1

—Sigue el camino de baldosas amarillas —dice Cautaro mirando al horizonte con ojos soñadores mientras se mesa la barba— ¿Quién lo iba a decir? ¡Aquí, en nuestra propia tierra, en Gymoore! Cuando Anselmo se entere se va a poner verde de la envidia— se dio un par de golpes en la enorme barriga para remarcar sus palabras.

—¿Y quién es Anselmo? —preguntó Cosme.

—¿Anselmo? Es el padre de Ambrosio.

Nos quedamos parados esperando a que continuara.

—Y Ambrosio es... —dijo Diana.

—¿Ambrosio? Se trata del prometido de Vesta.

—Ajá, Vesta. ¿Y quién (carajo) es Vesta? —dijo Cosme.

—¿Todavía no os he presentado a Vesta?

—No, su majestad, aún no lo ha hecho.

—Vaya, vaya. Tendréis que perdonarme, ya sabéis, la emoción y todo eso de encontrar a una elegida en tus propias tierras. Vesta es mi hija, la princesa heredera de Gymoore, y la prometida de Ambrosio, el príncipe heredero de Vanmor. Aunque, como podéis ver, visto el material que tenemos aquí —dijo señalando a unos guerreros que habían capturado a otro y estaban a punto de hacerle la vaca—, mi pobre hija se ve pluriempleada y tiene que ser, además, nuestra sacerdotisa de los dioses ominosos.

—¿Tenéis una sacerdotisa para adorar a los dioses ominosos? —dijo Dorotea.

—Oh, sí, claro.

—¿Y para los dioses bondadosos?

—No, a ésos no vale la pena adorarlos, si son buenos, serán comprensivos de una manera u otra. En cambio, dada la mala leche que se gastan los dioses ominosos, vale la pena intentar mantenerlos contentos. Pero vamos, no perdamos más tiempo, lamento mucho la confusión anterior. Es que estamos hartos de atender turistas a todas horas, figuraros que el año pasado nos visitó una nave con al menos siete tripulantes. ¡Siete! Somos un planeta pequeño, caramba. Y al pensar que vosotros también erais turistas normales y que encima no pretendíais pagar... en fin, espero que sabréis perdonarnos.

Cosme me dirigió una mirada significativa.

(¿Tú qué dices, Hyleas, los perdonamos?).

(Mientras no intenten volverme a convertir en estofado.).

—Seguidme —dijo Cautaro— os conduciré hasta Vesta. Estoy seguro de que estará encantada de veros. Sobre todo a vos, gran Dama... ¿Cómo dijisteis que era vuestro nombre?

—No lo había dicho. Mi nombre es Garland, Dorotea Garland.

—¡Claro! ¿Cómo no? Debí haberlo supuesto.

Cautaro nos condujo por un laberinto de chozas, chamizos, tipís, tiendas de campaña comanches, canadienses, bungalows, barracas, iglús, caravanas y rulottes, hasta un claro en el que se levantaba una yurta palaciega. Tenía el techo de cañizo bañado en oro, paredes recubiertas de mármol y un zaguán que sostenía su peso sobre los cuernos de un grupo de cariátides con forma de vacas de aspecto hambriento.

—¡Vesta! —gritó Cautaro— Sal hija, aquí hay unos señores muy simpáticos que quieren verte.

Y Vesta salió. Podría describirla ahora tal cual la vieron mis sentidos robóticos. Ésa sería la descripción minuciosa, detallada y correcta. Pero como no es la primera vez que cuento esta historia, y sé que los varones biológicos parecen carecer de las más elementales herramientas de percepción objetiva en lo que a sus hembras se refiere, a partir de este punto, recurriré a la visión de Hans.

La muchacha apareció en la puerta y Hans quedó inmediatamente prendido de ella. Un vestido blanco y vaporoso insinuaba más que ocultaba sus formas exuberantes. Una larga melena pelirroja acompañaba sus movimientos, ondulándose en el viento como un incendio. Se apoyó en la balaustrada, y nos miró con sus ojos celestes y cristalinos como aguas caribeñas. Sonrió y a Hans se le cayó el alma al suelo. Era como si estuviera rodeada por un halo de luz, de inocencia y erotismo a un tiempo, como si su propia figura exhalara un brillo mágico. Un coro de violines comenzó a sonar en la mente de Hans. Aquella muchacha era... era... era la tía más buena que había visto desde que dejara a Kate en Mr. T.

Cosme se dio cuenta en seguida de lo que ocurría y lo sacudió por el hombro.

(Ni se te ocurra, chaval, recuerda lo que ha dicho Cautaro de ella).

(¿Que era su hija?).

(No, que estaba prometida con el príncipe del reino vecino. No nos vayas a meter en un lío, piensa con la cabeza, no con el pito).

Hans asintió, pensando que, además, Vesta tenía un morbo muy especial pues en cierto modo parecía una versión rejuvenecida de la Mama reginiana.

2

¿El lavabo, por favor? —preguntó Katyuska tras comprobar que la conversación con Vesta no parecía ir a ningún sitio.

—Al fondo a la derecha —le indicó Cautaro.

—Gracias.

Estaban todos tan absortos en la discusión teológico-metafísica que estaba teniendo lugar entre Dorotea y Vesta, que nadie salvo yo pareció darse cuenta de la marcha de Katyuska.

Entró al lavabo y cerró la puerta con la esperanza de que el cañizo amortiguara sus palabras y de que el comunicador tuviera cobertura.

Adela recibió la llamada de Katyuska en su palacio de invierno, llamado así porque nunca encendía la calefacción y hacía un frío del carajo.

—¿Ya estáis en Lem?

—Afirmativo, santidad.

—Has conseguido hacerte con la Biblia del Chisme que me robó Dorotea.

—Todavía no, aún no he tenido la oportunidad.

—Comprendo. Al menos, espero que hayas tenido tiempo de comprobar cómo es el caldo de cultivo para nuevas creencias entre los nativos.

—Va a ser complicado, ya tienen su propia religión.

—¿Religión? ¿Cómo? ¿No eran un planeta abandonado y bárbaro?

—No tanto como creíamos, parece ser que guardan relación con algunos mundos inteligentes. De vez en cuando les llegan turistas.

—Turistas, eh, qué interesante.

—Igualmente, creo que pueden ser sensibles a nuestras enseñanzas. Mientras retengamos a los corellianos todo irá bien.

—Perfecto, ésa es mi chica. Y dime, ¿has averiguado ya cuáles son sus riquezas? ¿Tienen alguna materia con la que podamos comerciar?

—Sí, desde luego, aunque me temo que a su santidad no le vaya a gustar demasiado.

—Prueba a decírmelo.

—Marihuana. Deben de ser el planeta con la mayor producción de marihuana del Universo.

—Pero eso es... ilegal.

—Lo sé, y parece ser que ése fue el motivo de que se lo abandonara hace mil años.

—Estás segura de que no tienen ninguna otra riqueza.

—Segura no, pero de momento no he podido averiguar con qué otro producto pudieran comerciar.

—Está bien. Dame tu posición exacta, enviaremos una delegación de misioneras.

Katyuska envió la posición desde su comunicador.

—¿Su santidad vendrá con ellas?

—Sí. Asimov se está empezando a convertir en peligroso y nunca antes habíamos tenido la oportunidad de disponer de un planeta entero a nuestro alcance.

A parte de que quiero ser la primera en poner las manos en ese diario que guarda Dorotea, pensó Adela; antes de que nadie pueda airear mis intimidades.

3

Entonces, los trasnochaviejos decidieron que la luz era buena y la luz fue creada para poder ver viejos chismes y guardar la memoria de las vacaciones de verano.

Dorotea se encontraba en su salsa, con todo un auditorio de lemianos escuchándola atentamente. La agenda de Villaviciosa no era precisamente una vorágine de actividades, así que había sido fácil organizar una conferencia con apenas unas horas y que se agotaran las entradas para verla. Todos querían saber quién era la alta dama que tanto había impresionado a su rey, todos querían oír sus palabras. Se había corrido el rumor de que la muchacha traía una verdad nueva, una ciencia de más allá de las estrellas, un conocimiento capaz de hacerlos felices para siempre y comprender el Universo. Se rumoreaba que la elegida era una bruja con poderes misteriosos, incomprensibles y secretos, y que además tenía una delantera de infarto. Así que todo estaba listo para que su conferencia fuera un éxito.

La catedral de los juncos se engalanó para el evento. Las grietas entre manojos de caña fueron recubiertas por adobe fresco, se blanquearon las paredes con tiza y se preparó un aperitivo con patatas chips, coca cola y berberechos con pimentón para cuando la conferencia hubiera acabado.

—Los caraspacianos fueron los primeros en comprender el potencial del nuevo invento: la materia. El Ser estaba bien, el espíritu estaba bien, incluso las ideas en sí estaban bien; pero la materia poseía la ventaja de ser palpable y maleable a gusto, sin tener que depender de la mente pensante de una IA cualquiera.

Así comenzaron a moldear las primeras galaxias, con un poco de materialismo trastunciano aquí, otra pizca de idealismo jeyeliano allá, y una pizca de seremilismo acullá. Primero probaron con una lámina negra en la que pintaban en blanco las espirales, luego probaron con una lámina blanca y pintura negra para rellenar los huecos. Finalmente optaron por reutilizar periódicos viejos. Tras una historia de tiempo infinito, los caraspacianos tenían tantos periódicos que podían construir nuestro universo y todos los multiversos paralelos que se les ocurrieran. Cierto que se trataba de periódicos del mundo de las ideas, algo parecido a nuestros diarios digitales de hoy en día; pero con el programa idealmaterialconverter el trabajo era pan comido. Se hacía una pasta con la pulpa de los periódicos, se juntaban sus letras en una inmensa sopa cósmica de letras, palabras y frases y se construían las leyes de la física y la naturaleza así, trenzándolas con un dedo en medio.

Dorotea hizo la demostración haciendo una trenza con un hilo entre sus manos.

La audiencia la escuchaba embelesada, conteniendo la respiración. Estaban asistiendo a la explicación del porqué de todas las cosas y no se atrevían a mover un solo músculo por temor a perderse alguna palabra.

—Las estrellas fueron un poco más difíciles —prosiguió Dorotea—. Al estar tan calientes los caraspacianos necesitaban del uso de guantes de neopreno para no quemarse mientras les daban forma. Lo hacían de este modo, como si hicieran albóndigas; pero igualmente se trataba de algo demasiado tedioso, así que decidieron inventar a los trasnochaviejos para que les ayudaran en la tarea.

Al principio, los trasnochaviejos se mostraron como unos ayudantes solícitos, se pasaban el día haciendo estrellas, planetas, asteroides y meteoritos siguiendo las instrucciones de los caraspacianos sin discutirlas; pero poco a poco, comenzaron a cobrar conciencia de su importancia y de su propia genialidad. La primera supernova se debió a una rabieta. Un trasnochaviejo había construido una estrella gigantesca, tanto que el método de darles formas como si fueran albóndigas no acababa de ser útil, y decidió hacerla girar como una bola de nieve hasta construir una estrella que le llegaba a la cintura. Al verla, su caraspaciano jefe montó en cólera. Aquel elemento desproporcionado no podía tener lugar en el Universo ordenado que los caraspacianos habían diseñado. Debía destruirlo, y el trasnochaviejo lo hizo; pero después de haberla colocado en el sitio que le hubiera tocado de ser una estrella normal.

La destrucción de la supernova fue un espectáculo multicolor que afectó a la mitad de las dimensiones conocidas, destruyó la otra mitad y cabreó como monas a los caraspacianos, que aprovecharon la nueva ley laboral para deshacerse de los trasnochaviejos en un ERE multitudinario. Sólo unos pocos trasnochaviejos, conocidos en adelante como los ardillos, permanecieron trabajando en las gigantescas factorias caraspacianas. El resto se pusieron por su cuenta, y en poco menos de varios miles de millones de años comenzaron a construir sus propios sistemas estelares.

Los caraspacianos habían dejado de lado la construcción de planetas, y los trasnochaviejos aprovecharon aquel vacío en el mercado para dedicarse a su construcción y diseños. Al poco de comenzar se dieron cuenta de que se trataba de una labor demasiado intensa y agotadora para unos seres que no eran más que espectros con cabeza, así que decidieron crear a los retraimpulsacóbulos para que los ayudaran en aquella tarea.

Los planetas eran agradecidos. Se los podía pintar de verde, de azul, de rojo o dorado. Se los podía llenar de rocas, de diamantes o de hierro, y nunca protestaban. Se dejaban hacer, y poco a poco se comenzaban a poblar de seres creados y creantes. Así aparecieron los ruedastraseros, que dieron origen a los atreosteojos, que a su vez crearon a los manteospies, que a su vez crearon a los chismóstasos, que a su vez crearon a los hombres biológicos tal cual los conocemos ahora.

Tras aquellas palabras, Dorotea hizo una reverencia frente al micro y se apartó ligeramente para dejar que su audiencia pensara en todo lo que había dicho. Nadie habló, nadie se atrevía, todavía flotaban en aquel torrente de palabras que les acababa de descubrir el Universo. A lo lejos se oyó el canto rapeante de un mono aullador, y su voz se convirtió en señal para que el primer lemiano se levantara y comenzara a aplaudir. Al cabo de unos segundos, toda la gigantesca catedral de junco estaba en pie y aplaudiendo.

4

No, no, no y no —dijo Vesta tomando el micro con la venas de la frente hinchadas y la cara roja como un tomate— los trasnochaviejos no tienen nada que ver en esta historia.

Toda la audiencia guardó un silencio sepulcral esperando la respuesta de Dorotea. En el lenguaje villavicioso, acababa de ser desafiada y no había escapatoria. Dorotea tomó una inspiración profunda y habló con una sonrisa de seguridad en los labios.

—Lejos de mi intención criticar vuestra mitología.

—No es mitología, es religión, es ciencia, es Verdad.

Un murmullo de aprobación recorrió la hilera de cabezas hirsutas, calvas, pelirrojas, morenas, rubias y con peluca del público. Si no se andaba con cuidado, Dorotea podía perder la simpatía que había ganado unos minutos antes.

—¿Queréis que os hable de La Biblia del Chisme? —dijo Dorotea retirando la mirada de Vesta y dirigiéndose al público.

Antes de que nadie de entre el público pudiera decir nada, Vesta volvió a tomar el micro y a hablar.

—¡Afuera los dioses falsos! Todo lo que dice Dorotea no es más que mentira maquillada por una retórica brillante pero vacía. Los lemianos, y menos aún los villaviciosos no necesitamos imaginar a los dioses. Nosotros los conocemos, nosotros los hemos visto, nosotros les hemos prestado nuestras vidas y nuestras muertes en los sacrificios exigidos. ¿Para qué nos son necesarios los caraspacianos, los trasnochaviejos o los retroimpulsacóbulos, cuando nosotros tenemos a los pensadores profundos, a los acidioses primordiales o a los Primeros Viejos?

APARTE

Los nacionalistas son iguales en todos lados —dice Umashankar bizqueando con su único ojo.

—No te vayas a creer —le responde el robot, volviendo de repente de sus recuerdos—. Vesta tenía su parte de razón, a ellos no les hacía falta ningún dios nuevo como los que le traía Dorotea, más bien tenían un panteón hipertrofiado con necesidad de una buena limpieza a fondo.

Servatius tose un par de veces y esputa un gargajo espumeante y amarillento.

—¡Maldito estofado de pie de aguacate rosa, esta comida va a acabar con mi estómago! — y vuelve a escupir — Oye, ahora en serio, ¿Qué pasó con Molly?

—¿Otra vez con lo mismo?

A toda máquina se oye la voz del mismo borracho al fondo de la taberna.

—No, hombre —dice Servatius—, no te lo tomes así, se trata de verdadero interés. Todos sabemos lo que te gusta esa robota.

Hyleas une las palmas de las manos, como si orase, y apoya la frente en ellas.

—Es una larga historia.

—No tenemos nada más que hacer que escucharla.

—Está bien, todo a su debido tiempo. De momento valga decir que a estas alturas de la historia, Molly viaja en una cápsula espacial individual, atravesando los espacios siderales con rumbo desconocido.

—¿Sólo eso?

—Más adelante... más adelante os hablaré de ella.


Notas

En este contexto, entiéndase que me refiero a varón o hembra en un sentido de construcción social, de género, no en cuanto a atributos físicos. Lo de biológico lo digo en contraposición a mecánico... Y aclaro todo esto en esta nota porque uno es robot viejo y no quiere que lo vuelvan a hervir en ácido por un quíteme-ahí-esa-coma.

© Raúl A. López Nevado, (552 palabras) Créditos