1

Al vernos aparecer, Adela frunció los labios en una mueca de disgusto. Ella había esperado al galante Hans, y en cambio se encontraba con Cosme y conmigo, así que la decepción era comprensible.

—Nos han dicho que subiéramos.

—Sí, el otro día no nos pudimos despedir de la forma debida por culpa de esa mujer...

—Es mi esposa, señora.

—¿Su esposa? No...

Se interrumpió a sí misma, ¿su esposa? ¿Estaban casados? Eran un matrimonio, por un instante la asaltaron las imágenes de lo que convierte a los matrimonios en matrimonios y sintió una oleada de celos hacia Diana. Aquella maldita mujer... pero entre más lo pensaba, más excitada se sentía y más deseosa de disponer de su diario para desahogarse.

—Está bien —dijo—, está bien. ¿Ya habéis entregado la declaración jurada?

—Sí, lo hemos hecho tal y como se nos solicitaba.

—Entonces ya os podéis ir. Espero que os vaya muy bien. Y recordad: nada de evangelizar a los nativos.

Nos hizo un gesto con el dorso de la mano para que nos marcháramos y no perdimos tiempo en hacerlo.

Afuera, Wells lucía radiante, colando sus rayos entre los resquicios de los satélites que cuajaban el cielo. Pusimos rumbo hacia la parada de aerobús.

—Hay algo en esa mujer que me da mala espina —dijo Cosme girándose hacia mí.

En ese instante, una motoneta pasó zumbando por su lado y lo empujó hacia el deslizador de un aerocamión. Tuve el tiempo justo de arrancarlo de debajo de la trayectoria del vehículo antes de que le pasara por encima. Los dos caímos aparatosamente sobre la acera ante la mirada atónita de una anciana, que agarró su bolso con fuerza como si temiera que se lo pensáramos robar. Antes de que pudiéramos ponernos en pie, la anciana se acercó a nosotros, me propinó un puntapié con todas sus fuerzas y al ver que no causaba el efecto deseado sobre mi chapa, huyó corriendo.

—¿Qué demonios ha sido eso? —dijo Cosme.

—Nada, una vieja loca.

—No, no me refiero a ella, sino a lo que nos acaba de ocurrir. Me ha dado la impresión de que el conductor de la motoneta era un hombre disfrazado de mujer, y que ha sonreído justo cuando estaba a punto de atropellarme.

—¿Estás seguro?

—No, seguro no. Todo ha sido demasiado rápido para estarlo, pero... No, déjalo, supongo que son tonterías mías. Hacía tiempo que no me llevaba un susto como éste y aún estoy un poco conmocionado.

Me pasó una mano por los hombros.

—Me has salvado la vida, muchacho.

—No tiene importancia. Cualquier robot hubiera hecho lo mismo...

—Nada, nada, esto hay que celebrarlo.

Y esas palabras no podían significar más que una cosa: barra libre de aceite en la Taberna del Pescuezo Retorcido.

2

No habíamos estado allí desde la partida al trivial que lo había iniciado todo. Entonces el lugar me había parecido apacible y acogedor, sin embargo, en aquella ocasión una impresión de mal fario me asaltó desde el principio, como si alguien nos estuviera observando entre las sombras.

—Creo que no deberíamos estar aquí —dije.

—Muchacho, me acabas de salvar la vida y ésta es probablemente nuestra última noche en Asimov durante mucho tiempo. Debemos celebrarlo como es debido.

Nos sentamos a la barra y nos atendió un camarero bifronte, con aspecto de haber conocido días mejores.

—Cerveza negra para mí —dijo Cosme— y una lata de aceite para mi amigo.

—Aquí no servimos a robots.

—¿Cómo?

—He dicho que aquí no servimos a robots.

—Eso es una estupidez, además, según el artículo 4515/78 están obligados a hacerlo.

—No desde que el presidente lo derogó.

—Ese imbécil.

—Cuidado con lo que dices, amigo —le dijo el camarero señalándole con la mirada a un retrato del presidente colgado por encima de las botellas de whisky.

En la imagen, el presidente era el mismo que habíamos visto unos días atrás, sólo que el artista se había tomado ciertas licencias. Pese a su aspecto real, en el retrato el presidente era bien parecido, apuesto y arrojaba al espectador una mirada soñadora y segura de sí mismo digna de un auténtico galán.

—Cosme —dije— será mejor que nos vayamos de aquí.

Abrió la boca para replicar, pero finalmente se lo pensó mejor, calló y se dio la vuelta para venir conmigo, que ya me hallaba a mitad del camino hacia la puerta. Entonces lo llamaron.

—¿Cosme? ¿Eres tú, viejo truhán?

Un hombre corpulento, o gordo si se me permite pasar por un instante por encima de las convenciones literarias, se nos acercó a paso ligero.

—Soy yo, Servatius, ¿No me recuerdas?

Cosme forzó la mirada intentando recordarlo.

—La verdad es que no.

—Servimos juntos en Skully.

—Lo... lo siento, yo... la verdad es que no recuerdo.

—No es posible que lo hayas olvidado. El fuego alienígena nos tuvo en la trinchera casi veinte días. Al final, sólo tú, Umashankar y yo, regresamos. Umashankar, ven aquí.

Otro hombre, con un parche en un ojo y una pierna biónica en forma de pata de palo se nos acercó trastabillando.

—¡Amigo! —dijo al estar lo suficientemente cerca, y se echó en los brazos de Cosme.

—Creo que ustedes dos se equivocan.

—No, no tenemos ninguna duda.

Servatius se movió hacia mí con una velocidad inusitada, me apuntó y disparó con un táser y me frió el cerebro. Sé todo lo que pasó posteriormente porque mis ojos y mis oídos siguieron registrándolo y pude pasar las grabaciones más tarde; pero en aquel instante yo estaba inconsciente y era poco menos que un amasijo de hierro.

3

Cosme se abalanzó hacia Servatius y logró arrebatarle el táser.

—¿Quién demonios sois? —dijo apuntándolo.

Pero un golpe en el plexo solar lo hizo doblarse, perder el aliento y la pistola. Umashankar lo acababa de golpear con su pata de palo.

—Háblanos con respeto, hijo, somos sacerdotes corellianos.

Al conseguir recuperar el aliento Cosme habló.

—¿Qué queréis de mí?

—En un instante lo sabrás.

El tabernero les hizo una seña para que pasaran detrás de la barra. Los hombres arrastraron a Cosme y me empujaron a mí como si fuera un carrito. Había una portezuela que daba a la bodega. Era una sala inmensa, inapropiada para una taberna de aquel tamaño, y casi vacía de alcohol o aceite. En el centro había una silla a la que ataron a Cosme, que aún seguía conmocionado por el golpe que acababa de recibir.

Fue un ruido leve, como el crujir de unas ropas al ser movidas por el viento. Estoy seguro de que ninguno de los hombres allí presentes lo pudo percibir; pero mis sensores lo captaron. Algo o alguien, a parte de los presentes había logrado entrar con nosotros.

—Nos han llegado noticias de que has vendido la Darlene a las reginianas.

—Yo no he vendido nada a nadie. La Darlene sigue siendo un transporte libre como siempre lo ha sido.

Umashankar se le acercó y volvió a golpearlo en el estómago.

—Sabemos que habéis pactado con Adela, la Mama reginiana y queremos conocer los términos del pacto.

Cosme se devanó los sesos intentando encontrar las palabras que aquellos hombres querían oír. El problema estaba en que no sabía qué decirles. No podía recordar ningún tipo de pacto con Adela, pero ya había comprobado que la verdad no era bien recibida por aquellos esbirros.

—Adela nos ha ofrecido la protección de las reginianas. Cualquiera que nos haga daño habrá de vérselas con la brigada castradora.

Los dos hombres se miraron un instante.

—Eso es mentira —dijo Servatius, pero un hilo de duda y temor se acababa de colar en sus pensamientos.

—Nos describió muy gráficamente —dijo Cosme— cómo actúan esas amazonas, y lo que podía esperar cualquiera que dañara a alguien bajo su protección.

Los dos hombres parecieron más inseguros que un instante antes. Entonces, Servatius mostró una sonrisa lobuna y dijo.

—Bien, si ya nos hemos hecho acreedores de su atención, y puesto que, por violentas que sean, sólo pueden castrarnos una única vez, no es necesario que sigamos actuando con delicadeza contigo —hizo una seña a Umashankar, y éste echó el brazo atrás dispuesto a golpear de nuevo a Cosme.

—¡Alto! —fue una voz imperativa y femenina.

Los dos hombres palidecieron. ¿Era aquella la temida teniente Serena, la más eficiente y eficaz de las castradoras?

Una figura salió de las sombras. No, no era la teniente Serena, era una chica de aspecto aniñado. De hecho, llevaba un vestido claramente inapropiado para su edad. Como si hubiera seguido vistiendo los trajecitos de cuando tenía ocho años, ahora que debía de rondar los veinte.

—¿Y tú quién demonios eres? —dijo Servatius.

—Soy Garland, Dorotea Garland. La elegida.

Los dos hombres cruzaron una mirada y comenzaron a reírse como unos condenados.

—La elegida, dice. Vamos niña, márchate antes de que te hagas daño.

Umashankar comenzó a acercársele haciendo bailar los puños ante sí. Dorotea no se inmutó, estaba demasiado convencida y segura de sí misma como para hacerlo. Cuando Umashankar estuvo a su alcance, posó suavemente una de sus manos sobre sus puños y habló.

—Y el señor dijo...

A pesar de disponer de todas las grabaciones, he de confesar mi total incapacidad para reproducir todo lo que dijo a continuación. Comenzó hablando de la voluntad de los dioses, de la no violencia, de Manhattan, clarinetes y psicólogos, traumas infantiles, el verdadero rostro de dios, que era una cantante rock, un anillo para gobernarlos a todos, Magneto y Gandalf, el Grial y el arca perdida, un hombre llamado Trinidad, el efecto de la radiación sobre los árboles y el sexo de los calamares.

Aunque soy incapaz de reproducir todo lo que dijo Dorotea en aquel instante, sí que puedo describir cómo el rostro de Servatius Y Umashankar iba pasando de la indignación a la estupefacción, y de la incredulidad al miedo hasta el punto que, cuando Dorotea habló del apéndice sexual de los calamares, los dos hombres emprendieron una huida despavorida dejándonos a los tres allí solos.

4

A pesar de todo lo que pasó después, siempre estaré agradecido a Dorotea por salvarnos aquella noche. Si ella no hubiera aparecido en el instante en que lo hizo, la historia que estáis leyendo hubiera acabado en aquel momento. Nada de Lem, ni Clarke, ni de los lemianos, sus dioses, sus batallas o su cocina étnica. Probablemente ni siquiera lo que llevo explicado hasta ahora, porque dudo mucho que Servatius Y Umashankar, después de haber sonsacado a Cosme todo lo que hubieran querido, me hubieran vuelto a conectar a la red eléctrica para que me recuperara y pudiera contarlo. Así que, cuando más adelante penséis que Dorotea no hace más que meternos en líos estúpidos, y complicar nuestra situación poniéndonos en peligro, quiero que penséis en la puerta trasera de la Taberna del Pescuezo Retorcido y consideréis lo que hizo por nosotros y por vosotros.

Bien, dicho esto, continuemos con la historia.

En cuanto Servatius Y Umashankar pusieron pies en polvorosa, Dorotea desató a Cosme, que le dio las gracias con efusividad.

—Nos has salvado, Dorotea. No sabes cuánto te lo agradezco.

A la vez que hablaba iba buscando mis botones de reinicio bajo la placa de latón de mi pecho. Una vez hallados, pulsó la combinación pertinente y sentí como la energía volvía a mis circuitos.

—No ha sido nada.

Mientras me recuperaba, fui asimilando a toda velocidad lo que acababa de pasar y me hice consciente de la situación.

—Gracias —dije al sentir que la voz volvía a mí—, si no fuera por ti, esos malajes nos hubieran acabado vendiendo como chatarra mecánica y biológica. Estamos en deuda contigo.

—Sí —dijo Cosme—, por favor, dinos Cómo podemos agradecértelo.

—En realidad existe una manera —dijo Dorotea— pero será mejor que salgamos de aquí.

El tabernero nos miró con indiferencia al vernos salir por la portezuela de detrás de la barra. Ni siquiera apartó el trapo de las copas a las que sacaba brillo.

—Un momento —dijo Cosme— tengo que hacer algo.

Se acercó al tabernero, vio que se movía para coger el rifle que tenía bajo la barra; pero no le dio tiempo, con un movimiento rápido se lo arrebató y lo apuntó.

—Ahora entra ahí dentro.

—Pero, ¿Quién atenderá al negocio?

—No te preocupes, nadie te robará nada, la policía llegara en unos minutos.

Lo hizo avanzar hacia la portezuela. Caminó hacia atrás sin dejar de mirarnos. Cuando estaba frente a la puerta volvió a hablar.

—Por favor, vosotros no sabéis por qué lo hice. Tengo mujer e hijos.

Era difícil de creer, ni siquiera en el caso de una mujer robot programada para ello, el tabernero bifronte era desagradable, feo, olía mal y había demostrado ser un mal bicho traicionero.

—Adentro. No quiero que llames a más corellianos en cuanto pongamos un pie en la calle.

5

Una vez en la calle, Dorotea nos habló del libro que obraba en su poder. Una obra única en la que se cifraba todo el conocimiento del mundo. Lo que fue, lo que es y lo que será concentrados en unas páginas. La clave para comprender el qué, el cómo y el porqué de la existencia, la conciencia y la vida. Hablaba con tal pasión y vehemencia que me convenció de inmediato.

—Se trata de un libro fabuloso que puede salvar o condenar a toda la humanidad, y a los alienígenas humanoides que se presten, según qué manos lo controlen.

—Eso es un gran poder.

—Y un gran poder conlleva una gran responsabilidad —respondió ella parafraseando el dichoso libro.

Fue entonces cuando tuve el primer atisbo de que el libro podía ser La Biblia del Chisme; pero en fin, la muchacha nos acababa de salvar la vida, así que no era plan de ponerse suspicaz con ella.

—¿Cómo podemos ayudarte?

—He oído que partís hacia un planeta desconocido e inexplorado.

—Bien —dije—, no exactamente desconocido, más bien olvidado, parece ser que hace siglos hubo un fuerte intercambio cultural y comercial con él.

—Igualmente, creo que me basta con que no haya corellianos ni reginianas en él. Lo importante es, sobre todo, que el libro no acabe cayendo en sus manos. Son malvados, y lo utilizarían como si fuera su propiedad. De hecho, he de confesar que el libro lo robé a una reginiana importante que lo mantenía oculto.

—Está bien —dijo Cosme— vendrás con nosotros.

—Cosme —le dije tomándolo del brazo y llevándomelo a parte—, ¿Puedo decirte algo?

—Adelante, dispara.

—No creo que a Diana le haga la menor gracia que llevemos una desconocida a bordo. Ya sabes cómo es ella con todo eso del protocolo.

—Nos acaba de salvar la vida.

—Sí, sin duda, y estoy seguro de que eso la hará sentirse agradecida; pero no sabemos nada de ella.

—¿Qué más es necesario saber?

—Mira, ahora mismo, por lo que a nosotros respecta, podría ser que ella hubiera planeado todo lo que nos acaba de ocurrir para lograr su objetivo.

—Eso es ridículo.

—Ridículo sí, pero no imposible.

—Muchachos —nos llamó Dorotea desde atrás.

—Di —respondió Cosme.

—Os estoy oyendo.

© Raúl A. López Nevado, (552 palabras) Créditos