1

Los dos hombres huían aterrorizados. Habían pensado que tenían una misión fácil: capturar a un hombre y a su robot de servicio, apretarles un poco las tuercas a los dos, averiguar qué es lo que le había prometido aquella guarra de la Mama reginiana y recibir el dinero y los honores del mismísimo Don Giovanni; pero había aparecido aquella maldita iluminada, y habían tenido que poner pies en polvorosa.

Cuando se consideraron seguros, detuvieron su carrera.

—El jefe se va a cabrear mucho cuando se entere de que los hemos dejado escapar —dijo Umashankar.

—No podíamos hacer otra cosa.

—Lo sé, lo sé. ¿Oíste lo que dijo?

—Mis oídos no podrán olvidar jamás esas palabras ominosas.

—Nos hubiéramos vuelto locos si nos quedamos un instante más.

—Locos, locos, locos, sí.

—Hay cosas en el universo que es mejor no conocer.

—Es verdad... pero el jefe se va a seguir cabreando como una mona. Si hubiéramos conseguido sonsacar a esos dos desgraciados el pacto que habían hecho con la reginiana, hubiera estado muy contento y ahora mismo nosotros seríamos ricos, sin embargo así... ¿Se lo dirás tú?

—No... yo... mejor se lo dices tú.

—Echémoslo a suertes.

Se lo jugaron a piedra, papel y tijera cósmica, y perdió Servatius.

—El jefe se va a cabrear como una mona —volvió a decir meneando la cabeza.

2

La Mama Adela dio la orden secreta, la hermana Augusta se encargó de cifrarla, la hermana Ivonne pasó subrepticiamente las órdenes de ejecución, la hermana Ilona organizó los efectivos y los corellianos se enteraron de todo. Si Adela hubiera sido un poco más discreta, los corellianos hubieran tardado años en conocer la existencia de su diario, siglos en descubrir que se lo habían robado y eones en comprender cuál podía ser su contenido. Era conocida la proverbial racanería de la Mama reginiana, pero en aquella ocasión, había llevado demasiado lejos su obsesión por aprovecharse del dinero del contribuyente y conservar el de su iglesia. Había efectuado todas las llamadas para comunicarse con sus fieles y organizar la búsqueda mediante los comunicadores del Palacio de Gobierno, y los corellianos habían podido enterarse de todo en apenas unos minutos.

Don Giovanni se frotaba las manos en su trono, sin que se supiera muy bien si lo hacía por frío o por avaricia. Había conservado aquel gesto de sus tiempos de obispo. De entonces eran las primeras caricaturas que lo mostraban así, todo nariz y gafas con el birrete púrpura y estrujándose las manos. Al asumir el pontificado, las caricaturas y los caricaturistas habían desaparecido, de igual modo que aquellos informadores que, durante su campaña, lo habían acusado de ser en verdad un traidor reginiano.

Ser el Papa corelliano tenía sus ventajas. No sólo era el encargado de llevar la palabra de Corelli a los humanos y alienígenas ignorantes de ella; sino que tenía el don de la infalibilidad. Podía decir la mayor de las barbaridades, como que lo que mantenía unidos a los planetas era una especie de velcro gigantesco e invisible; y en apenas unos minutos habría un ejército de científicos de primera línea encargados de demostrar que aquella idea era correcta.

También tenía sus desventajas, como la de tener que aguantar sin parpadear a aquellos dos imbéciles explicándole una historia inverosímil. Si no fuera porque eran súbditos directos del propio obispo colorado, y que éste le había rogado encarecidamente que los escuchara; simplemente hubiera pedido sus cabezas en una piqueta, exangües por favor, y luego se hubiera sentado a desayunar con aquellos ricos bollos que le preparaba la hermana Magdalena.

—Y dijo algo acerca de nuestra condenación eterna —dijo Servatius.

—Y del gusto vistiendo de Ed Wood —dijo Umashankar.

—¿Y sólo por eso huisteis con el rabo entre las patas como dos cachorritos espantados? —dijo Don Giovanni con una voz gélida.

—Nosotros... Don...

Don Giovanni los detuvo con la mano.

—Si el obispo colorado no fuera vuestro protector, os aliviaría ahora mismo del peso de la cabeza. Marcharos, y la próxima vez que huyáis como unos cobardes, pensaros una excusa mejor.

Los dos hombres salieron de la sala de audiencias bastante alegres de escapar con sólo una bronca.

Al hallarse solo, Don Giovanni relajó el gesto durante un instante pensando en los bollos de la hermana Magdalena de nuevo. Estaban tan en su sitio, manteniéndose firmes e ingrávidos como un milagro...

—Señor —una voz conocida lo interrumpió.

Era Abib, uno de los pocos hombres en los que confiaba de verdad. Borró la expresión de su rostro y volvió a hablar con tono gélido.

—¿De qué demonios se trata ahora?

—Esa mujer de la que le han hablado los dos patanes que se acaban de ir.

—¿Dorotea?

—Sí, Dorotea Garland.

Abib hizo una pausa dramática.

—¿Qué? —dijo Don Giovanni— Vamos, diablos, habla de una vez.

—Tiene en su poder el diario íntimo de la Mama reginiana.

Don Giovanni miró hacia el cielo agradecido y volvió a restregarse las manos con fuerza. Aquélla podía ser la oportunidad que habían estado buscando los corellianos desde que la misma Regina decidió echar de su casa al mismísimo Corelli.

3

Kate estaba mirando con nostalgia una foto del sonriente Hans cuando oyó el timbre. Se levantó inmediatamente de la cama y abrió con su mejor sonrisa. Estaba acostumbrada a que los seres más extraños llamaran a su puerta; pero en aquella ocasión se quedó de piedra. Ante ella tenía una especie de babosa gigantesca, de forma ahusada y oscura. Había dejado un reguero mucoso y espeso desde el ascensor hasta el umbral de su puerta; pero vestía impecablemente, usaba monóculo, sombrero hongo y una chaqueta de tweed.

—¿En qué puedo ayudarle? —dijo recuperando la compostura, y queriendo saber, de verdad, cómo podría ayudar en algo a una criatura así.

—Verá —dijo la criatura con un acento que Kate no pudo ubicar— mi nombre es Frederick, Lord Frederick. Soy el jefe de grupo de los birkeheadianos que acaban de aterrizar.

—¿Birkheadianos?

—Sí —dijo el alienígena visiblemente complacido— venimos del planeta Birkhead, situado a millones de años luz de este sistema estelar. Somos un grupo de jubilados que recorren la galaxia a la búsqueda de conocimientos culturales. Ya sabe, monumentos, iglesias, cruceros, spas, bailes de sobremesa y bingos.

—Comprendo —dijo Kate sin acabar de comprender.

—Bien, en la guía pone que Mr. T. Es un planeta que ofrece experiencias inolvidables, y que el mejor modo de lograrlas es llegar hasta este recinto en el que ahora nos encontramos. Quería contratar un paquete de esas experiencias inolvidables para mí y para mis chicos.

—Sí, sí, claro, por supuesto —dijo Kate sin estar demasiado convencida de cómo podría satisfacer ella, o cualquiera de las chicas humanas o alienígenas, a un tipo como aquél— Siéntese un instante mientras le preparo un té.

Lord Frederick hizo pasar su enorme cuerpo viscoso a través de la puerta, dejando empapada la alfombra, y se arrellanó como mejor pudo en uno de los sofás. Al regresar de la cocina, Kate le acercó el té, aunque se detuvo en el último instante al no encontrar manos a las que entregárselo. El alienígena ladeó la cabeza, y al comprender lo que Kate quería hacer, sostuvo la taza en el aire ante sí. Kate no se sorprendió mucho, había visto hacer demasiados trucos a otros seres como para hacerlo.

Lord Frederick hizo avanzar la taza hacia su boca y la engulló entera, líquido y porcelana incluidas. Al tragar hizo una mueca, que Kate no supo como interpretar, y cerró los ojos un instante. Los abrió y siguió hablando.

—Querida señorita, ésta ha sido una de las experiencias más inolvidables de mi vida. La publicidad no mentía, tienen ustedes un servicio exquisito. Si usted está dispuesta a ello y le place, me gustaría contratar para el resto de mis complanetarios el mismo servicio de experiencia inolvidable que yo acabo de disfrutar.

El alienígena aguardó pacientemente la respuesta de Kate, que tuvo que digerir todo lo que acababa de pasar.

—Está... está bien, por supuesto. Podemos ofrecerle al resto de su grupo la misma experiencia que usted acaba de disfrutar.

—Ajájá —dijo Lord Frederick con una extraordinaria sonrisa sin dientes— y salió con toda dignidad de la habitación de Kate.

4

Vale. Ahora que ya estáis enterados de lo que ocurrió en otros sitios, vuelvo a nosotros. Cosme y yo nos habíamos quedado discutiendo acerca de la conveniencia o inconveniencia de introducir a Dorotea como polizona en la Darlene. Finalmente lo hicimos. La muchacha supo emplear las palabras adecuadas para adular a Cosme, lo describió como un héroe, como un caballero andante de brillante escafandra que jamás abandonaría a una dama en apuros, y él no pudo resistirse a los halagos. A decir verdad, yo tampoco pude resistirme a los que me dirigió a mí, calificándome de brillante paladín de la justicia y rocín de cabalgaduras robóticas, aunque a día de hoy sigo sin tener demasiado claro qué quería decir con aquello. Lo cierto era que Dorotea podía tener multitud de fallos y debilidades, pero tenía el don de la retórica.

Lo más difícil, una vez decididos a hacerla entrar e instalarla en la Darlene, no fue el colarla por delante del resto de la tripulación y llevarla a la bodega de carga; no fue montarle un refugio que, sin dejar de ser confortable, fuera a la vez lo suficientemente discreto como para que nadie lo descubriera, ni siquiera fue la instalación de lampistería que montamos a medias entre Cosme y yo para que la muchacha pudiera disfrutar de todas las ventajas de la tecnología moderna en su refugio; lo más difícil de todo fue convencerla de que, si quería permanecer oculta y continuar con sus cánticos rituales, al menos debía comprometerse a no seguir haciéndolos a voz en grito. Tuvimos que prometerle que cuando llegáramos a Lem, nosotros mismos seríamos los primeros conversos de su iglesia, para que accediera a murmurarlos en vez de berrearlos a voz en cuello.

Superado este escollo, sin embargo, todo fue como la seda. La muchacha era una huésped silenciosa y agradable. Cada vez que bajábamos, aprovechaba para preguntarnos por nuestra familia y por el resto de la tripulación, lo cual venía a ser innecesario, porque nuestra familia era la tripulación y viceversa. Estaba contenta con todo lo que le llevábamos para comer, y parecía feliz con las historias que le contábamos acerca de lo descubierto sobre Lem. Fue durante este periodo en el que más me encariñé con ella. Tal vez fuera ingenua y, como se demostró más adelante, un tanto beligerante e intransigente; pero para mí siempre sería aquella muchacha sencilla e inocente que hizo más de la mitad del recorrido hasta la Escolopendra como nuestra invitada secreta. Si fuera humano, tendría que decir que disfruté de la situación, además, por lo que me brindaba de acercamiento a Cosme. Me sentía con respecto a él, como se sienten, imagino, los padres que cuidan un cachorrito desvalido junto a sus hijos.

Pasaron los días, y nadie parecía sospechar nada. La Darlene se dirigía con pulso firme hacia el agujero de la Escolopendra sin novedades. Diario de abordo, sin nada especial que comentar. Diana estaba demasiado ocupada con el gobierno de la nave como para parar mientes en que su marido y su robot pasaban más tiempo en la bodega de carga que en el puente de mandos o en sus celdas. Hans había andado medio resfriado desde que embarcamos, y pasaba la mayor parte del tiempo tumbado en su cama. Katyuska por su parte... Bien, no tengo ni idea de lo que hacía Katyuska, pero no hacía más que caminar arriba y abajo de la nave, con un gesto adusto como de estar haciendo algo de gran importancia.

Todo se torció el día en que Hans recuperó su salud. En mala hora se me ocurrió hacerle un reconocimiento médico y recetarle unas pastillas descongestionantes. Tenía que haber previsto que Hans, con sus sentidos a pleno rendimiento sería capaz de olfatear a una hembra humana a cien kilómetros de distancia. Mea culpa, sí; pero os aseguro que no pude hacer nada para evitarlo. Descubrí que en las dos semanas que llevábamos de viaje, había estado intentando combatir su resfriado con homeopatía, y la estupefacción y la ira me llevaron a curarlo sin pensar en las consecuencias.

—¿Qué es eso que huelo? —dijo tras administrarle el primer comprimido.

—Es el olor natural de la Marlene —le dije dándome cuenta demasiado tarde del error que acababa de cometer.

Le mostré el ambientador con forma de abeto que colgaba de uno de los espejos retrovisores. Se acercó a él, se lo llevó a la nariz y lo olfateó con interés.

—No, no se trata de eso. Es otra cosa —cerró los ojos para concentrarse —. Veamos está tu olor, que es metálico y frío, el de Cosme —arrugó la nariz—, que es... bien, olor de hombre, como el mío. Y luego está el aroma suave de Katyuska y el levemente almizclado de Diana... Pero hay algo más...

—Nada, nada —le dije tomándolo del brazo y alejándolo de allí con la esperanza de que perdiera el rastro—, debe de ser un efecto secundario de las pastillas que te acabo de dar. ¿Sabes, como cuando un alimento se te repite?

—¿Sí?

—Sí, seguro. Mira, voy a consultar ahora mismo el prospecto para que nos quedemos tranquilos.

Puse los ojos en blanco, como si los volviera hacia mi interior para consultar en la Gran Red. Al cabo de un rato volví en mí, abrí los ojos de repente y lo miré muy serio.

—Pues sí, es un efecto secundario, no cabe duda.

—Vaya. Por un momento pensé que realmente había una mujer más a bordo.

—Ay, Hans, Hans... —le dije con mi mejor tono de complicidad.

—En fin, te agradezco que me hayas ayudado con el resfriado, aunque estoy seguro que en unos días más, la homeopatía hubiera acabado por hacerme efecto.

—Claro, claro —en unos días o unos años, pensé.

De pronto Katyuska entró como una exhalación al puente. Tuve el tiempo justo de tomarle las constantes vitales y extraer mis propias conclusiones antes de que hablara.

—Abajo —dijo jadeando—, hay algo. Lo he oído... pasos, como si algo se arrastrara... y una especie de murmullo continuo y fantasmagórico.

—Tal vez esté encantada —dijo Hans en un tono que no pude descubrir si era de burla o de miedo.

—La bodega está muy oscura —intervine—, es un lugar muy sugestivo y los sentidos humanos son muy sensibles a ese tipo de influencias.

—¿Quieres decir que no oí lo que oí? ¿Que estoy loca?

Una vez medido el ritmo al que le iba el corazón, desestimé como inapropiada la respuesta que había pensado en un primer momento.

—Bajaré —dije— y averiguaré qué es lo que ocurre. Tal vez se trate simplemente de ratas.

—Está bien —dijo Katyuska—, pero ten cuidado, no me podría perdonar que te pasara nada.

Bajé a la bodega de carga pensando en cómo abordaría el tema con Dorotea. Debía ser más cuidadosa. Habían estado a punto de descubrirla. Ya quedaba poco, así que sólo era cuestión de un poco más de paciencia.

Entonces yo también oí claramente los ruidos que había escuchado Katyuska, y se me heló el aceite en los circuitos. No era Dorotea, de eso no cabía ninguna duda. Eran como dos voces que vinieran del más allá, murmurando entre jadeos órdenes ininiteligibles pero a la vez familiares.

Agudicé mis sentidos para encontrar un referente para aquellas tesituras, tonos y jadeos y descubrí que se trataba de las voces de Cosme y de Diana. Era difícil de comprender, pero mis mediciones eran claras, así que tuve que rendirme a la evidencia. Eran ellos. Estaban haciendo, bueno, ya sabéis, eso que hacen los humanos. Nunca hasta ahora los había escuchado, porque siempre se habían cuidado de enviarme a algún lugar lejano para que no los molestara.

Pensé en gastarles alguna broma para hacerles pagar aquella indiscreción; pero en aquel momento, la voz de Dorotea me sacó de mis pensamientos.

—Llevan así varias horas —dijo, y yo no pude evitar un deje de orgullo al pensar en las capacidades amatorias de mi humano.

© Raúl A. López Nevado, (552 palabras) Créditos