1

En cuando Hans apareció en el muelle, Diana encendió los motores de la Darlene. Todavía seguía de morros por lo que había pasado en el palacio de gobierno y lo pagaba con Cosme, encargándole tareas sin sentido.

—¿Quieres hacer el favor de comprobar que toda la carga esté asegurada?

—Enseguida voy, cariño; pero es ya la décima vez que lo compruebo.

—Vale más prevenir que curar.

—Sí, claro, querida. Por supuesto, querida. Lo que tú digas, querida.

Hans subió a bordo con una sonrisa de oreja a oreja.

—Mira quién aparece por aquí —dijo Diana—: Don John Travolta.

—¿Cómo?

—Eso digo yo, que cómo te ha ido con la Mama reginiana.

—Diana, si estás insinuando que yo he buscado de alguna manera lo que acaba de ocurrir quiero que sepas...

—Si claro, la obligación, el deber y la voluntad de servicio y todas esas nobles verdades que invocas en cuanto pones los ojos en una mujer.

—Sabes que eres injusta...

—¿Partimos? —intervine yo antes de que se liase aún más.

—Sí —dijo Diana— tenemos una misión que cumplir y que no se va a realizar sola. Abrocharos los cinturones, y que alguien vaya a avisar a Cosme a la bodega, no sé qué le ha dado con lo de revisar la carga.

—Me encargo yo —resonó la voz de la nave.

Cuando Cosme hubo regresado al puente de mandos, habló Katyuska.

—Según lo que calculo, necesitaremos al menos un par de días para comprar todo lo necesario para el viaje.

—¿Has mirado dónde encontrar las mejores ofertas? —dijo Diana.

Katyuska mostró un puño con el pulgar levantado.

—Las pilas atómicas están de oferta en Mercawoman, las provisiones en Alespacio, los mejores trajes espaciales en Corte Marciano. Creo que no nos vendría nada mal un nuevo uniforme. Si utilizamos los mismos de la última misión, vamos a parecer pordioseros.

—Está bien. Pongamos rumbo a Corte Marciano antes que a ningún otro lugar.

—He oído —dijo Cosme— que ahora tienen servicio de entrega a domicilio, tal vez no nos haga falta desplazarnos hacia allí.

—No sé —dijo Hans— nunca me ha gustado eso de la entrega a domicilio, y menos aún para un tema tan delicado como nuestros trajes. Imagínate que nos traen unas ropas que no se nos ajustan correctamente...

—El tema del domicilio —intervino Diana— me recuerda que quizá sea conveniente que atraquemos la nave en el muelle, y le paguemos una plaza de parking mientras hacemos las compras. Nos puede ser útil por si en algún lugar tenemos que dar nuestra dirección.

—Está bien —dije—, de eso me encargaré yo.

—Perfecto. Tú, Cosme, encárgate de la lista de víveres; tú, Katyuska, prepara los mapas; tú, Hans, encárgate de escoger el diseño de los trajes; yo me encargaré de hacer una revisión completa del exterior de la nave, que toda la pintura esté correcta y en forma.

Tras un rato en el que cada cual estuvo entregado a sus tareas, charlando por sus comunicadores para asegurarse de que todos los suministros estuvieran preparados para irlos a buscar, un silencio pesado cubrió la nave. La propia Darlene estaba tan callada y meditabunda que había sustituido su habitualmente alegre hilo musical por una especie de cantos mántricos en sánscrito que nos estaban adormeciendo a todos. Katyuska habló, más que nada por romper un poco aquel silencio incómodo.

—Y bien, ¿Qué os han parecido el presidente y la consejera?

—Él —dijo Diana— es el típico político pagado de sí mismo, convencido de que el país no es algo a lo que sirve, sino algo que le pertenece. Creo que hemos tenido mucha suerte con la representación que le ha mostrado Hyleas, si no hubiera sido por eso, estoy segura de que no nos hubiera dado permiso. Ella es una puta.

2

—¿Crees que lograran su objetivo? —dijo el presidente— No acabo de verlo del todo. E imagínate que fracasan. ¿Cómo me iba a recordar la historia entonces, como el presidente fracasado? Y luego están todas esas pobres criaturas que nos mostró el robot, no puedo dejar de pensar en ellas, en que tenemos la obligación moral de ayudarlas, de mostrarles el verdadero camino del progreso y la civilización, los placeres de un mundo como el nuestro...

—Creo que no hay de qué preocuparse - dijo Adela —, parecen una tripulación competente, aunque la capitana es una puta, eso sí.

El presidente la miró con los ojos muy abiertos.

—No quiero decir que lo sea en un sentido literal, claro; pero esa mujer tiene algo que no me gusta.

—Entonces, ¿crees que no he hecho bien confiando en ellos?

—No, estoy segura de que ha hecho lo correcto. El resto de la tripulación merece toda mi confianza. Especialmente el tal Hans. He comprobado su historial y se trata de un explorador excelente. ¿Sabía que descubrió su primer agujero de gusano con tan solo veinte años?

—¿Tan joven? Pensaba que a esa edad los exploradores aún no habían abandonado la academia.

—Los normales no; pero como le digo, ese hombre tiene unas cualidades excepcionales.

—Vas a lograr que me ponga celoso - dijo el presidente tomándola de la cintura y atrayéndola hacia sí.

—Oh, vamos, señor presidente, ¿otra vez con eso? - lo empujó con suavidad pero con firmeza hacia atrás - Sabe de sobras que no puedo, que me gustaría mucho, ¿qué mujer podría no sentirse alagada por sus atenciones? Pero mi cargo... mi responsabilidad... mis obligaciones... - con cada afirmación, su resistencia se desvanecía un poco más.

—Plantéate que se trata de lo mejor para el país - dijo el presidente con una sonrisa de sátiro, mientras se aproximaba de nuevo a Adela.

Su cabeza quedaba a la altura de sus pechos, y parecía dispuesto a hundirla en ellos. Adela lo detuvo poniéndole la palma de la mano en la frente, y él la miró curvando los labios hacia abajo como si se dispusiera a hacer un puchero.

—No. Ya se lo he dicho otras veces. Ni debemos ni podemos. Como Mama reginiana he de dar ejemplo a todas mis acólitas. ¿Qué pasaría si se supiera que la Mama reginiana mantiene relaciones con el presidente, faltando a sus votos? Sería una verdadera desgracia para el resto de reginianas, y una fortuna para los corellianos...

—Tus votos no parecen haberte detenido demasiado con el tal Hans.

Lo sabía, pensó Adela, no tenía ni idea de cómo se había enterado; pero el presidente estaba al tanto de lo que había ocurrido entre ella y Hans. Aunque, espera un momento: qué era exactamente lo que había ocurrido entre ella y él. Lo único que podía recordar con distinción era que estaban en la sala de recepciones, que aquella mujer, la maldita y soberbia capitana, la acababa de insultar y que Hans había salido en su defensa. A partir de ahí, sus recuerdos se hacían borrosos. Recordaba vagamente haber salido de la sala de recepciones y haberse dirigido hacia sus aposentos en los fuertes brazos de Hans. Recordaba que él la había ayudado a tumbarse en su cama delicadamente, recordaba que la había ayudado a desprenderse de los zapatos, de los calcetines y del sombrero y... Nada, no era capaz de recordar nada más de todo aquello y sin embargo... sin embargo, la mera sugerencia de lo ocurrido había bastado para volverla a excitar.

—Lo ves - el presidente interrumpió sus reflexiones —. Ha bastado con evocar su nombre para que te quedaras traspuesta.

3

No, traspuesta no. El presidente no tenía ni idea. Por lo que respectaba a sexualidad femenina venía a tener los mismos conocimientos que un troglodita, aunque sin el atractivo de su vehemencia. Necesitaba serenarse. Salió del despacho del presidente sin ni siquiera despedirse. Necesitaba serenarse. Respirar un poco de aire fresco. (Necesitaba...). Dejar atrás todos aquellos pensamientos pecaminosos y obscenos. La imagen de Hans desnudándola. Recorriendo su cuerpo con las manos. (...serenarse). Aplicando su lengua a sus pechos. Necesitaba serenarse. Separando sus muslos y situándose entre ellos... ¡Necesitaba serenarse, maldita sea!

Necesitaba serenarse, desde luego; era necesario que se enfriara antes de que acabara prendiéndole fuego al palacio con su aliento, y sólo había una manera de lograrlo. Bien, una sola no, en verdad existían unas cuantas, que hubieran sido las primeras opciones para una persona cualquiera; pero ella era la Mama reginiana y tenía que pensar en sus votos. No podía entregarse a satisfacciones compartidas ni onanistas, en cambio, sí que podía y debía confesar sus pensamientos pecaminosos a unas páginas en blanco. También podría habérselos confesado a una hermana ordenada; pero siendo la Mama debía conservar ante toda su congregación una imagen de pureza inmaculada que hubiera casado muy mal con aquellos pensamientos. A parte de eso, había descubierto, lo mismo que los viejos literatos de la lejana Tierra, que entregarse a sus fantasías sobre una página en blanco le permitía volver a disfrutar de ellas tanto cuando las escribía como en cualquier instante en que volviera a leerlas.

Llegó a su celda y cogió uno de los primeros ejemplares de la Biblia del Chisme archivada en sus anaqueles. Era la edición reginiana, por supuesto, pero podría haber utilizado cualquier otra edición, con tal de que tuviera en su interior el espacio suficiente para albergar su diario íntimo. Mientras pasaba las páginas de la Biblia iba anticipando las palabras que iba a vertir en él. Recordaba también la última vez que había escrito algo. Había sido apenas una semana atrás, y en aquella ocasión, el responsable del calentón, por sorprendente que pareciera, había sido el propio presidente que tras tanto buscarla, tanto jugueteo y tanta insinuación había conseguido excitarla.

Seguía avanzando por las páginas de La Biblia del Chisme con una sonrisa pícara. Si alguien llegara a poner jamás los ojos en su diario, no sólo sería su fin, sino también el de las mismísimas reginianas como religión. Aquel diario era su pecado secreto, sabía que debería de haber destruido cada confesión tras escribirla; pero no se podía resistir a volver a leer algunas de sus redacciones más inspiradas.

A medida que las páginas de la Biblia se iban acabando y su diario seguía sin aparecer, su sonrisa pícara comenzó a mudarse en desesperación. Pasó la última página y tragó saliva. El diario no estaba.

Se había equivocado, claro, tenía que ser eso. Todas las ediciones de la Biblia del Chisme eran tan parecidas entre sí que la última vez debía de haber guardado su diario en otra Biblia. Tomó de los anaqueles el siguiente volumen y lo puso directamente boca abajo para que su diario cayera. No lo hizo. Cogió otro volumen y lo volvió a poner boca abajo. Nada, tampoco dio resultado. Otro volumen. Otro fracaso. En unos minutos había puesto boca abajo todos los librotes de su biblioteca sin éxito alguno. Su diario íntimo, con todo el material posible para destruir a las reginianas, había desaparecido.

4

Lo habían robado. No cabía ninguna otra explicación, alguien, consciente del grandísimo valor del documento había decidido hacerse con él. Lo que le extrañaba entonces era que no hubiera recibido ninguna llamada de chantaje todavía. Tal vez el robo se acabara de producir y aún no habían tenido tiempo de planear el mejor modo de obligarla a algo. Tal vez se tratara de espías corellianos que pensaban utilizar el diario directamente para destruirla.

Piensa, Adela, piensa, se dijo. El libro estaba en sus dependencias privadas y para llegar a ellas, había que superar primero toda la seguridad pública del palacio de gobierno, y luego toda la correspondiente a la parte privada. Para alguien del exterior era realmente complicado poder llegar hasta allí, a parte de que quién diantres iba a sospechar de que el diario estuviera guardado en una Biblia del Chisme. Estaba completamente segura de haber llevado con total discreción su escondite, y las biblias del chisme, a pesar de lo que los pontífices como ella se esforzaran en pretender, no eran precisamente los libros más leídos de la galaxia, así que era muy improbable que nadie mirara en ellas por casualidad.

Se concentró en la pila de libros que yacían desparramados sobre el suelo intentando descubrir una pista de lo que había ocurrido, hasta que la asaltó una duda. Cogió todas las biblias, las volvió a situar en sus anaqueles y pidió al ordenador bibliotecario que las ordenara tal y como habían estado ordenadas la última vez que las había consultado. El bibliotecario lo hizo, y la informó de que faltaba un volumen y dejaría el correspondiente hueco para cuando se devolviera.

Al ver el hueco en la estantería, a Adela le vino a la cabeza la mano que lo había dejado. Estaba segura, tenía que ser ella: Garland, Dorotea Garland, la asistente que había expulsado hacia apenas una semana por incompetente profunda, iluminada extrema y tostón radical. Recordó a la chica con su mirada inocente e ingenua, preguntándole acerca de su colección de biblias del chisme. Ella, sin sospechar nada, se había ufanado de sus libros, le había dicho que en ellos se ocultaba toda la sabiduría y el conocimiento del Universo, que quien fuera capaz de comprenderlos sería capaz de comprender la finalidad de todo: el espacio, la vida y la conciencia.

Ahora se daba cuenta de que mientras ella consideraba que le estaba hablando casi a una retrasada, la dichosa Dorotea debía de estar tomando nota mental de todos y cada uno de los libros de su biblioteca y, de algún modo, había logrado comprender que su diario íntimo debía de estar en alguno de ellos.

Marcó rápidamente el número de la centralita reginiana.

—Aquí la Hermana Augusta ¿En qué puedo ayudarla?

¿Augusta? ¿Otra vez? ¿Es que aquella mujer no descansaba nunca?

—Augusta, soy yo, Adela.

—Oh, gran Mama, ¿en qué puede servirla esta humilde servidora suya?

—Necesito que averigües si Dorotea Garland ha salido de Asimov en la última semana.

—¿Dorotea Garland? ¿Se trata de una hermana?

Lo meditó un instante antes de responder. Desde luego se había presentado ante ella de aquél modo, como si lo fuera; pero visto lo que había sucedido después, no podía estar segura.

—Creo que sí.

—Bien, un momento.

Se oyó el sonido de tecleo al otro lado.

—No. No ha salido ni en la última semana ni en toda su vida. Parece ser que es una de esas hermanas que optan por mantenerse fieles a la tierra santa asimoviana.

(Pobres - pensó Adela —, se las llama pobres y no salen de Asimov no por un voto hacia la tierra santa, sino porque no tienen créditos para hacerlo).

—Está bien. Si intentara salir, me llamarás inmediatamente. ¿De acuerdo?

—Lo que uescencia mande, mi Señora. ¿Puedo hacer una pregunta?

(No, carajo, no puedes, aquí las preguntas las hago yo).

—Claro hija, adelante, pregunta lo que desees saber, mi placer es serviros a todas mis hijas.

—¿Se trata de la misma Dorotea que expulsaron del seminario hace unos años?

—No... no lo sé. ¿Por qué la expulsaron del seminario?

—En su ficha no acaba de quedar claro; pero parece ser que tuvo algunos problemas con la doctrina del dominio presidencial, aunque no se la declaró hereje. De hecho, no acaba de quedar claro cuál fue el motivo exacto de su expulsión.

—Está bien, Augusta, muchas gracias por la información.

Sí, todo aquello tenía sentido. Dorotea era una fanática, y las fanáticas tendían a llevar muy mal aquel punto de la doctrina que hablaba de la aplicación práctica de las creencias. Pensaban que todo tenía que sostenerse sobre la espiritualidad, y que en el momento en que había un punto doctrinal que hablaba expresamente de cómo conseguir el mayor poder al lado de un mero gobierno político, toda la doctrina quedaba invalidada. Aquellas malditas eran su pesadilla desde que accediera al pontificado diez años atrás, y ahora habían conseguido al fin colarle un caballo de Troya en la forma de aquella muchacha con aspecto de no haber roto nunca un plato.

En fin, que debía encontrarla antes de que utilizara su diario para difamarla, destruir a las reginianas y alterar el orden estratégico-socio-espacio-económico-político de la galaxia, u otras mil cosas malísimas más, que los fanáticos con ánimo de tirano como Adela suelen pensar que representa cualquier persona o circunstancia que se oponga a su voluntad.

© Raúl A. López Nevado, (552 palabras) Créditos