzar la voz.

Adela tomó el micro sin saber qué hacer. No era así como se había imaginado la situación.

—Quítate esa capa, que podamos verte todos la cara —dijo un borracho que se le acercó tambaleándose.

—Mi cara no os importa. Necesito hombres —hombres repitió en un eco para sí— para una misión peligrosa.

—Que te den —se oyó una voz al fondo.

—Y ofrezco una buena paga.

—¿De cuánto estamos hablando? —un hombre fornido con el rostro cruzado por una cicatriz dio un paso al frente.

Adela lo contempló. Sí, era el tipo de hombre en el que estaba pensando. Bajo el desharrapado mono de navegación estelar, sus músculos parecían a punto de hacer estallar la tela.

—Miles de créditos si la cosa sale bien.

—¿Y si sale mal? —era otro hombre, no tan alto ni con aspecto tan fiero como el anterior, pero igualmente atractivo.

Una noche en mi alcoba, dijo Adela para sus adentros.

—Acepto —dijo otro hombre de rala barba pelirroja—, y vosotros dos deberíais hacer lo mismo, aunque sólo fuera para satisfacer a una señorita como ésta.

¡Señorita! me ha llamado Señorita, pensó Adela, esto cada vez me gusta más.

—No te metas en esto, Ralph, —dijo el de la cicatriz —la última vez que navegamos contigo casi estrellas la nave contra un agujero negro.

—El radar no lo detectó.

—Si no hubieras estado tan borracho, hubieras empezado a sospechar que estábamos en las inmediaciones de uno a la que apareció el primero de tus duplicados.

—Eso no me lo dices en la calle.

—Te lo digo en la calle y hasta en la misma puerta de tu casa.

Los dos hombres empezaron a pavonearse golpeando pecho contra pecho y bajando el labio inferior.

—Caballeros —dijo Adela metiéndose entre los dos con un estremecimiento—, haya paz, demuéstrenme que pueden funcionar como una tripulación de verdad.

Los dos hombres se detuvieron, pero continuaron un rato mirándose de reojo.

—Bien —dijo Adela—, tabernero, ¿hay algún lugar en el que pueda estar tranquilo para examinar individualmente a los hombres de mi futura tripulación?

—Puedo dejarte la bodega, pero necesitaré que me dejes un depósito...

—No hay problema —dijo Adela alargándole un fajo de billetes.

El tabernero, sucio, ambicioso y feo lo cogió con avidez y se lo guardó en el delantal mientras les indicaba la puerta de la bodega.

Aparte 2

Te he oído, robot del demonio —dice el tabernero.

Hyleas sonríe antes de responder.

—Sólo te ponía a prueba. Como llevo una hora llamándote para que me sirvas otra pinta y no hacías caso, pensé que te habías quedado sordo —dice alargándole la jarra para que se la rellene.

El tabernero se la rellena con una mueca de disgusto. Ese maldito robot, piensa, es como una esponja. No tenía que haber aceptado el pago en historias, pues el jodido tenía más palabras que él licor.

—Otra cosa —dice el tabernero—, Adela no llevaba una capa que le cubriera el rostro. De hecho, todos sabían quién era, de ahí el peloteo.

—¿Ah no? —dice Hyleas— Ralph siempre me contó la historia así.

—Ralph es un borracho que no tiene ni idea.

—Eh, un respeto —dice un hombre al fondo. Su barba pelirroja mucho menos roja y más blanca que en la historia que cuenta Hyleas.

—¿Tú crees —continúa el tabernero— que cualquiera de estos vagos se hubiera levantado siquiera de la silla si no hubieran visto una ganancia muy clara? No señor.

—Veste a la mierda —dice Ralph arrastrando las palabras con acento etílico—. Yo me enrolé por puro espíritu romántico.

—Mira, no te quito la razón.

—Explícate —dice Hyleas.

—La mayoría de hombres que esa noche contrató Adela eran unos pendencieros y unos inútiles. Todos muy bien formados, debido a las largas horas de pereza y vagancia en el gimnasio, pero todos juntos incapaces de dirigir las operaciones para aparcar una bicicleta. Si no llega a ser por Ralph, la nave de Adela se hubiera estrellado antes de despegar.

—Gracias —dice Ralph.

—Al pan, pan y al vino vino.

—Y al robot más ron...

3

Adela volvió al palacio episcopal reginiano más quemada que el palo de un churrero. Se había pasado toda la noche examinando a interesantes ejemplares de antropoide masculino para su tripulación. Sabía que sus hermanas no aceptarían lo que había hecho; que la criticarían, a sus espaldas, eso sí, por haber montado una tripulación para conducirla y protegerla, formada exclusivamente por hombres. No obstante, nadie podía ni tenía derecho a privarla de aquel placer. La vida de Mama era muy dura, siempre en soledad, siempre aislada, siempre manteniendo las formas. Aquella noche se había podido despachar a gusto, sobre todo llegado el momento de los exámenes médicos. Con la excusa de que debía cerciorarse que todos los hombres que contrataba estaban en perfecto estado de salud, los había hecho desnudarse ante ella y luego, luego...

Alcanzó la biblioteca en un suspiro, con la mente en piloto automático, dominada por una idea: debía escribirlo, debía dar rienda suelta a todas aquellas fantasías, debía disfrutar de ellas y dejarlas fijadas para la eternidad antes de que comenzaran a desvanecerse en su memoria.

Ya tenía un boli en la mano cuando comenzó a recorrer con la otra los anaqueles hasta llegar al libro escogido. Era una edición corelliana de La Biblia del Chisme, sólo ella entre todas las hermanas tenía derecho a leer la edición del enemigo, pues debía conocerlo. Abrió el libro por la mitad, tomó su diario íntimo, encajado en su interior y comenzó a escribir.

Pasó varias horas escribiendo sin interrupción, rellenando aquellos pasajes sobre posturas para los que no tenía palabras, con dibujos de palo que esquematizaban lo que quería decir. Cuando finalmente hubo acabado contempló su obra con satisfacción.

Ah, querido diario —pensó— ¿Qué haría yo si te pasara algo?. Volvió a dejar su diario encajado en el interior de la Biblia corelliana guardó el libro en su anaquel y vio el hueco de la Biblia que le faltaba. Entonces se dio cuenta. No, no podía ser y sin embargo, allí estaba la prueba. No lo había perdido, Dorotea jamás lo había robado, aquella niña tonta se había llevado una Biblia del Chisme, una edición bonita y cara, cierto, pero irrelevante. Su diario íntimo jamás había estado allí. Había sido un fallo tonto pensar que lo había perdido. Se había puesto nerviosa al ver que existía un hueco entre sus libros, y había dado por hecho que, el único volumen que le podían haber robado, tenía que ser el más valioso de ellos. ¿Para qué carajo podía querer Dorotea una Biblia del Chisme como la que se había llevado? ¡Dichosa muchacha! Ahora, ¿cómo diantres iba a explicar que había iniciado una guerra cósmica entre reginianas y corellianos por un fallo tonto?


Notas

NT. El escritor se ha currado aquí un lenguaje artificial con su gramática, su semiología, su morfosintaxis, su fonética y sus acentos regionales. Lástima que al ser tonal, como el chino de la vieja Tierra, se pierdan la mayoría de sus sentidos, tan finos y precisos, y parezca que se trate de una mera colección de onomatopeyas cutres.

Por cierto, si hay alguien que quiera aprenderlo y fardar más que nadie en la próxima lo-que-sea-CON, el autor ofrece un curso virtual a distancia por el módico precio de quinientos euros el vídeo de youtube.

© Raúl A. López Nevado, (552 palabras) Créditos