1

—Tuuuuuuú —volvió a repetir el gigante lemiano, comenzando a levantar su lanza arriba y abajo, pasándosela de una mano a otra, a la vez que movía los hombros rítmicamente, hasta que levantó una pierna, grande y gorda como la de una vaca, e hizo pasar la lanza dando vueltas por debajo de su entrepierna. Acabó el movimiento con una reverencia y una sonrisa.

Cosme se había quedado congelado con la mano en la pistola y una ceja levantada. Ciertamente, la agilidad del gordo merecía un aplauso, pero quizá aquel momento, rodeados de nativos armados de aspecto feroz, no era el mejor momento para hacerlo.

Dorotea, sin darle tantas vueltas, se nos adelantó a todos y comenzó a aplaudir.

—¡Bravo!

Contuvimos la respiración, por si aquellas palabras los alegraban o los incitaban a atravesarnos con sus lanzas.

Un sonido grave y prolongado comenzó a sonar.

—Baaaaaa —era la voz de otro de los nativos, que se adelantó hasta ponerse frente a nosotros.

—Baaaaaaaa —dijo otro nativo, a una tercera mayor del tono del primero.

—Baaaaaaa —se les unió una mujer con los ojos pintados de rojo, a una quinta de la primera de las voces.

Los tres nativos formaban un acorde de Do Mayor perfecto. Una armonía únicamente interrumpida por los breves instantes para tomar aire de cada uno de los cantores.

Mientras mantenían ese acorde, del grupo de los lanceros, salió un hombre más. Era negro como el espacio, llevaba una gorra con la visera hacia atrás, y poniéndose las manos formando un puño delante de la boca, comenzó: TUM, PATUM, PATUM, PATATA, TUM, TUM PAPA TUM TUM. TATAPATATATATATUM. Al repetir por tercera vez la serie, el gigantesco gordo que había iniciado el baile, se echó al suelo y comenzó a girar sobre su espalda, se sostuvo un instante sobre sus brazos y acabó dando vueltas sobre su cabeza mientras se iba levantando poco a poco.

—¡Brekdance! —gritó mientras seguía bailando.

TUM, PATUM, PATUM, PATATA, TUM y los lanceros dieron un paso hacia nosotros. TUM, PATUM, PATUM, PATATA, TUM y nos rodearon con las lanzas en alto. TUM, PATUM, PATUM, PATATA, TUM y Cosme disparó al aire, a la vez que Diana, Hans y Katyuska sacaban sus pistolas. TUM, PATUM, PATUM, PATATA, TUM y el negro desplazó el ritmo de los golpes principales para hacerlo coincidir con el disparo, a la vez que los lanceros lanzaban un gritito agudo que formaba una séptima mayor con el acorde de los primeros cantores TUM, PATUM, PATUM, PATATA, TUM y el gordo se acercó corriendo hacia nosotros con la lanza a punto para atravesar a Cosme que lo apuntaba con su pistola directamente al corazón. TUM, PATUM, PATUM, PATATA, TUM.

—¡Alto! —gritó Dorotea.

El gordo se detuvo a un metro de Cosme y abrió su lanza como si se tratara de un paraguas, haciendo aparecer un enorme cigarro que ofreció a Cosme.

—No... esto gracias, no fumo.

El gordo se giró hacia Katyuska y Diana que igualmente lo rechazaron. Al volverse hacia Hans, éste no rechazó el ofrecimiento, cogió el cigarro entre sus manos y dio una larga calada. Los nativos lo celebraron con un grito y Hans con un ataque de tos.

—Cautaro Llama Sentada —dijo el gordo extendiendo una mano gigantesca hacia nosotros— el rey de todo este tinglado; pero vosotros podéis llamarme The King.

—Cosme Leiva, para serviros.

La mano de Cosme parecía la de un niño pequeño en la mano de Cautaro. El resto de lanceros, abrieron sus lanzas como había hecho su jefe, y sacaron sendos porros. Algunos nos los ofrecieron, los otros los fumaron con ansia, casi sin pestañear, como si los minutos que habían pasado sin fumar les hubieran resultado terribles.

Cautaro nos condujo hacia el poblado. Era el mismo campamento de tipís que habíamos visto desde el aire. A pie de tierra no se diferenciaba demasiado de lo que habíamos visto desde arriba. Eso sí, encerrado en la cabina hermética de la Darlene, al menos nos habíamos ahorrado aquel olor persistente, omnipresente y mareante.

—Esto —dijo Cautaro abarcando con las manos todo el poblado— es Gymoore, el reino más marchoso de todo Lem.

Tras un rato de mirar las tiendas de campaña con mirada soñadora, Cautaro prosiguió.

—Y bien, ¿qué paquete turístico es el que habéis contratado?

—¿Paquete turístico? —dijo Cosme.

—Sí. ¿Habéis contratado el Experiencias selváticas, el Sueños de marihuana, el Aromas nocturnos o el Toque de aventura? No es por nada, es sólo por saber hacia donde os he de llevar ahora, para no saltarme nada del programa, vaya.

—Perdón, pero no entiendo.

—Me refiero a lo que escogisteis en la agencia de viajes. Si no os acordáis, seguro que lo tenéis escrito en los billetes.

—Creo que aquí hay una confusión. No tenemos ningún billete.

—Claro que sí —dijo Cautaro como si le estuviera hablando a un niño particularmente duro de mollera—, los billetes son esos papelitos que os dio vuestro agente de viajes una vez os decidisteis a venir a Lem.

—Es que nosotros, no hemos contratado nada en ninguna agencia de viajes. Hemos venido con nuestra propia nave.

—¿Quieres decir que sois unos espontáneos? ¿Que os habéis presentado aquí tal que así? Al menos supongo que habéis pagado el peaje pertinente en la aduana orbital.

—No hemos visto ninguna aduana orbital.

—Espera, espera. ¿Me estás diciendo que acabamos de hacer todo el baile del recibimiento sin que vosotros hayáis pagado un duro por verlo?

Cautaro había ido alzando la voz, y comenzaron a rodearnos un grupo de nativos con las mismas pintas feroces que habían tenido los bailarines antes del baile.

—¿Que os hemos ofrecido uno de los misterios de nuestra cultura —prosiguió Cautaro— sin que vosotros hayáis tenido la delicadeza de pagar un mísero crédito por ello?

—No sabíamos —dijo Diana—, creíamos que Lem era un planeta aislado.

—Ja, muchachita, si queréis tomarnos el pelo, tendréis que esforzaros un poco más. ¡Al puchero con ellos!

Los nativos nos desarmaron en un instante. Parecían expertos en el arte de golpear en las manos para que se soltaran las pistolas. No parecían tan preparados, empero, para encajar puñetazos a mano descubierta y Cosme logró dejar fuera de combate a un par de ellos antes de que lo redujeran.

—Mierda —dijo cuando lo arrojaron al suelo— no hemos recorrido cien mil millones de kilómetros, sólo para acabar en el puchero de unos fumetas locos.

2

Tras la marcha de los Birkheads, Mr. T. se había quedado muy solitario. Las babosas habían espantado a los otros clientes. Se rumoreaba que habían dejado el planeta envuelto en sus mucus e inhabitable para la vida humana, que pasarían más de mil años antes de que el aire pudiera volver a ser respirable. Lo cierto era, que los birkheads habían dejado suficiente dinero como para que los gheisos no se tuvieran que volver a preocupar de trabajar, y éstos habían extendido estas leyendas para evitar visitantes indeseados. No obstante, los impulsos de algunos seguían siendo demasiado fuertes como para resistirse a ellos. Ése era el caso del presidente de Thinlizzy, ahora liberado de sus funciones por la gestión de Don Giovanni. Había intentado mantenerse apartado de Mr. T., él también había oído las leyendas; pero la imagen de las mujeres ligeras de ropa a la luz de los anillos planetarios lo perseguía como un hechizo, y finalmente tuvo que acudir al planeta a pesar de que sus asesores-protectores se lo desaconsejaran fervientemente.

Kate se dirigió a la puerta preguntándose quién podría ser a aquellas horas. ¿Se trataría de Fulano, Mengano, Zutano o Perengano? Estando donde estaba, lo más probable es que fuera fulano, claro. Miró por la mirilla y no vio a nadie, así que volvió a entrar para adentro, dispuesta a seguir con su lectura. Volvieron a llamar y ella volvió a mirar por la mirilla y comprobar que no había nadie. Cuando estaba a punto de volver a entrar para adentro sin haber abierto, una vocecilla del otro lado dijo.

—Soy yo, el presidente de Thinlizzy, me han dicho que tú eres la mejor... ya sabes... la que mejor hace... esto... aquello...

Kate miró por debajo de la puerta y comprobó que, en efecto, se veía la silueta de dos piernas pequeñitas. Abrió y se encontró con el presidente, no lo había visto con anterioridad porque su cabeza quedaba bastante por debajo de la mirilla. El hombre la miró con ojos de sátiro, y sin esperar a que lo invitara a entrar pasó adentro. Por un instante, Kate evocó la imagen de Lord Frederick. El birkheadiano podía ser una babosa gigante capaz de echar a perder la alfombra; pero el presidente no parecía ir escaso de babas tampoco e iba escaso, sin embargo, de la buena educación y maneras de Lord Frederick.

—Sí, sí, estás bien buena, el catálogo no mentía —dijo el presidente y sonrió autosatisfecho, como si acabara de hacerle el mejor de los cumplidos o recitarle un poema.

—Usted es el presidente de Thinlizzy —dijo ella para intentar tantearlo un poco.

—El mismo que viste y baila.

—Uno de mis mejores amigos ha sido enviado por usted a la búsqueda de un planeta desconocido.

—¿Ah, sí? ¿No será uno de esos darlenautas?

—Sí, creo que su nave se llama Darlene.

—En ese caso será mejor que te vayas despidiendo de él. Don Giovanni ha decidido que esa nave debe ser destruida. ¿Te desnudas ya?

—¿Destruida? ¿Por qué?

—Están protegiendo a una traidora —el presidente torció los labios como si estuviera a punto de hacer un puchero—, y transportan los documentos en los que se planificaba el golpe de estado contra mi misma altísima y gigantesca persona. ¿Empezamos?

—Imposible. Hans nunca haría eso.

—Tal vez él no, pero sí el resto. En todo caso, Don Giovanni ha decidido que son todos culpables. Lo único que se va a salvar de esa nave van a ser los papeles que demuestren lo culpables que son. Bueno, si tú no comienzas, lo haré yo. Estoy seguro de que cuando veas este cuerpo serrano, no serás capaz de resistirte.

El presidente comenzó a desabotonarse la casaca, dejó caer los pantalones y mostró unas piernas alambicadas, cortas y erizadas de pelos.

Kate lo miró sin verlo. Estaba tristemente acostumbrada a aquellos babosos, que no babosas, pues a éstas sí las consideraba respetables, que llegaban a ella y ni siquiera se tomaban la molestia de fingir seducirla. Se puso frente al presidente y comenzó a desabotonarse el cuello de la blusa. Se preguntó cuánto aguantaría aquel individuo.

Se abrió un botón y se mostró un centímetro de cuello, blanco y delicado; otro botón y la leve hendidura de la unión de las clavículas (cómo diablos se llamaría aquella parte del cuerpo); otro botón, un poco más abajo; otro botón más y se insinuó el inicio del canalillo. Entonces levantó la cabeza y vio que el presidente yacía traspuesto, tumbado boca arriba con sus patejas hechas un revoltijo y la lengua fuera. No, no había resistido demasiado. Era cierto que eran pocos los hombres, u otro tipo de alienígenas masculinos, que habían resistido hasta verle la sombra de los pezones; pero desmayarse en el inicio de su canalillo venía a ser para quienes les gustaban las mujeres, como desmayarse en el No de ¿No es verdad, ángel de amor... de Hans era para quienes les gustaban los hombres.

Kate se acercó al presidente para cerciorarse de que estaba totalmente inconsciente. Lo estaba. Se agachó, y al hacerlo su escote mostró un espectáculo que, en el caso de haber estado despierto, bien pudiera haberle causado un infarto. Le recogió las piernas, se las colocó sobre la cama y lo arropó hasta el cuello. Se lo pensó mejor, y le subió la manta hasta taparle la cabeza.

Resuelto aquel inconveniente, ahora tocaba pensar cuál sería su próximo paso. Desde luego no estaba dispuesta a dejar que nadie le hiciera daño a Hans. Su Hans, su osito de peluche de enorme ver...satilidad. Versatilidad, versatilidad, se repitió a si misma, pensando en la flexibilidad e inventiva del piloto. No, no estaba dispuesta a que nadie le hiciera daño al único hombre capaz de verla desnuda, y pasar a mayores, sin desmayarse.

Pensó en los corellianos y en lo que sabía de ellos. Conocía al todopoderoso y todopeligroso Don Giovanni, que los gobernaba con mano de hierro. Sabía que los principales cargos de la orden estaban ocupados por hombres y que eran enemigos de las reginianas. Sabía que tenían una doble moral muy férrea, estaba harta de ver organizar manifestaciones a las puertas del hotel y de que los mismos que daban vueltecitas con pancartas a sus puertas poniéndolos de vuelta y media, fueran los que pidieran los actos más depravados en la intimidad. No era mucho, pero era un comienzo.

3

Cosme se equivocaba, no era a ellos a quienes querían en el puchero, sino a mí. El hueso de robot, según dijeron mientras me molían a palos, daba un sabor de lo más agradable a la sopa.

Me echaron en una olla a presión de tamaño familiar, de ésas que habían estado de moda algunos años antes por toda la galaxia, capaces de ablandarlo todo, que decía la publicidad, y con un índice de autoexplosiones bastante bajo, sólo el treinta por ciento de ellas con resultados mortales para sus propietarios. La cerraron con una enorme y pesada tapa transparente, para mejor control del proceso de cocción, y tuve que adivinar lo que ocurría posteriormente leyendo los labios.

—Así que venís aquí, sin pagar ni un sólo duro y esperáis asistir a nuestras costumbres vernáculas por toda la cara —decía Cautaro haciendo muchos aspavientos con las manos.

—Aquí hay un error —dijo Diana— nosotros no pretendíamos asistir a ninguna de vuestras pintorescas e interesantes costumbres. Ha sido una mera casualidad.

—¡Pero si os habéis quedado quietos!

—Tal vez porque nos habéis rodeado con un ejército de lanceros —dijo Cosme.

—Excusas, excusas, como si no os hubierais podido tapar los ojos.

—Podemos arreglarlo —dijo Diana—, ¿Cuánto deberíamos pagar para que nos soltarais y dejarais de hervir a nuestro robot?

—No hay dinero suficiente para pagar la humillación por la que acabáis de hacernos pasar.

—¿Humillación? —dijo Cosme— Pero si habéis bailado porque os ha dado la realísima gana.

—No lo comprendéis. Unos profanos como vosotros, que ni siquiera se han molestado en aprender un poco de nuestra fascinante cultura en el folleto de la agencia de viajes, no pueden comprenderlo. Merecéis una muerte lenta y dolorosa.

—Y no podríamos discutir eso un poco antes —intervino Hans con su mejor sonrisa de galán en los labios.

—Ya está todo hablado. Gymoore no paga traidores.

—Creo que estás utilizando la frase fuera de contexto —dijo Cosme.

—¿Estás seguro?

—Hombre, seguro seguro no, pero a mí me suena que la idea era otra. Además, que nosotros no somos traidores, y no te estamos pidiendo que nos pagues nada, sólo que nos dejes seguir vivos.

—Yo siempre la he utilizado en este contexto —siguió diciendo Cautaro como si no hubiera oído lo que Cosme le acababa de decir—. ¿Seguro que no se puede decir Gymoore no paga a traidores en esta coyuntura?

—No se puede —dijo Dorotea adelantándose.

Cautaro abrió los ojos desmesuradamente, como si se acabara de dar cuenta de la presencia de Dorotea, y dio un paso atrás.

—Es ella.

—¡Es ella! —repitió un coro de voces detrás de él.

—Ha venido hasta nosotros.

—¡Ha venido hasta nosotros! —repitió nuevamente el coro.

—No creímos que llegaríamos a ver este momento.

—¡No creímos que...!

—¿Queréis dejar de repetir de una vez todo lo que yo diga?

El coro que se había congregado detrás de Cautaro se disolvió en un grupo de guerreros silbadores.

—Hemos esperado tanto vuestra llegada —dijo Cautaro haciendo una reverencia hacia Dorotea.

Noté como Dorotea se hinchaba y avanzaba segura de sí misma hasta el centro del grupo.

—Ahora sacarás a Hyleas del puchero y nos liberaras, luego comenzaré mis enseñanzas.

—Por supuesto, grande y muy querida señora nuestra; pero antes, por favor, os lo ruego en nombre de todo éste pueblo sufriente e insignificante pero devoto —hizo un gesto con la mano abarcando al resto de nativos que estaban a nuestro alrededor—, ¿Podríais decirlo?

—¿Decir el qué?

—Ya sabéis, aquello tan famoso del chisme.

—No caigo, ¿Podrías ser más específico?

—Sigue el camino de baldosas amarillas.

—¿Sigue el camino de baldosas amarillas?

—Oh, loada seáis vos, grande entre las grandes —dijo Cautaro arrojándose a los pies de Dorotea.

© Raúl A. López Nevado, (552 palabras) Créditos