SEGUNDA PARTE: Que trata de cómo la Darlene alcanza el planeta al que se dirigieran y las extraordinarias, ilustrativas y disparatadas aventuras que, una vez en su suelo, acontecen a los darlenautas.

Interludio

—Espera, espera. ¿Pretendes que me crea, que tú solo fuiste capaz de acabar con un destructor estelar y toda su dotación de cazas?

El hombre, achaparrado y fuerte como un toro pero de expresión más bien simple, interrumpe al robot y lo mira desafiante por encima de su jarra de cerveza.

—No pretendo que creas nada, Terrance —dice el robot sin despegar los ojos de su jarro de aceite.

—¡Venga ya! Ni tú ni nadie puede destruir un destructor. Eso es una imposibilidad natural.

En la taberna se hace el silencio, los pocos que no habían estado atendiendo a la historia del robot, ahora se interesan en el enfrentamiento entre Hyleas y Terrance.

—Cuento las cosas tal y como ocurrieron. Tú mismo siempre has dicho que carezco de imaginación.

—Y no la tienes, simplemente eres un mentiroso. Si la tuvieras explicarías algo creíble —lleva una mano bajo su cinturón y saca una pequeña caja rectangular— lo he grabado todo. Escuchemos tus palabras exactas.

La manera de aniquilar a un destructor es una cuestión de paciencia y gónadas. La gente se suele arredrar ante ellos debido a su capacidad destructiva; pero a fin de cuentas son tan vulnerables como otra nave, sólo que con un casco de titanio de quince metros de espesor; una barrera electrostática, dispuesta para freír cualquier objeto que entre en su campo de energía, y un sensor nuclear capaz de aniquilar una pequeña Luna

—Después de decir esto: ¿De verdad esperas —prosigue Terrance—, que me crea que un robot debilucho como tú puede salir al espacio exterior; esquivar un enjambre de cazas inteligentes y otros pilotados; cruzar todas las murallas defensivas del destructor; penetrar en su interior taladrando con sus propias manos el casco, como si fuera un perro escarbando en la arena; atravesar sus pasillos plagados de tropas de élite; llegar al circuito en el que se encuentra su ordenador central, amenazarlo con volarle los circuitos y conseguir que se retire con el rabo entre patas?

El robot no responde, se limita a llevarse la jarra de aceite a los labios y a limpiarse descuidadamente con el dorso de la mano, manteniéndole la mirada.

—Piensa lo que quieras —dice al fin.

—Eres un farsante. ¿Me oís todos vosotros? Este robot es un farsante. Te lo estás inventando todo. ¿Me oyes, tabernero? Sólo cuenta lo que sabe que os satisface para que sigas poniendo jarra tras jarra frente a él. La gente —dice volviendo a dirigirse a Hyleas— quiere acción, pero también verdad.

—Como con La Biblia del Chisme, ¿no?

—Eso es totalmente distinto, se trata de un libro sagrado, no tiene por qué someterse a las prerrogativas de la verdad.

—Claro claro...

1

La cosa estaba jodida. Sólo con el destructor nuestras oportunidades de escapar se hubieran reducido a una entre cien; al incorporar los cazas a la ecuación, nuestras oportunidades eran nulas. De una rápida ojeada contabilicé al menos cien cazas XLT último modelo. Si la Darlene hubiera contado con algún caza a bordo, tal vez podríamos habérnosla jugado. Katyuska y Hans eran pilotos endiabladamente buenos, verdaderos héroes galácticos con su correspondiente título académico sacado a distancia (prácticas en simulador). ¡Pero diantres, la Darlene era una pacífica nave de exploración! Disponía de cañones porque en un universo aún desconocido, aquella medida de precaución se había convertido en imprescindible para pasar la ITV; pero dudo mucho de que nunca los hubiera disparado, dudo incluso de que dispusiera de munición.

La imagen de un hombre atildado y altivo apareció en la pantalla. Se trataba de Abib, la mano derecha de Don Giovanni.

—No hagáis ninguna tontería. Entregadnos a Dorotea y os dejaremos marchar indemnes. No hacedlo, y os destruiremos. ¿Qué decís?

Me adelanté a responder antes de que lo hiciera Diana y nos metiera en un lío.

—Estimado señor —dije en mi tono más zalamero—, sabe que las leyes de la hospitalidad espaciales nos obligan a proteger a nuestra invitada.

—Las leyes de la hospitalidad espaciales sólo obligan a los corellianos.

Hice una reverencia, abrí mi pecho de metal, saqué mi medallita corelliana y la mostré a la cámara para que Abib la pudiera ver con claridad.

—¿Eres corelliano?

—Lo soy, hermano —dije mientras mantenía a mi espalda una mano con los dedos cruzados.

—Siempre pensé que los robots no podían ser karinizados.

—El papa Corleone II, en su encíclica 435-35* * */\##@@ nos consideró seres con alma y por tanto susceptibles de karinizo. ¿Comprendes ahora, hermano, nuestra situación? Yo lo haría con mucho gusto; pero sabes que no puedo sin deshonrar nuestros votos.

—Comprendo, por supuesto. Eso lo cambia todo.

—¿Nos podemos marchar, pues?

—No, hermano, esperad unos segundos, no lo consideréis una ofensa contra vuestra libertad. Se me acaba de ocurrir una idea, voy a consultarlo con Don Giovanni, tal vez si él concede una dispensa papal podáis entregarnos a la pecadora sin caer vosotros en pecado.

Abib se llevó la mano al pecho en un gesto de respeto, antes de desaparecer de la pantalla.

—¿De verdad eres corelliano? —preguntó Hans.

—Qué corelliano ni que niño muerto. ¿No has visto cómo cruzaba los dedos?

Me abrí el pecholata y saqué un fajo de medallitas: ésta para los calumnistas, mis preferidos, todo hay que decirlo; ésta para los libertabuenos; ésta para los encierramalos; ésta para los tralarirorianos; ésta para los ozúntios; ésta para las reginianas y este rollo de papel en blanco para los iconoclastas. Nunca sabes cuándo te puede venir bien que un enemigo se sienta tu hermano.

—Estamos metidos en un buen lío —dijo Diana—. Los corellianos llevan un registro detallado de todos los iniciados. Si a ese lameculos de Abib le da por comprobar tus credenciales descubrirá la mentira.

—En realidad no. Es cierto que estoy karinizado. Me sometí al ritual al poco de que desarticularan a los Fielth Brooms. Me pareció interesante darle veracidad a mi subterfugio por si alguna vez me veía en la necesidad, y además, la karinización, de toda la caterva de ritos iniciáticos de la mayoría de religiones, es comparativamente inocua.

—Yo no diría tanto —dijo Hans—; pero, en todo caso, no comprendo cómo te han podido cortar el prepucio.

—Creo que te confundes con la circuncisión.

—Circuncisión, karinización ¿Qué más da?

—Te convendría saber la diferencia, te lo aseguro.

—En la karinización nadie se acerca a tus colgajos —dijo Cosme—, les basta con unas cuantas uñas y un pelo.

—Igualmente, no comprendo como un robot...

—Un poco de imaginación, no es tan difícil.

—¿En la tienda de Blas?

—Exacto.

—Ese hombre es fantástico, si no te lo consigue él, entonces no existe.

—Chicos, chicos —dijo Diana—, creo que os estáis desviando del tema principal que tenemos que discutir. Calculo que, comprobado que Hyleas sea o no un verdadero corelliano, Abib no debería tardar más de diez minutos en conseguir la dispensa papal de Don Giovanni —miró su reloj—. Cuatro minutos, si descontamos los seis minutos que llevamos discutiendo.

En ese momento algo impactó contra la Darlene y nos arrojó al suelo. La batalla acababa de comenzar.

2

Con ella no pensaba utilizar las amenazas como con el presidente. No funcionarían, la voluntad de Adela las identificaría rápidamente y las volvería contra él. ¿Tan desesperado estás que intentas asustarme en lugar de demostrarme que tienes razón?. No, pensó Don Giovanni, con Adela era mejor emplear un método más sutil y elegante.

Marcó su número, y espero que respondieran del otro lado frotándose las manos cada vez más rápido.

—Diga —dijo Adela al aparecer en la pantalla—. Ah, eres tú.

—¿Cómo está mi Mama reginiana favorita?

—Dime lo que quieras rapidito, no me hagas perder tiempo.

—Sólo llamaba para comprobar cómo te encuentras.

(Ahora que estamos a punto de hacernos con tu diario íntimo).

(¿Mi diario íntimo? Yo no gasto de esas cosas).

(Vamos, no te hagas la disimulada. Sabemos que lo has perdido y que has puesto media galaxia patas arriba para buscarlo).

(Ah, eso. No, no. Te debe haber llegado mal la información. Lo que he perdido es mi armario ínfimo).

(¿Armario ínfimo? ¿Cómo demonios estelares puede alguien perder un armario?).

(Porque es ínfimo).

(Ah, claro, comprendo. Igualmente... ¿Estás completamente segura de que lo que has perdido es un armario ínfimo?).

(¿Armario ínfimo? Hay que ver qué cosas más raras que dices).

(Pero si eres tú quién me lo acaba de decir...).

(LALALA, TRALALA, TRALALÁ, no escucho nada, no escucho nada).

(Es igual, déjalo).

—Giovanni, ¿Se puede saber qué te pasa? Llevas cinco minutos traspuesto con la mandíbula colgando.

—Sí, bueno, eso...

Giovanni se preguntaba si la conversación mental que acababa de tener había sido real. La reginiana actuaba como si no hubiera escuchando ni respondido nada; pero todo podía ser una treta. Debía volver a intentarlo.

(Sabes bien que has perdido tu diario íntimo, y que sospechas que está en manos de Dorotea Garland, vuestra asistenta).

El maldito lo sabía. Adela se preguntó hasta qué punto se había extendido esa noticia entre todos los corellianos. Debía seguir disimulando, ganar el máximo tiempo posible. Sobre todo, debía procurar que los corellianos se alejaran de Dorotea. Agradeció para sus adentros que la ladrona se encontrara tan lejos, y rogó porque entre los tripulantes de la Darlene no hubiera ningún corelliano infiltrado, igual que ella tenía a una reginiana. Bien merecía la pena seguir marcándose un farol.

(Yo no he perdido ningún diario, yo no he llevado jamás uno íntimo. La Mama reginiana no tiene nada que ocultar. Si lo que quieres es conocer mi vida, no tienes más que comprar mi biografía).

(¿La autorizada o la no autorizada?).

Cualquiera de las dos, a fin de cuentas ambas habían sido escritas tras consultar con ella, y en tono totalmente panegírico.

—Te llamaba —dijo Don Giovanni— para comunicarte que no es necesario que te preocupes más. Tenemos la Darlene cercada.

—¿La Darlene?

(Sí. la nave que enviasteis a investigar ese nuevo agujero de gusano. ¿Cómo lo llamaste en tu comunicación? Ah, sí Lem).

¿Era posible - pensó Adela - también eso lo sabrían?

—La Darlene es una nave libre que viaja con permiso del mismísimo presidente. Yo que vosotros no me atrevería a retenerla.

—¿El presidente? ¿Te refieres al mismo que ha abdicado todo su poder en mí?

—No tienes ningún derecho...

—Te equivocas. Tengo todos los derechos del mundo a hacer lo que quiera con esa nave —mientras Don Giovanni hablaba, Adela comenzó a marcar el teléfono de Katyuska. Necesitaba hablar con ella y comprobar si lo que le estaba diciendo el corelliano era cierto—. Soy el nuevo presidente, y si sospecho que la Darlene o tú formáis parte de la conspiración para derrocar al gobierno anterior, puedo hacer lo que me plazca con vosotros. Tu inmunidad no te salvará esta vez.

En el pequeño comunicador que Adela sostenía entre sus manos, fuera de la vista de Don Giovanni, apareció la imagen de Katyuska, estaba despeinada y hablaba atropelladamente; pero por lo demás no parecía estar demasiado preocupada.

Don Giovanni aprovechó que Adela parecía meditabunda para contactar con Abib por la pantalla secundaria y asegurarse de que ya hubieran abordado la Darlene.

3

La segunda explosión fue aún más fuerte y fue seguida de una serie de al menos cinco réplicas que acabaron lanzando a mis compañeros humanos al suelo. Tras varios intentos para levantarse, Katyuska se arrebujó en un rincón, mientras Diana y Cosme se ponían en pie trabajosamente y Hans acudía a comprobar que estuviera bien.

—Informe de daños —dijo Diana.

—No hay daños —contestó la Darlene.

—¿No hay daños? ¿Seguro?

—No hay daños. Seguro.

—Muéstrame el exterior, quiero ver lo que está pasando.

Las cámaras de la Darlene barrieron el exterior sólo para comprobar que nos acabábamos de quedar solos. No había ni rastro de Abib, ni su destructor, ni los cazas corellianos.

—Es un milagro —dijo Cosme.

El comunicador comenzó a sonar con un tono urgente.

—Conéctalo —dijo Diana a la Darlene.

4

Abib apareció en la pantalla.

—¿Se puede saber qué diablos está pasando? —preguntó Don Giovanni, mientras vigilaba con el rabillo del ojo que Adela no lo viera murmurar.

—Hemos sido atacados —dijo Abib.

—Está bien. Destruid al enemigo y traedme de una vez a esa maldita Dorotea.

—Señor, le ruego que disculpe mi atrevimiento; pero creo que no entiende la situación. Hemos sido atacados y...

Don Giovanni ya no escuchó más. En la pantalla que le mostraba a Adela, ésta acababa de inclinarse descuidadamente hacia delante, y la cámara le mostraba una estupenda perspectiva de su canalillo. Don Giovanni pulsó el botón para capturar y hacer zoom sobre la imagen, y recreó la vista en su espectáculo, intentando retener hasta el más mínimo detalle. Pasados unos segundos, Adela se volvió a echar hacia atrás, y la divina pechera dejó de mostrarse.

Don Giovanni aún tardo unos segundos en volver a ser consciente de las palabras de Abib.

—...nuestros cazas están inutilizados. Primero dejan de funcionar, y luego desaparecen de los radares. No sabemos por dónde nos vienen los ataques; pero alguien nos está eliminando poco a poco.

—¿Y qué sugieres hacer?

—Necesito su permiso para enviar un bote para abordar a la Darlene en una operación relámpago y marcharnos. He comprobado que hay uno de los nuestros entre sus tripulantes.

—¿Uno de los nuestros?

—Sí, se trata de Hyleas. Un robot.

¿Un robot podía ser corelliano? Se preguntó Don Giovanni.

—¿Está él de acuerdo con el abordaje?

—Todavía no he tenido oportunidad de preguntárselo. Hay algo que inhibe nuestras posibilidades de enviarles una comunicación.

Una nueva explosión hizo temblar la imagen de Abib.

—¿Qué ha sido eso?

—Fuego enemigo. Nuestra situación es complicada, como le acabo de decir.

—Está bien, practicad el maldito abordaje y salid de ahí cuanto antes.

—Hay algo más.

—Di.

—Necesito una dispensa del voto de hospitalidad. El robot dice que si no es con una, no puede permitir que Dorotea sea capturada por nosotros sin defenderla.

—¡Malditos ortodoxos! Está bien, está bien. Dispensa concedida.

—Muchas gracias su santidad. Lo mantendré informado.

La imagen de Abib desapareció de su pantalla, y Don Giovanni volvió a posar los ojos en Adela. Había que reconocer que, para sus años, la Mama reginiana se conservaba verdaderamente bien. En su mente recreó la escena que más tarde dibujaría en su cuaderno de dibujo: Adela tumbada en la arena de una playa desierta, vestida apenas con un bañador diminuto. La visión de su canalillo, de hacía apenas unos segundos, le sería de lo más práctico a la hora de dibujar los detalles de su escote.

Don Giovanni estaba tan embebido en sus pensamientos, que no fue capaz de oír las palabras de Adela cuando ésta volvió a hablar.

5

Abib apareció en una de las pantallas de la Darlene.

—No os preocupéis, hermanos.

—No somos tus hermanos —dijo Cosme— ¿Se puede saber qué está pasando ahí afuera?

—Nos están atacando, pero no os pensamos dejar desamparados. Hemos comprobado las credenciales del hermano Hyleas. Es un corelliano piadoso y beato. Todos sus compañeros, pues, seréis considerados como nuestros propios hermanos.

—¿Pero quién nos ataca?

—Las reginianas, por supuesto. Esas malditas mujeres son incapaces de dejarse vencer pacíficamente.

Un nuevo estallido estuvo a punto de arrojarnos al suelo, y la imagen de Abib en la pantalla se desvaneció.

—Vuelve a conectarlo —dijo Diana.

—Imposible —dijo Darlene —. Hay algo que inhibe su señal.

—Bien vuelve a rastrear la zona con tus cámaras. Quiero saber lo que está pasando.

Se encendieron varias pantallas nuevas con las imágenes recogidas por los barridos de las cámaras. Sorprendentemente todas mostraban la misma imagen, como si se tratara de un anuncio congelado en un circuito de televisión.

—BIENVENIDOS A ESPACIAD´OR, PLANETA DE VACACIONES, LOS MEJORES RESORTES ESPACIALES PARA SU JUBILACIÓN.

—¿Qué diantres quiere decir eso? —preguntó Hans.

—Creo que yo lo sé —dije—. Darlene, ¿podrías conectar los micros?

—Pero Hyleas, el espacio...

—Sí, sí, ya lo sé, la ausencia de presión y la imposibilidad de desplazarse de las ondas de sonido y todo eso; pero hazme caso, por favor.

Aceiterrón, aceiterrón, una botella de aceiterrón.

Hubiera reconocido aquellas voces desafinadas en el mismísimo fin del Universo.

Un aparte

—Posadero —dice el robot—, otra botella de aceite.

—Entonces —pregunta Ruthie, el tití parlanchín— ¿no es cierto lo que has explicado antes?

El robot da un largo trago a su jarra de aceite antes de contestar.

—No lo es, pero sólo en parte. Es cierto que tuve que salir al espacio exterior, y que fue gracias a mi acto que acabamos venciendo al destructor corelliano y sus cazas.

—¿En serio?

—Sí, mira, ahora que se ha marchado ese imbécil de Terrance, a vosotros os lo puedo contar exactamente como pasó; pero me tenéis que prometer que ninguna palabra de las que diga de ahora en adelante saldrá de esta sala.

Ruthie, el tití parlanchín; Aphia, la lagartija tricolor; Odila, la polilla romántica; Martrueco, el cuervo blanco y Pacheco, la hormiga espacial y tabernera, asienten. El resto de su auditorio hace tiempo que se ha desconectado, así que el robot prosigue.

—Fueron mis viejos amigos: los Fielth Brooms.

—¿No habían desaparecido?

—Eso creía yo. De hecho, ellos mismos se habían encargado de hacer correr esa idea para evitarse más persecuciones, y poderse dedicar a su tranquilo oficio de desvalijadores profesionales, sin que nadie los molestara.

6

—Rápido Darlene —dije corriendo hacia el cañón de las cápsulas de salvamento—, necesito que me arrojes al espacio.

—¿Se puede saber qué demonios pretendes?

La voz de Cosme me llegó ya lejana.

—Luego os lo explico. Tengo que darme prisa antes de que esa panda de cabrones enlatados se decidan a hacer reventar la Darlene como una piñata.

Entré en la plataforma de lanzamiento de un salto y cerré las escotillas.

—Ahora.

Darlene había comprendido mi premura y me lanzó hacia el exterior sin que tuviera que repetírselo. En una milésima de segundo, surcaba el espacio intentando localizar al Corrianne Ciszewski, oculto tras una barrera de camuflaje.

7

Mientras tanto, a bordo del Corrianne Ciszewski.

—Nos atacan —dijo Gordhain, el robot, bastante más feo y tonto que yo, que me había sustituido en el puente de mandos.

—Es imposible —dijo Corrianne— no pueden habernos visto.

—Lo mejor sería tomar la delantera nosotros y destruirlos antes de que ellos nos ataquen con un rayo calórico o algo por el estilo.

—¿Rayo calórico?

—Bueno, sí, ya sabe...

Si Corrianne hubiera tenido manos, en ese momento se las hubiera llevado a los ojos. Aquel estúpido de Gordhain era lo mejor que había encontrado; pero eso no significaba que se encontrara a gusto con él.

—¿Disparo pues?

—Sí... No, espera. Parece que el proyectil que han lanzado está diciendo algo.

Enfocaron los receptores de radio hacia un servidor.

—¿Son palabras? —preguntó Gordhain.

—Parece que sí.

—¿Un proyectil inteligente?

Bastante más que tú, pensó Corrianne.

—Conecta los altavoces, veamos lo que dice.

¡No disparéis, que soy yo, cabroooneees!!.

© Raúl A. López Nevado, (552 palabras) Créditos