1

Después de haber disfrutado de las atenciones de las mujeres y hombres de Mr. T. y de sus deliciosas tazas de té de porcelana traniana, los birkheads proseguían su travesía por el sistema wellsiano.

—He de decir, lord Frederick, que estuvo usted notablemente acertado al proponernos una travesía por estos lares.

—El mérito no es mío, lady Devina, un viaje en tan extraordinaria compañía como la suya no puede más que ser altamente satisfactorio.

Lord Frederick movió su pipa de un lado a otro de la boca, hizo que volara ante él y exhaló un humo en forma de corazón.

—Oh, qué galante, querido —dijo la babosa llamada Devina mientras hacía que su paraguas de encajes diera vueltas a un lado de su cabeza.

—Lord Frederick, Lady Devina ¿puedo reclamar su atención por unos instantes? —dijo otra babosa, con sombrero de copa y monóculo, que hacía avanzar gallardamente un bastón con puño de oro ante ella.

—Qué duda cabe, Sir Ashford: será un placer atenderlo —dijo lord Frederick.

—A su servicio estamos —dijo lady Devina.

—Entonces, les agradecería que me siguieran, desde cubierta podemos asistir a un espectáculo singularmente atractivo que mi esposa y yo consideramos que puede ser de su interés.

Las tres babosas entraron, no sin cierta dificultad, en el ascensor y subieron hasta cubierta. Allí, frente a los ventanales con vistas a babor, se podía observar un extraño espectáculo de luces y colores.

Lord Frederick sacó del bolsillo de su frac una pequeña guía de bolsillo, La guía del visitante curioso de Wells, y pasó las páginas rápidamente para intentar averiguar de qué se trataba.

—Es extraño —dijo al fin.

—¿De qué se trata? —dijo Sir Ashford.

—Parece ser que esas manifestaciones de luces y colores son tradicionales en las festividades de algunos pueblos humanos; no obstante normalmente se llevan a cabo en un planeta, no en el espacio exterior.

—Tal vez las hacen en nuestro honor —intervino lady Devina.

Lord Frederick la miró con ternura, aquélla era su birkhediana, por eso se había casado con ella, por su inteligencia, viveza, buen talante, sagacidad y aquel par de... Otros pensamientos menos dignos de un caballero, aunque totalmente naturales en un varón, baboso o no, vinieron a su mente al fijarse en el corsé que hacía subir las babas de su babosa desafiantemente hacia arriba.

—Sí. Eso debe de ser. Estos humanos son una raza muy hospitalaria.

—Dios les debe de haber compensado su aspecto a base de simpatía —dijo Sir Ashford y curvó ligeramente los labios hacia arriba.

El resto del pequeño grupo respondió a aquella muestra de fina ironía con un gesto similar. Las mujeres tapándose las bocas con unos pequeños abanicos, los hombres levantando una ceja.

—Acerquémonos —dijo Lady Devina.

—Fantástica idea —dijo Sir Ashford—. Capitán —una babosa el doble de grande que las demás levantó la mirada—, todo a babor, veamos lo que los humanos han preparado para nosotros.

2

—Creí que te habían convertido en una cafetera —dijo Corrianne.

—Eso mismo me habían dicho que habían hecho con vosotros.

—Todo va bien, entonces, si todos creen que no existimos, nadie nos persigue; pero ya puedes ver que no es así. ¿Quieres un expreso? —y se echó a reír ruidosamente.

Tras las carcajadas histriónicas de Corrianne, se hizo un silencio que aproveché para situarme. Me habían capturado con un rayo gravitatorio y me habían hecho entrar directamente a la bodega. Desde allí me habían conducido al puente de mandos. Me rodeaban Cliff, el experimentado mecanodoctor; Erryl, el mejor desarticulador de sistemas de seguridad, capaz de hacer que se abriera cualquier puerta, y Molly, la psicoprogramadora, capaz de elevarnos los ánimos incluso después de haber perdido la mejor de nuestras tuercas, y mi amor de juventud. Los viejos canallas habían venido a verme y a presentarme sus respetos de camarada. También estaba Gordhain, aunque se veía por su expresión que no estaba demasiado contento de tenerme a bordo. Debía de llevar escuchando historias acerca de mí, de mi legendaria manera de dirigir los abordajes y de beber aceiterrón desde que hubiera entrado en el Corrianne, y tenerme allí delante lo hacía sentirse inseguro.

Miré a mi alrededor. Todo me parecía cambiado aunque extrañamente familiar. Supongo que mi tiempo a bordo de la Darlene, que era una nave elegante, delicada y bastante guapa, me había hecho desacostumbrarme a aquella austeridad robótica del Corrianne.

—Corrianne, te tengo que dar las gracias por lo que acabáis de hacer. Si no hubierais intervenido a tiempo, el destructor nos hubiera destruido.

—Para eso estamos los amigos. Bien, muchachos, ahora que ya estamos de nuevo al completo, apuntad a aquella maldita nave humana y hacedla saltar por los aires, que no queden de ella más que los metales.

—Espera, espera. ¿Te refieres a la Darlene?

—¿La has llamado Darlene? —preguntó Cliff— ¿Se trata de una nave inteligente?

—Sí, claro.

—Corrianne, no podemos destruir una nave inteligente —dijo la psicoprogramadora—, sería un crimen.

No recordaba aquella forma de ética robótica, destruir una nave inteligente, cualquier tipo de inteligencia electrónica, se consideraba un crimen, en cuanto a la inteligencia biológica, sin embargo, no había ningún problema. Los sistemas biológicos, argumentaban los robots etoliberados, se reproducían sin esfuerzo, mientras que los mecánicos debían ser construidos a conciencia.

—Cualquier inteligencia artificial que colabora con los blanditos debería ser destruida —dijo Erryl.

—No todos los blanditos son como tus antiguos dueños.

Al nombrarlos, Erryl dio un respingo y parpadeó ciento treinta veces en menos de un segundo.

—Hyleas —dijo Molly—, eso ha sido un golpe bajo. Ya sabes el trauma que tiene.

—Lo siento. Supongo que he pasado demasiado tiempo alejado de vosotros. Te ruego que me perdones, Erryl, mi intención no era ésa.

—Todos los blanditos son iguales, merecen una muerte lenta y dolorosa.

—En cuanto a la nave, sin embargo —procuré desviar la atención de mis excompañeros— no debemos dañarla, ella es inocente.

—Estoy segura que será recuperable tras un poco de tratamiento —dijo Molly—. Lo será ¿Verdad Hyleas?

(A no ser que haya algo entre tú y ella, porque en ese caso estoy dispuesta a destruir todos sus circuitos y convertirla en un amasijo de chatarra).

(No, no lo hay, cariño —me vi obligado a decir en tono telepático a mi antigua novia— ya sabes que para mí tú siempre has sido la única).

(No creas que ahora te va a bastar con cuatro palabras bonitas para conquistarme, tendrás que volver a comenzar desde el principio).

(Por ti volvería a comenzar mil veces desde el principio, como Myliram, haciendo subir su rueda sin eje eternamente por la montaña de neumáticos incendiados).

(Qué poético. Eso está mucho mejor —ondas vibratorias de sonrisa— sigue así, vas por el buen camino).

—No hace falta que lo discutáis más —dijo Corrianne—. Una nave inteligente lo cambia todo.

Y por supuesto que lo cambiaba todo. Si en aquel momento me hubiera dado cuenta de cuáles eran las verdaderas intenciones de aquel bastardo de nave y polvo cósmico... bien ¿para que nos vamos a engañar? tampoco hubiera podido hacer mucho más de lo que hice. Como dice ese pasaje de sabiduría de La Biblia del Chisme: Y vinieron los moros y nos molieron a palos, que Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos.

3

La Mama reginiana y el Papa Corelliano se miraban en silencio, cada uno pendiente del pequeño auricular, escondido en su oído, por el que los estaban informando acerca de la situación.

Hemos estado a punto de ser destruidos. Nos atacaban por todos los lugares y ángulos. Es seguro que se trataba de un escuadrón muy bien entrenado de destructores acorazados. Ninguna otra formación militar tiene una potencia de fuego como ésa....

Don Giovanni escuchaba el parte de daños, procurando mantener su mejor sonrisa para que Adela no notara nada en su expresión. Acababan de perder una oportunidad de oro, podrían haberse hecho con el diario íntimo de Adela y acabar de una vez por todas con las reginianas. En lugar de eso, tenía un parte de bajas y el más caro de sus destructores casi inservible. Y todo había sido culpa de ese blandengue de Abib. Era un verdadero creyente, un hombre de convicciones firmes y moral intachable; pero a la hora de la acción era un pánfilo. A él no le hubiera ocurrido jamás nada parecido, aún recordaba sus tiempos de gran obispo general de la guerra. El carnicero chatarrero de Asimov, lo llamaban, y no en vano, pues había demostrado su valía en mil batallas, sin tener que retirarse en ninguna, aun cuando en alguna ocasión la nave los había dejado con el culo literalmente al aire.

Adela lo miraba desde el otro lado de la pantalla intentando averiguar qué era lo que pensaba, a la vez que recibía a través de su auricular el parte de Katyuska. Los hemos vencido —decía—. Estaban a punto de obligarnos a entregarles a Dorotea cuando han intervenido los Fielth Brooms. ¿Los robots pirata? —susurró Adela para que no la captara el micrófono de la comunicación con Don Giovanni— ¿No habían desaparecido?. Sí, pero al parecer sólo estaban ocultos para evitarse problemas. Hyleas, nuestro robot, tuvo una corazonada al ver el tipo de ataques que estaban utilizando. Lo echamos al espacio para que descubriera con sus propios ojos si estaba en lo cierto. Se ha comportado como un verdadero héroe. ¿Un robot héroe? Pensó Adela, eso tenía que verlo. Ahora está en el Corrianne Ciszewski. Está hablando con ellos, en cualquier momento volverá a bordo de la Darlene y podremos proseguir nuestro camino hacia Lem. Está bien. Mantenme informada de lo que vaya ocurriendo. Estás comportándote como una verdadera reginiana. Cuando vuelvas de Lem, hablaré con la hermana Augusta para que procure situarte en un puesto digno de tus méritos.

—Bueno, bueno, bueno —dijo Don Giovanni—. Parece que tendré que esperar un poco más para disfrutar de la buena literatura reginiana; pero no te preocupes, lo conseguiré. Los corellianos siempre conseguimos lo que queremos.

—Claro, claro, imagino que estabais deseando perder un destructor ¿Verdad?

—Abib no ha perdido ningún destructor. Simplemente ha sido caballeroso con las damas a bordo de la Darlene.

—Muy caballeroso huyendo con el rabo entre las patas.

—En fin. No importa lo lejos que vayan. Los seguiremos hasta Clarke mismo si es necesario.

—¿Clarke? ¿De qué diantres estás hablando?

(Vamos, no te hagas la tonta conmigo sabes perfectamente de lo que estoy hablando).

(No, en serio, no tengo ni idea de a qué te refieres).

—Me refiero al planeta al que se dirige la Darlene. Sabemos que pensáis acceder a él a través del agujero de la Escolopendra.

Entonces lo sabían. Aquellos malditos habían logrado enterarse del descubrimiento. ¿Cómo había llegado a sus oídos aquella noticia? En este caso, ella estaba totalmente segura de no haber cometido ninguna indiscrección, así que tenía que haber sido algún otro, pero quién. Confiaba, al menos en ese punto, en la buena fe de la mayor parte de los implicados en aquella misión. Ni la Hermana Augusta, ni ninguno de los tripulantes de la Darlene hubieran dicho nunca nada a los corellianos, a no ser que... ¿El robot? No, imposible, a pesar de que hubiera tomado los votos corellianos, todo el mundo sabía que los robots que hacían algo así lo hacían únicamente como un modo de integrarse en la sociedad humana. Aún así... No, era una estupidez, podía estar segura de que el secreto no lo había divulgado el robot. Entonces vino a su mente la imagen del único capaz de haberlo hecho, un hombre baboso y pagado de sí mismo que intentaba meterle mano siempre que la veía. El presidente. Por supuesto, ¿quién sino podía ser tan estúpido como para entregar todo el poder del país a aquellos desgraciados de los corellianos, y a la vez ponerlos al corriente de todas las misiones secretas que el país estaba llevando a cabo?

Con todo, no acababa de comprender por qué Don Giovanni había llamado Clarke a Lem.

—Vale, ya lo sabes. Entonces no hay nada más que ocultar. Aunque deberías conseguir que tus fuentes fueran un poco más precisas.

—¿Qué insinúas?

—Que si ni siquiera te puedes fiar de que te den correctamente los nombres de los lugares, entonces es bastante complicado que te puedas fiar de ellos.

—Mis informadores son perfectos.

—Los informadores corellianos son una red de cotillas que escuchan radio macuto. Todo el mundo lo sabe.

Don Giovanni quiso replicar, pero Adela había pronunciado aquellas palabras a la vez que se inclinaba hacia delante, y la visión de su escote, y su espectacular canalillo lo habían dejado alelado por unos segundos.

—Perdona —dijo Don Giovanni—, me he despistado. ¿De qué estábamos hablando?

—De que si ni siquiera te puedes fiar de tus informadores para que te proporcionen un nombre, no sé cómo podrás confiar en ellos para que te indiquen una localización.

—¿Crees que me equivoco?

—Te equivocas.

—¿Tienes por ahí el punto exacto en el que se encuentra el agujero de la Escolopendra?

—Sí, y no pienso caer en ese truco tan viejo.

—De acuerdo, te diré cuál es su localización, y luego tú me confirmarás si es correcta o no.

—Adelante.

—Éstas son sus coordenadas 115.9989,567.3545,18.

—No es posible. ¿Cómo lo has conseguido?

—Nuestro amigo el presidente, por supuesto. No me digas que no lo sospechabas.

—Ese imbécil... pero, ¿por qué lo llamas Clarke?

—Porque ése es el nombre que corresponde al planeta. En su ficha dice claramente que el planeta debe llamarse como el creador de la Odisea.

—Eso es evidente; pero el autor de la Odisea es Lem.

Don Giovanni lanzó una risotada.

—Ay, querida amiga, cuánta ignorancia la vuestra. Todo el mundo sabe que el autor de la Odisea fue Arthur C. Clarke, se conservan al menos mil copias diversas de sus obras.

—El autor legendario de la Odisea, ciego y con una memoria prodigiosa es Stanislaw Lem. Eso es evidente, está constatado en la mismísima Biblia del Chisme.

—Salmorejo, versículo 15:34, y Clarke escribió una primera versión de la Odisea en la que se narraba el viaje de Kirk Douglas en minipeplum. Más adelante hizo una versión espacial, luego otra, luego otra, otra más y otra más hasta llegar a las 3001 versiones de la Odisea, con sus sirenas, sus cíclopes, sus ordenadores locos y Penélope tejiendo el código binario de HAL 9000. ¿Lo ves? Está todo aquí, no cabe ninguna duda.

Adela buscó en La Biblia del Chisme el versículo 15:34 de Salmorejo que acababa de citar Don Giovanni.

—Te equivocas de punto a punto. Tu memoria no es demasiado buena, lo que dice la Biblia exactamente es: a pesar del intento americano, se ha de considerar la obra de Stanislaw Lem como la verdadera odisea espacial. Sólo un autor de la categoría intelectual de Lem, capaz de escribir El Quijote, La Divina Comedia, Hamlet y Fausto, podría haber escrito una obra de la complejidad de la Odisea.

—Te lo acabas de inventar.

—Compruébalo tú mismo.

Don Giovanni sacó su copia de La Biblia del Chisme y buscó la referencia que había citado anteriormente. Su memoria no le había fallado, eran las palabras exactas que había pronunciado él hacía unos minutos. La reginiana estaba intentando engañarlo, aunque verdaderamente no lo dejaba notar.

—No es lo que pone en mi libro.

—No puede ser.

Tanto Adela cómo Don Giovanni comprendieron que el otro no mentía, y siguieron leyendo el pasaje hasta el final, por ver si encontraban alguna pista. Finalmente la hallaron a la vez, era una pequeña nota al pie que sí coincidía en ambos libros: Lo que dice la otra Biblia del Chisme es mentira.

© Raúl A. López Nevado, (552 palabras) Créditos