1

Sospecho que Adela se dispone a traicionarme.

—¿La Mama reginiana? ¿Alta traición? Cuenta, cuenta...

El presidente vaciló unos instantes antes de continuar.

—Verá, Don Giovanni, lo que le voy a explicar ahora tiene que quedar entre nosotros.

—Claro, claro...

—Instalé un circuito de vídeo en la celda de Adela con la intención...

—Es usted un hacha —lo interrumpió Don Giovanni—, seguro que sospechó desde el primer momento de ella y por eso lo hizo.

—Sí, esto... bien, claro, por supuesto que lo hice por eso...

—Prosiga, lo escucho atentamente.

—La cuestión es que al revisar una de las últimas grabaciones oí que decía: —rebuscó un postit en el que había anotado las palabras y las recitó con voz átona— pistolas, naves, malditos bastardos y el guapo, entre otras cosas que no pude interpretar.

El hombre en la pantalla curvó los labios en una sonrisa prácticamente imperceptible. Tenía a las reginianas donde había querido tenerlas desde hacía tiempo, ahora debía ser precavido, moverse sin que aquel imbécil del presidente sospechara de nada.

—No parece caber ninguna duda de que se trata de una conspiración para derrocarlo.

—Eso he creído yo también.

—Y eso demuestra que es usted un hombre sabio.

—Lo soy, por supuesto —dijo el presidente metiéndose una mano entre los botones de su casaca —. Pero ¿Qué se supone que he de hacer ahora?

Ése era el momento que Don Giovanni había estado esperando. Desplegó las manos y las puso frente a sí, con las palmas hacia arriba en un gesto de sinceridad absoluta, de no tener nada que ocultar, como cuando los magos hacen que la atención de su público se dirija precisamente al lugar equivocado.

—Déjelo en nuestras manos, Sr. Presidente. Usted ya se ha esforzado bastante, y las reginianas son un cuerpo demasiado poderoso aun para un ejército.

Aquello era lo que el presidente quería oír: que los corellianos se harían cargo de todo, mientras él podía desentenderse y disfrutar de una merecida tranquilidad.

—Lo mejor sería que abdicara en mi humilde persona —dijo Don Giovanni.

—¿Abdicar? Pero mi gente me adora, no podrían sobrevivir sin mi guía firme y varonil.

—Señor presidente, en estos momentos su seguridad es lo más importante, estoy seguro de que sus ciudadanos comprenderán la situación. Además, sólo sería mientras eliminamos a las reginianas como amenaza.

—En ese caso, abdico.

—Muy bien —dijo Don Giovanni frotándose las manos—. Mientras dura esta crisis, debería ocultarse en un lugar seguro. Tengo un yate, el Sirena de los bosques...

—¿El de las cien sirenas? ¿El único con una tripulación íntegramente femenina?

—Si no le parece adecuado también podría prestarle el Tritón...

—¡No, no, no, hecho! El Sirena de los bosques será perfecto.

—También debería hacerme llegar cuanto antes esos vídeos de los que me ha hablado, para que podamos determinar cuál es exactamente la naturaleza de la amenaza.

—Hecho.

Y lo hizo todo, vaya si lo hizo, sin perder ni un instante ni un segundo, no fuera a ser que el pontífice corelliano se lo pensara mejor y se echara atrás. Aquello era lo que el presidente siempre había deseado, sin responsabilidades, pero tratado como un alto mandatario. En unas largas vacaciones por los mares del sur, rodeado de mujeres en bikini; pero con la excusa de estar manteniéndose a salvo por el bien de su país.

—Muy bien, muy bien —dijo Don Giovanni—. Ya está todo hecho. Ahora mismo estoy transmitiendo las partes escogidas de esta conversación que acabamos de tener, a todos los medios importantes para que se hagan cargo de que soy el nuevo presidente. Unas últimas palabras antes de cortar la comunicación...

Como me falles, como intentes cualquier cosa, como pretendas recuperar el poder con alguna excusa baladí, me aseguraré de arrancarte una a una las uñas, luego las primeras falanges de los dedos de los pies y de las manos y servírtelas en bandeja.... Otra vez estaba ahí, pensó el presidente, aquella segunda voz de Don Giovanni que lo hacía estremecerse.

—...Cuídese mucho señor —prosiguió Don Giovanni—, Thinlizzy lo necesita vivo.

2

Tras este sorprendente giro en los acontecimientos. El presidente se halla en paradero desconocido, aunque hay quien asegura que se lo ha visto a bordo del Sirena de los bosques, rodeado de mujeres....

Diana cambió de canal.

El golpe de estado provocado por las reginianas deja en muy mal lugar este grupúsculo religioso de cuyo peligro ya habían venido advirtiendo repetidamente....

Diana volvió a cambiar de canal.

¿Son los corellianos una fuerza de protección o de invasión? Esto es lo que muchos ciudadanos de Thinlizzy han pensado esta mañana al ver tomadas las calles de sus ciudades por un despliegue militar como no se había visto a este lado de la galaxia en mucho tiempo.

—No hay ninguno que diga lo mismo —nos dijo Diana— y volvió a cambiar de canal una última vez.

Según nos han confirmado medios muy cercanos al sumo pontífice corelliano, y nuevo presidente de Thinlizzy, toda la conspiración comenzó con el robo del registro de los más importantes ciudadanos del Palacio de Gobierno. Se tiene constancia de que el sustractor de tan importante documento es esta muchacha de apariencia ingenua —en ese momento apareció en la pantalla una imagen de Dorotea con cara de pasmo—. Si la ven, no se acerquen a ella, es sumamente peligrosa. Simplemente contacten con la cédula corelliana más cercana que tengan a su...

Diana apagó el televisor y habló.

—Estamos jodidos.

—Nadie sabe que Dorotea está aquí a bordo —dijo Cosme.

—Nosotros mismos no lo sabíamos hace unos días —dijo Hans.

—No creo que ellos sean tan ingenuos como nosotros. Además, si esa chica ha robado lo que dicen y es verdad que puede ser peligrosa, lo mejor sería entregarla cuanto antes.

—Pero ella, nos salvó a Hyleas y a mí. ¡Y precisamente de los corellianos! No, no me lo creo. Esos corellianos no me gustan, creo que aquí hay gato encerrado.

—Y tú, Katyuska —dijo Diana—, ¿Qué opinas tú?

—Aunque he de confesar que la Garland tampoco me gusta, opino igual que Cosme: aquí hay algo que huele mal. No creo que esa muchacha haya sido capaz de robar nada.

—Bueno —intervine yo—, eso no es del todo cierto. Desde el principio nos ha confesado que posee un libro capaz de alterar el orden del Universo.

—Sí, pero —dijo Cosme— ella misma dice que se trata de La Biblia del chisme.

—En realidad somos nosotros los que, con nuestras bromas lo hemos creído, ella no lo ha dicho en ningún momento. Tal vez, el libro capaz de alterar el orden del Universo del que siempre habla sea ese registro.

En ese instante, se abrió la puerta de la sala de mandos y entró Dorotea. Tenía su aspecto de siempre, una gran sonrisa y una mirada ingenua. Me pregunté si podía ser todo una pantomima.

—Hola amigos —dijo con una sonrisa encantadora—, os deseo de todo corazón un feliz día, y os vuelvo a agradecer una vez más que me estéis ayudando a huir de los hombres y las mujeres malos de Thinlizzy —no, no lo podía ser, tuve que concluir.

De pronto toda la nave sufrió una sacudida.

—Darlene —dijo Diana—, ¿Qué ha sido eso?

La nave se tomó unos segundos antes de contestar.

—Nos han dado. Hay una nave ahí afuera, nos ha disparado y ahora pide comunicación con nosotros.

—Pues no han parecido demasiado comunicativos de entrada. ¿Hemos sufrido algún daño importante?

—No, pero sospecho que podían habernos causado mucha más destrucción si hubieran querido. Creo que ese disparo ha sido sólo un aviso.

—En fin, veamos qué es lo que tienen que decir. Dorotea, muchacha, apártate del ángulo de grabación, que nadie sepa que estás aquí.

Una figura de espaldas apareció en la pantalla central. Murmuraba algo entre dientes, mientras se iba limando las uñas. Capitán, capitán Lo llamó una voz fuera de ángulo. La figura se sobresaltó y comenzó a hablar igualmente de espaldas. Capitán —volvió a sonar la misma voz que antes— al otro lado. La figura se dio la vuelta y pudimos ver el inconfundible rostro hinchado y rojo de Servatius.

—Volvemos a encontrarnos.

—Es él —dijo Cosme—, uno de los hombres que nos detuvieron a Hyleas y a mí.

—Entregádmela —dijo Servatius— y os dejaremos marchar en paz. Negaros a hacerlo y —golpeó el puño de su mano derecha contra la palma de la izquierda e imitó el ruido de una explosión con la boca.

—Habla en serio —dijo Darlene—, nos están apuntando con armamento suficiente como para destruirnos.

Diana alzó el índice y dijo.

—¿Nos concede un momento para pensárnoslo?

—No creo que tengáis demasiado en lo que pensar, pero está bien. Tenéis diez minutos para discutirlo entre vosotros.

La imagen desapareció de la pantalla.

—¿Está verdaderamente fuera? —dijo Diana— No quiero que pueda oír nada de lo siguiente.

—Totalmente fuera —confirmó Darlene.

—Diana —dijo Cosme— no podemos entregarla, esa pobre muchacha...

—No lo haremos. Confieso que hubiera tenido mis dudas en el caso de que nos lo hubieran pedido de una manera más educada. Pero amenazarnos con la aniquilación no es precisamente mi idea de alta diplomacia.

—Darlene, prepárate para la lucha.

—Un momento —dije— tengo una idea mejor.

3

Aquel maldito Servatius había conseguido detenerme la vez anterior; pero sólo porque había logrado pillarme desprevenido. No volvería a suceder otra vez, estaría atento y lo planearía todo.

Mi plan era sencillo. Salí de la Darlene por la puerta de atrás. Floté utilizando un propulsor hasta la otra nave, controlando los ángulos muertos de sus cámaras, y busqué la escotilla para introducirme en ella. Una vez dentro, me asaltaron los primeros soldados. No me preocupé en protegerme, simplemente los despaché con un golpe de aire. Estaba comenzando a sentir la emoción del asalto de la que había disfrutado tantas veces con los Fielth Brooms. Avancé por un pasillo a oscuras hasta un ensanchamiento con tres bifurcaciones. Escogí la tercera, teniendo en cuenta lo que yo creía la ubicación de la sala de mandos. Volvieron a salirme al paso otros soldados. Me arrojé al suelo y rodé como un barril enloquecido contra sus piernas. Todos cayeron como un grupo de bolos. Mi plan iba viento en popa, Servatius ya podía darse por perdido si todos sus protectores iban a ser como aquellos soldados.

Me alcanzaron varios disparos; pero había activado mis barreras energéticas, de modo que pude absorber la energía láser de los tiros y reforzar mi sistema inmunológico... como un actimel para humanos, vaya. Dejé que agotaran su munición disparándome, mientras me iba acercando a ellos. Tomé sus pistolas entre mis fuertes garras, doblé sus cañones y los soldados huyeron despavoridos.

Ya estaba cerca del puente de mandos. Se abrieron sus puertas y apareció un ser gigantesco con dos machetes a escala. Por un momento tuve miedo de que se tratara de un robot. En caso de serlo, y con aquella apariencia de robot guerrero, lo hubiera tenido complicado (aunque hubiera acabado venciendo yo, claro, mi experiencia de robot pirata jugaba a mi favor); pero no, se trataba simplemente de un humano protegido con una armadura. Los corellianos eran demasiado tecnófobos como para tener robots, y aquello iba a ser su perdición.

Jugué un rato con el gigante de los machetes, para darle un poco de emoción y espectáculo al asalto, hasta que decidí que el juego había terminado, y le arranqué los cuchillos de las manos y los tiré lejos. Intentó recuperarlos arrojándose a por ellos y yo aproveché su movimiento para hacerlo rodar por el suelo. Antes de que se levantara, apliqué un pequeño soplete a su armadura que, al calentarse y evaporar el aceite de sus engranajes, se quedó trabada, aprisionando al humano en su interior.

Entré en el puente de mandos con una nube de humo a mi alrededor (me encantan esas entradas). Al verme, Servatius se arrellanó en su sillón, intentando alejarse de mí.

—Ríndete —le dije.

—Lo haré, la nave es tuya, pero no me hagas daño.

—Nave —dije— cuál es tu nombre.

—Udo —respondió la nave.

—Muy bien, Udo, lo primero que quiero que hagas es que pidas disculpas a Darlene por tu comportamiento desconsiderado y grosero.

Udo pidió disculpas.

—Ahora vas a poner rumbo a Asimov, y olvidarás este incidente. Sobre todo, olvidarás la localización en la que nos habéis hallado y el lugar al que nos dirigíamos.

—No —dijo Servatius— no puedes hacer eso. Don Giovanni me...

—Me importas un carajo tú y Don Giovanni. Habéis desabrido a unas damas y pagaréis por ello.

Comencé a teclear en la consola de mandos, programando en el Udo la secuencia de comandos que lo harían proceder de manera inexorable tal y como yo les acababa de ordenar.

Una vez concluida esta heroica misión, volví de regreso a la Darlene del mismo modo en que antes había salido de ella. Allí me recibieron como el héroe que era. Todos se mostraron muy agradecidos, especialmente Darlene y, amigos humanos, no tenéis ni idea de las cosas que puede hacer una nave agradecida...

4

Bueno, vale, quizá no fue todo exactamente así como lo acabo de contar. Quizá penetré en el Udo, aprovechando que Dorotea comenzó a hablarles desde la Darlene, confundiéndolos y despistándolos mientras yo entraba de manera subrepticia. Quizá no fui exactamente por los pasillos principales, eliminando a soldados como pulgas. Tal vez no paseé mi gallarda figura serrana echando a un lado y a otro enemigos como quien espanta moscas. Quizá fue a través de las sentinas como llegué a la sala de mandos. Quizá el formidable enemigo final de los machetes no fuera más que una dificultad de programación en el Udo (¿Quién diablos sigue hoy en día programando en Worf?).

La cuestión es que, de un modo u otro, fui yo quien logró que aquella nave pusiera rumbo a Asimov con la cola entre patas. Y no os vayáis a creer que la cosa no tuvo su mérito. Por culpa del dichoso código, no pude programar una retirada retrasada, con lo cual, la nave hizo entrar en ignición sus propulsores mientras yo aún estaba fuera de la Darlene. Me las vi y me las desee para que la dichosa navecita no me enviara zumbando por los espacios siderales. Si no llega a ser por el cariño que me tiene la Darlene (si es que uno sabe como tratar bien a las mujeres), que me lanzó un pulpo justo a tiempo para agarrarme, es probable que ahora mismo Wells tuviera un nuevo cometa dando vueltas a su alrededor por los siglos de los siglos: el Hyleas I.

5

Al regresar al interior de la Darlene, todos me jalearon y me abrazaron, y Darlene me dio una escalofriante y cariñosa descarga eléctrica. Era el robot del momento. Cosme me puso la mano en el hombro y comenzó a hablar.

—Yo siempre he defendido a este tipo. Lo recogí cuando muchos otros lo rechazaban por exconvicto, porque sabía lo que valía en verdad...

En realidad me escogió a mí entre otros compañeros más avanzados y atractivos, pensé, porque el hecho de ser un exconvicto poco fiable me hacía mucho más barato que el resto de robots; pero igualmente, era un placer oír hablar de uno mismo en esos términos.

Cosme siguió su perorata panegírica en un tono tal que me hubiera ruborizado, en el caso de poder ruborizarme.

—Pon un Hyleas en tu vida, digo yo a quien quiera escucharme, y no te arrepentirás.

Todos estaban tan arrobados por sus palabras, que nadie, salvo yo lo vio. Era un destructor estelar. Una de esas naves con el tamaño de un país y erizada de cañones de todo tipo para destruir lo que quiera que salga su paso. Golpeé a Cosme en el hombro y comencé a señalarle la pantalla en la que se lo veía aproximándose.

—... Otra de las grandes virtudes —tac, tac en el hombro— de este robot que tengo a mi lado —tac tac tac— es su extraordinaria humildad —tactactac— ¿Se puede saber qué quieres?

Le señalé a la pantalla y en ese momento todos lo vieron. El destructor se acababa de poner frente a nosotros. Estaba a menos de diez kilómetros de la Darlene y maniobró hasta situar su puente de mandos frente al nuestro.

—¿Crees que podrás hacer lo mismo con éste? —dijo Hans en un susurro.

Se abrieron las puertas del hangar del destructor, y un enjambre de cazas de combate se extendió a nuestro alrededor como una nube de abejas rodeando un vaso de miel.

Tragué aceite antes de responder. Después del modo en que Cosme acababa de ensalzarme, estaba claro que no me podía echar atrás.

—¿Destructores a mí...?

© Raúl A. López Nevado, (552 palabras) Créditos