1

En menos de unas horas se extendieron por todo Lem las revolucionarias teorías cosmogónicas de Dorotea. Se crearon facciones, grupos de exégesis filosófica de los diversos dioses inventores, religiones centradas en tal o cual aspecto de la teología chismesca; grupos de análisis científico que trabajaban sobre lo que hubiera podido ocurrir si en lugar de ser los caraspacianos los creadores de los trasnochaviejos hubieran sido éstos los creadores de aquéllos. Los alumnos pronto se convirtieron en maestros, y a las ocho de la tarde toda Villaviciosa era un hervidero de academias. Las diversas escuelas se daban nombres rimbombantes, las más de las veces inspirados en los dioses a los que se consideraban más afines; pero en muchas ocasiones, directamente inventados porque tenían una sonoridad interesante o exótica. Aparecieron así los trantulianos, que defendían la comicidad de todo, sus propias ideas incluidas; los escorpintófilos, capaces de danzar sobre ascuas ardientes pero que temblaban ante la visión de una cuchilla de afeitar; los picólogos, que creían que Dorotea era una y trina, y no podía tener primas hermanas; los relotrones, que la consideraban trina y una, y pensaban que sí que tenía primas hermanas siempre y cuando fueran pelirrojas con el pelo pajizo; los sambeneitines que discutían cualquier teoría, incluso las suyas propias porque consideraban que las palabras eran incapaces de captar la esencia de las cosas y por tanto había que negarlas bajo cualquier circunstancia, lo cual incluía la negación del no y el consiguiente jaleo; los esperáculos, que defendían que todo en el mundo era maia, es decir, mentira, salvo maia, que era verdad y por tanto, y precisamente por eso, mentira; y los astrocalípultos que consideraban que la verdad era todo lo contrario de todos los demás.

El pensamiento de Lem había sido un bloque inconmovible durante demasiados años, así que la aparición de nuevas ideas lo había revolucionado todo, convirtiéndolo en un hervidero de teorías, contrateorías y chorradas con aspecto profundo.

A pesar de ello, los viejos dioses, como ocurre en cualquier civilización suficientemente asentada, continuaban teniendo su ascendencia sobre una población mayoritariamente supersticiosa y crédula. Así que, a la mañana siguiente a la gran conferencia, a Vesta no le costó demasiado hacer volver al redil de los dioses ominosos a la mayoría de sus conciudadanos. Se subió al estrado parapetada tras sus mejores argumentos, su oratoria más depurada y su falda más corta y pocos fueron los que pudieron resistirse a la fuerza de su capacidad persuasiva.

Con todo, el daño ya estaba hecho, y durante años la nueva religión de Dorotea y la vieja de Vesta se mezclarían en una suerte de sincretismo bastardo, que adoraba por igual a los dioses destructores de la ominosidad y a los inventores del chisme. Era una religión utilitaria que procuraba estar a buenas con todos bajo la máxima de: yo creo en éstos, pero también estoy a buenas con los demás, por si acaso al final resultan ser los otros.

2

—Así que ya sabéis —dijo Vesta—, hijos de Lem, aquél de vosotros que renuncie a los dioses ominosos será devorado por ellos.

—Eso no tiene ningún sentido —gritó Dorotea desde el público.

—Claro que lo tiene.

—No, no lo tiene.

—Que sí.

—Que no.

—Que sí.

—Que no.

—Que no.

—Que sí.

—Ajá —exclamó Dorotea triunfante—. ¡Has dicho que sí!

—Sólo porque tú me has liado.

—Dorotea —dijo Hans—, Vesta tiene razón. Sólo ha sido porque tú la has liado.

Lo miró pensando en responderle algo, pero al ver la mirada soñadora que se le ponía a Hans al mirar a Vesta, Dorotea decidió que era mejor no discutir con él.

—Está bien, lo que vosotros digáis. Explícale tu verdad, Vesta. Más adelante yo le volveré a explicar la mía y veremos a quién creen.

—Eres una advenediza y una niñata malcriada.

—Y tú una h* * * d* la g* * * puta.

Casi me atraganté al oír la palabra que empieza con p que acababa de pronunciar Dorotea. Aguardé con mis resortes preparados para saltar por si alguien se adelantaba a dañarla, y me esperé lo peor si Vesta daba la orden de que nos apresaran; pero creo que todos se quedaron tan sorprendidos que fueron incapaces de reaccionar hasta que Dorotea hubo salido de la catedral.

—¿Me ha llamado h* * * d* la g* * * puta?

—No, gran Señora —me adelanté a decir, preguntándome por qué las dos mujeres insistían en colocar donde no tocaba los asteriscos—, se ha tratado tan sólo de una despedida formal en el lenguaje de Asimov.

—¿Seguro?

—Sí, sí, claro.

—Es que a mí no me ha parecido especialmente cordial.

—Nada, no se preocupe, el típico problema de comunicación cultural. Dorotea sólo ha intentado despedirse de la manera más amable y típica posible —Eché una ojeada a Hans para que no se atreviera a discutirme.

3

Dorotea salió de la Catedral de juncos y puso rumbo a la selva con paso rápido y mirada enfurruñada. No se había esperado encontrar con una rival en aquel mundo perdido y atrasado, y a decir verdad, ni siquiera consideraba a Vesta una rival, la consideraba una simple entrometida que veía amenazado su status quo por la llegada de una nueva religión más interesante y justa. Sí, eso era, la princesa no podía soportar que otra mujer le robase la atención de su pueblo.

Un mono aullador hizo resonar su voz en la distancia. Otro mono, más lejos aún le contestó con un aullido modulado en la melodía de (I Can´t Get No) Satisfaction. Los monos tenían unos labios colgantes muy parecidos a los del chismero original Mick Jagger, así que no les resultaba difícil mantener una entonación perfecta.

Dorotea siguió caminando perdida en sus pensamientos. Tarde o temprano se darían cuenta. La Biblia del chisme no sólo ofrecía una explicación de por qué las cosas eran como eran, sino también una guía para vivir en armonía con ellas. Frente a eso, ¿Qué ofrecía la religión de los dioses ominosos? ¿Una creencia inspirada en el miedo y en el terror, una religión que conducía a los creyentes a actuar como lo quisiera la loca de su sacerdotisa, aunque fuera en su contra, aunque fuera para hacer precisamente lo opuesto a lo que ellos querrían hacer? No, desde luego, a poco que prestaran un poco de atención a sus palabras, vendrían a ella y se olvidarían de Vesta.

Con estos pensamientos en la cabeza, Dorotea llegó a un calvero donde se aclaraba el sotobosque. Arriba los árboles seguían alzándose hasta el cielo, dejando ver por entre sus copas cuajadas de hojas y pájaros el sol lemiano. A lo lejos, aunque esta vez un poco más cerca, se volvió a oír el aullido de un mono. En esta ocasión, el grito modulaba hasta seguir la melodía de Somewhere Over the Rainbow. Dorotea sonrió, aquella canción le traía buenos recuerdos. La imagen de su madre acunándola en el porche de una casa móvil del planeta Kansas, el olor a ozono de la tormenta a punto de estallar, el tacto áspero y duro de su viejo perro Totó.

Otro mono volvió a aullar, esta vez mucho más cerca. Levantó los ojos y lo vio en los árboles por encima de ella. El mono la miraba fijamente con sus ojos amarillos, volviendo su rostro lampiño hacia ella y hacia arriba, como si no pudiera dejar de vigilarla, pero tampoco pudiera perder de vista algún posible enemigo que viniera de arriba.

Una sombra atravesó el cielo cubriendo el sol por un instante. Era un águila monedera, volaba alto y en círculos, recortando su silueta contra los rayos del sol.

Al ver la sombra contra el suelo, el mono corrió a refugiarse en la parte más espesa del ramaje, sin perderla de vista.

—Ven, monito —dijo Dorotea intentando atraerlo con algunas hierbas que acababa de coger del suelo.

El mono la miró con curiosidad desde su refugio. Pasado un rato, y viendo que el águila parecía haberse perdido en la distancia, el mono bajó de su árbol resbalando por la corteza e hizo una reverencia ante Dorotea.

—El hidalgo Marinchín para servirla a usced y a los suyos —dijo el mono.

—¿Hablas?

—Y canto y danzo, escribo a máquina las obras de Shakeaspeare y hago ganchillo. Un mono tiene que tener recursos en estos tiempos que corren.

—¿Cómo es posible?

—¿Quiere usced la explicación fantástica o la científica?

—La científica, la científica, por favor que estamos en una historia de ciencia-ficción.

—Ah, bien, en ese caso se debe a una mutación producida por la inhalación continua de marihuana alterada genéticamente. En un principio, la droga debería de haber aniquilado mis neuronas, pero por un complejo proceso mutalógico debido a la radiación de este sol alienígena acabó promoviendo su crecimiento.

—Suena delirante así que sí, desde luego aceptaré esta explicación como válida; pero sólo por curiosidad, qué me hubieras explicado en el caso de que hubiéramos estado en una historia de fantasía.

—Ah, en ese caso le hubiera explicado que en realidad soy el príncipe Mario de Chín, hombre justo y cabal condenado por la bruja del noroeste a sufrir esta maldición al negarme a casar con su hija en lugar de con el amor de mi vida. Entonces, le hubiera confesado mi amor, hermosa dama, usced me hubiera besado y hubiéramos vivido felices y comido perdices en mi reino de Chin.

—Me quedo con la explicación científica, no siento ningún deseo de besar a un mono. Sin ofender.

—No me ofendo, mi señora.

—Bien pues, esto parece el inicio de una bonita amistad. ¿Qué podemos hacer ahora que ya nos hemos conocido?

—No sé. Cantemos sin ton ni son Somewhere Over the Rainbow.

— Me parece una idea fantástica.

4.

—El doble mono —dijo Vesta a una audiencia arrobada por sus explicaciones— es el peor de ellos. Te hace creer que es un monito inocente cuando en realidad se trata de un dios primordial capaz de arrancarte la cordura con sus canciones. Suele aparecerse a aquéllos que se sienten muy contrariados y los seduce con la explicación que quieren oír. Nadie se ha salvado jamás de un doble mono.

Vesta hizo un silencio dramático y se complació en comprobar cómo sus palabras habían provocado varios escalofríos entre su audiencia.

—Hace mucho rato que no veo a Dorotea —me dijo Cosme en un susurro— tal vez fuera buena idea que saliéramos a buscarla antes de que anocheciera y comenzaran a salir todos esos dioses de los que nos ha hablado Vesta.

—¿De verdad crees en ellos? —le pregunté.

—No lo sé; pero este sitio no me acaba de gustar, preferiría que Dorotea no fuera sola por ahí, sin nadie que la proteja.

—En realidad eres un padrazo.

Cosme me dio un coscorrón. Sabía que yo había dado en lo cierto. Le encantaba mostrarse como un tipo duro e inflexible, aunque yo sabía que era un buenazo, cualquiera que hubiera intercambiado más de dos palabras con él lo sabía.

—Vamos a salir a buscar a Dorotea —dijo Cosme a Diana, que escuchaba con atención las palabras de Vesta.

—Bien, bien, no lleguéis demasiado tarde —dijo Diana sin apartar la mirada del altar—, que luego os termináis comiendo la cena fría.

Nos levantamos y salimos afuera. Estiré mis articulaciones con el fin de recuperar la movilidad, tanto rato allí sentado escuchando a la princesa Vesta se me habían quedado encarcaradas.

Al mirar hacia la selva me invadió el miedo.

—No tiene demasiada buena pinta, no. Tal vez haya ido para dentro del pueblo.

—Vamos, no te eches atrás ahora, tú mismo me has dicho que la habías oído adentrándose en la selva. Pon a funcionar esos supersentidos robóticos y vamos a por ella.

—Está bien, pero me quedaría más tranquilo si me dieras una pistola.

—Lo que tú digas —dijo alargándome uno de sus revólveres—, nunca te había visto tan atemorizado. ¿No te habrás creído todo lo que ha contado esa loca?

—No, pero creo que he oído a los monos que ella ha llamado dobles.

—¿Estás seguro?

—Seguro seguro no; pero vamos bastante convencido sí.

—Bien, entonces no hay tiempo que perder —dijo Cosme metiendo barriga, mientras adoptaba su pose más heroica flexionando con fuerza los bíceps.

5

Y a todo esto, supongo que os estaréis preguntando qué fue de los birkheadianos. Pues bien, mientras Cosme y yo estábamos a punto de adentrarnos en la selva para rescatar a Dorotea de las garras de un mono demoniaco, nuestras babosas preferidas continuaban su travesía hacia Lem. Habían atravesado el agujero de la Escolopendra casi por accidente, pero una vez se vieron al otro lado fueron capaces de ubicarse con total facilidad. Lord Frederick era un guía magnífico y lleno de recursos. Al ver que estaban al otro lado del agujero, en lugar de desesperarse o cabrearse, echó mano de su guía de bolsillo y localizó el lugar.

Los birkehadianos son una civilización que contabiliza el tiempo en eones en lugar de años, para ellos no cuentan las modas, ni las arbitrarias leyes humanas, así que Lem seguía apareciendo en su nueva edición de La Guía de la Galaxia, como si nunca hubiera dejado de estar conectado con el resto de mundos.

—Veamos —dijo Lord Frederick pasando las páginas—, aquí dice que se trata de un planeta encantador con unos nativos hospitalarios y amables, aunque algo intransigentes en lo que se refiere a su religión. Tienen unas bonitas selvas —mostró al resto de la tripulación el libro abierto con una foto a todo color de la selva— y viven básicamente del tráfico de sustancias estupefacientes.

—¿Drogas? —Preguntó Sir Ashford mientras sorbía su té.

—Sí, supongo que sí, pero ¿quiénes somos nosotros para juzgarlos?

—¿Dice algo más acerca de su religión? —dijo Lady Devina.

—Ah, había olvidado cuánto te interesan estos temas.

—Es deformación profesional.

—Mi encantadora humanóloga —dijo Lord Frederick inclinándose ante ella.

Luego se irguió y volvió a pasar las páginas para encontrar más información.

—Sí, aquí viene un epígrafe dedicado a la religión.

—¿Qué dice?

—Que tienen un panteón hipertrofiado lleno de dioses ominosos, oscuros y terribles.

—¿No disponen de las correspondientes deidades bondadosas?

—Parece que no. Es como si las deidades malignas hubieran acabado con ellas... —seguía leyendo a toda velocidad la guía mientras hablaba—. Ah, y un mono.

—¿Un mono?

—Sí, una especie de humano peludo y arborícola.

—¡Qué ricura! —dijo Lady Janice, la esposa de Lord Ashford, interviniendo en una conversación por primera vez en los últimos siglos.

—Pone que el mono, que no se ha de confundir con el mono doble, es un ser cuasi mitológico pero que muchos viajeros afirman haber visto. No obstante, dado el habitual estado de embriaguez estupefaciente de los viajeros, nunca se ha podido constatar fehacientemente su existencia real.

—Es un tema interesante, desde luego —dijo Lady Devina.

—¿Ya estás pensando en otra tesis doctoral, mi Lady?

—Podría ser. Si alguno de mis alumnos se anima con ello, podríamos organizar grupos de estudio para atrapar a ese mono o, en el caso de que no exista en realidad, determinar las causas simbólicas de su presencia mitológica en el subconsciente colectivo de los lemianos...

—Está bien, está bien —dijo Lord Frederick, interrumpiéndola con una sonrisa—, pero antes que nada tendremos que aterrizar.

6

La selva era un infierno de insectos, bochorno y monos aulladores. Cosme caminaba con la pistola en ristre, y el traje espacial pegándosele al cuerpo.

—Tengo que perder peso, me muero de calor.

—Según mis sensores estamos a más de cuarenta grados centígrados con una humedad del noventa por ciento.

—¿No es un poco exagerado para una selva?

—Lo es, pero aún no he tenido tiempo de estudiar las especiales características climáticas de este planeta. Es posible...

Cosme me hizo callar con un gesto mientras me arrastraba hacia un lado del camino. Cuando estuvimos pegados al tronco de un árbol y escondidos entre la maleza del sotobosque, me señaló hacia delante. Allí, charlando confiadamente, estaban Dorotea y el mono.

—¿Qué hacemos?

—Hemos de intentar sorprenderlos. Lo más importante es que Dorotea no sufra daños; pero si además consiguiéramos capturar al mono, nos apuntaríamos unos buenos puntos frente a los villaviciosos.

—Está bien. ¿Cuál es el plan?

—Tú atacas por la izquierda y yo por la derecha.

—Parece un poco simple ¿no?

—¿Se te ocurre algo mejor?

Miré hacia delante y se me ocurrió un centenar de planes mejores; pero todos incluían la presencia de varias decenas de personas y algunos aerodeslizadores.

—¿Y bien?

—No, creo que tu plan es el mejor.

—Perfecto. A la de tres salimos corriendo. Uno... dos... ¡tres!

Salimos corriendo como alma que lleva el diablo, pero no pudimos sorprender al mono que subió a toda velocidad a un árbol y comenzó a saltar entre las copas del resto, perdiéndose rápidamente en la selva antes siquiera de que pudiéramos alzar la vista. Tal vez si no hubiéramos gritado a la vez que corríamos... me hice una nota mental en mi proceso de incremento de la sabiduría: no gritar como una nena cuando se pretende sorprender a alguien.

—¿Se puede saber qué os pasa? —dijo Dorotea—. Menudo susto me habéis dado, y habéis espantado al pobre Marinchín.

—¿Estás bien?

—¡Claro que estoy bien! ¿Por qué no habría de estarlo?

—El mono... Vesta dijo que los monos dobles eran peligrosos.

—Y lo son. Vaya, supongo que lo son, jamás he visto ninguno; pero Marinchín era un mono normal y corriente, parlante; pero por lo demás, igual que cualquier otro mono.

—Entonces, ¿no te ha hecho ningún daño?

—¡Claro que no! Es un mono muy simpático, y tiene un pensamiento muy profundo y una gran sabiduría. Lástima que nadie lo tome en serio por ser un mono.

© Raúl A. López Nevado, (2.937 palabras) Créditos