1

El agujero de la Escolopendra quedaba a nuestra espalda, mientras Lem iba creciendo frente a nosotros. Era un planeta bastante parecido a Asimov, de unos trece mil kilómetros de diámetro. El mar cubría buena parte de su superficie, haciendo dominante el color azul sobre los ocres de los desiertos o los verdes de las selvas. Sus cielos eran surcados por nubes blancas de vapor de agua y por otras nubes oscuras, que entonces no pudimos identificar.

Tres lunas giraban a su alrededor. La mayor de ellas, de unos tres mil kilómetros de diámetro, en una órbita exterior y estable, de treinta y siete días de duración. La mediana, de apenas veinticinco kilómetros en su diámetro más ancho, tenía una forma irregular y puntiaguda, como si fuera alguna suerte de asteroide capturado por el planeta. Como lo era, sin lugar a dudas, la más pequeña de ellas. Ésta se movía peligrosamente cerca de la atmósfera planetaria y, probablemente en menos de cien millones de años, acabara entrando en ella, mostrando un fabuloso, terrorífico y peligroso espectáculo para sus habitantes.

Lem era el cuarto planeta en su sistema estelar, aunque tal vez se lo podría contar como el tercero, ya que el primero y el segundo eran poco menos que pedazos de roca que giraban vertiginosamente alrededor de una estrella amarillenta, de clase V.

Más allá de Lem, había otro planeta rocoso y luego ya comenzaban los gigantes gaseosos. En una comprobación rápida, no nos dio la impresión de que la vida inteligente se hubiera extendido a ningún otro planeta. A decir verdad, ni siquiera en Lem parecía tener una presencia apabullante. No había ninguna construcción, o rastro de ella, que fuera observable desde donde nos encontrábamos.

—Sobrevolémoslo un poco —dijo Diana— no quiero encontrarme con sorpresas.

—A sus órdenes, mi capitana —dijo Hans y miró a Katyuska que asintió desde su puesto.

Fuimos acercándonos cada vez más, hasta comenzar a rozar las primeras capas atmosféricas.

—Poco a poco, muchachos —dijo Cosme—, no queremos que nos confundan con una estrella fugaz.

—Ese trivial vuestro —dijo Diana—, ¿no decía que se había comerciado con ellos hasta hacía, al menos, mil años?

—Eso decía, sí.

—¿Y con qué diablos podría comerciar este planeta? Si ni siquiera parece haber nadie.

—Tal vez extrajeran algún mineral...

—¿Más fácil que extraerlo de un asteroide?

—No, claro, tiene que tratarse de alguna manufactura o de algún cultivo.

—Diana —dijo Katyuska—, sólo hay una manera de averiguarlo.

—Adelante pues, entremos. Hans y Katyuska, vosotros controlaréis el ángulo, pero quiero que tú, Darlene, estés atenta a cualquier molestia. Si detectas que hay algo mínimamente peligroso para tu integridad o para la nuestra, quiero que des media vuelta inmediatamente.

—A sus órdenes, mi capitana —dijo Darlene con la voz sugerente y sensual que sabía que a mí me resultaba irresistible, y que había comenzado a usar poco después de conocer a Molly.

Aparte

—¡Ah! Que seguís esperando a que os explique lo que ocurrió entre Molly y yo.

El robot da un largo trago a su jarra de aceiterrón, y espera pacientemente a que cese la algarabía de voces a su alrededor.

—No —dice al fin—, no pienso explicároslo, soy un caballero, recordáis. Lo que ocurre entre un robot y una robota queda entre un robot y una robota.

—¡A toda máquina! —grita una voz indistinta y la multitud estalla en una carcajada.

—Esta historia apesta —dice un hombre con parche y pata de palo, sentándose a la mesa del robot y mostrando una sonrisa de dientes desparejos y amarillos.

El robot tarda un instante en reconocerlo.

—Umashankar, qué sorpresa encontrarte por aquí. ¿Dónde has dejado a Servatius?

—Está en la barra, recargando existencias, enseguida viene. He oído que no nos has dejado muy bien —dice mientras se hurga el oído con la punta del meñique.

—Simplemente he dicho que nos atrapasteis con subterfugios y huisteis como ratas asustadas cuando apareció Dorotea.

—Es justo. Supongo que no tiene demasiado sentido disfrazar las cosas.

—No lo tiene —dice Servatius, dejando sobre la mesa tres jarras de cerveza y una de aceiterrón.

—Te veo más gordo —dice el robot, pensándose si añadir aún.

—Lo estoy —empuja la jarra de aceiterrón hacia el robot.

—Gracias. ¿Y qué es de vuestra vida?

—Nada importante, algún encarguillo de poca monta aquí, allá y acullá. Ya sabes, atrapar a un bandido, asaltar un carguero, quitarle la gaita algún soplagaitas. Vamos, lo típico; pero no hemos recorrido todo el camino desde casa hasta la taberna para hablar de nuestras vidas. Alguien nos dijo que habías llegado finalmente a la ciudad y vinimos para escucharte.

—Es una historia conocida, no creo que os sorprenda.

Servatius da un trago antes de responder.

—La última vez escuchamos sólo hasta lo de la nube de marihuana. ¿Recuerdas? Luego entró la policía y tuvimos que desaparecer.

—Es cierto. Entonces llegáis en el momento justo.

2

Entramos en la atmósfera sin mucho aspaviento. Katyuska, Hans y Darlene eran verdaderos expertos en el arte de encontrar la parábola más adecuada para una entrada suave. Enseguida atravesamos la termosfera, donde hacía un calor del carajo, la mesosfera, en la que hacía un frío que pelaba, y la estratosfera, donde oye, después de los extremos de las otras dos capas, pues tampoco se estaba tan mal. Tras la monotonía y el vacío del espacio, la atmósfera de Lem se nos antojaba un entorno bastante entretenido y animado.

Al llegar a la troposfera, atravesamos una nube blanca y espesa y aparecimos sobre un nubarrón oscuro de aspecto amenazador. Estaba a unos siete mil metros de altura sobre la superficie planetaria, y desde el primer momento nos pareció que no tenía demasiada buena pinta. No obstante, si queríamos seguir bajando había que atravesarlo, así que penetramos en él. Darlene viró sobre sí misma, sumergiéndose en la nube como un delfín entre las olas, con un movimiento suave, elegante y hasta me atrevería a decir que poético; pero de repente, el giro comenzó a hacerse más y más rápido hasta que tuvo a todos los humanos al borde del vómito, y a mí a punto de desarrollar complejo de lavadora. Entonces, tal y como había acelerado su giro, se detuvo en seco.

—Algo no va bien —dijo Katyuska.

Sentí un vértigo y mis pies se levantaron del suelo. Vi que Cosme, Diana y Dorotea, que no estaban sentados con el cinturón de seguridad también comenzaban a flotar. Era como si nos encontráramos en caída libre.

—Nos encontramos en caída libre —confirmó Hans.

—Darlene —dijo Diana—, ¿Qué está ocurriendo?

Pero Darlene no contestó, todo lo más, se escuchó una especie de murmullo rítmico procedente de sus altavoces.

—Hyleas, ¿Tienes idea de lo que está pasando?

—No... —en ese momento se me ocurrió...— Sí, creo que ya sé lo que ha ocurrido.

Me acerqué al puente de mandos gateando por el techo. Bajé, abrí la portezuela que daba al sistema general de neurocircuitos de Darlene y penetré en su cerebro. No tardé mucho en encontrar el problema, algunos cables tenían sus conexiones empañadas por una especie de sustancia viscosa. La limpié con mi cepillito de emergencia y la voz de Darlene comenzó a hacerse más clara.

Cuando volví a la cabina ya era bastante claro lo que estaba diciendo.

No woman, no cry tarareaba con un perfecto ritmo reagge.

3

Tras este pequeño susto, la Darlene recuperó el dominio de sí misma.

—No sé qué es lo que me ha ocurrido —dijo.

—Yo sí —intervine—, la nube que acabamos de atravesar era humo de marihuana.

—No puede ser —dijo Diana—, para formar una nube así sólo con humo de marihuana necesitarías a miles de millones de fumadores.

—Ahí los tienes —dijo Hans señalando la ventana principal.

A nuestros pies se extendía una especie de campamento gigantesco de tiendas de campaña. Los nativos que caminaban por las calles eran normalmente humanos, algunos más gordos, otros menos; algunos más oscuros, otros menos; algunos con rastas, otros sin pelo. Todos parecían moverse al ritmo de una música imperceptible, balanceaban la cabeza adelante y atrás, en un movimiento perfectamente acompasado con sus pies y sus manos.

—¿Has detectado alguna ciudad importante? —preguntó Hans a Darlene.

—Alguna hay, y también algún edificio grande e imponente; pero la mayoría de poblados son como éste.

Todos miramos hacia abajo. La villa parecía el campamento de un concierto multitudinario que se hubiera alargado durante años, dando a las tiendas una apariencia envejecida y destartalada.

La mirada en el rostro de cada uno de mis compañeros era de una cierta decepción. Resultaba difícil de creer que en aquel planeta hubiera grandes riquezas con las que comerciar. Habíamos realizado un viaje largo, caro y peligroso para llegar tarde a un concierto que ni siquiera sabíamos que se celebraba.

La mirada en el rostro de Dorotea, sin embargo, era de total felicidad y concentración. Donde nosotros veíamos a una panda de desarrapados sin demasiado interés, ella veía a un grupo de acólitos para su nueva religión.

—No parecen demasiado interesados en nosotros —dijo Hans.

—Es cierto —dijo Katyuska— ni uno solo ha levantado la cabeza al vernos u oírnos.

—Tal vez estén acostumbrados a las naves —dijo Cosme.

—No lo creo —prosiguió Hans—, los análisis de la Darlene muestran que no hay rastros de tecnología importante en todo el planeta.

—Entonces quizá estén acostumbrados a que los visiten.

—Nadie viene aquí desde hace más de mil años.

—Podrían ser alienígenas de alguna otra confederación desconocida.

—No lo creo.

—En todo caso —intervino Diana—, no lo podremos averiguar hasta que no aterricemos y contactemos con ellos. Darlene, selecciona el mejor lugar para el aterrizaje y tú, Katyuska, preocúpate de que elija bien.

4

En la pantalla frente a Abib, Don Giovanni se restregaba las manos con fuerza, marcando sus venas y nervios y espachurrando los de una mano con la otra. Su rostro parecía a punto de sufrir una convulsión mientras hablaba con voz aguda y rasgada.

—¿Se puede saber en qué diablos estabais pensando?

—Era imposible, su santidad, fuimos atacados por al menos un centenar de destructores. Nuestra única oportunidad era escapar.

—No había un solo destructor. Lo hemos comprobado desde aquí.

—Pero... los disparos...

—Ni peros ni nada, un simple buque pirata con un poco de mala leche y mucha picardía. Una nave que en lucha abierta, o con un comandante más despierto y valiente no hubiera tenido nada que hacer con nuestro destructor.

—Santidad... yo... le ruego que me disculpe.

—No quiero oír tus excusas.

(Por mi madre que preferiría seguir hablando con la Mama reginiana que con esta rata dócil y sumisa. Al menos ella es capaz de replicarme sin miedo, mirándome directamente a los ojos. Y ni que decir tiene que sus razones, especialmente dos, son siempre mucho mejores que las de cualquier hombre).

(Su santidad, le ruego humildemente disculpas, pero no consigo comprender lo que quieren decir sus pensamientos).

Don Giovanni se dio cuenta en ese momento de que tenía el modo de transmisión-recepción de pensamientos en on, y se apresuró a desactivarlo.

—Por favor, santidad, explíqueme de qué piensa-transmite.

—Yo no he pensado-transmitido nada. Ha debido de haber alguna interferencia.

—Pero, santidad, parecía su voz.

—He dicho que ha debido de haber alguna interferencia. No te atrevas a discutirme y menos aún después de haber dejado que echen a perder al mejor destructor de nuestra flota.

—Ya estamos trabajando en las tareas de reconstrucción.

—Pues trabajad más rápido. Tenéis que atravesar ese agujero y volver a ir detrás de esa maldita nave reginiana. No me importa que acabéis con todos sus tripulantes, que los hagáis saltar al espacio exterior, les prendáis fuego, los aniquiléis o los destruyáis, siempre y cuando me traigáis entero ese maldito diario.

—Santidad, no podemos hacer eso, hay un corelliano entre ellos, ¿recuerda?

—¿El robot?

—Sí, lo he comprobado, es un buen hermano.

—Destruye al robot. Tiene que ser lo primero que hagas en cuanto los atrapes. Por su culpa, por el retraso que produjo en el abordaje, los hemos perdido.

5

La Darlene aterrizó suavemente en medio de un calvero en el bosque. Observamos a nuestro alrededor durante un rato, preparados por si los nativos procedían a un ataque que nos obligara a huir despegando de nuevo. Transcurridos unos minutos, comprobamos que todo estaba tranquilo y que si deseábamos ver a los nativos íbamos a tener que ir a buscarlos nosotros mismos. Abrimos las escotillas, y pusimos nuestros pies por primera vez en Lem.

Nos encontrábamos en un bosque de tierras fértiles, nuestros pies se hundían en la mullida capa de humus y agujas de pino en proceso de serlo. Estábamos rodeados por una especie de coníferas, con aspecto centenario, aunque este punto, claro, siempre se ha de comprobar porque en los diversos planetas es también muy diverso el modo que tienen los árboles de desarrollarse.

El aire del poblado que acabábamos de sobrevolar, y que debía de quedar a unos cinco kilómetros, nos llegaba filtrado por aquella masa imponente de bosque. Aún así, el olor a marihuana era perfectamente perceptible e incluso mareante.

—Bien —dijo Hans olfateando el aire—, ya están resueltos los misterios de por qué se cortaron las comunicaciones hace mil años, y de qué se comerciaba con ellos.

—Si eso es cierto —dijo Katyuska—, no hemos hecho demasiado buen negocio viniendo.

—A pesar de todo —dijo Diana—, lo que le dijimos al presidente continúa siendo cierto. Tal vez este planeta fue abandonado por las principales rutas comerciales, al prohibirse el tráfico de drogas con planetas de fuera del sistema estelar de Wells; pero desde luego sigue siendo un destino turístico interesante.

Volvimos a entrar en la Darlene, y preparamos los aperos para el viaje. Cosme, Diana, Hans y Katyuska volvieron a vestir sus pistolas al cinto y sus trajes de exploradores. Me emocionó volverlos a ver vestir aquellos monos de vinilo con hombreras. Con alguna que otra hebra blanca en el pelo, un poco de barriguita para ellos y un cierto efecto de tirón gravitatorio para ellas, los darlenautas volvían a explorar como en los viejos tiempos.

Diana repartió las mochillas de víveres. Como siempre yo, a pesar de ser el único en no consumirlos, era el que más cargado iba. Cuando le tocó el turno a Dorotea, ésta inspeccionó el contenido de su mochilla con curiosidad.

—No puedo llevar todo esto —dijo sacando algunos bocadillos y un botellín de agua.

—No sabemos con lo que nos vamos a encontrar ahí afuera —dijo Diana—, tal vez esos bocadillos sean lo único comestible que encontremos en todo el planeta.

—Pero yo... he de llevar conmigo mi libro. Lo necesitaré con los nativos.

Diana fue a replicar, pero antes de hacerlo, por su mente cruzó la imagen de cómo Dorotea había logrado deshacerse de los Fielth Brooms utilizando un sermón extraído de aquel libro que tanto veneraba.

—Está bien, tráelo. Hyleas, ven aquí.

Me acerqué con fastidio a que me llenara aún más mi mochilla, con lo que Dorotea acababa de sacar de la suya.

Emprendimos a pie el camino hacia el poblado. El aire era fresco, aunque el olor a marihuana era un poco mareante. A medida que nos acercábamos comenzamos a oír un insistente ruido de timbales. Producían un sonido arrítmico pero hipnótico, como si una bandada de pájaros carpinteros locos se dedicara a golpear cada uno su tronco sin compás ni coordinación con el resto de pájaros del bosque.

De repente, la maleza se abrió ante nosotros y apareció un grupo de nativos armados con lanzas y arcos. Intentamos retroceder por donde acabábamos de venir, pero en unos segundos, fuimos rodeados por nativos de cara pintada.

—Finalmente —dijo Cosme—, parece que no nos ignoraban tanto como parecía.

Varios de los hombres que nos custodiaban se echaron a un lado, y por entre ellos apareció un hombre de aspecto entre cómico y feroz. Lo antecedía una barriga digna de una hitchcockiana embarazada de quintillizos, que llegó varios segundos antes que él; pero medía casi dos metros diez y sostenía una lanza con la que apuntó a Cosme.

—Tú —dijo.

—¿Yo? —respondió Cosme.

—Tú.

—Yo.

—Tuuuuú.

Y echó la lanza hacia atrás, a la vez que Cosme intentaba sacar su pistola.

© Raúl A. López Nevado, (2.691 palabras) Créditos