1
El hecho de que cuatro Fielth Brooms me acompañaran en mi regreso a la Darlene debería haber hecho saltar todas mis alarmas; pero al contrario, me sentí halagado por ello, pensando que era una cortesía de mis viejos compañeros y colegas. Corrianne me había dicho que así conocerían a mi nueva tripulación de blanditos, porque los amigos de sus amigos son sus amigos (ahora me doy cuenta de que el muy truhán sólo parafraseaba una cancioncita prehistórica). También me aseguró que podrían echar una mano en las reparaciones que pudiera necesitar la Darlene. Así que les abrimos las puertas de nuestra nave sin ninguna desconfianza.
Cosme fue el encargado de recibirnos.
—Éste es Cosme —dije a los robots—, y éste Cliff, mecanodoctor.
—Encantado —dijo Cosme alargándole la mano.
—Éste es Gordhain, timonel.
—Encantado.
—Ésta es Molly, psicoprogramadora.
—¿Molly? ¿Tu Molly?
Vi cómo el chasis de Molly enrojecía y di las gracias mentalmente por la memoria de Cosme.
—Creo que sí, que soy esa Molly, a no ser que éste canalla haya tenido a más de una robota como yo.
—No, seguro que no. Con esa brillante superficie metálica llena de diseños redondeados y esbeltos y ese chasis eres inconfundible. Hyleas me ha hablado mucho de ti. Desde luego lo tenías loco por tu cigüeñal.
—Oh, vamos, me vas a lograr sacar los colores.
—Y éste —proseguí al ver la cara de impaciencia que se le estaba poniendo— es Erryl, desarticulador de sistemas de seguridad.
—Encantado —dijo Cosme mientras me lanzaba una mirada interrogativa.
(¿Un desarticulador de sistemas de seguridad? ¿Te has vuelto loco trayéndolo aquí?).
(No he podido hacer otra cosa. Venía con el resto del paquete; pero lo vigilaré de cerca.).
(Más te vale).
Una vez en el puente de mandos, procedimos a realizar las mismas presentaciones con Hans, Diana y Katyuska. Por alguna razón, Dorotea había decidido recluirse en su habitación mientras los robots estuvieran a bordo.
—Estaba muy cansada —dijo Diana—. Se siente culpable por todo lo que ha pasado.
—Pobre muchacha —dijo Molly.
Vi que Cliff tomaba dimensiones del cuadro de mandos con un puntero láser.
—Cliff —le dije.
—¿Qué?
—¿Se puede saber qué estás haciendo?
—Una nave muy atractiva, sí señor —dijo Erryl apuntándome con una pistola—. Es una lástima que tengamos que desarticularla.
Hans intentó echar mano de su arma, pero Gordhain lo redujo con un puñetazo y lo hizo caer al suelo inconsciente. Antes de que Diana tuviera tiempo de tomar su pistola, Gordhain le pegó un puntapié y la envió al otro extremo de la cabina.
—Será mejor que os estéis todos quietecitos —dijo Erryl aproximándose al cuadro de mandos.
—Darlene —dije—, rápido toma el control completo.
—Demasiado tarde —sonó la voz gutural y susurrante de Corrianne desde los altavoces por los que normalmente hubiera sonado la voz suave y alegre de Darlene.
—Darlene, si sigues ahí, no te preocupes, te lograremos sacar sin que sufras daño.
—No te esfuerces —dijo Corrianne—, no puede oírte.
—¿Qué demonios le has hecho?
—La hemos apagado. ¿Verdad Molly?
—¿Tú también, Molly?
Molly bajó la cabeza evitando mi mirada.
—Con esa nave entre tú y yo, lo nuestro nunca podría volver a funcionar.
La miré, su chasis reluciente y aerodinámico, sus grandes ojos camarográficos... En realidad se equivocaba, lo que había entre la Darlene y yo tenía más de platónico que de físico. Con ella, las cosas eran diferentes.
—Sabes que eso no es cierto, Molly. Pensé que te habían convertido en una cafetera, simplemente eso...
—Vamos, vamos, no tenemos tiempo para esas tonterías ahora —dijo Erryl—necesitamos comprobar si esta nave tiene las piezas compatibles con Corrianne.
Cliff sacó un destornillador y comenzó a abrir la tapa en la que se encontraba la mayoría de los circuitos inteligentes de Darlene.
—No, espera —dijo Molly.
—¿Qué?
—No estoy segura de que esto esté bien.
—Todas las robotas estáis llenas de remilgos. Esto no está bien
; aquello no es lo correcto
; lo otro es injusto
; y lo de más allá puede dañar sus sentimientos...
Un disparo lo interrumpió haciéndole desaparecer la nariz.
—Mierda —dijo tocándose el lugar en el que antes estaba su apéndice olfativo.
—Ni se te ocurra volver a hacerlo —gritó Erryl sacando otra pistola y apuntando a la nueva figura, que acababa de aparecer en el umbral de la puerta, mientras seguía apuntándonos a nosotros.
Era Dorotea. Tenía un mohín en los labios y miraba altivamente a los Fielth brooms repartidos por la sala.
—No la necesito —dijo tirando la pistola y dando un paso hacia delante.
Vi por el rabillo del ojo que Diana se llevaba las manos a la cabeza, y casi pude oír sus pensamientos: ¿Por qué diablos has tirado la pistola?
.
2
Los eruditos han discutido durante siglos, si Lem o Clarke han existido en algún momento histórico real, o se trata tan sólo de la cristalización de creaciones del inconsciente colectivo. Algo así como fantasmas del anhelo, necesidades subconscientes de una población embrutecida y pobre, alegorías de lo genérico convertidas en unos seres concretos. Meras fantasías, en fin, como la lotería nacional, Churchill o las ranas con pelo. Lo más extraño de todo es que, de un modo u otro, la historia de la Odisea haya llegado hasta nosotros y se haya convertido en la base de muchos mitos del Chisme, necesarios para comprender las creencias corellianas o reginianas.
Adela y Don Giovanni seguían mirándose con las bocas desencajadas. El descubrimiento de que las biblias que llevaban utilizando durante eones sus respectivas sectas no solo fueran diferentes, sino que desautorizaran literalmente a la biblia del otro, los acababa de dejar conmocionados. ¿Sería posible que todas sus diferencias se redujeran a eso, al cambio de un simple párrafo?
No, se decía a sí misma Adela, no era posible que un simple quítame ahí esa letra
sirviera para generar una historia totalmente distinta y enfrentada.
No, se repetía Don Giovanni, una palabra no tiene tanta importancia, es una locura que la tenga. Pero a su mente acudían en tropel, como invocadas por una jauría de monos locos palabras como mama
y mama
; gato
y gato
, vaca
y baca
, a
y ha
, ablando
y hablando
, hecho
y echo
...
—No —dijo finalmente en voz alta Adela—, vuestra biblia está equivocada. Lem fue un ciego de la antigua Grecia, que recorrió sus polvorientos caminos narrando en versos la conquista de Ciudad Selenita por una cohorte de belicosos astronautas de musculosas piernas.
Don Giovanni se restregó las manos antes de responder con voz cavernosa.
—Eso es ridículo.
—Pruébalo.
—No es posible que un mismo hombre haya escrito todas las obras cumbre de la civilización humana.
—¿Por qué?
—¿Bromeas? La Odisea, La Ilíada, La Divina Comedia, Hamlet, Don Quijote, Fausto, Solaris, Yo robot, El pecio, Antes del primer día y Las uvas de la ira. Ningún hombre puede escribir tanto y con ese nivel.
—Y sin embargo, aceptas sin asomo de dudas que Clarke escribió exactamente 3001 odiseas reales.
—Eso no es una cuestión de fe, sino de hechos.
—¿Como cuáles? ¿Que ha llegado hasta nosotros una obra llamada Odisea 3001 y se han perdido las restantes 3000?
—Tenemos varias odiseas más e incluso un chisme al respecto.
—Nunca se ha podido demostrar nada, y mientras nada se pueda demostrar, ese planeta se llama Lem, no Clarke.
—Se llama Clarke —repitió Don Giovanni masticando las palabras.
—Lem.
—Clarke.
—¡Lem!
—¡Clarke!
—¡¡Lem!!
—¡¡Clarke!!
Siguieron así los dos durante un buen rato, supliendo la falta de argumentos a base de volumen. De pronto, Adela hinchó todo lo que fue capaz los pulmones hasta que sus pechos dieron la impresión de que iban a hacerle estallar el hábito, y Don Giovanni perdió definitivamente la batalla, dividido entre su necesidad de rebatir aquella afirmación, y su otra necesidad, más apremiante aún, de guardar aquella imagen exhuberante entre sus recuerdos.
—¡¡¡¡Leeeeeeeeeeeeeeem!!!!
3
—No sigas avanzando —repitió Erryl mientras apuntaba a Dorotea.
—Quédate donde estás —le dije yo— lo conozco, y sé que es capaz de cualquier cosa.
—Vaya, vaya, vaya —resonó la voz de Corrianne—. Así que ésta es la famosa Dorotea. ¿Cuánto crees que nos pueden dar por ella, Gordhain?
—Depende de a quién se la vendamos; pero creo que tanto corellianos como reginianas están pujando fuerte por su cabeza.
Dorotea siguió avanzando hasta ponerse a un paso de Erryl. Vi un instante más tarde de la cuenta cómo el maldito quiebrasistemas sonreía y apretaba el gatillo. Intenté saltar sobre Dorotea para apartarla de la trayectoria del láser; pero una sombra, tan rápida como la luz, se me adelantó, apartó a Dorotea y el láser dejó un feo desconchón en una de las paredes.
—Soy la elegida —dijo Dorotea—. No podéis hacerme nada ni a mí ni a mis amigos.
—¿Por qué has hecho eso, Molly? —dijo Cliff.
Entonces me di cuenta de que había sido ella la sombra que acababa de salvar a Dorotea.
—Nadie me dijo nada de asesinar blanditos. Ya sabéis que me da mucha grima.
Entonces me miró.
(Voy a ayudaros).
(Loado sea el Gran Mecánico).
(No te hagas ilusiones, sólo lo haré con una condición).
(¿Cuál?).
(Me avergüenza un poco reconocerlo).
(No te preocupes, estoy dispuesto a todo).
(Bien, entonces allá va, quiero que me vuelvas a poner a toda máquina en cuanto todo acabe).
(¡Eso está hecho, robonena!).
(¡Fantástico! ¿Me dejaréis mirar?).
(¡Eh! ¿Y tú quién diablos eres?).
(¿Yo? Esto... Gordhain).
(¿Y quién te ha dado vela en esta conversación?).
(Bueno, yo... es que como os he visto así... hablando en mente alta, pensé que no os importaría, a fin de cuentas no pensaba molestar y me ha parecido muy sugerente...).
(¡Calla de una vez! ¿De verdad que éste es el inútil que me sustituye?).
(Tú sabes que no tienes sustituto, Hyleas, querido).
(Bueno, ya has oído a la dama. Márchate de aquí, esta conversación es privada.).
(De acuerdo, lo siento).
(Bien, ¿dónde estábamos antes de que ese estúpido nos interrumpiera?).
(En que me ibas a poner a toda máquina).
(Sí, por supuesto, pero justo después de eso).
(Ah, sí, mi plan para salvaros. No será fácil, aun contando con que podamos reducir a todos los robots aquí, tenemos que contar con los que están a bordo del Corrianne, y con el Corrianne mismo).
—Por el poder que me ha sido otorgado —dijo Dorotea interrumpiéndonos, y desde ese instante, hasta el momento en que vi como Corrianne huía en las distancias siderales a todo trapo, mi mente es un galimatías de imágenes confusas.
Tal y como ocurrió cuando intervino para salvarnos a Cosme y a mí de los secuaces corellianos, en la Taberna del Pescuezo Retorcido, todo es borroso. Sé que comenzó hablando de la hermandad universal, dijo algo acerca de ética, del tronco ontongénico aunque no filogenético que unía a robots y a humanos, de metaespacio informático, de la Nube, la borrasca y la llovizna; de la inenarrable lógica de los grillos y acabó hablando, una vez más, acerca de los secretos del sexo de los calamares.
4
—A fe mía que estos humanos son unos bichos serviciales y agradables —dijo Lord Frederick ante el asentimiento general.
—A pesar de su aspecto —dijo Lady Devina.
—En efecto, en efecto, a pesar de su aspecto son capaces de mostrar una sensibilidad exquisita para lo bello. Vean si no, esa centella que se acerca hacia nosotros casi a la velocidad de la luz, y que explotará en un ramillete multicolor de tonalidades insospechadas en el instante justo antes de alcanzarnos —Lord Frederick sintió unos pequeños golpecitos en su espalda. Se giró y vio ante sí la gigantesca mole del capitán.
—Sir, lamento mucho interrumpir la instructiva perorata con la que nos está maravillando a todos; pero ha surgido un asunto que es ineludible que ponga en su conocimiento.
—Adelante, capitán. Estoy a su servicio.
—Sí, claro, esto... Por favor, sir, le ruego que eche una mirada por el catalejo.
Lord Frederick sostuvo el catalejo frente a uno de sus ojos, y miró por él. Se puso lívido, se le secó la mucosa facial y tragó saliva.
—Se trata sin lugar a dudas de una interesante visión.
—¿Debo pues girar el timón varios grados a estribor?
—Si a su autoridad le place, lo consideraría un movimiento ciertamente ventajoso para nuestro confort.
—Sea pues...
—No, espera.
—Sí, ¿Señor?
—Mejor que sea a babor.
—Como usted considere más oportuno.
—A babor pues.
El capitán se alejó de la barra, abriéndose paso majestuosamente entre la multitud babosa, hasta llegar al timón. Sin perder en ningún momento la compostura, como se esperaba de un perfecto gentelman como él, hizo girar la rueda varios grados a babor, justo a tiempo para ver pasar por su lado, casi rozándolos, un destructor corelliano de clase A.
—Magnífica maniobra —dijo Lord Frederick e hizo chasquear sus labios al modo en que los humanos hacen chasquear sus manos para aplaudir.
Una ovación para el capitán se elevó entre los distinguidos invitados de aquella fiesta en cubierta.
—Querido —dijo Lady Devina sosteniendo el catalejo frente a su ojo—, quizá sería conveniente que volvieras a echar una ojeada por el catalejo.
Lord Frederick lo hizo y volvió a palidecer, a absorber sus mucus como si quisiera secarse y a tragar saliva.
—Lord Captain.
—¿Nuevamente a babor, Sir?
Lord Frederick asintió y el capitán volvió a girar el timón varios grados, justo a tiempo para ver pasar por su lado el destartalado buque de marina que nosotros conocemos como Corrianne Ciszewski. Fue una visión fugaz, pero Lord Frederick pudo ver cómo en el interior del buque se apelotonaban contra las escotillas un grupo de robots de ojos desencajados.
Lord Frederick se desembarazó un instante de su sombrero hongo, hizo que un pañuelo le retirara una pequeña película de sudor que se le acababa de formar sobre la frente, y volvió a ponerse el sombrero.
—Lord Captain.
—¿Sí, sir?
—¿Considera usted conveniente volver a poner rumbo hacia los fuegos artificiales?
El capitán cogió el catalejo guardado junto al timón y miró a lo lejos.
—Parece que ya han acabado con ellos.
—Oh... —sonaron varias voces, mayoritariamente femeninas.
—No obstante —prosiguió el Captain intentando consolar a sus viajeras—, podríamos seguir acercándonos para ver cómo son las instalaciones desde las que los han disparado. Tal vez siga habiendo allí humanos que nos puedan explicar a qué se ha debido todo esto.
Se oyeron unas risitas nerviosas hasta que habló Lord Frederick.
—Según mi guía, aquel rincón del sistema estelar wellsiano lleva deshabitado desde hace siglos. ¡Tal vez acabemos de asistir al modo milagroso en el que se reproducen los humanos!
—Tiene todo el sentido —dijo Lady Devina—, nunca los hemos visto desovar, debe de ser así como lo hacen.
—A toda máquina hacia... —Lord Frederick se recolocó las lentes para poder leer el nombre— el agujero de la Escolopendra.
5
—¿Estás seguro de que ése es el agujero? —dijo Cosme.
—Si las coordenadas que calculó Hyleas no fallan —dijo Hans—, es ése, no cabe duda.
—Mis coordenadas no fallan —dije yo.
—Pues no parece gran cosa —dijo Cosme—. ¿Estás seguro de que podremos entrar ahí?
—Créeme, amigo —dijo Hans—, he visto agujeros más pequeños en los que he acabado consiguiendo entrar. Todo consiste en tener paciencia, darle tiempo a los juegos previos y hacer los preliminares adecuados. ¿Verdad Hyleas?
No caí en la trampa de Hans, e hice como si no lo hubiera oído.
—No, ahora en serio. ¿Cómo diantres se supone que podamos pasar por ahí? —dijo Cosme.
—Lo cierto es que no tengo ni idea. Tal vez nuestra amiga Dorotea pueda volver a ayudarnos con un milagro.
Dorotea estaba tumbada sobre el sofá con las piernas mantenidas en alto por Diana. Intentó levantar la cabeza, pero de lo máximo que fue capaz fue de emitir un leve gruñido.
—Está muy cansada —dijo Diana—. Dejémosla descansar durante unas horas. Tal vez entonces le podamos preguntar.
—Así que al final tú también estás comenzando a creer en ella —dijo Hans.
—Nos acaba de salvar el pellejo en una situación de la que creí que no teníamos posibilidad alguna de escapar, así que sí, comienzo a creer en ella.
Dorotea susurró unas palabras casi ininteligibles.
—¿Queréis un milagro? Yo os daré milagro a vosotros.
En ese momento algo chocó contra nosotros y nos envió zumbando a través del agujero de la Escolopendra.
6
—¿Qué ha sido eso, Lord Captain? —preguntó Lord Frederick.
—Me temo que hemos chocado con algo.
—Caramba, qué contrariedad. ¿Hemos sufrido algún daño?
—No, todo parece correcto. No obstante los sensores son incapaces de detectar ningún objeto en nuestro campo que hubiera podido ser el culpable del choque.
—Mira querido —dijo Lady Devina—, el agujero acaba de crecer.